“Tocino, alubias, harina, azúcar y café, y déme balas de Winchester”. Como aficionado al western no ignoro el pedido típico en la consabida tienda de “abarrotes” antes de partir para atravesar ese desierto que los ‘americanos’ arrebataron a los mexicanos. Una dieta algo brusca y desequilibrada, como la personalidad de los pioneros de las tierras vírgenes, aunque más honesta que la de ahora servida en platos cuadrados enormes con raciones muy escasas pero adornadas como joyas, caviar en espuma de sifón o al nitrógeno con guarnición de algas del Mar Rojo y tortilla de patatas a la Derrida, o sea, deconstruida (es decir, huevos con patatas, sin yema, sólo la clara). Afortunadamente hay opciones entre el tocino rancio del buscador de oro en tierra de los apaches y el vacile de El Bullit (como los famosos calculistas de circo del siglo pasado, el Señor Adrià es un idiota muy listo); una de las mejores, más gratas y económicas: cocinar uno mismo.
Cocino desde que me marché de casa de mi abuela, pero leo libros de cocina desde mucho más tarde, una vez que aprendí, a base de llamadas telefónicas a mi mamá, como hacer un sofrito, pochar una verduras, rebozar un pescado, confitar cebolla, lograr el punto de un arroz, y sí: freír un huevo (con o sin ‘puntillas’)
Los libros de cocina escritos por literatos, con contadas excepciones (Manuel Vázquez Montalbán, Emilia Pardo Bazán) son malos (penoso el del gran Julian Barnes, sin ir más lejos), como los de literatura escritos por cocineros, con la consabida así mismo excepción (‘Confesiones de un chef’, de Anthony Bourdain; descacharrante y terrorífico libro de memorias de un profesional que lo mismo podría haberlo sido del crimen organizado[1]). Por cierto, MVM decía que sólo por el libro de cocina se justificaba la existencia de la sección Femenina del Movimiento fascista español. Aunque debió morir el dictador y hasta el maravilloso escritor catalán para que saliera una nueva edición con la vieja portada en negro, pero el nombre hasta entonces oculto de su genial y verdadera autora: Ana María Herrera.
Probablemente el libro más usado, más exitoso, más repipi, pero a su modo más útil sea el famosísimo mil y no se cuantas (1080) recetas de cocina, de la señorona Simone Ortega (una ilustre alsaciana casada con Ortega Spottorno, patrón de Alianza, Prisa con El País, etcétera), porque es importante destacar eso, es el libro escrito por una señorona con cocinera y criadas, sólo así se entiende que recomiende quitarles las telillas negras al pulpo, las semillas al tomate y no de apenas recetas de casquería. Pero con ese libro miles de españolitos iniciaron su vida independiente (de mamá y del menú del bar de abajo, y en los mejores casos también de su compañera, esposa o novia). De hecho es uno de los libros más vendidos en España (3,5 millones de ejemplares, ya quisieran los Best Sellers). Publicado en 1972, no me preguntéis por qué, pero siempre pensé que anunciaba la muerte del dictador, que solo cenaba tortillas francesas con un vaso de leche.
Pero mi libro favorito no es este, un bote salvavidas desde el punto de vista gastronómico, ni el mucho mejor de la Sección Femenina (un buen buque de cabotaje), sino los ágiles veleros de la serie de Igone Marrodán que podéis buscar por ahí y son excelsos.
Las mujeres…nos enseñan a cocinar como tantas otras cosas (son más del 51% de la Humanidad, y el resto, pues hijos de ellas), y nosotros qué pocas veces cocinamos para ellas, no digo ya planchar. Aprendí lo erótico que les resulta que cocines para ellas con pericia (y para ir del comedor al dormitorio no hay que coger un taxi, como desde el restauran)
(*) Título de un precioso libro del biólogo Faustino Cordón que he perdido y creo que está agotado.
[1] Boudain, Chef de la Brasserie de Les Halles de Nueva York nos cuenta su vida no sólo profesional, aunque ha recorrido todo el escalafón de su gremio, desde baruchos en Princetown a restaurantes miradores de moda en rascacielos como el del Rockefeller Center. Uno no aprende tanto a confitar verduras como a no discutir con un pinche airado y armado de un cuchillo de trinchar (aunque peores son los cebolleros). Mi parte preferida es cuando narra el viaje que realizó a Francia de adolescente con sus padres, cuando todavía detestaba la buena cocina, hasta que descubrió las ostras y de ahí…
Las objeciones más interesantes son las de Joan B. Silk, una antropóloga de la Universidad de California, Los Ángeles. A esta autora no se le escapa la ironía que representa que los últimos avances científicos en este campo subrayen nuestra capacidad para cooperar, nuestra preocupación por el bienestar de los demás y nuestras inclinaciones altruistas firmemente ancladas en nuestros discurrir evolutivo. Porque a la vez todos tenemos pruebas de cómo nos dañamos los seres humanos mutuamente y a nuestro entorno. Siempre reeditando la polémica Hobbes versus Rousseau. La Doctora Silk está especializada en una disciplina mixta entre la etología (comportamiento) y la ecología (entorno) de los primates (el orden de mamíferos al que pertenecemos los humanos junto al resto de monos, antropoides o no, y prosimios o lemures). Los estudios del equipo de Tomasello sobre como se desarrollan los comportamientos altruistas en nuestros niños lógicamente la fascinan. Y la hacen dudar, no del escrupuloso diseño experimental, sino de algunas de sus conclusiones.
Silk reconoce que los grandes antropoides no tienen la capacidad de dirigir conjuntamente su atención, lo que evidentemente afecta a su capacidad de cooperar, y a su tolerancia, más limitada, y a su confianza, así que su participación en actividades que brinden beneficios grupales es muchísimo menor que las sociedades humanas. Lo que Tomasello sostiene es que las ventajas de participar en empresas de beneficio mutuo (mutualistas) fomentaron la evolución y aparición de capacidades específicamente humanas. Esa argumentación no la convence. Porque entonces la buena doctora saca a relucir el caso de la ‘caza del venado’. El asunto, clásico, es como sigue:
Un cazador solitario puede atrapar una liebre como mucho, pero dos cazadores que colaboren pueden cazar un venado. Es decir, los intereses de las dos partes son perfectamente concomitantes. En teoría de juegos, cada jugador/cazador se limita a decidir si va a cazar o no. En este caso, ninguno de los dos saca provecho de no informar al otro acerca de sus intenciones, ni de echarse atrás una vez que la caza ha comenzado. O sea: en este caso, la colaboración/cooperación es la solución óptima.
Si muchas situaciones, por no decir la mayoría se adaptaran a este caso, a este sencillo escenario de recompensas por colaborar, lógicamente la cooperación predominaría, frente a la competencia o la exclusión y la rivalidad. Esto pasa cuando los intereses del grupo y los del individuo coinciden y la colaboración rinde beneficios mucho mayores que la acción individualista. En términos de biología evolutiva, no hay presiones selectivas que desestabilicen esa interacción.
Pero a menudo, con mucha frecuencia, las circunstancias que surgen en la naturaleza no son tan nítidas. Surgen, por ejemplo, las ventajas del engaño (que no hace falta detallar), de la acción individualista, de la reserva de información, de la negación de ayuda, de los conflictos de intereses sin más. Porque el modelo idílico de la caza del venado es un ideal rousseauniano que tal vez no sea tan frecuente en la naturaleza.
La caza del venado es el caso o escenario perfecto del mutualismo (beneficio mutuo en la colaboración). Y aún así, el móvil de los dos individuos no es su preocupación por el bienestar del otro, sino que actúan así porque es la mejor estrategia para su beneficio personal. Para tomar tan ‘loable’ decisión colaboradora no tienen ninguna necesidad de tener en cuenta los beneficios del compañero, esto es, el altruismo. Por tanto, no se trata de asignar un valor positivo a los beneficios del otro, sino que se trata de un juego de coordinación: mi estrategia óptima depende de la del otro jugador (y viceversa).
Los chimpancés del laboratorio de Tomasello, argumenta la Dra Silk colaboran en tareas conjuntas con provecho, conforme a los experimentos cuidadosamente diseñados, pero no muestran mucha preocupación en el bienestar de sus semejantes, los otros chimpancés. Es decir, el mutualismo no implica necesariamente que los individuos sean más serviciales, o que ese altruismo, en aparente paradoja, no tenga motivaciones estrictamente egoístas. Uno presiente, al leer las réplicas de la doctora al doctor que, como en tantas otras polémicas, quizás la mayoría, hay sobre todo un problema de definiciones, de uso del lenguaje en las conclusiones y, ay, del matiz o los matices. Como señala Silk con mucha gracia, el camino del mutualismo quizás no nos lleve a Nelson Mandela sino a Nicolás Maquiavelo. Una vez más.
En mi mundo soy un apestado. Me llamo Engracio (de Engraulis *) y siempre he sido un marginado, pero ahora además estoy en verdadero peligro. Y todo por mi empecinado afán de ir por libre y darme de cabeza, toc-toc-toc, una y otra vez con lo que los demás con total naturalidad dan por bueno.
Reconozco, eso sí, que con los instrumentos de precisión de que disponemos todo lo que alcanzamos a ver son los límites de nuestro universo. Eso es un hecho, creo. Debería bastarme, aunque unos pocos intuimos algo más, otros mundos al "otro lado", tal vez, quizás.
¡Santo y Gran Tiburón Ancestral, por qué no me convenzo de una buena vez!
La mayoría de mis semejantes tienen las cosas muy claras, nunca mejor dicho, aunque su vista no alcance tampoco mucho más allá que la mía. Son más prosaicos, menos dubitativos, más seguros. Dominan no sólo porque son mayoría: más, muchos más que los pocos que dudamos, sino porque además ofrecen seguridades, tan ansiadas siempre. Eso lo admito y lo entiendo, pero ellos a mí, no.
Yo no sé, sólo me he atrevido a decir eso. Lo malo es que la mayoría sí sabe, o al menos se comporta como si supiera. De hecho, el individuo que considero como el más inteligente de los que conozco, con el que a veces he conversado sobre otros temas y cuya opinión tengo en alta estima, lo tiene también muy claro.
No sé, nunca he sabido, y ahora solo me dan de plazo dos ciclos de luz. Luego, si no admito la verdad al parecer evidente, se lanzarán contra mí, me harán trizas y ...me comerán.
Preocupado por la grave situación he vuelto a encontrarme con el sabio y amable colega, tan inteligente y culto.
¿De veras estás tan seguro de lo que me dijiste ayer; el mundo es cómo se dice?
Me miró con una ironía en la que alcancé a percibir cierta ternura, bajó la voz y me dijo algo sorprendente:
Este es tu mundo. A efectos prácticos, amigo mío, el único mundo, y en él no existe la verdad, sólo la conveniencia
Así que literalmente ante todo el mundo, mañana pronunciaré la frase que se espera de mí, la que me salvará, al menos de momento, la vida:
"El universo es un paralelepípedo de agua limitado por vidrios gruesos. Por definición al otro lado se extiende la nada".
Soy un cobarde que no sabe defender sus convicciones o, lo que es peor, la falta de ellas. Un pececillo pusilánime. Un triste boquerón.
Ser altruista como parte de la esencia de lo humano. Estupendo y alentador, pero no es lo mismo serlo con los tres principales tipos de ‘mercancías’, digamos: bienes, servicios e información. Es decir, no es lo mismo compartir comida (ser generoso), que acercarle un objeto inalcanzable a alguien: prestarle un servicio (ser servicial), o finalmente, brindar información. Si importa distinguir entre estos tres tipos de altruismo no es por afán clasificador, sino porque los costos y beneficios son distintos, pero también porque parece ser que tienen historias evolutivas diferentes.
Experimento (Warneken, F. y M. Tomasello, “Altruism helping in human infants and young chimpanzees”, Science 311, 2006):
Un grupo de 24 niños entre 14 y 18 meses frente a un adulto que no es familiar suyo y al que acaban de conocer. El adulto tiene un problema trivial (acercarle objetos aparentemente fuera de su alcance, señalarle donde está un objeto: gafas- que olvidó en la anterior visita), los niños le ayudan a resolverlo, espontáneamente, sin recompensa por hacerlo. De esos veinticuatro, veintidós le ofrecieron ayuda por lo menos una vez y de manera inmediata. Para cada situación experimental planteada se estableció una condición de control; por ejemplo, en lugar de que el objeto se le caiga al adulto por accidente, lo lanza al suelo a propósito. Y los niños en este caso no hacen nada, es decir, que se puede excluir que le alcancen cosas porque les guste levantarlas del suelo. Etcétera.
Los niños brindan ayuda de muy diversas maneras; en el estudio mencionado ayudan al adulto a resolver cuatro tipos de problemas: le acercaron objetos que estaban fuera de su alcance, apartaron obstáculos, corrigieron un error que había cometido y le eligieron el mejor modo para llevar a cabo una tarea. Todas las simulaciones o escenarios eran nuevos para los niños, al menos en sus detalles. Los niños percibían las metas de otros (el adulto en apuros) y además tenían la motivación altruista para ayudarlo.
Los investigadores dan cinco razones que explicarían que ayudar a otros en la resolución de este tipo de problemas físicos simples es un comportamiento que surge naturalmente en los humanos:
1º) Que este comportamiento aparece muy tempranamente, entre los 14 y los 18 meses, mucho antes de que los progenitores tengan expectativas de que sus hijos se comporten con sentido social o de que hayan podido inculcarles ese tipo de conducta. Aún así, el asunto es debatible, porque en el primer año de vida los niños habrían visto a los adultos ayudarse entre sí, con lo cual el comportamiento pudiera ser imitativo.
2º) Que no parecen influir premios ni elogios. Los investigadores, trabajando con niños de un año de edad, les dieron un premio cada vez que ayudaban y en el siguiente ensayo el adulto tenía en las manos un premio bien visible y en ninguno de los casos esos incentivos parecieron modificar la conducta. En otro estudio la madre estaba presente y les alentaba a ayudar o estaba ausente, las palabras alentadoras de la madre, lo siento, no modificaron en nada la conducta de los niños, sino que en ambos casos se mostraron igualmente dispuestos a ayudar (o no).
3º) Que los chimpancés muestran el mismo comportamiento, aún siendo los investigadores perfectamente conscientes de que pueden existir muchas razones para que los chimpancés criados por humanos los ayuden. Así que también se utilizaron chimpancés criados por sus madres que tenían la oportunidad de ayudarse entre sí. Sin indicio alguno de que esperasen recompensa ni que quieran complacer a sus padres biológicos o tutores humanos.
4º) Que los niños de culturas más tradicionales, que se crían sin intervención paternal o es mucho menor, siguen brindando su ayuda igual.
Y 5º) Que se ha comprobado recientemente que la actitud de ayuda de los niños esta mediada por el interés empático. Un adulto se apropiaba de un dibujo realizado por otro adulto y lo rompía intencionadamente sin expresar ninguno de los dos ninguna emoción. Los niños que observaban a la víctima (impasible, insisto) la miraban con una expresión de indudable preocupación (situación de control con el ‘agresor’ rompiendo un papel en blanco en la que no mostraban tal preocupación).
Cinco razones: manifestación temprana, indiferencia al estímulo de premio o aprobación, raíces evolutivas manifestadas por la similitud con grandes simios, uniformidad entre las diversas culturas y reacción de simpatía. Todo parece indicar que el impulso de ayudar es natural y no fruto de la cultura o el aprendizaje.
Desde Santurce a Bilbao Blues Band - Danza de los orangutanes
"Decíamos ayer"…(bueno, hace una semana) que si dejamos caer un objeto delante de un niño de dos años lo más probable es que lo alce y nos lo alcance, y nuestros más próximos parientes, los monos antropoides (‘singe’, no ‘monkey’) no, o no con la misma frecuencia. Bueno, mi perra también lo hace, pero sólo si el experimento es con su pelota, y al niño del experimento, en cambio, nadie le ha entrenado previamente tirándole cosas delante de sus naricillas.
Los biólogos ya utilizan la palabra 'Cultura' -no hace tanto orgullosamente reservada a nuestra especie como opuesta drásticamente a ‘Naturaleza’- sin demasiado temor para otros animales cuando se producen distintas versiones de comportamientos por aprendizaje social que desarrollan poblaciones de una misma especie, haciendo las mismas cosas pero de manera diferente. Esto se ha visto no sólo en chimpancés, como en el famoso caso de los que usan palitos para extraer termitas, por ejemplo, o en otros primates, sino en mamíferos marinos (cetáceos, como los delfines) y hasta en aves.
Pero los humanos somos el paradigma de especie cultural por el vastísimo conjunto de las distintas y numerosas culturas humanas extendidas por todo el planeta, incomparable cuantitativa y cualitativamente como la de ningún otro primate, que nos han diferenciado por doquier: construyendo iglús y cazando ballenas o focas con arpón desde kayaks; levantando chozas de materiales vegetales y cazando animales terrestres con arcos y flechas o cerbatanas, o... destruyendo el litoral con bloques de hormigón y cementando el suelo fértil, etc., etc. Y estos no son detalles diferenciales pintorescos, sino técnicas para sobrevivir ( o hasta para poner en precario esa supervivencia a medio plazo) en entornos tan distintos como la tundra ártica, las pluvisilvas tropicales, o la ostentosa costa mediterránea europea. El numero de cosas distintas que los seres humanos deben aprender, que no saben hacer por instinto, esto es, por el dictado de sus genes, empezando por el propio lenguaje, es impresionante; deberemos reconocer, sin vanidad que valga, que la cultura de nuestra especie es “cuantitativamente única” con la de otros animales próximos o distantes. Única.
Pero hay dos características fácilmente observables de esta cultura o culturas humanas que indican que también es única cualitativamente. O al menos eso opinan muchos científicos de ciertas corrientes modernas de las ciencias cognitivas. La primera, la evolución cultural acumulativa. La segunda, las instituciones sociales.
Los artefactos, los ‘inventos’, las prácticas de conducta adquieren mayor complejidad con el paso del tiempo, tienen historia y una evolución tecnológica o cultural. Alguien, un solo individuo inventa algo y los demás del grupo lo aprenden pronto. Pero alguien lo mejora y todos, niños incluidos, aprenden la nueva versión perfeccionada, y así sucesivamente hasta que alguien, nuevamente, encuentra algo más novedosamente útil que se instala como nueva versión en el repertorio del grupo. No sólo tenemos una herencia genética y una evolución biológica aupada sobre los cambios de esta, sino una cultural, que es más veloz (ahora, no así en el inicio de la hominización, que era a la inversa, pero esa es otra historia) que la primera en sus cambios. Tomasello, Kruger y Ratner lo llaman Trinquete Cultural. No se sabe de ninguna otra especie que acumule modificaciones comportamentales y garantice esta evolución rápida.
La segunda característica, la creación de instituciones culturales, es un conjunto de prácticas guiadas por normas y reglas que los individuos aceptan y reconocen mutualmente, por ejemplo, las reglas que regulan la forma de aparearse, buscar y obtener pareja, casarse, etc. Si se transgreden esas reglas, el individuo es sancionado, y en el curso de este proceso los humanos crean entidades concretas definidas culturalmente: maridos, esposas, suegros, que tienen derechos y deberes también exclusivamente definidos por la cultura. El dinero, atribuir un valor a un objeto, sea este papel, un trozo de metal o una concha de molusco, es otro ejemplo.
No quiero extenderme más porque eso me apartaría en exceso de mi propósito. El dibujo de detalle, con lápiz de punta fina, de la antropología vamos, es fascinante, pero yo voy en otra dirección que sólo precisa de un rotulador de trazo grueso. Hay todo un conjunto de habilidades cooperativas y estímulos o motivaciones para colaborar que 'parecen' exclusivas de nuestra especie. La imitación, o el aprendizaje imitativo, que compartimos con los monos superiores o antropoides, más que cooperativa es una tendencia de aprovechamiento, pero además de la imitación hay otros dos procesos que producen ese efecto de “trinquete cultural”: uno, los humanos se enseñan mutuamente y no reservan sus enseñanzas para los parientes (no como en el altruismo biológico, como el de las hormigas o las guerreras de los insectos sociales que se sacrifican por su reina reproductora porque comparten sus genes y es la forma más eficaz de transmitirlos: morir por la defensa de la ‘única’ reproductora). Y dos, a los humanos les gusta imitar a otros para no desentonar, para parecerse a ellos (¿en aras de una identidad grupal, del conformismo?)
Las otras culturas animales se basan en la imitación y tienden a “aprovechar”; en cambio, las culturas humanas no sólo aprovechan, sino que entrañan cooperación en un grado desconocido al resto de especies. Cuenten lo que cuenten algunos relatos sobre la historia del progreso humano, lo cierto es que no es suficiente explicación la aportación de algunos individuos geniales, siempre escasos en el conjunto de cada generación, sino que hay que recurrir a la interacción de individuos que no actuaban solos, da lo mismo que hablemos de matemáticas o de técnicas agrícolas o de habilidades lingüísticas. Esa adaptación cultural es la que no hace tan eficaces para adaptarnos a cualquier ambiente y para manejarnos con supremacía competitiva frente a cualquier otro animal más fuerte, más rápido, más discreto o más eficiente metabolicamente. Nos hace no tener rivales, ser los depredadores o los parásitos supremos de la biosfera del planeta.
Soy conciente de la tosquedad avasalladora de mi enfoque, pero no puedo parar mientes si quiero llegar a donde voy: a relatar las investigaciones empíricas, los experimentos acerca de la cooperación en niños y en chimpancés. Se centran en dos fenómenos:
el altruismo: un individuo se sacrifica por otro u otros, y
la colaboración: varios individuos trabajan juntos para obtener un resultado beneficioso mutuo.
El altruismo en los niños, esos perversos polimorfos según Freud, es fascinante, pero también lo es la ayuda espontánea entre chimpancés que podría sugerir su fundamento evolutivo. Maquiavelo escribió que El Príncipe debe aprender a no ser bueno. El Príncipe (los gobernantes, vamos) puede, pero eso no es extensible por fortuna al resto de los humanos. Veremos.
Para saber más: Tomasello,M.,A. Kruger y R. Ratner, "Cultural learning", Behavioral and Brain Sciences 16 (3): 495-511, 1993
"¡El Futibol prevalecerá!", anunció con voz tonante. Estas palabras del gran septón supremo Ikerocasillo, ataviado de riguroso negro y bien plantado en el centro del amplio espacio junto a la gran vaca cencerrosa, dieron la señal para que los dos equipos de cincuenta jugadores se retirasen a ambos extremos del pastizal dispuestos a comenzar, en tanto que el resto de nosotros les contemplábamos reverentemente de rodillas desde el borde del perímetro sagrado.
Medito antes de que el golpe del gran cenecerro anuncie el comienzo de la lid en cómo empezó todo. Es una buena pregunta. Pese a mi reconocida erudición, debo señalar honestamente que no es seguro que la historia transcurriera exactamente así, ni qué porciones de viejas leyendas hay en ella, pero es bien cierto que debe contener grandes partes de verdad, al menos las que se refieren a los tiempos más recientes y bien documentados.
En cualquier caso, el Futibol o Jogobonito volvió a resurgir hace unos quince lustros de forma casual, como tantas cosas. Se dice que en los tiempos antiguos había concitado fervorosas y extasiadas multitudes, aunque luego, por motivos de lo más variopintos, cayó en desuso como se sabe; quizás por los ataques de un extraño enemigo conocido como Fifa, aunque otros autores hablan de los llamados Arbitrios y sus sicarios, los terribles Jueces Supremos de Raya. Otros apuestan por unos extraños invasores, los Vandaliosos Júliganes.
El caso es que los antiguos campos de jugosa hierba, las canchas y los estadios (no se sabe a ciencia cierta la diferencia entre ambos, si es que la hubiera) que les estaban destinados, al abandonarse, volvieron a ser recuperados por la sucesión ecológica como prados reticulados con restos lineales de bosques (el ‘bocage’ en la antigua lengua francogaala), donde pastan los cérvidos, siempre en aumento (una verdadera plaga), y otros herbívoros tanto silvestres como domésticos. El relato, tal como lo cuenta el Libro de los Ritos es como sigue:
Un buen día aparecieron unos niños pastores que se habían fabricado un artefacto con una vejiga de vaca recubierta de cuero y se pusieron a darle patadas.
El erudito Septón Supremo de entonces, DelBosquesagrado, que pasaba por allí meditando, al ver los tremendos botes de la misma dijo: “¡Coño, un jabulani!”
“¿Qué has dicho?”-, le preguntó el herrero, el gran maestre Villoiniesto, que contemplaba a los niños a su lado.
“Un ‘jabulani’, un antiguo objeto ritual. Se menciona varias veces en los textos sagrados del Antiguo Imperio de la Vetusta Uefa. Deberíamos acotar este prado para practicar la antigua religión, puesto que todas son formas de alabar a los dioses. No lo dudes, amigo Iniesto: esos niños han sido inspirados por Ellos”
Indudablemente ese día feliz el Gran DelBosque estuvo una vez más inspirado.