“Por encima de todo, he sido un ser con sentidos, un animal pensante, en este maravilloso planeta y esto, en sí, ha sido un enorme privilegio y una aventura” Oliver Sacks


5 de mar. de 2015

El hombre y los caminos (libro en marcha, 2)

Despertad vosotras, las nueve musas, cantadme una melodia divina, Emily Dickinson

Calculo por encima que ando unos 5000 kilómetros al año, excluyendo una cantidad probablemente mucho mayor de breves itinerarios a  comprar, al trabajo o hasta la parada del autobús. Hablo solo de marchas por así decir deliberadas, emprendidas con la finalidad de caminar. Me suele acompañar mi perra Jara que duplica los trayectos ‘haciendo la goma’, adelantándome y regresando junto a mí, aunque ya cuenta con trece años y se retrasa más que se adelanta. Vamos felices en mutua compañía, quién no sabe lo que es pasear por el campo con un perro no lo podrá entender. El final de la jornada también es compartido, con la perra rendida y feliz a mis pies. Yo soy un hombre y su perro, caminamos.

Caminante, no sólo haces camino al andar, como bien dijo el poeta, sino que el camino te hace humano a ti. Al andar eres humano. Más que nuestros logros en el arte o en la fabricación de instrumentos, o en el pensamiento simbólico, o en el manejo del fuego y las energías exosomáticas, los humanos somos la historia de nuestros caminos que nos han llevado a casi todos los rincones de este planeta, una hazaña que está fuera del alcance de cualquier otro animal de nuestra talla. Cuando no hemos podido caminar hemos navegado y hasta volado, pero si no, hemos caminado o hemos hecho que otros animales, principalmente el caballo, lo hagan por nosotros y con nosotros aupados a su lomo, como es el caso de los más nómadas y erráticos de nuestros semejantes. Caminar nos hizo humanos, dejar de hacerlo nos convertirá, ya lo está haciendo, en otra cosa más sedentaria en cierto modo, viajeros cyborgianos.

Las jornadas caminando se punteaban con las hogueras de los descansos nocturnos: los primeros hogares. Primero fueron los caminos y luego las aldeas y ciudades que ofrecían el descanso. Como primero fuimos nómadas y luego sedentarios. Nos acompañó desde el principio, antes que el caballo, el perro, nuestro primer animal domestico si suponemos que le hemos domesticado nosotros y no él a  nosotros o ambas cosas.

Definitivamente los humanos somos los únicos mamíferos que caminamos, que caminamos erguidos si se prefiere, pero el resto son cuadrúpedos que trotan, corren o andan más deprisa que nosotros, o bien, nuestros parientes más próximos, los antropoides, que a veces caminan torpemente sobre sus dos aún excesivamente cortas patas traseras, alzando las más largas delanteras para mantener el equilibrio precario como funambulistas, véase los chimpancés, o apoyados en los nudillos delanteros, semicuadrúpedos semierguidos. Se hace lógico más excesivo hincapié en que la postura bípeda logra liberar las extremidades anteriores para otros menesteres que los del desplazamiento, sobre todo al conseguir disponer un pulgar oponible al resto de los dedos lo que permite manipulaciones exquisitas. Pero lo cierto es que los pies, planos con suave arco, diseñados para caminar más que para permanecer parados —para eso están las acolchadas nalgas de nuestro culo, para sentarse cuando no hay movimiento—, también han sufrido grandes transformaciones, y el conjunto del arco de la columna vertebral, su inserción en el cráneo a través de un hueco redondo y la altura que nos concede esa posición en lugar del escaso metro de alzada si permaneciéramos a cuatro patas, todo eso es tremendamente relevante también.

Puestos en pie caminamos. O lo hacíamos, el resto permanecemos sentados sobre esas adecuadas y sugerentes nalgas, o tumbados. Ya que estamos en pie, caminemos pues. Los humanos, desde que existe la especie Homo sapiens, hemos sido  diez veces más tiempo nómadas que sedentarios. Y esa pulsión de movimiento se mantiene. No son nuestros termiteros urbanos lo que nos define, sino los caminos con los que hemos cubierto, reticulado y comunicado el planeta. Y esa es la razón entre otras de nuestro éxito: el hombre sigue siendo un mamífero de gran talla que ha ocupado la Tierra caminando de pie y a pie largas distancias.

Por eso, uno de los peores actos de los crecientemente dominantes humanos sedentarios es apropiarse de la tierra hasta el punto de interrumpir los caminos. ‘Prohibido el paso’ fue el primer rótulo de una incultura que reconoce el derecho a la propiedad privada antes que el derecho de paso. En cambio, las gentes que mantienen abiertos y conservan los caminos son de los humanos mejores y más altruistas que conozco: cuidadores de mundos sin mayor beneficio privado. El mundo actual sigue siendo un conflicto entre sedentarios, que acumulan posesiones, y nómadas, que solo poseen las que puedan transportar. Los sedentarios disponen fronteras, los nómadas las ignoran; los sedentarios idean banderas e himnos, son patriotas, los nómadas, ciudadanos del mundo, solo son políglotas. Unos proclaman sus raíces, otros cuentan con sus pies. El sedentario crea salones, los nómadas caravanas. La hospitalidad del asentado es temporal, la del viajero esencial para la supervivencia. Borges hablaba de los lamed wufniks de la tradición hebrea: treinta seis hombres buenos que salvaban al mundo. De no existir ellos, el Demiurgo rechazaría su creación y destruiría el mundo y sus hombres. No sé si son treinta y seis o alguno más, lo que sí sé es que todos ellos de algún modo y no siempre metafóricamente abren caminos y los mantienen abiertos. Son nuestros salvadores, los cuidadores de mundos, para el resto de nosotros, yo he conocido a algunos de ellos por fortuna.

Para caminar no necesitas saber a dónde vas, aunque a veces ayuda, pero lo que verdaderamente ayuda es saber por dónde vas, aunque tampoco es imprescindible. Yo no considero que jornadas de menos de dos horas sean verdaderamente caminar, y lo ideal para no mantener locos récords es un máximo de cuatro. Una hora o menos, es un paseo. Pasear es otra cosa, que está también muy bien.

Por otra parte, desde nuestra confortable posición en países ricos y urbanos, podemos pensar que el movimiento de personas caminando largas distancias es algo reservado a algunos oficios marginales, tradicionales y semiextintos, como el pastoreo, o propio de tribus y grupos humanos igualmente marginales, pero lo cierto es que en pleno auge de la explosión demográfica, el fenómeno más relevante no son los nacimientos y muertes, sino las migraciones masivas por diversos motivos: económicos, ambientales, políticos, bélicos o una mezcla de todos ellos, como ha dejado espléndidamente documentado el gran fotógrafo Sebastiao Salgado. Los hombres se siguen moviendo a pie y en grandes masas y no hay barrera, ni montaña ni mar ni frontera, que los detenga. Somos animales sociales y además gregarios, nos movemos en rebaños, nos autodomesticamos en esos grupos, grupos en marcha, rebaños.

3 de mar. de 2015

El hombre y los caminos. (Libro en marcha,1)



Una conversación póstuma a modo de explicación y disculpa.

En este mundo hacinado de libros superfluos lanzar una nueva criatura de papel o digital requiere más que una explicación una disculpa. A finales de la primavera del año pasado, en el acto de presentación de un precioso libro conocí al filólogo Jaume Valcorba editor y propietario de la editorial Acantilado, me invitó cenar al final del acto junto a la autora mexicana sefardí que presentaba y mantuvo una conversación conmigo. Me preguntó que estaba escribiendo después de yo le contara sobre mis viejos libros que tenía publicados hace décadas. Le contesté que acababa de borrar las 150 primeras páginas de una novela porque al releerla todo me sonaba a conocido y a mil veces leído y sabido. Sonrió —semejaba un Mefistófenes igual de sabio pero más bondadoso— y me dijo irónico que probablemente hubiera sido un bestselleriano éxito. Y le dije que estaba escribiendo este otro libro, sobre el hombre y los caminos, siguiendo antecedentes como Thoreau y otros, pero con distintas intenciones y enfoques, al menos en parte. Me dijo que si tenía un sumario y un primer capítulo o una introducción le gustaría leerlo. Al día siguiente se lo mandé por email en un archivo. Me contestó con la celeridad del que se lo acababa de leer, y me dijo: te lo quiero publicar si no tienes pensado en otro editor. Le dije que su editorial me encantaba y que sería un honor. Tres meses después murió. Yo sigo escribiendo el libro, en parte ahora y además en su memoria. No sé dónde ni cuando lo publicaré, pero lo que sí sé es que este sí lo acabaré y mientras lo hago lo iré colgando en este blog. No creo que Acantilado termine siendo la editorial de mi criatura si esta termina siendo de papel. Lástima. He caminado por las orillas del mar, imitando a nuestros ancestros, los primeros sapiens que salieron de África, y he caminado por acantilados, por encima, como en Asturias y por debajo, como en los de la Dover inglesa. Y una vez caminé por un acantilado metafórico que da nombre a uno de los sellos más sugerentes del panorama editorial español y que en cierto modo está en el origen de este libro. 

Soy biólogo, de campo y naturalista, por formación y afición. Mis otras vocaciones son leer, escribir y caminar. Con estos mimbres puedo, creo, escribir este libro que además cuenta para existir finalmente con la única disculpa posible: este es el libro que me hubiera gustado leer y no he encontrado publicado, así que lo escribo yo, consciente de que los hay mucho mejores, pero que abundan aún más los mucho peores y que no contribuiré a esa masa informe con este.




2 de mar. de 2015

El Sherezade judío







“Un hombre extraordinario, probablemente el más inteligente que he conocido en mi vida” (Claude Lanzmann refiriéndose a Benjamin Murmelstein)


 «Entre noviembre de 1941 y la primavera de 1945, ciento cuarenta mil judíos desembarcaron en este mismo andén», reprocha Lanzmann a los espectadores olvidadizos, que son prácticamente todos. «O fueron desembarcados, mejor dicho, para ser conducidos a Theresienstadt o, como aún la llaman los checos, Terezin: la ciudad que Hitler le había regalado a los judíos».

Hay un círculo cerrado,  permitidme el necesario pleonasmo, entre el verdugo y la víctima. Una vez que esto se sabe es fácil comprobar cómo se cumple prácticamente en todos los casos. La mujer maltratada y el compañero obsesivo y posesivo, el padre autoritario y el hijo disminuido, el abusón de patio de colegio y el gordito con gafas, el inmigrante sin papeles y el policía brutal, el antidisturbios y el manifestante, el banco y el cliente hipotecado, o el más simbólico y a la vez bien real: el judío y el nazi:  Murmelstein y Eichmann ¿Esos dos?

Benjamin Murmelstein fue un 'Sherezade' del gueto de Viena, como acertadamente se calificó a sí mismo. Por eso, por ser el último de los injustos, por su sanchopanzismo, el rabino de Roma se negó a enterrarlo en 1989, a él, que había sido rabino también y uno de los judenräte, presidente de los Consejos Judíos en los guetos nombrados por los nazis. ¿Por qué Sherezade y no mero traidor o al menos colaboracionista? Casi todos los días, durante esos días negros, a lo largo de siete largos años, despachaba con Adolf Eichmann, el nazi responsable de la organización de los campos de exterminio, el inspirador del manido concepto de Hanna Arendt de la banalidad del mal, secuestrado por los israelíes, juzgado y ajusticiado en Israel.

“Como usted se imagina la banalidad del mal me parece una soberana tontería. ¿Eichmann un banal burócrata? Era un antisemita fanático y demente. Y el juicio fue una farsa conducida por ignorantes, se confundieron lugares y hechos. Sé por propia experiencia lo dificilísimo que es hacer hablar a las víctimas y allí se confundió todo. Eichmann no podía ni testificar, lloraba todo el rato, [sin compasión hacia los demás, se daba mucha pena a sí mismo, suele pasar]. Respeto algunos trabajos filosóficos de Arendt pero jamás podría estar de acuerdo con su teoría. Simplemente no entendió nada”.

Como Sherezade todos los días evitaba su muerte ante ese monstruo nada banal, embaucando, hablando, narrando, pero —y esto es muy relevante—: sin traicionar jamás a los suyos. Hay que ser muy inteligente para hacer eso, y según el legendario director del no menos legendario documental de nueve horas, Shoah, lo era, el hombre más inteligente que conoció Claude Lanzmann. De hecho logró que miles de judíos abandonaran Viena camino de las no alineadas (aunque sí alienadas) Portugal y España. Pero el Gran Rabino de Roma no permitió que este hombre, un antihéroe pragmático, como también se definió, fuera enterrado en tierra santa. El destino final del rabino austríaco lo define el cineasta como el de “un dinosaurio atropellado en una autopista”; es decir, condenado a morir desterrado por los suyos. 

Llamar colaboradores a unos desgraciados atrapados por unas circunstancias tan dramáticas.

El que había sido último dirigente del consejo judío del campo de Theresienstadt era un traidor a ojos de los suyos. (Los suyos también eran banales).

27 de feb. de 2015

Voltaire tras las faldas de Mme. Châtelet





Detrás de toda gran mujer, o bajo sus faldas, o al amparo de su castillo, se encuentra siempre un gran hombre, el Refugiado. El enésimo y más paradigmático caso es el de Voltaire, y las faldas, el castillo y la espalda amplia es la de una de las mujeres más brillantes del siglo más brillante de la nación, entonces, más brillante: Mme. de Chatelet, amante y protectora de ese prodigio de la autopromoción que fue Voltaire. Nos lo cuenta otra mujer genial, Nancy Mitford.

El papel primordial de Voltaire como el gran filósofo del siglo de las luces está hoy en entredicho por muchos historiadores culturales, como Phillip Blom. Voltaire fue el Savater de la época, como Rousseau fue el Agustín García Calvo; menos mal que también estaban Diderot y el Barón de Holbach, que fueron Sartre y Camus.

En las décadas inmediatamente anteriores a la Revolución francesa, la 'revolución' por antonomasia,  los ilustrados se reunían en el salón del barón de Holbach; o sea, hablamos de los inevitables e icónicos Voltaire y Rousseau, pero también de los más interesantes —junto al propio barón—  Diderot, Laurence Sterne,  David Hume, Adam Smith, Horace Walpole, y Benjamin Franklin. Robespierre acabó con estos violentos enfrentamientos teóricos por el procedimiento de todos conocido, bañando en sangre el debate.

Eran humanistas, ateos y les encantaba contradecir a Rousseau, que se contradecía a sí mismo entre sus teorías y su praxis vital. Por su parte Voltaire fue el gozque del grupo, y ya se sabe, perro ladrador… Otra cosa era su protectora Mme de Chatelet, introductora de Newton en el continente(*) , poseedora de una biblioteca de más de 20.000 volúmenes y de un castillo refugio del propagandista con la aquiescencia del bondadoso cornudo de su marido. Como nadie es perfecto, Émile era también además de adultera, ludópata. El relato de la así mismo aristocrática Mitford, autora de unas desternillantes novelas autobiográficas sobre su familia, es la del encuentro físico y mental entre dos grandes inteligencias (mayor la de la anfitriona) en este siglo de las pelucas en el que sin embargo, el hombre menos se disfrazó.

Por otro lado, hay mucho humor en este trabajo biográfico, y reírse de Voltaire crea adicción.

VOLTAIRE ENAMORADO
NANCY MITFORD, ed. Duomo, 2012

(*) Los Principia Mathematica de Isaac Newton encontraron bastante resistencia en la vieja escuela científica del continente europeo, que no quería aceptar la misteriosa “acción a distancia” de la ley de la gravitación universal. La Marquesa du Châtelet se propuso traducir al francés los Principia de Newton, una ambiciosa empresa para la cual estaba muy bien preparada, gracias a sus excelentes conocimientos de latín y geometría. Con ello esperaba familiarizar a sus compatriotas científicos con la obra del gran inglés. Embarazada a sus 42 años de edad sabía que no podría sobrevivir al parto, por lo que se concentró en la traducción día y noche.