“Expresado con toda brevedad, el hombre sólo juega cuando es hombre en el pleno sentido de la palabra, y sólo es enteramente hombre cuando juega.”
FRIEDRICH SCHILLER

16 de dic. de 2014

Puertas al campo







Para 'El Pérez', fronterizo y libertario
Claro que se le ponen puertas al campo.

¿Campo abierto? Eso sí que suele ser un eufemismo. Más bien cercado. Menos mal, la verdad, que también está lleno de puertas. Alguien las tiene que haber puesto. Yo las paso. "Bajo los adoquines está la playa", escribían en los muros los últimos románticos, esos chicos, mis coetáneos, hoy abueletes, de mayo del 68. Pues yo añado: "tras las tapias está el mundo ¡saltadlas!". Eso sí, está el mundo… ancho y ajeno, como dijo aquel.

El campo, eso que los urbanícolas llaman ‘La Naturaleza’ con mayúsculas tan reverentes como ignorantes, está lleno de muros, tapias, tapiales, cercas, vallados, empalizadas, cercados, estacadas y odiosas alambradas: barreras. Menos mal que también hay setos vivos que escoltan los caminos y ofrecen sus bayas al caminante, y también hay encantadores muretes de mampostería en seco sin argamasa, milagrosos supervivientes de la laboriosidad exquisita de los hombres, que muchas veces no limitan tanto una propiedad como una unidad de manejo, por ejemplo de ganado. Y claro, con tanta valla tiene que haber puertas, normalmente cerradas. Ya lo dicen los optimistas: los elementos más importantes de una muralla son sus puertas.

Mark Twain decía que cada año se estrenaban tres nuevas religiones, pero que se podía aumentar esta cifra sin faltar a la verdad. Pero el monoteísmo más feroz es también uno de los más antiguos, sino el que más, entre los que perduran: la adoración fanática e inflexible a la propiedad privada (“¡Salga de mi propiedad!": “¿Y dónde me pongo?”). Cuando el derecho de la propiedad privada privó (PPP) a muchos nómadas —vocacionales u obligados o ambas cosas— del derecho de paso, como sucede en este mi propio país de inmensos latifundios y de minúsculas parcelitas —el minifundista defiende su propiedad con tanto o más ahínco que el terrateniente, aunque no contrate seguratas—, los caminantes tuvimos que empezar a tragar humo por los arcenes de las carreteras, que previamente habían asfaltado viejos caminos de uña, trochas, cordeles, sendas, veredas, coladas, cañadas reales y otras vías pecuarias y hasta calzadas romanas. Es una excepción lo que sucede en varios de los muy cívicos países nórdicos, escandinavos en concreto, donde existe el derecho de paso, no la rácana y siempre concedida a regañadientes servidumbre de paso española, sino explícitamente ese derecho, aunque sea a través del jardín de una casa particular si no hay otra opción. Ese derecho, lógicamente, tiene limitaciones, como todos: dé la vuelta y no atraviese el salón, por favor. Por lo demás, ya les gustaría a los humildes, como meros seres humanos,  tener en el mundo la misma libertad de circulación y el mismo derecho de paso fronterizo que tiene un simple dólar, por mucho Dios que lleve impreso, o casi cualquier mercancía.

Hablando de limitaciones a los derechos, el más drástico al omnímodo de propiedad sería si se restringiera a los bienes 'muebles', esto es, transportables. Como los parcos ajuares domésticos de los pueblos nómadas que es obvio que mitifico (pero es que ellos mismos se santifican con su sagrado cumplimiento del deber de la hospitalidad). El mundo sería un lugar menos hostil, más ancho y mucho menos ajeno. Y desde luego comparto la lógica, a mi juicio impecable, de los indígenas norteamericanos y otras sociedades "primitivas" que consideraban absurda la pretensión de poseer la tierra. 

Parece que fue Pascal el autor de la célebre frase de que "Todos los infortunios de los hombres derivan de no saber estarse tranquilos en sus casas." Yo añadiría: y de situar esa casa en una parcela excesiva e innecesariamente grande y cuando se sale de ella es para añadir inmensos territorios a los ya poseídos. O añadir fronteras al mundo, con todas las que ya existen, como fórmula bien absurda para solucionar problemas. El nacionalismo, la patria, como extensión del derecho de propiedad y de exclusión “del otro” también. ¿De verdad es normal ver como normal tanta parcelación, frontera, valla, salga de mi propiedad...?

Fue un decimonónico granjero de Charlestown (New Hamshire, no confundir con los Charleston sureños, como el de Carolina del Sur), un tal Joseph Glidden, quien inventó y se aseguró de patentar el alambre de espino (barbed wire)  como una forma de cercado de propiedades agrarias, especialmente ganaderas. Se gastó 39.000 dólares de entonces en cercar las 101.167 hectáreas de su rancho Friying Pan con ese horror recién inventado. En los Estados Unidos del Far West, y especialmente en los ranchos del Noroeste, los conflictos entre pequeños y grandes propietarios ganaderos se pueden esquematizar en el teórico entre el derecho de propiedad y el derecho a la independencia humana. Finalmente se cercaron todos los caminos y se mantuvo dentro de terrenos vallados todos los ganados del norte. Había concluido el viejo conflicto en la colonización del salvaje Oeste y habían vencido los más salvajes: los grandes propietarios. Aunque pronto se revelaron otras utilidades, como las bélicas, y ya en la Primera Guerra Mundial el alambre de espino compitió en la guerra de trincheras con otro invento de la época, la ametralladora en el número de bajas.


El alambre maldito está sustituyendo en muchos sitios a los muretes de mampostería, que solo están ahí para que se encarame la lagartija y trepe la zarzamora o para dar sombra a las dedaleras. Pero si los saltáis en vez de pasar por la portilla, hacedlo con cuidado para no derrumbar las piedras de encima, y si pasáis por la puerta volvedla a dejar cerrada. Pasad como si no hubierais estado, con el mismo cuidado que la garduña, la comadreja o la culebra. 

Es evidente que ha habido varios momentos (en realidad aparición, sucesión y transmisión del mismo momento considerado en distintos lugares) claves en la Historia de la Humanidad; cesuras que marcan el antes y el después como se suele decir, sin casi posibilidad de retroceso. El uso del fuego es el que primero suele invocarse, no sólo para calentarse sino como verdadera energía exosomática, esto es, externa a la metabólica que los alimentos proporcionan al cuerpo; para transformar la materia y el entorno: el hombre prometeico o tecnológico. O bien, la escritura, como sistema de almacenaje y transmisión más eficaz y perdurable que la oralidad, de la cultura. Pero, en cuestión de dividir en grupos a los humanos, no sólo en un antes y un después, sino sincrónica, simultáneamente, en el ahora, la sedentarización, con las implicaciones agrícolas y urbanas, creo que ha sido tan relevante al menos como los dos anteriores, dividiendo a los humanos en nómadas y asentados; estos últimos apropiándose finalmente del mundo y dejando a los renuentes móviles restos en zonas marginales y encima teniendo que soportar los recelos, como robagallinas o robaniños.

Por todo ello, no es lo mismo andar que echarse al camino, ponerse a andar, vivir andando. Andar andamos todos, algunos poco, si pueden evitarlo; otros mucho y hasta por gusto como es mi caso; pero muy pocos en el mundo siguen en marcha, en los caminos, haciendo una forma de vida del movimiento continuo. Son los nómadas, los trashumantes, los transterminantes, los itinerantes, buhoneros, bereberes, benditas gentes sin patria, sin fronteras, sin raíces y con pies. Ellos son la verdadera sal de la tierra, los que no se la apropian. Pero les ponemos delante todos los impedimentos que la malvada imaginación pergeña, concertinas mediante.

Y luego están, en este y en el pasado siglo desdichados, aunque también desde siempre, los grandes movimientos humanos de los que nada tienen, de los obligados, los desposeídos, forzados por razones políticas, económicas y ecológicas, en caso de que sean distintas y no tres formas de ver la misma realidad precaria. Los éxodos. Si la vida nómada es un residuo precario del pasado, los éxodos masivos, las migraciones humanas son el fenómeno demográfico obligado más significativo en esta época globalizada, tanto o más que los nacimientos y las muertes, y señalan la vergüenza colectiva de que un 17 por ciento de la humanidad se apropie del 90 por ciento de los recursos del planeta, incluyendo la tierra y el suelo que pisamos, si nos lo permiten, que a menudo ni eso. "Prohibido el paso. Propiedad privada" ¡Qué gran mensaje! Ahí está contenido casi todo lo peor que tiene el hombre. 

(El  mar me gusta por ser engañosamente ilimitado; no hay vallas ni muros, aunque sí aguas territoriales, lástima. Además ves acercarse desde lejos a los enemigos aunque luego te hundan a cañonazos, pero por lo menos no te pega un tiro el vecino por o para 'correr', según lo casos, un metro una linde).




(Todas las fotos de este post son de caminos andados por Jara, que aparece en una, y por mí)

12 de dic. de 2014

¿Belleza? ¿Traición u olvido?





1
El lobo y los cántaros
Ese día vimos un lobo. Subíamos el valle en la caja descubierta del camión de recogida de la leche, y de pronto, en sentido contrario, ladera abajo, las campas se llenaron de unos gritos que se perseguían como en una carrera de relevos: "¡el lobu, el lobu!". Y entonces lo vimos, entrando y saliendo de la niebla, espectro veloz y acosado, espectro de perro grande y algo escuálido, saltando las portillas y las sebes, atravesando los "praus" como una centella. Si el lobo se deslizaba grácil y urgente como el tópico fantasma, nosotros, en cambio, ascendiamos agarrados precariamente dando unos botes tremendos por la maltratada pista. Cuando por fin me presenté en el alfar del viejo artesano le hice unas fotos ante su torno y le compré —no sin rogarle mucho, ya no las hacía— esa auténtica joya que preside una estantería de mi casa serrana. 

Mucho tiempo después, este año, vi un cántaro de Chipre de hace mil años en el British Museum con la misma insólita forma: un barril tumbado con la boca y el cuello en el lado cilíndrico y no en un extremo como suele ser lo habitual en esas vasijas de barro. Salvo porque sólo tiene un asa en lugar de dos, es casi idéntico al asturiano de cerámica negra —de Llamas de Mouro— del siglo pasado que compré de joven aquel día del lobo. Mi cántaro y el chipriota están en desuso, son piezas de museo; de hecho, los alfareros son hoy casi tan anacrónicos como los remeros de galeras de la antigüedad. Ambos son hermosísimos, independientemente del valor que se les asigne, que es incalculable; en cuanto a su precio, ya se sabe: el que alguien esté dispuesto a pagar, pero ninguno de los dos está en venta y ambos son irremplazables. No son copia uno de otro, sino que comparten una misma idea meme de lo útil y lo bello, en el caso de que sean cosas distintas.




Cántaro chipriota antiguo en el British Museum
2
Las Vegas y Madonna
En numerosos casos es posible imitar con relativo éxito la verdadera belleza porque la mayoría de la gente no sabe reconocerla. Alguno confunde esa insuficiencia con el mal gusto, siempre el ajeno, claro, pero es algo aún más grave y creo que hasta más extendido: es ceguera. Pensad que si fuera posible hacer falsificaciones con éxito de lo auténticamente hermoso, Las Vegas sería la ciudad más bonita de toda la historia mundial y Madonna la cantante más bella y seductora. Y en cambio, friamente, ciudad y mujer, aún teniendo cierto particular encanto, son básicamente monstruosas. 

Los valles de las Merindades del Alto Ebro, Venecia, Juliette Binoche o el extraordinario cuadro de Rembrandt de la  mujer con el camisón remangado bañándose en un arroyo. Da lo mismo que se trate del paisaje natural de una comarca, de una ciudad, de una persona o de una pintura al óleo: la belleza surge siempre de adentro hacia afuera, como su hermana menor, la elegancia; por eso hay gente muy guapa carente de atractivo, y por eso hay gente, poca, con ojo crítico infalible: porque es "penetrante" en sentido literal. El resto de las personas se contentan, suelen hacerlo, con imitaciones. Es lo que a mi entender explica la fortuna del turismo de masas; esas masas que no contentas con la imitación, convierten el original en su propia copia; la ciudad singular en su propio parque temático. Esa es la manera, junto al asfalto y el cemento, más habitual e implacable de destruir la belleza. Por eso la belleza en el mundo actual siempre es un accidente afortunado, que sobrevive milagrosamente a salvo de las apabullantes corrientes transformadoras que se siguen llamando "Progreso" porque el mundo —su codicia, su ignorancia o ambas conjuntamente— la han dejado al margen, se han olvidado de ella. 

3
Sin photoshop
En cambio, el tacto engaña siempre mucho menos que la vista, por eso, entre otras cosas, tenemos tendencia a tocar las cosas bonitas. Y también y a pesar de que muchos trucos de magia se basan en distraer nuestra mirada con otros movimientos, o precisamente por eso, el movimiento, el gesto, engaña menos que el reposo para detectar la torpeza o la elegancia, el temor o la confianza, la belleza. La belleza no tiene por qué ser espectacular; lo que la salva a menudo de su destino fatal es que no siempre se presta a ser espectáculo. En ocasiones es el rostro cuarteado por la intemperie y los temporales de un viejo marinero. O la cara de un golfillo llena de churretes; o una bolsa de plástico rojo a merced del viento. Porque lo cierto lo siento por photoshop es que la belleza no tiene que ver nada con esa búsqueda de la perfección aséptica y envuelta en celofán del retoque obsesivo y el papel cuché. No, la belleza no es solo mostrar o mostrarse: exhibirse; es gesto y acción: hablar a un niño, acariciar a un gato; cortar el pan reciente sin cuchillo, partiéndolo con las manos a la vez que sientes su fragancia caliente; disfrutar del sol sin pretensiones de bronceado; saber cuándo callar y cuando hablar; y un montón de cosas reales y extraordinarias, como afeitar a un mendigo, prepararle la cena a una anciana, arropar a un niño, podar un frutal.

4
Bueno y bonito, no siempre barato 
Es muy antigua, previa y por tanto no exclusiva de la tradición cristiana, la identificación entre la belleza y el bien. No creo que esté muy desencaminada. Por ejemplo, desde el punto de vista evolutivo el atractivo de un individuo está relacionado con la posibilidad de procrear y de procrear además descendientes buenos (aptos)… o sea, bellos. Pero yo me refiero a algo más amplio y a la vez más pragmático: creo que los que destruyen la belleza no la reconocen previamente. Se daría así una curiosa paradoja ética-estética: para destruir la belleza es preciso no conocerla, y su inversa, claro. Así pues, la belleza nunca es traicionada, pero a menudo sobrevive porque no es percibida. Y esa sí que es una paradoja. Los especuladores inmobiliarios a veces pasan bastante tiempo en su última agresión al entorno. Deben pensar que lo han dejado más bonito. 




5
Crítica y criterio
Si uno mira la abundancia de críticas —de libros, de cine, de moda— en Internet descubre que abundan los gustos diversos, pero escasean los criterios fundados (redundancia). La estética, como "ciencia" prescriptiva (no-ciencia) se basa en el intento de establecer criterios para evaluar la belleza. De modo que para gustos (fundados) sí que hay colores (o tonos), unos mejores que otros: simetría, proporción, conexiones matemáticas (como la proporción aurea), pitagóricas o no, gustos, modas, ideas platónicas; pero la belleza no es nada de eso y es todo eso: lo que se roba, lo que se protege, lo eterno, lo fugaz, lo que se destruye, lo que se conserva, lo que se prostituye, lo que se oculta para ser protegido, lo perdurable y la moda del momento. Nadie sabe lo que es, por más tratados de Estética que en el mundo se hayan escrito, pero todos sabemos reconocerla, aparentemente. Pues bien, yo sostengo que no: si se supiera, los publicistas hace tiempo que la usarían para vendernos infaliblemente perfumes o repelentes contra los mosquitos, tanto daría, y los fanáticos de la coartada del Progreso ya habrían acabado completamente con ella. Y es que soy muchísimo más "conservador" que cualquier empresario de la derecha-derecha que vende el patrimonio de sus ancestros en cómodas parcelas.

6 
Final 
Recomendaba el moralista suizo Henry Frédéric Amiel mirar dos veces para ver lo justo, pero sólo una vez para ver lo bello. Entiendo lo que quiere decir, y en parte lo subscribo, pero a la vez disiento un poco. Yo creo que también se aprende a percibir la belleza, pero, como la práctica científica, exige cierto “sacerdocio” y bastante formación.

La belleza es física avanzada, está conectada a algo más profundo. ¿Queréis una prueba empírica, bien científica?: mirad a una mujer verdaderamente hermosa, o a un árbol majestuoso bajo la luz adecuada ¿No veis acaso que el aire que los rodea cambia? Me lo dijo un anticuario: “la belleza altera la textura de la realidad”.

Por lo demás... yo que sé qué es la belleza (para el sapo, los ojos saltones de la sapa, decía Voltaire, más bien feo, pero que se enamoraba y enamoraba a mujeres siempre hermosas). Lo admito: no sé definirla, pero como todo el mundo creo saber reconocerla. Por ejemplo la disciplina de la Estética finalmente sólo es un conjunto de ejemplos—: sé que si la lluvia se seca sin aroma es menos lluvia y es menos bella.
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