31 ago. 2015

Reflexiones de un misántropo (*), 1: Diatriba contra las grandes causas


L'enfer, c'est les autres. (Jean Paul Sartre; Huit clos)

Voy a incurrir en un malentendido a sabiendas, porque intuyo que puede resultar muy difícil explicarme, pero haré un enunciado drástico: recelo de las causas y me gustan las elecciones; de forma casi instintiva, o al menos automática. Comprendo que es una dicotomía insólita, pero para mí es clara.

Por causas me refiero a las que suelen calificarse de justas, necesarias, altruistas. 'Causas' casi siempre con más 'efectos' por jugar con la polisemia en la satisfacción grupal de los que las proclaman que en los objetos de sus supuestos o reales desvelos. Bondades cómodas, como la limosna, tanto más cómodas cuanto más generales. Por tanto, las que más recelo me suscitan son las más unánimes, la defensa de los derechos humanos, la de las mujeres, la del medio ambiente, la de la democracia, justo las que enarbola cualquier político en cuanto se aúpa a una tarima y engancha un micrófono, formando parte del mismo paquete propagandístico que besar a los niños y saludar a los charcuteros de los mercados, pero sólo en campaña. Y los casos de causas magnas por excelencia, ya lo he dicho en alguna ocasión: los que dicen actuar por amor a la humanidad, esos siempre me incitan a pensar que no aman a nadie en concreto, refugiándose en esa abstracción. Yo que como cualquiera detesto a mucha gente que forma parte de tan vasto conjunto, la humanidad. Definitivamente misántropo, no me siento tan orgulloso de mi especie, visto lo visto, pero también rechazo las acusaciones globales que se diluyen sin responsables concretos, del tipo del ser humano en su locura destruye el planeta... etcétera. ¡No!, humanos muy concretos, con intereses bien tangibles son los que lo perpetran los daños; al inmenso resto le basta con asistir impasible, no concernido, como en las guerras la mayoría de los no combatientes, o como en el drama global de la inmigración de países pobres a los ricos los habitantes del país de acogida. Buscar responsables no suele ser una causa, sino una elección, incómoda. Despertar conciencias, como se suele o se quiera decir, siempre es una causa. Educar (y sobre todo educarse), en cambio, es una elección, de efectos más lentos, pero más perdurables.

Me suelen gustar las personas concretas entusiastas de asuntos precisos, personas que sin coartadas grupales han elegido, qué se yo, cuidar los caminos de su término municipal y aledaños, limpiar los senderos; cuidar secretos que de otra forma se perderían; los que ayudan a los ancianos de su entorno o a la educación de los niños próximos, los alfabetizadores locales; los que se lanzan a ayudar a los inmigrantes impulsados por un sentimiento de proximidad, de empatía, de "projimidad"; los que reparan los murales de una iglesia o recuperan partituras musicales antiguas; los que reciclan sin mayores alharacas; los que procuran no utilizar la violencia, mucho menos con sus seres próximos; los que se animan a no usar el automóvil e ir andando en distancias practicables para un bípedo sano; los que leen ávidamente porque así lo disponen; los que recogen animales abandonados por desaprensivos. Cuidadores de mundos modestos. La mayoría son actividades "inútiles" en las toscas contabilidades del capitalismo o su eufemismo favorito, la economía de mercado, de la que inevitablemente forman parte más o menos marginal las organizaciones formalmente altruistas. Esos conquistadores individuales de lo "inútil" hacen mejor el mundo o por lo menos no lo empeoran ni molestan. He tenido la suerte de conocer a algunos, variopintos, a veces estrafalarios o pintorescos, gente magnífica.

En cambio me molestan los que hacen proselitismo, los que reclutan y animan con algo más que su ejemplo discreto, y aún más los que impúdicos se muestran como ejemplo, los que sólo actúan a golpe de consignas y arropados en el grupo. Me da igual que su causa sean las focas o los peligros del amianto. ¿Tengo que decir que estoy a favor de las focas y en contra del amianto? ¡Venga ya! Como cantaban Las madres del cordero, el hambre en la India es un tremendo problemón, ya lo sé. No siempre pienso si es mejor papel o plástico ambos tienen inconvenientes y si reciclo es por conveniencia, no porque piense que cambio significativamente el mundo. Ahora que lo pienso eso es una causa, pero también una elección. 

Desconfío de las causas pero respeto y hasta me admiran las elecciones, debe ser que soy huraño, un individualista o, simplemente, un individuo. El pronombre 'nosotros' puede ser un correctivo al egocentrismo del 'yo', o sea, del individuo, pero demasiado a menudo representa el contraste y exclusión de los 'otros', los que no forman parte de cada 'nosotros' concreto. Esos 'no-s-otros' son inevitablemente tribales, y las tribus sólo se afirman enfrentándose a otras. El pronombre nosotros crea un grupo, una generalidad de personas que inevitablemente ceden una parte de su individualidad, comprende al que habla pero habla en nombre de los demás, habla por todos. Cuando soñamos no podemos fingir ni impostar, somos sólo uno, el que sueña, nunca nosotros, así los relatos que usan el performativo nosotros son siempre menos fiables y enuncian acciones que nos involucran a todos sin matices. 

Esto no es una diatriba contra las ONG, que como las personas, las hay buenas, malas y mitad y mitad, y comprendo la necesidad de organizarse en cuestiones tan complejas como llevar asistencia médica allí donde no la hay, o asistencia legal donde tampoco, etcétera. En fin... yo también pago mi peaje a unas pocas organizaciones que me parecen fiables en sus objetivos y sobre todo en su eficacia. Entonces, ¿qué es? Pues eso, que no me gustan las causas y lo que inevitablemente llevan adherido: proselitismo y buena conciencia, dos cosas que juntas definen a los pelmazos, y si van en grupo peor. 

Aunque sé que hay formas mucho peores de agruparse, las que diferencian a los latosos de los malvados; o por el simple gusto de señalar, la que distingue a los nacionalismos del simple cariño al terruño y apego y respeto a la propia lengua (a la que muchos nacionalistas, tengo entendido, en el día a día tratan fatal; es decir, la hablan mal y la escriben descuidadamente). "Pertenencia a un colectivo que comparte mayoritariamente, además de lengua y cultura, unas formas de entender el mundo y la sociedad", así define mi antaño admirado Josep Fontana la identidad colectiva, en su caso catalana. Compartir una lengua y una cultura me parece lógico y hasta inevitable en un colectivo que habita un mismo territorio, pero compartir una forma de entender el mundo y la sociedad me parece que puede terminar siendo sencillamente atroz. 'Nosotros' es también el acertado título de una novela de Yevgueni Zamiatin escrita en 1921 pero no publicada en ruso hasta 1988, donde se habla de una sociedad futura (¿futura?) donde un grupo dirigente reprime totalmente al resto.  Quizás sea un camino no tan extraño en un antiguo marxista reconvertido en la vejez al nacionalismo ¿O será nuevamente un caso de que son las excepciones no grupales las que hacen el mundo más habitable? Es muy posible, pero en ese caso a las excepciones las tratan fatal. Muchos catalanistas, al igual que muchos que se definen por el simple y normalmente no elegible hecho de ser españoles, "demuestran" su amor a la patria asfaltándola, cementándola, dedicándose a la especulación inmobiliaria y a la construcción desaforada, destruyéndola, vendiéndola en parcelas; de hecho, suele ser bastante común.

También me molestan los que son peluqueros, bomberos, decoradores de interiores, dentistas, veterinarios y el más largo de los etcéteras que se sienten aludidos y consecuentemente se ofenden porque alguien saque (en un libro, en un anuncio, en una peli...etc.) a un peluquero o un bombero o un decorador de interiores o un dentista o un veterinario y el más largo de los etcéteras y el susodicho no sea un prodigio de persona maravillosa, sino, por ejemplo, asqueroso, como podría darse el caso. 

Elegir definirse exclusivamente a traves de una identidad colectiva, aunque ampare una gran causa, suele ser, ahora que lo pienso, también una elección, éticamente muy cómoda.
 
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(*) La definición de misántropo de la RAE, como sucede demasiado a menudo, es lamentable: "Persona que, por su humor tétrico, manifiesta aversión al trato humano". Algo mejor es la de la Wikipedia: "Un misántropo es, por tanto, una persona que muestra antipatía por los seres humanos y la humanidad como entes" Como entes, o sea, que los casos concretos, las personas consideradas, nunca mejor dicho, de una en una, pueden quedar excluidas de esa aversión o antipatía. Así, un misántropo sería... un misan-topo.