22-may-2008

Bambi contra Godzilla




El niño que apenas sabe andar es probable que esté estudiando las posibilidades de un juego de habilidad y aventura que practicará algo más adelante, cuando le dejen salir solo al balcón: lanzar los güitos de las cerezas a las cabezas de los transeúntes y luego esconderse a tiempo, pero habiendo comprobado antes el blanco. La joven y bella mamá, aunque escasamente fotogénica, que le sostiene es en cambio tan buena que jamás habría urdido un jueguecito así. En realidad es enervantemente buena, como comenta a menudo la matriarca, su madre y mi abuela, hasta tal punto que Bambi a su lado parecería un asesino en serie. Y sigue hoy por hoy igual, así que no le ha debido ir tan mal. Como digresión os informo que si al altivo y cornudo papá de Bambi le mató un cazador, que para eso lo era, al propio cervatillo se lo cargó Godzilla de un pisotón, como se puede comprobar en un espléndido film de dibujos animados y nos cuenta el gran David Mamet, el guionista y director de cine y teatro, en su libro de recuerdos de idéntico título: Bambi contra Godzilla[1]. Mamet es brillante y judío, caso de que eso no sea una redundancia, pero en lugar de aspecto de intelectual lo tiene de boxeador correoso. Mami y yo llevamos jerséis tejidos a mano, el mío modelo “golfo apandador”, un personaje del Disney menos ñoño que llevaba a antifaz y robaba al Tio Gilito. Mi madre además lleva una bata ligera de lunares y unos moñetes, o rulos o crenchas o yo que sé que me enternecen, qué le voy a hacer.

Hablando de boxeo. Hasta los 14 años fui un frágil bonobo al que la sospechosa ausencia de un papá le hizo victima de los abusones de turno. Pero a partir de esa edad dio un inusitado estirón, de manera que al regresar del pueblo donde pasaba no uno ni dos ni tres sino cuatro meses, se vio sobrado para empezar a dar palizas a sus antiguos torturadores. Resultado, se convirtió en un chimpancé agresivo y abusón. A los 16 años, sin embargo, a mi tío Luis le dio por apuntarme en un gimnasio de boxeo que dirigía Sombrita, legendario púgil y entrenador de otros grandes campeones como Legrá. No fue mi caso, pero de forma no tan disparatada como pueda parecer, el saber cómo partirle la cara a un tipo sin que te roce me amansó bastante.

Esos cuatro meses en un pueblito abulense de la ribera del Alberche y los otros ocho en un Madrid donde, en ciertas calles, los automóviles paraban para dar tiempo a que los chicos nos apartáramos con desgana de nuestros juegos en plena calzada, me dieron, creo sinceramente lo mejor de ambos mundos. En un prólogo a un libro mío sobre Gredos[2] un amigo, que a veces visita estas páginas, me dijo que parecía yo una mezcla de Mowgli y no sé que otro personaje, ahora no recuerdo. Es probable, aunque lo que mi “amigo” quería decir es que estaba yo adornando mucho mi biografía y que su veracidad era dudosa. También es esto posible, pero tendrían entonces que oír a mi abuela presumiendo de nuestra ascendencia noble portuguesa (el Duque de Aveiro nada menos, el equivalente luso a los Duques de Alba en abolengo), napolitana, de cantantes de ópera, de obispos de Huesca y de drusos salmantinos (eso sólo por mi azarosa parte) que preñaban bonobas y se quitaban rápidamente de en medio por expeditivos sistemas.

Es probable que la foto la tomara el hermano más pequeño de mi madre, el tío Luis, que para eso era el artista de la familia, pero también es igual de probable que fuera mi Tío David, el mañoso y acaparador de artilugios tales como una cámara de fotos. Además de los tres hermanos: madre y tíos pequeños, estaba mi abuela y jefaza, y también la tía Carmiña, que no era tía de nadie de nosotros, sino una especie de dama de compañía de la abuela; una aprendiza interna del taller y, en los larguísimas jornadas laborales, un montón de costureras, cortadoras y aprendizas -que ya habían aprendido todo, pero a las que mi implacable y dulce abuela así pagaba menos- que, todo hay que decirlo, abusando de mi tierna edad me metían mano y me prodigaban arrumacos sin o con cuento. Y un perro, siempre hubo un perro y a veces gatos. Por cierto, si Bambi era mi madre, creo que está claro que yo era Godzilla, pero pequeñito.

[1] David Mamet: Bambi contra Godzilla, Alba editorial, 2008
[2] Gredos: Hombre y naturaleza; ediciones Fonat, Ávila, 1988

Los dos monos que llevamos dentro (la orilla izquierda de la humanidad), y 4






Ya he dicho que “chimpancés pigmeos” es un mal nombre para los bonobos, puesto que tienen el mismo tamaño que sus primos, aunque distintas proporciones. Mejor traído es el que les dan los autores franceses: “chimpancés de la orilla izquierda”. Nadie ignora, y si no que me desmienta Vanbrugh, que la “Rive Gauche” es el lado del Sena donde se agrupan el Barrio Latino y las demás calles donde se refugiaron -hoy es agua pasada -nunca mejor dicho para un parsimonioso río- los bohemios, artistas e intelectuales, de tendencias políticas izquierdistas; frente a la margen derecha, donde se sitúan los barrios más burgueses y conservadores en población. El juego de palabras alude, sin embargo, a otro río, El Congo, uno de los mayores de la Tierra que sólo cede supremacía al Amazonas y al Nilo. En algunas partes tiene una anchura de más de 15 kilómetros. Suficiente para ser una barrera entre la ribera derecha, habitada por gorilas y chimpancés, y la izquierda con sus pacíficos y promiscuos bonobos.

Seguro que habéis oído hablar del “barniz” tan superficial que supone para los humanos la civilización y la cultura. Se utilizó después de conocerse las atrocidades de los nazis en la Segunda Guerra Mundial (aunque exterminar con bombas atómicas a cientos de miles de víctimas civiles japonesas tampoco es poco; incluso más eficaz que las cámaras de gas si establecemos el rendimiento exterminador por unidad de tiempo). Parecía increíble que alguien que no sólo se deleitaba escuchándolo, sino que interpretaba competentemente a Mozart, que era cariñoso con su mujer y sus hijos fuese todas las mañanas, como el que acude a la oficina, a su puesto de director de un campo de exterminio. Debíamos tener un impulso asesino innato, heredado de nuestros ancestros, que los logros civilizatorios sólo habían tapado levemente, como una fina capa de pintura o de barniz. Racionalizar la violencia humana general y el Holocausto en particular parece ser la misión de la escuela de etología germana, con Lorenz a la cabeza. Así pues, el pensamiento progresista occidental de posguerra declaraba la necesidad de vencer nuestros instintos básicos y elevarnos por encima de la naturaleza. Hoy la tendencia es justo la contraria: fundirse con la naturaleza, idea que no consigo entender bien, parece la consigna.

La visión de que progreso técnico y agresión están indisolublemente unidos ha calado mucho. Hay que recordar las primeras secuencias de 2001, una odisea del espacio, la película de Kubrick, cuando un homínido golpea a otro con el fémur de una cebra a modo de garrote. Y la Biblia no le contradice, precisamente. Es una hipótesis que subyace a la del “éxodo africano”: hemos llegado a ser lo que somos a través del genocidio. Cuando estos emigrantes africanos llegaron a Eurasia, eliminaron al resto de bípedos primates, incluido el europeo por excelencia, el hombre de Neandertal. Incluso hoy consideramos alos millones de turistas bienvenidos (a cambio de dinero y de su transitoriedad, siempre renovada), en tanto que los mucho más escasos miles de inmigrantes son mal vistos. Homo xenofobus.

Antes que los bonobos, los chimpancés del Gombe, estudiados por primatólogos japoneses, corrigieron una inicial visión del individualismo agresivo del chimpancé. Pero la segunda corrección afectó, por el contrario, a la reputación pacífica del chimpancé. En 1979, la revista National Geographic destacó en un reportaje la conducta de estos antropoides como asesinos y devoradores de sus congéneres. El simpático primate patizambo vestido de marinerito se convirtió de pronto en "el mono asesino". Los chimpancés vivían, como los humanos, en comunidades mutuamente hostiles, tanto más hostiles cuanto más cercanas. Lorenz y Ardrey parecieron triunfar, Goodall se esforzaba en explicar que, por lo menos, nosotros no somos el único mono asesino y Edward O. Wilson, el fundador de la sociobiología y experto en insectos sociales afirmaba: “Al lado de las hormigas, que perpetran asesinatos, escaramuzas y batallas campales de manera rutinaria, los hombres son pacifistas sosegados”[1]

Bueno, el lado oscuro del chimpancé le expulsó del paraíso de Rousseau y Hobbes entró otra vez en escena. Además, los arqueólogos no hacían más que descubrir restos de antiguas batallas y asesinatos en los niveles del paleolítico; parece ser que el cazador recolector de esa supuesta Edad de Oro tampoco se libraba, como era de esperar. Pero dada la baja densidad demográfica de esos humanos, es muy posible que primara la ayuda mutua y la solidaridad, aunque tanto los rastros arqueológicos como las pinturas rupestres, en especial el arte levantino, muestran batallas y hombres alcanzados por flechas hace ya 20.000 años.

Una cuestión interesante es cómo mantienen las hembras bonobo el control del grupo, dado que la violencia, aunque más escasa que en los chimpancés, existe y que los machos son más fuertes. La respuesta que da de Waal es que lo hacen por medio de la solidaridad; es muy frecuente que varias hembras se junten para hacer frente a un solo macho demasiado prepotente, en tanto que los machos no tienen esa tendencia a unir sus fuerzas. Los chimpancés, en cambio, son patriarcales y mucho más violentos. No son raros los casos de infanticidio, que algunos observadores explican, como el caso del infanticidio en leones, cuando un nuevo macho toma el mando: una manera de eliminar los genes de sus rivales, suprimiendo esa anterior descendencia. También se dan casos de canibalismo y lo que sin excesos se puede denominar guerras con otros grupos fronterizos. En realidad, los chimpancés viven en una atmósfera de violencia potencial y el infanticidio, por ejemplo, es una de las principales causas de mortandad en cautividad, aunque también se ha comprobado en los grupos en libertad.

Darwin, siempre Darwin, también fue un precursor en este tema, con su ensayo La expresión de las emociones en los animales y en el hombre. Estaba convencido de que los mecanismos de la selección podían ser crueles en su resultado –habló de este proceso como de un “capellán del diablo”-, pero eso no entraña necesariamente violencia: la supervivencia del más apto se logra simplemente cuando se consigue dejar más descendencia viable. Darwin escribió: “muchos animales ciertamente se compadecen del sufrimiento o el peligro de los demás”. Y cita varios y famosos ejemplos. Un caso curioso es el que menciona Robert Yerkes, el fundador de la primatología, sobre la sensible conducta de un chimpancé llamado Prince Chimp. Yerkes le rinde tributo en un famoso libro, Almost Human, en el que relata como Prince Chimp mostraba una desusada preocupación por su compañero Panzee, enfermo terminal. Mucho tiempo después (el libro se publicó en 1925 con observaciones de años anteriores) , una inspección post mortem reveló que Prince no era un chimpancé sino un bonobo, pero Yerkes no podía saberlo –sólo habló de un chimpancé de comportamiento “anómalo”-, porque el bonobo, como he dicho, no se reconoció como especie hasta varios años después.

En realidad, los bonobos han sido ignorados después de descubiertos, por documentalistas, que censuraban en sus filmaciones las numerosas escenas de sexo, y por investigadores, que veían como su pacifismo ponía en entredicho o al menos relativiza sus teorías sobre la agresión innata y el “mono asesino”. Las discusiones sobre la evolución humana centradas en la violencia, la guerra asociada al progreso técnico y la dominación masculina no pueden tener muy en cuenta a este pacifista redomado, que no entabla guerras a muerte, apena caza, los machos no dominan a las hembras y hay mucho, mucho y variado sexo. Los bonobos, ya quedó dicho, hacen el amor y no la guerra y, como dice de Waal, “son los hippies del mundo primate”. También fastidia las justificaciones del liberalismo económico de la derecha dura. Thatcher, que no tenía nada de bonoba y sí mucho de chimpancé con bolso y cardado, dijo “hay hombres y mujeres individuales, y hay familias, pero no existe eso que algunos llaman sociedad”. ¡Toma ya! Pero tanto chimpancés, como bonobos y hasta gorilas forman grupos sociales, sociedades, y eso agria el evangelio del capitalismo codicioso de Reagan y Thatcher. La evolución demuestra algo que reconocen los economistas liberales más moderados, que la persecución racional del interés propio no siempre es la mejor estrategia.

Por su parte, los neurobiólogos han observado que la resolución de dilemas morales activa centros emocionales del cerebro mucho mas antiguos que la recién adquirida evolutivamente nueva corteza cerebral, así que difícilmente se puede hablar tanto de un mero “barniz cultural” para explicar esas conductas “buenas” como de su exclusividad humana. En realidad se puede hablar de una suerte de “Síndrome de Beethoven”. Me explico: el autor de las maravillosas sonatas, conciertos para piano y sinfonías vivía y trabajaba en una auténtica pocilga, cubierta de polvo, con orinales abandonados sin vaciar y partituras por el suelo, sus dos pianos literalmente hundidos en inmundicias[2]. Todos sabemos que pueden surgir cosas maravillosas en circunstancias atroces; es decir, proceso y producto son nociones separadas; la selección natural como proceso es atroz, sus productos, en cambio, no siempre conduce a feroces súper predadores, sino a veces a amables mutualistas solidarios. La selección natural –repetiré la inevitable tautología- se limita a favorecer a los individuos que sobreviven, pero cómo lo consiguen es una cuestión abierta: cooperando o siendo agresivos son sólo opciones. El comportamiento de nuestros próximos parientes antropoides no es mucho más instintivo que el nuestro (tienen largos periodos de aprendizaje; un chimpancé, por ejemplo, no es adulto hasta los 16 años; y como nosotros tratan sus problemas con una combinación casi inextricable de tendencias naturales -instintos-, inteligencia -emocional o no- y experiencia.

Sí, provocan nuestra risa cuando montan en un monociclo vestidos de payasos en los circos, pero es una risa nerviosa, la que se siente cuando un espejo nos devuelve nuestra imagen algo, levemente, distorsionada. Sólo que los humanos no tenemos uno, sino dos de esos espejos; eso nos da pocas disculpas, pero mucha capacidad y libertad de elección.






[1] Cuando era niño, más de una vez coloque una hormiga en la boca de otro hormiguero para contemplar como era atacada por los miembros de este. En mi papel de entomológico dios, unas veces intervenía para salvarla y otras no. También les daba clases de natación por el expeditivo método de tirarlas agua. Tiempo después, en la Amazonía boliviana, una buma, una gigantesca hormiga del tamaño de un grillo que protegía una mara, el árbol de la caoba, con el que establece una asociación mutualista, vengó a sus parientes y me pico. La picadura es muy dolorosa, aunque su veneno no es concluyente para un tipo como yo.
[2] En una ocasión fue arrestado al ser confundido con un vagabundo. En cuanto a las apestosas condiciones de trabajo son numerosos los testimonios de sus visitantes y en especial de otros músicos

21-may-2008

Los dos monos que llevamos dentro, 3






Sí, a falta de uno, dos: uno agresivo y machista, ingenioso y manipulador, el otro, feminista, follador y conciliador. Somos como el dios Jano de las dos caras, todos un Doctor Jeckill y un Mister Hyde en uno. La mayor diferencia entre ambos, al margen de su comportamiento tan opuesto, es la proporción corporal como ya he dicho. El chimpancé parece que va al gimnasio a diario: cuello corto y grueso, espaldas anchas, capaz, de hecho, de arrancarle un brazo a un hombre vigoroso de un simple tirón; el que sean de media más bajos que nosotros no debe engañarnos: tienen una fuerza terrible y, también quedó dicho, en especial los machos adultos pueden ser muy agresivos. Por el contrario, los bonobos son chicos elegantemente gráciles, con torsos esbeltos, hombros estrechos y cuellos delgados con cabezas más pequeñas y expresivas caras. Los chimpancés, cuando caminan de su forma característica, no exactamente a cuatro patas sino apoyándose en los nudillos de las manos, tienen la espalda inclinada hacia abajo, mientras que en los bonobos queda casi horizontal al suelo por la elevación de las caderas. Erguidos, enderezan la espalda mejor que los chimpancés, con una postura sobrecogedoramente humana. Hay algún antropólogo que los ha comparado con nuestros ancestros en línea directa, los famosos australopitecos. El bonobo es uno de los últimos mamíferos descubiertos por la ciencia. Tras el okapi –una suerte de tímido “híbrido” entre la jirafa y un antílope- y el hipopótamo enano. Fue en 1929 y no en la jungla, sino en un museo de Bélgica dedicado al África colonial, al inspeccionar un pequeño cráneo atribuido inicialmente a un chimpancé juvenil. Hubo hasta zoólogos que se burlaban del Doctor Schwart, el descubridor, porque pretendía que había dos especies de chimpancés y tres de elefantes, cuando todo el mundo sabía que sólo había un chimpancé y dos elefantes, el asiático y el africano. Hace poco se ha confirmado que el elefante de selva (el africano común es el de sabana) es una especie distinta y hace mucho que el bonobo se considera una especie a parte.

Los bonobos viven en selvas densas y pantanosas de una región relativamente pequeña de la República Democrática del Congo, antiguo Zaire. Las primeras experiencias en su hábitat natural consistieron en dejar caña de azúcar en los claros; los machos llegan primero e inspeccionan la zona, se apresuran a recoger todo el alimento que pueden antes de que aparezcan las hembras; cuando estas lo hacen, su entrada conduce a una orgía sexual y a la apropiación inevitable de las mejores cañas por las matriarcas. Igual sucede en cautividad. Téngase en cuenta que los machos son más grandes y fuertes y están dotados de largos caninos que las hembras no tienen. Pero así son estos ginocéntricos, sensuales y apacibles bonobos. Su comportamiento da idea de la enorme variedad de conductas que podrían haber tenido nuestros ancestros.

Todos estos descubrimientos surgieron en un momento en el que el panorama sobre la probable conducta de los primeros humanos estaba dominado, al menos a nivel popular, por el famoso etólogo austríaco, Konrad Lorenz. Lorenz, especialista en el comportamiento de gansos y peces, premio Nobel y con un dudoso pasado nazi, era el propagador de la idea de que la violencia y la agresión estaba en nuestros genes (Sobre la agresión, el pretendido mal) y que además eso no era malo desde el punto de vista evolutivo. Y de pronto un segundo chimpancé –"El tercer chimpancé”, según el título de un famoso libro de Jarred Diamond, somos nosotros- viene a desmontar la teoría de que la “marca de Caín” es la seña de identidad de la humanidad. Al otro lado del Atlántico, le hacía eco, más que se hacía eco, un periodista científico norteamericano, Robert Ardrey, que describía a los australopitecos, el género anterior al Homo, como carnívoros implacables que calmaban su sed con la sangre caliente (literal) de las presas vivas que descuartizaban. Ardrey en su libro, Génesis en África, trataba a nuestros parientes como predadores mentalmente perturbados. Ni que decir tiene como la derecha política aprovechó todo esto, así como El gen egoísta de Dawkins, para promover una imagen violenta, codiciosa y egoísta, que además era buena para la sociedad: sólo los que se ayudan a sí mismos son benéficos para el conjunto, afirmaban calvinistamente Reagan y Thatcher, esa pareja pavorosamente cómica. Sólo los ingenuos y los ignorantes totales de la historia de la ciencia piensan que esta es tan objetiva como no manipulable; quizá a la larga, pero se utiliza como forma de propaganda por todos los régimenes y en especial los totalitarios.



Notas sobre las fotos: las dos superiores muestran el rostro de bonobos con su característico “peinado” Creo que si alguna vez me diese por cambiar el nombre de este blog le pondría, yo sé muy bien por qué, “El flequillo del bonobo”.La última foto, tomada del extenso repertorio del grupo del zoo de San Diego, tan fotografiado como las estrellas de rock, muestra un nada infrecuente acto de sexo lésbico entre dos hembras de bonobo.

20-may-2008

la bonobo y el chimpancé


Tengo que reconocer que la foto de Vanbrugh y su hermano, el del palito peligroso, en el blog –excelso- de Júbilo matinal (¡Qué nombre más bien puesto!) me ha causado una envidia emuladora que es la razón de la foto que cuelgo encima: una joven hembra “bonobo” criando a un pequeño y trasto chimpancé (yo) junto con un matriarcado de “bonobas” con mi abuela a la cabeza, mi tía abuela y todo un taller de aprendizas y costureras que eran el origen del sustento familiar y también de mimos y caricias sin cuento para el que esto suscribe, en lugar de ser lo que fui: un problema gordo en una sociedad intolerante, es decir, una madre soltera de 18 años en la España de mediados del siglo pasado.

El mono (la fiera) que llevamos dentro, 2: orígenes y "trastornos bipolares"





Así que las denigrantes caricaturas victorianas de Darwin, como un antropoide barbudo –o sin ir más lejos, la etiqueta del anís del mono, que no sé si sigue existiendo, porque yo no bebo porquerías- llevaban después de todo parte de razón. Por suerte tenemos dos linajes, las dos especies más próximas a nosotros, igual de próximas, que se separaron de los humanos hace unos siete millones de años, un suspiro en términos evolutivos, son el chimpancé (Pan troglodytes)y el bonobo (Pan paniscus). El chimpancé se conocía ya en tiempos de la antigüedad clásica, pero el bonobo es el único antropoide que se descubrió en el siglo XX. Inmediatamente se le llamó de forma inapropiada chimpancé enano o pigmeo, pero en realidad es igual de alto, aunque mucho menos pesado y robusto que su primo hermano. Pero es más grácil, con la cabeza más pequeña, el rostro más plano, en el que destaca un carácter bien chistoso a mi juicio: el pelo que le cae por la frente está dividido en dos por una raya en medio; las piernas más largas y los brazos más cortos, es decir, una complexión más parecida a la nuestra.

Hay otra diferencia substancial que es la que aquí nos interesa. La estudiosa más competente de los chimpancés es la popular discípula del paleo antropólogo Louis Leakey, fundador de una dinastía de paleontólogos humanos que han dado la mayoría de los hallazgos más relevantes de homínidos en la así mismo famosa falla de Olduway, en el África Oriental, y el que probó el origen africano de nuestra especie. Leakey comprendió que no sólo de huesos fosilizados puede vivir el evolucionista humano y lanzó a una serie de competentes biólogas, siempre mujeres, a estudiar a los parientes más próximos: la famosa Dian Fossey, que murió a manos de furtivos, defendiendo a sus apacibles criaturas, con cuyo drama se hizo la igualmente famosa y tendenciosa película que cuenta su sacrificio con idéntico título que su autobiografía: Gorilas en la niebla; la niebla es la de las montañas Virunga, en el centro del Congo, uno de los parajes más extraordinarios que haya visto yo y cualquiera. Así pues, Dian Fossey se encargó del gorila de montaña (hay otra especie de llanura, más al oeste), y sin salir de África del este, en Kenia y Tanzania, la así mismo famosa Jane van Goodall se ocupó y sigue ocupándose de los chimpancés.

Es el caso que los chimpancés de Kenia y Tanzania son bastante pacíficos; hoy podemos decir que anómalamente, pues no es la norma de esta especie. Por el contrario, se han descubierto, -también en las poblaciones keniatas y tanzanas-, guerras de exterminio entre bandas de chimps, infanticidios, violencia de género y canibalismo. Todos esto parece avalar el carácter intrínsecamente violento de nuestra estirpe, y fue novelado por cierto en la excelente Playa de Brazaville por el gran Wiliam Boyd, pero en esto llegó el bonobo.

La primera vez que vi un bonobo fue casi al mismo tiempo que el primatólogo Frans de Waal y en el mismo sitio, un zoo holandés. En la jaula había un letrero bilingüe que rezaba: “chimpancés pigmeos", y daba cuenta del descubrimiento. Era el año 1978, yo era un joven biólogo igualmente fascinado por los grandes monos y por la acogedora y liberal actitud de las chicas holandesas, y por razones ciertamente parecidas: la admiración por la proximidad a la par que la diferencia. Los bonobos jamás pelean, resuelven los conflictos con sexo o caricias, son extraordinariamente activos sexualmente y es la única especie, aparte de la nuestra, que entre un repertorio amplio de posturas, también practica la cópula frontal o “del misionero”. Además son matriarcales: esencialmente mandan las hembras más viejas. Haz el amor y no la guerra.
La distancia genética con nosotros es igual que la del chimpancé con nosotros y un poco mayor que la del bonobo y chimpancé entre sí, pero menor, ojo, que la del gorila con ellos o con nosotros. Son sin duda nuestros parientes más cercanos y muchos zoólogos opinan que deberían incluirse en el género latino Homo como especies distintas pero próximas a Homo sapiens.

Así que nuestra filogenia explica (aunque no es "toda" la verdad, como veremos) en parte por qué somos una especie capaz de empatia, solidaridad, amor altruista, a la par que de violencia y crueldad. Somos maniaco depresivos o, como se dice ahora, manifestamos un trastorno bipolar que viene de ambos linajes. Seguiré con este asunto.

19-may-2008

Campo republicano...


Tengo no ya el convencimiento, sino la convicción de que el campo español es cromáticamente republicano: amarillo de diente de león (Leontodon sp, Taraxacum sp) y rabanillos silvestres (Brassica sp), morado de viboreras (Echium vulgare) y cantuesos (Lavandula pedunculata), y rojos de peonías (Paeonia brotheroi) y amapolas (Papaver rhoeas), pero es el caso que he fracasado. Es lo que tiene buscar flores con prejuicios ideológicos. Pesan más que la diminuta cámara digital. Y además, los herbicidas están acabando con las amapolas, una de las consideradas malas hierbas de los cereales por los pragmáticos labriegos. Este ha sido mi intento final: un bello fracaso: amarillo y violeta; cada uno en un extremo, casi, del espectro visible.

La fiera que llevamos dentro



¿Llevamos un mono dentro? Difícilmente, en cierto modo, pero no porque me alinee con las tesis literales del Génesis, sino porque “somos” un mono. Pertenecemos al orden primates dentro de la clase mamíferos, como el resto de monos y prosimios, antropoides incluidos. Nuestros más próximos parientes son los chimpancés y los bonobos (los mal llamados chimpancés enanos o, más adecuadamente, chimpancés gráciles) y después los gorilas; algo más lejanos, los orangutanes y gibones. Pero es el caso que un gran primatólogo, Frans de Waal, ha publicado un libro con ese título, El mono que llevamos dentro (¿Pero no era un niño?) : “Our Inner Ape”, el mono interior, nuestro mono interior, ¿qué tal el vuestro? ¿Le dais fruta y cacahuetes? El caso es que se puede sacar al mono de la jungla –lamentablemente para el mono-, pero no a la jungla del mono. Ni de nosotros, ¿qué tal vuestra jungla interior? ¿No la habéis visitado nunca? Eso creéis.

Para empezar tenemos, como dice de Waal, “obsesión por nuestro linaje”; al menos desde que nos columpiábamos de árbol en árbol (eso se llama “braquiación”: locomoción con los brazos o extremidades anteriores, y que viva Tarzán). Con nuestros parientes compartimos luchas por el poder y el sexo, pero también el compañerismo y la empatía, la compasión. Y sin embargo, sólo se menciona esa herencia biológica para denigrarla: nuestros bajos instintos. Como dice la misionera que interpreta Kathrine Hepburn al borracho Bogarth en La reina de África: “La naturaleza, señor Allnut, es lo que hemos venido a vencer en este mundo”. Craso error, Katy no bebía ginebra ni leía a Darwin. Pero esta opinión se tiene por respetable y hasta cierta; compartida por muchísima gente, gente equivocada. ¿Y saben una cosa?; lo más desolador es que de los millones de páginas escritas sobre la naturaleza humana, lo publicado en las últimas tres décadas es lo más erróneo. Se toma la metáfora del “gen egoísta” tan al pie de la letra como antes el relato del Génesis; se dice que la bondad o el altruismo humanos son imposturas, que la moralidad es una cortina de humo para impresionar y engañar a los demás, que a la gente sólo le importa el propio interés. No obstante, ¿cómo se explica que un bebé de tan sólo un día llore cuando oye llorar a otro bebé? Eso es empatía, pura y dura, aunque no sea muy sofisticada: tú lloras, yo lloro. Esos impulsos con los que aterrizamos en esta vida son los que, nunca mejor dicho, nos “impulsan” a interesarnos en los demás. Justo a la inversa de lo que dice el personaje de Susanita a Mafalda en la famosa tira de Quino: “Me gusta la humanidad, lo que no soporto es a la gente”. Desconfiemos de las grandilocuencias, pero no de los gestos íntimos. Dicho de otra forma, a los millonarios “altruistas” del mundo, a los roqueros, cineastas, actores y cantantes: menos conciertos humanitarios, menos proclamar adhesiones a causas como el hambre y más pagar impuestos.

De Waal cuenta el caso de una hembra de bonobo, Kuni que vió como un estornino chocaba contra el vidrio de un recinto del zoo británico de Twycross. Kuni tomó al aturdido pájaro y lo colocó con extrema delicadeza sobre sus pies. Como no se movía, le sacudió un poco, y el ave se movió aleteando espasmódicamente. Lo volvió a tomar en sus manos y se encaramó al árbol más alto, para lo que tuvo que abrazarse al tronco con las piernas mientras sostenía al ave con las manos. Desplegó las alas con gran cuidado, cada punta entre los dedos de cada mano. Y lanzó al pájaro como si fuera un avión planeador o de papel, que tras un deslavazado aleteo aterrizó en el foso. Kuni descendió del árbol y se quedó un buen rato junto al pájaro, montando literalmente guardia. Tras horas, el estornino ya recuperado salió volando.

El 16 de agosto de 1996, una gorila enorme de ocho años, Binti Jua, socorrió aun niño de tres años que había caído desde cinco metros de altura al interior del recinto de los primates del zoo Brookfield de Chicago. La gorila reaccionó al instante y tomó al niño en brazos; después se sentó en un tronco, acunó al niño inconsciente en su regazo y le dio golpecitos suaves para ver si reaccionaba antes de entregarlo al personal del zoo. Esta escena se captó en vídeo y se vio en todas las televisiones del mundo.

Hace un tiempo recibí una mala noticia por teléfono que me conmocionó; estaba sólo con mi perra Jara en casa. No dije nada, ni chille, no me puse a dar patadas a las sillas ni a romper jarrones, pero me senté en un sillón y cogí mi cabeza entre las manos. Una humedad externa se combinaba con mis lágrimas. Mi perra, contra su costumbre, me estaba lamiendo y movía el rabo a la vez que gemía. ¿Cómo creéis que interpreté esos gestos?

14-may-2008

Cinco vistas que suelo ver

Uno

Dos

Tres


Cuatro



Cinco
Uno: Un abrevadero, grande porque era para beber las caballerías, que esas sí trasegan agua y no las ovejas.
Dos: La poza donde me baño; el bosque de las laderas de la garganta es de encinas, rebollos y unos enebros viejísimos.
Tres: La parra más grande del patio (ella sola cubre la mitad de su superficie, un muslo de gruesa); las flores rosas fuerte son Oxalis
Cuatro: Un abrevadero de mi patio con una planta de gordolobo (Verbascum sp.) que se usaba para intoxicar y pescar peces en las pozas y regatos
Cinco: el río del pueblo en Otoño.



Amantes, avaros y tópicos (o tópicos sobre los amantes avaros)


Se me ocurre que entre los muchos tópicos, esas “ideas recibidas” (pocas no lo son), en traducción literal, y con las que Flaubert hizo un diccionario como anexo a su genial e inacabada Bouvart y Pécuchet, entre esas muchas, una es la de que los buenos amantes, y no hablo sólo de la “cama”, tienen que ser generosos. ¿Generosos?, ese, me parece, es un atributo de los buenos maestros, pero los amantes geniales son los que son despilfarradores, que es bien distinto, porque aceptar ese atributo en los amantes sería como admitir que los avaros son previsores. El amante es exactamente un anti avaro: sabe que sólo sin guardar nada para luego es posible conseguirlo todo ahora y ya. Como los comunistas primitivos, como las antiguas comunidades cristianas. La economía no pinta nada en la vida de estas gentes: buenos cristianos, comunistas primitivos, amantes (son un poco todos lo mismo), como tampoco rige la del avaro que tan sólo manifiesta la compulsión de acaparar. De hecho, la “economía”, en su doméstico sentido original y etimológico, sólo rige las vidas de las clases medias, por eso es una disciplina, incluida la marxista, totalmente burguesa. Luego está el hecho evidente de que follar, en concreto, no es administrar (o sea, técnicas de ana ranga, contención, llegada juntos, yogas, etc.); las dosis no pueden ser homeopáticas, ni siquiera razonables; las dosis tienen que ser letales. Lo otro es lo que los confesores llamaban “el débito conyugal”, que a veces está muy bien e incluso, en parejas afortunadas, conduce frecuentemente a la llamada petite mort (La petit mort, en francés vambriano) es decir, el amante no tiene maestros y ese error ha conducido a escribir a algunas de las peores novelas de la literatura universal, ni siquiera guías de escalada ni mentores ni guardabosques, pese al rijoso David Herbert Lawrence, el amante sólo tiene cómplices confiando en que no sean unos avaros.

13-may-2008

Los ratitos que soy sabio y los falsos sabios que detesto






Detesto la retórica de la obviedad, esa de la que se mofaban Las madres del cordero (también conocida como Desde Santurce a Bilbao Blues Band) mencionando al progre de pacotilla que afirmaba que "el hambre en la India es un tremendo problemón". O si invocamos casos ennoblecidos por el tiempo, La cabaña del Tío Tom, que anunciaba como si fuera una novedad que los negros son seres humanos (propensos al servilismo, en el caso del mentado Tío). Y detesto las rutinas, retóricas también, de las actividades pseudocientíficas, como, por poner un caso patente, los sistemáticos anillamientos de aves de las que se conocen todos los detalles de sus trayectos migratorios desde hace lustros, pero que permiten a los anilladores manipular especímenes que están vetados para el común de los ciudadanos. Y casos extremos, como el de los leones marinos de la patagónica Península Valdés, tatuados con enormes números visibles sin auxilio de prismáticos por los "científicos" miopes (El 69 creo que no lo lleva mal, no obstante).



Y además de la obviedad y la redundancia pseudocientífica, detesto a los sesudos pragmáticos de la lectura. Ojo, no a los que no leen porque no les gusta, sino a esos pedantes semicultos que afirman que leer novelas es una perdida de tiempo y que ellos sólo leen textos sobre...(rellenen el espacio en blanco, aunque no podrán con el de sus mentes)...su especialidad. No saben que la física avanzada, de partículas o cosmológica o ambas, el paradigma de la vertiginosa aproximación a las fronteras menos intuitivas y aprehensibles de la "realidad" se hace cada vez menos obvia y, una vez que abandona el estricto lenguaje de las matemáticas y ecuaciones, sólo puede expresarse por medio de metáforas: colapso, agujero negro, borde, colisión, gato de schrödinger, agujero de gusano, brecha...Así, parece que el optimismo humanista e infantil de Einstein y el pesimismo autorreferenecial y lingüístico de Wittgenestein, esos dos genios de comienzos del siglo pasado, no son tan irreconciliables.



Volviendo al olímpico desprecio de algunas medianías del especialismo por la narrativa, penosos semicultos, mil veces peores que los analfabetos totales que al menos disponen de la transmisión oral que todo lo embellece, lo anterior hay que colocarlo en paralelo con otro hecho incuestionable: “La narrativa fue la primera depositaria del conocimiento humano. Fue tan importante para la supervivencia como una lanza o una azada. El narrador practica la manera antigua de acceder al conocimiento, el discurso total anterior a todos los vocabularios de la inteligencia moderna”[1] (el subrayado, probablemente innecesario, es mío). “Vocabularios de la inteligencia moderna”, es decir, de la ciencia.



De algún escritor se ha dicho, cuando él ya no podía contradecirlos, que lo bueno no era lo que se publicaba de él, sino su conversación, su oralidad, su arte improvisado. Siempre he tomado estas declaraciones como descalificaciones sibilinas. Hay gente, en efecto, brillante hablando y ágrafa de por vida; no es frecuente pero la hay. Pero no son expresivos modelos de esa pugna entre lo oral y lo escrito; de hecho, cuando esa última escritura sustituyó casi completamente a la primera se perdieron y se ganaron cosas, es inevitable.





Y está mi caso, que conozco bien. Frecuentemente, en estos post, manifiesto un intelecto superficial, reductor: me resulta fácil escribir, pero como dijo Mae West, cuando soy bueno soy muy bueno, pero cuando soy malo soy mucho mejor. ¿Cuándo soy mucho mejor? O bien, ¿Cómo es "ese" ‘ser malo’? Cuando tengo dificultades, cuando me cuesta trabajo, cuando borro lo que escribo y empiezo de nuevo, cuando se me escapan las ideas como peces resbaladizos, cuando intento atrapar el aire con una red de pesca. Atrapar el viento con una red era una de las definiciones que nuestros clásicos griegos daban a la sabiduría, lo demás era ingenio. Sólo soy sabio cuando no estoy cómodo, cuando lucho contra las dificultades de expresarme. Poe obtenía sus narraciones de su vida desdichada; o mejor, de su 'desdicha' cuidada y mimada. No es que sufriera al crear -el famoso tópico del artista atormentado-, sino que su fuerza era vicaria de esas desgracias continuas.



Por eso yo soy un talento menor, porque me gusta ser feliz, estar instalado en una cierta serenidad. Y seguiría leyendo novelas aunque me convenciese de su inutilidad como forma de conocimiento. En cuanto a mi propia escritura, eso incluye tomarme a broma, pero el auténtico genio se toma en serio; es un pomposo justificado.





[1] E.L. Doctorow: Creadores. Ensayos 1993-2006




Foto: se abre un concurso para averiguar qué representa la segunda foto de este post (la de abajo). El premio será decidido de común acuerdo con el ganador, así que puede haber regateo.

12-may-2008

Objetos perfectos




Si tuviera que elegir el objeto perfecto, ya lo he dicho en otras ocasiones, la rueda, el péndulo, la polea, la palanca, el tornillo, la silla…, yo elegiría el libro. Hablo del objeto y del concepto, si es que no son lo mismo, del fondo y la forma: en rústica, encuadernado, de bolsillo, gran formato, en piel o entelado, de cartoné o guaflex. Eso entre las cosas creadas por el hombre, porque entre las dadas por la naturaleza escogería las nalgas de la mujer, y también las pestañas. No hace falta incurrir en la literatura “estimulante” para explicar que tomar a una mujer por detrás, posando suavemente tus manos en sus caderas y contemplándola a la vez es un milagro parejo a mirar un cuadro perfecto a la vez que lo pintas; sólo que esto último sólo está al alcance de los escasos y verdaderos creadores. Igual, abrir un libro, acariciarlo, olerlo, pasar sus páginas es un placer más sosegado, pero muy profundo, lleno de los agradecimientos por los disfrutes pasados con otros semejantes, y anticipando los que te va a proporcionar esa nueva y quizá inminente lectura. Por supuesto, hay culos feos, como hay libros mal hechos, y también otros objetos a los que no niego su perfección, pero difícilmente pueden considerarse objetos: la inmensa horizontalidad de la planicie del océano –la navegación oceánica es la tremenda experiencia de comprobar que estamos todavía en el diluvio de Noé, y que es eterno y sin tierra a la vista-, siempre igual y siempre distinta; la sonrisa de un niño feliz o el ceño abstraído de la concentración de otro jugando solo; el silencio y la música, la luz y las sombras, la ondulante vibración de unas caderas caminando, el emocionante y sin embargo cargado de rutina recibimiento de tu perro…pero yo me quedo con los libros y los culos, creo que a ellos les dedico mis mejores caricias. Y a mi perro.

Niños (versión renovada levemente)



Si excluimos a los maltratadores, que deben estar en el epígrafe de monstruos y no de padres, no lo hay peor que el que rechaza su imprescindible papel para adoptar el de amigo de sus hijos; tarea tan vana como patética. Como especies separadas, los adultos y los niños tienen culturas separadas que generan los mismos malentendidos que se dan entre antropólogos occidentales y tribus perdidas de la edad de piedra. Un niño travieso es un nativo ignorante de la cultura de sus padres, y viceversa, y habitante no del domicilio familiar, sino de esa isla detenida en el tiempo que se llama Infancia o Nunca Jamás. Por eso son más interesantes en conjunto los niños de antes que los de ahora; estos últimos inmersos en la misma cultura de los adultos infantilizados, videojuegos u ordenadores, pero inexpertos en el noble arte de cazar ranas y expoliar nidos de pájaros, hacer girar peones o jugar con pulcritud a las carreras de chapas, ignorantes de cuál es la piedra que merece ser guardada en el bolsillo, y cual la desdeñable, elemental geología pueril. Mi madre me hacía vaciar los bolsillos cuando vivíamos en el pueblo abulense junto al Alberche, de los que sacaba literalmente sapos y culebras. En cambio, el término que empleaba para la operación era bien urbano y madrileño: desratización, pues eran los tiempos en que la ratas corrían por las vías del metro, retozonas y desafiantes, un gran espectáculo, y se empezaron a colocar unas misteriosas cajas rojas, del tamaño de las de zapatos para combatirlas. Pero ella usaba esa palabra porque en su incultura de adulta confundió en una ocasión una cría de lirón, habitante de mi bolsillo, con una de rata, aunque cualquier niño de esa época y lugar conocía la abismal diferencia.

Hoy el adulto se ha infantilizado y el niño no ha tenido problemas en convertirse también en uno, incluso más experto y hábil en esos juegos que comparten que sus supuestos tutores. Los niños de ahora nacen sabiendo qué tecla hay que tocar para recuperar un texto perdido, y lo saben antes de saber escribir; prodigioso. Pero yo estoy convencido, paradójicamente, que si los tiempos fueron claramente peores, cualquier niñez pasada fue mejor. Éramos más bajitos, más cetrinos, más ágiles y con más mocos y sabañones, pero sabíamos trazar mapas del tesoro con indicaciones de todos los nidos de lúganos y pinzones y los mejores regatos para pescar con la mano o un pañuelo. Tom Sawyer o Hucklebeberry Finn, no digamos Guillermo Brown, eran niños normales, no como el malvado Syd, hermanastro de Tom, el típico niño perfecto malo que habría tenido sus consolas de videojuego si no fuera un anacronismo. Ser pirata era una profesión honrosa y ser padre una actividad incomprensible. No veo el progreso, francamente en estos tiempos de ahora, como no lo veo en que los cines se conviertan en salones de boda.

Pero el poder y la autoridad, no obstante, deben residir en el adulto, tan grandes esos poderes como benévolos y selectivamente tolerantes. Porque más que estar por encima se trata de proteger e intentar educar, aunque con el linimento entre tanto roce del amor. Hay además otro gran equívoco que los neurocientíficos modernos se han encargado de eliminar. A los niños no los educan los padres realmente, no pueden. La educación requiere ejemplo e imitación y ningún niño sano los tomaría como modelo. Los padres, la familia nuclear son a los hijos lo que la economía de subsistencia a las poblaciones humanas precarias: lo esencial para la supervivencia, pero a los niños los educan sus iguales, los demás niños, sobre todo los ligeramente mayores, dignos de imitación, los compañeros de colegio y de juegos, que son los que marcan las preferencias de su separada y original cultura, los programas de la tele, los mejores videojuegos y hasta las lecturas, libros y tebeos, la ropa aceptable, sus modas.

Sólo falta saber que ha sido del famoso niño que casi todos los adultos, o por lo menos los afortunados, llevamos dentro. Pues nada; en la mayoría de los casos y la mayoría de las veces sigue incomunicado del adulto que le transporta. Precisamente por eso hemos olvidado que los niños son educados, salvada la fase de subsistencia de la primera infancia, por otros niños, lo que es propio de una cultura original y separada, como señalaba al comienzo,. Y ahora lo confirma la ciencia real, no el empirismo de algún caso y progenitor: no es el voluntarismo paternal tan influyente como les gustaría a los que quieren hacer las cosas bien y a veces no se explican por qué les salió mal; los mecanismos de la mente infantil, ese territorio que jamás es la tábula rasa que pretendíamos, contradice la mayoría de las esforzadas teorías educativas, así de claro.