21 jul. 2015

Lectura bajo unas palmeras




Mientras vendaba su herida, Jazna preguntó a Ibn Nafaa:
—Dime, Abu Ozmán, ¿tú crees que la sangre de Mufaddi no se perderá?
Ibn Nafaa se echó a reír y le respondió:
—La sangre de Mufaddi, Jazna, ya se ha perdido…, ya se ha perdido.
—¿Perdido?
—Mejor deberías preguntar, buena mujer, de quién será la próxima sangre que corra.
—¿Así pues nuestra historia es larga, Abu Ozmán?
—Larga y corta a la vez.
—Da gracias a Dios, Abu Ozmán, ahora el mundo vuelve a estar bien.
—Quién sabe. —Se río con tristeza—. Uno puede ser optimista, pero nadie puede leer el futuro.



Yo comencé a leer hace unos años Ciudades de sal, de Abderrahmán Munif en el oasis argelino de El Golea, sin embargo, si lo hubiera leído en los largos trayectos del metro de Londres, sabiendo que habría sido otra lectura, me hubiera gustado mucho también, pero a mi lectura la acompañó el arrullo de las tórtolas y el rumor del agua corriendo por las acequias, la sombra tanto de las palmeras datileras como de los tapiales de adobe, el paso del asno semienterrado bajo su carga de leña; un contexto bíblico, en suma… ni elegido aposta. 

El crítico palestino recientemente fallecido Edward Said dijo de Ciudades de sal que era la única obra seria de ficción que mostraba los efectos del petróleo, los estadounidenses y la oligarquía local en un país del Golfo Pérsico. No digo que no ni sé si será la única, pero me parece una visión demasiado instrumental de esta maravillosa novela; como la cosmología y la Biblia: si quiero aprender de la geopolítica del petróleo prefiero leer un ensayo, y hay muchos sobre este tema. La novela como género tiene otras virtudes más verosimilmente vitales.


Si el escenario es un oasis de Arabia, la novela es a su vez un retrato minucioso y evolutivo de la sociedad beduina y de su brutal y rápida transformación tras el descubrimiento del petróleo, lo que implico las rupturas de las tradiciones, del pasado y del propio hombre con su duro entorno, pero también el choque entre países árabes ricos y pobres y el cínico y manifiesto maquiavelismo de las potencias occidentales, en especial de Gran Bretaña y estados Unidos, siempre obsesionados con influir y hasta dominar esta zona. Los códigos morales de la austera sociedad del desierto, comenzando por la hospitalidad esencial, se retiran al mismo ritmo que la dignidad de estas gentes, ahora nuevos, novísimos ricos. Todos conocemos la habitual zafiedad de un repentino nuevo rico; imaginemos cuando es el conjunto de toda una sociedad, antaño austera por necesidad, la que sufre esa metamorfosis.


El título de la novela no alude al comercio de sal de las caravanas como yo creí erradamente antes de comenzar a leerla, sino al carácter perecedero de estas edificaciones, comparables a las que en el Oeste norteamericano surgieron y murieron durante la fiebre el oro. Condenadas unas y otras a desaparecer, desorbitadas, artificiales, inestables, con la labilidad de la sal. La sal no es mala metáfora: esencial para la vida, pero cuyo exceso la impide.


En realidad, puestos a elegir contextos de lectura debería haber optado por Dubái y no por el hermoso palmeral de El Golea donde todavía persiste, pese a la peste del turismo, una honestidad nómada y beduina.
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Abderrahmán Munif: Ciudades de sal. Belacqua, Barcelona, 2006 (trad. Anna Gil Bardají; orig. en árabe de 1983)


30 jun. 2015

Si yo fuera griego votaría no


(Socrates) -De igual modo, Cebes, creo que todo esto es verdad, que los dioses son nuestros guardianes y que nosotros somos una mas de sus posesiones. ¿No lo crees?
(Cebes) -Si, lo creo.
(Socrates) Luego, ponte tu en su lugar. ¿Si una de tus posesiones fuera a destruirse ella misma sin tu consentimiento, no te enojarias con ella y la castigarias, si tuvieras medios para hacerlo?
(Cebes) -Ciertamente.
(Socrates) -Por lo tanto visto de este modo, supongo que no es irracional decir que no debemos poner fin a nuestra vida hasta que Dios no nos lo diga.
(Platón, en boca de Socrates en el Fedon)


Si yo fuera griego votaría no en el referéndum inmediato de la próxima semana. Puestos a votar, los griegos no han votado a sus acreedores —ni ninguno de nosotros del resto de países—, así que esos acreedores podrán pedir que se les devuelva lo prestado, pero no dictar sus políticas nacionales; en suma, pueden exigir el ‘qué’ (devolución), no el ‘cómo’ (políticas internas). Votaría no porque se trata de elegir entre la troika, que defiende los intereses (nunca mejor dicho, qué bonita polisemia) acreedores, y no el cese sino el aminoramiento de una austeridad que está matando a los ciudadanos de un país supuestamente soberano.

Algunas de las cosas que se vienen diciendo sobre el despilfarro y el mal gobierno (anterior a syriza) griego son ciertas, pero la mayoría no. Desde el 2.000 el gobierno griego ha venido recortando el gasto público y ha aumentado la recaudación interna (fiscal), se han reducido las pensiones de este país abusivamente pensionista, bien es cierto, y los funcionarios (empleo público, también excesivo) se han reducido en una cuarta parte. Con tales medidas, se debería haber pasado de déficit a superávit y si no ha sido así es porque, precisamente, las políticas impuestas desde fuera han hundido la economía griega y por ende la recaudación.

Grecia no tiene ya divisa propia, como la tenía la valerosa Islandia, por ejemplo ejemplar y reciente, así que no puede devaluar su moneda para afrontar ese déficit sin caer en depresión y aumentar las exportaciones. Porque el euro, no lo olvidemos es una mierda de moneda, solo útil a los capitalistas, sin unión fiscal y bancaria.

La austeridad es un suicidio, la austeridad es el abandono de la soberanía y la conversión de Grecia en una colonia de la troika, dejando de ser independiente. Los de la troika van de técnicos asépticos, pero, primero, no existe esa supuesta técnica aséptica, hablamos de política y economía, no de medicina y de antibióticos, y segundo, esos técnicos se equivocan más a menudo que aciertan: hablamos del FMI, con un apabullante historial de genocidas en los países en vías de desarrollo que ahora quieren ampliar también en los supuestamente desarrollados, pero poco, como Grecia. Esos técnicos disfrazan de análisis el mero ejercicio de su despótico poder, el poder, claro, de los poderosos acreedores a los que sirven.

Lo que ha hecho Syriza es algo muy arriesgado, porque no se ve muy bien a donde puede llevar, pero con todo es menos arriesgado que acatar al FMI y sus perros amaestrados, desde la fiera pastora alemana al  gritón caniche español, porque eso sí que se sabe a donde lleva, y eso sí que tiene riesgo. ¡Animo, hermanos griegos!

Yo apenas sé economía, pero cuento con la ventaja de que tampoco soy gilipollas, y los griegos ni son gilipollas ni tienen ya mucho más que perder.

29 jun. 2015

Una espléndida novela oculta en un género





    —McKendrick, acompáñalo —ordenó Milligan. Y añadió dirigiéndose a Laidlaw—: Sólo por si olvidas contarme algo.

   —No tengo ningún problema en contarte cosas—contestó Laidlaw—. De todas maneras, tú jamás las entiendes.





Era una bonita vivienda, pero a él le resultó molesta, de la forma en que siempre le incomodaban las casas rígidamente decoradas para ser atractivas. La experiencia, la conversación que había perdido toda noción de su propia arbitrariedad, la primorosa ornamentación de las habitaciones…, todo eso era como estar atrapado en las alucinaciones de otra persona.





La comida del mediodía fue como un intento de mantener una conversación con frases salidas de las galletas de la fortuna. Los padres de Mary hablaban con expresiones proverbiales: “Dios ayuda a quién se ayuda”, etc.





El suelo de la pequeña pista de baile era de mosaicos que dibujaban una ruleta. La barra del bar estaba formada por una serie de fichas de dominó enromes, acabada en seis doble […] El zumbido provenía de una aspiradora. La mujer que estaba trabajando con ella les daba la espalda. El conjunto confería a la mujer un aspecto inconscientemente patético. Era vieja y gorda. Su sola presencia era un comentario irónico acerca de todo ese esnobismo.





   —No son las preguntas lo que cuenta. Las personas no dan respuestas. Se traicionan. Cuando creen estar respondiendo una cosa están en realidad contestando otra, con inconsciente sinceridad.





   —[…]. Más te vale que consigas un cerebro, chaval. Aunque tengas que robarlo. No te pago para que seas estúpido.


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Podría decirse que esta es una de las mejores novelas negras que se han escrito nunca en inglés, pero no seré yo quien lo haga porque eso llevaría implícito obviar que es una de las mejores novelas (aquí: punto). La razón de que Laidlaw no forme parte del canon de novela negra de todo tiempo y lugar, en este caso el final de los años setenta del pasado siglo y Escocia, concretamente Glasgow, inaugurando lo que los amantes de las etiquetas han llamado con escasa imaginación el tartan noir, es que su autor, William McIlvanney sólo escribió un par más del género. En cambio, se ganó su reputación como poeta y novelista sin más, siempre con escasa producción. La novela Laidlaw es espléndida, para amantes del género y para los que no. Quizás sea la misma razón por la que esta novela no esté considerada como una gran novela sin más: porque está oculta dentro de un género considerado menor por los que gustan de leer las etiquetas y no los contenidos. Hoy sigue escribiendo, por fortuna, y yo le sigo a él, nunca me decepciona, pero esta novela policiaca es mi favorita.
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William McIlvanney: Laidlaw. Ed. Orig. en Ing.1977. Trad. Amelia Brito, RBA, 2014