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Lector, éste es un blog(1)de buena fe. Te advierto desde el inicio que el único fin que me he propuesto con él es doméstico y privado. No he tenido consideración alguna ni por tu servicio ni por mi gloria. Mis fuerzas no alcanzan para semejante propósito […]; no es razonable que emplees tu tiempo en un asunto tan frívolo y tan vano.

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(1) Comienzo y final del prólogo Al lector de los Ensayos de Michel de Montaigne, en el que sólo he sustituido la palabra ‘libro’ por la de’blog’

9 feb. 2016

Las aventuras e indagaciones de Aleph-Morel-Alfa 1





Tengo una receta infalible para un best seller y además de calidad. Vamos a ver. Mi protagonista, un robot, vive en una destartalada nave hacinada con miles de esos antiguos artilugios llamados libros y con música de Bach interpretada con instrumentos del planeta Arrakis (neobombardas de aliento, laudes tricerentinos, pianossuaves de pedal cuántico etc.), en órbita alrededor del planeta Tercero Solar con una despampanante secretaria sexy (humana) y un montón de gatos. Todos amancebados. Se llama Aleph-Morel-Alfa 1 (homenaje a Borges y a Bioy Casares). En la actualidad, es decir, en el futuro ficticio de mi historia, nuestro héroe robot ejerce de detective esclarecedor de delitos contra las tres leyes de la robótica asimoviana (como robot no puedes dañar a un ser humano; debes obedecer a los seres humanos, salvo que entre en contradicción con la 1ª ley; y debes proteger tu propia existencia, salvo que entre en conflicto con la 1ª o la 2ª ley). En este caso se encuentra investigando el aparente suicidio de otro congénere, un valioso ente robótico de última generación que se introdujo y consecuentemente se destruyó en una cámara de vacío de las que se usan en las casas para desinfectar las vajillas y demás. Detrás de esta muerte mecánica se oculta un complot político de las altas esferas galácticas que casi le cuesta la desarticulación al detective. Le salva en última instancia su amante humana ayudada por dos de sus numerosos felinos.

De joven, nuestro robot fue enviado por su bondadoso creador (Gepetto) a una escuela de jóvenes robots genios. La escuela se encontraba en un planeta árido donde imperaba un perfecto régimen anarquista (hasta el punto de que no existía la palabra ‘poseer’, sustituida por ‘usar’) y sus habitantes tenían ciclos vitales en los que cambiaban de sexo y pasaban de varones a mujeres y viceversa y donde, por supuesto, estaban bien vistas toda clase de relaciones sexuales: hombres con hombres, mujeres con mujeres, mujeres con hombres, humanos con robots humanoides o cyborgs… excepto las que tenían por finalidad la reproducción (el planeta, árido, estaba al límite de su capacidad para sustentar más habitantes). En la escuela de genios nuestro robotito gana en un juego de pelota aéreo (si creéis que estoy plagiando a Harry Potter que sepáis que es este, o la Rowlings, quien plagia en realidad al Orson Scott Card de El juego de Ender) el derecho ha ser instruido como guerrero. Cuando el protagonista concluye sus estudios (los robots crecen, aprenden y practican sexo tántrico de forma magistral) es enviado a la guerra en un lejano espacio tiempo, de modo que cuando regresa de combatir, por efecto de la relatividad, se encuentra con que las gentes que conocía han envejecido o han muerto y su mundo ya no tiene nada que ver con aquel que abandonó para defenderlo (sí, ya sé, esto es  lo que realmente pasó al regreso de la Guerra del Vietnam). En realidad, debido al efecto ‘pórtico’ regresa a un mundo neovictoriano donde los niños se crían solos gracias a libros gadgets, eso es, libros inteligentes que cuidan y educan a los niños y los convierten en Neoulises, Neogulliveres, Neorobinsones y demás; y bueno… la cosa sigue más o menos así:
  "Mientras sonaba el Adagio ma non tanto de la sonata en Mi mayor para sopladora de través y bajo estradizado de Joham Sebastian Bach y su gato Sibelius se paseaba por La región más transparente de Carlos Fuentes abierto sobre el atril, se iluminó la llamada de entrada de un mensaje de velocidad cuántica desde el planeta orbitado. Aleph-Morel depositó su taza de Limoges con té de la República de Trasvasora y apretó el botón de escucha. No sabía que así iba a comenzar la aventura más terrible de su joven existencia de mil años..."






Mi agente me dijo que tenía que podar y quitar cosas, aunque el robot protagonista le gustaba, pero no notó que mi historia era una mezcla de clásicos de la Ciencia Ficción (Yo, robot, Los viajes de Tuf, La mano izquierda en la obscuridad, Los desposeídos, La guerra interminable, Pórtico, El juego de Ender, La era del diamante, de George R.R. Martin, Isaac Asimov, Ursula K. Le Guin, Orson Scott Card, Robert A. Heinlein, Joe Haldeman, Frederick Pohl, Neal Stephenson…). Eso se debe a que los agentes literarios no tienen que leer para ejercer su oficio y de hecho no lo hacen nunca, salvo los resúmenes de las sinopsis que les presentan sus secretarias. Por ejemplo, mi otra historía en la que mi protagonista robot detective descubre que todos los parlamentarios del Congreso no son humanos, sino que son a su vez robots de distintos fabricantes competidores que les controlan a distancia; lo cual no deja de ser también un plagio, en este caso de la realidad.

8 feb. 2016

Patochadas biográficas






Probablemente era un poco macarra y usaba un aro en la oreja, como los corsarios de su isabelina época. Una evidencia de cómo el elitismo de derechas no soporta admitir la aparición del talento en las clases menestrales es su empeño en desposeer de hallazgos intelectuales, sorprendentes pero meritorios, a algunos de sus miembros. Si además esas revocaciones pueden ligarse a teorías conspirativas (o conspiranoicas) tanto mejor. Así el empeño por buscar un autor desconocido y más digno a la obra de Shakespeare. Atribuir las geniales obras del bardo, del que tan poco conocemos salvo que era hijo de un humilde guantero y curtidor de pieles de Stratford, a miembros ilustrados de la época. Los candidatos han sido varios: Francis Bacon, el conde Essex y el último, el conde de Oxford.

En el siglo XIX inglés el arte novelesco y la ciencia histórica, sobre todo en la confluencia del género biográfico al que tan adeptos siempre han sido los ingleses, hizo proliferar esas teorías, todas con escasos fundamentos. Shakespeare, se sugirió, fue un simple testaferro del filósofo empirista sir Francis Bacon. Los 'antistrafortdianos' tuvieron que imaginar una conspiración a fines del siglo XVII destinada a proteger al verdadero autor de la obra, que, a sus ojos, en ningún caso podía ser alguien de origen humilde. La autora de esta hipótesis fue la homónima dramaturga norteamericana, Delia Salter Bacon, que consiguió un best seller sobre este asunto en 1857 y que justificaba su aventurada suposición con un dato "inapelable": le había sido revelado ante la tumba de Shakespeare donde ella le había arrancado su secreto. Los descifradores de enigmas, una subespecie de los fanáticos irracionalistas, habían imaginado que Bacon, viejo amigo del conde de Essex, no podía pasar por ser un mero saltimbanqui teatrero. Se puso de moda leer las obras de Shakespeare como enigmas a descifrar, empezando por el político populista Ignatius Donnelly, que mostraba una inclinación desmedida por toda causa extravagante y puso de moda esta. Hasta hoy en que se siguen editando libros con estas teorías alimentadas por la escasez de datos sobre la vida de Shakespeare.

En 1920 volvió a reactivarse la polémica y los conspirativos volvieron a la carga, esta vez con otro protagonista. Thomas Looney, un maestro de escuela partidario del positivismo de Auguste Comte, con los mismos mínimos argumentos, atribuía la paternidad de la obra a Edward de Vere, conde de Oxford, con delirio monomaniaco, aparatoso aparato erudito y pretendidas armas científicas. Este maestrillo consiguió convencer a personalidades de la época como el novelista norteamericano Mark Twain. Por la misma época, Freud, siempre buscando oscuros enigmas, se vio igualmente seducido por estas teorías antistrafortd¡dianas. La teoría oxfordiana tuvo una vida breve pero apoteósica, pese a las advertencias en contra del bloomsburiano James Strachey, hermano del biógrafo Lytton y psicoanalista a su vez así como discípulo del propio Freud. 

Freud estaba convencido, después de “un examen minucioso de los hechos”, de que el autor de las obras de Shakespeare no podía ser sino un elevado hombre de letras apasionado por el teatro y gran viajero (Shakespeare nunca viajó a Venecia o a Verona, ni a Dinamarca, si a eso vamos), y para él de Vere reunía todas esas condiciones; además de Vere coincidía muy bien con el personaje freudiano de culto a la madre y odio al padre. Freud adoraba los rumores pese a su afán por se considerado un científico serio. Llegó a  sugerirle en una larga carta a Lytton Strachey, biógrafo de las reinas Isabel I, contemporánea de Shakespeare y Oxford, y de Victoria, que en el personaje de lady Macbeth se ocultaba un retrato de la reina virgen, Isabel I, ya que ambas mujeres estaban igualmente atormentadas por un asesinato, en el caso de Isabel de su favorito, el Conde de Essex. Ya totalmente suelto de manos, como tan a menudo le sucedía, Freud sugería que de hecho, Macbeth y su esposa eran un solo personaje escindido que encarnaban el destino de la reina virgen y homicida, depresiva e histérica. Lytton Strachey prudentemente nunca respondió a esta carta. En realidad, tras sus divagaciones sobre las identidades múltiples de Shakespeare y sus personajes se evidenciaba un modelo de pensamiento de fines del XIX que remitía a la idea de una sociedad humana escindida entre la búsqueda racional y la atracción por lo oculto y las fuerzas oscuras, tan caras a Freud y a los primeros  psicoanalistas. Falsos enigmas como los que resolvía a través de mínimos indicios el famoso Sherlock Holmes, o ese Giovanni Morelli hoy olvidado que patentó un sistema infalible para distinguir las obras de arte originales de las imitaciones. Por supuesto todos conocemos ese estilo: Napoleón no murió en Santa Elena, los egipcios no construyeron las pirámides, los antiguos mayas eran viajeros de otros planetas, Jesús se casó y tuvo hijos, y tal rey no es sino su suplantador hermano mellizo. Muy del gusto de los que piensan que las personas que tienen a su alrededor nunca son lo que dicen ser, es decir, de los paranoicos, y no debemos olvidar que Freud, que inauguro la imagen tópica del terapeuta loco, era él mismo un neurótico. 

Sin embargo, a mí me llama la atención un asunto casi estético: ¿por qué les parece más emocionante que las pirámides las construyeran unos viajeros del espacio y no unos hombres de hace 4.000 años con medios técnicos rudimentarios pero eficaces, o por qué no les parece infinitamente más emocionante, que el simple hijo de un guantero y tratante de pieles, descendiente de una humilde familia campesina, haya sido el genio más absoluto del retrato literario de los carácteres humanos? Nuevamente, el más absoluto escepticismo en combinación con la mayor credulidad proporciona un tipo de necios pesadísimos.

5 feb. 2016

Las lecciones infernales de Galileo




Galileo, uno de los padres de la ciencia moderna, se sitúa en una época donde no sólo no estaban separadas las dos culturas, humanística y científica, al contrario, sino en que el conocimiento de los textos antiguos —sobre todo en Occidente la Biblia— y los antecedentes se respetaba más que los conseguidos por la naciente ciencia experimental. De modo que no sólo no era raro que Galileo se ocupara de algo tan estrambótico a nuestros ojos como medir el tamaño del Infierno de Dante, sino que resultaba hasta lógico y apropiado. El físico y astrónomo italiano asociado a la primera revolución científica, el mártir de la libertad de pensamiento e investigación, un pionero de la matemática moderna y de la física experimental (tirando bolas de hierro desde la Torre de Pisa y midiendo el tiempo de caída), descifrador no sólo de las leyes de la caída de los cuerpos, sino de la trayectoria de los proyectiles (sus fórmulas se utilizaron con los primeros misiles, las bombas volantes o V1 de los alemanes en la Segunda Guerra Mundial), del movimiento del péndulo y hasta de la resistencia de materiales, con incursiones curiosas en la zoología (demostrando el límite máximo del tamaño de los insectos, como animales dotados de exoesqueleto hueco su peso no podía exceder con función cúbica de su superficie y la sección de tubo de ese esqueleto; resultado: el escarabajo Goliat),y sobre todo defensor del heliocentrismo de Copérnico que le llevó a ser acusado de herejía y a su posterior retractación forzada (su famoso ‘eppur si muove’ probablemente es apócrifa), ese mismo sujeto se tomó muy en serio la tarea de medir el infierno por antonomasia, el dantesco.

Hace unos años, un investigador descubrió en la Academia de Florencia un manuscrito titulado “Due leccione all’ Accademia Fiorentina circa la figura, sito e grandezza dell’Inferno di Dante”. Se refería al texto de dos conferencias pronunciadas por Galileo entre 1587 y 1588. Para su propósito el científico utilizó dos instrumentos matemáticos sencillos, el de las proporciones, herramienta potente en su sencillez, bien conocida en la época suya y en la de Dante, puesto que provenía del griego Tales de Mileto del siglo VI a. C., y el principal, que no está explicitado en el texto, la relación entre el perímetro de una circunferencia y su diámetro, es decir, el número pi: 3,14…

Galileo estaba convencido de que las matemáticas son la base del correcto razonar, medida en que las verdades son accesibles y verificables. Por supuesto que en tiempos de Dante no existía la distinción aludida entre humanidades y ciencia, sino que se dividía el conocimiento en los famosos trivium y cuadrivium, pero cada disciplina contribuía por igual a la totalidad cultural. Tres siglos después, en tiempos de Galileo, seguía sin existir tal distinción especialista. La cultura era una sola. La música, por ejemplo, al igual que la poesía, era fruto de las matemáticas. El propio Galileo era hijo de un profesor de laúd y discreto ejecutante él mismo (siglos después, Einstein era un habitual interprete del violín). El mismo endecasílabo debe su musicalidad al hecho de que el número once sea primo (y obligue a que los acentos tónicos sean colocados en intervalos silábicos distintos). Y así podríamos seguir. El propio Dante animaba a las diversas interpretaciones de su Comedia cuando afirmaba en su Convivio que su poema admitía cuatro clases de interpretaciones, desde la alegórica a la anagógica o mística más allá de su sentido literal. Así que Galileo se animó a realizar un análisis científico, matemático, de un edificio literario. De hecho, para los críticos de las estructuras literarias, Dante siempre se ha considerado un arquitecto perfecto. Pero eso sí, Galileo obvió toda la numerología esotérica de la que está atravesada la Comedia. Los versos de Dante, en cualquier caso, dan medidas, y con ellas trabajó el astrónomo. Así pudo Galileo defender la estabilidad de la bóveda que cierra el vano infernal a pesar de la apertura angular de 60º y el espesor nada despreciable de 40515 millas. Galileo adoptó la misma actitud que ante cualquier fenómeno de la naturaleza para abarcarla y entenderla recogiendo aquí y allá datos: tomó medidas, busco indicios, hizo inferencias y deducciones, calculó…

Dante a su vez conocía los cálculos de la época para calcular el tamaño de la Tierra, concretamente el famoso de Eratóstenes y el posterior del árabe Alfagrano, a su vez tomado por Toscanelli. Si el poeta había tomado los anchos, altos y largos del tamaño terrestre, sus medidas deberían calzar como un guante en los de la Tierra.

Perdonad si repito una historia bien conocida, pero me parece necesario. Eratóstenes, (siglo III a.C) mandó a un esclavo a pie desde Alejandría a Siena (la africana, es decir, la actual Assuán), contando sus pasos, y el resultado arrojó un arco de circunferencia terrestre que a su vez dió el resultado total de 256.000 estadios. Alfagrano (siglo IX) dió una medida de 20.400 millas, que Toscanelli (siglo XV) tomó directamente sin tener en cuenta que la milla árabe es mayor que la latina, con el resultado de tomar el tamaño del planeta más pequeño de lo real, lo que a su vez animó a Colón a intentar circunnavegarlo y menos mal que se encontró en medio a América...

                                                      

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Que existan culturas distintas, como lenguas diferentes, es maravilloso, pero la cultura debe servir para construir puentes y no como argumento para separarse unos de otros.

OTOÑO

OTOÑO
Carretera al Sanatorio de la Fuenfría

INVIERNO

INVIERNO
OTOÑO: Pino silvestre muerto de pie (como los guerreros), bosque mixto de pino albar (Pinus sylvestris) y roble rebollo o melojo (Quercus pyrenaica), valle de la Fuenfría, Madrid