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"Lector, éste es un blog(1)de buena fe. Te advierto desde el inicio que el único fin que me he propuesto con él es doméstico y privado. No he tenido consideración alguna ni por tu servicio ni por mi gloria. Mis fuerzas no alcanzan para semejante propósito […]; no es razonable que emplees tu tiempo en un asunto tan frívolo y tan vano." Yo no escribo para entretener, sino para entretenerme...

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(1) Comienzo y final del prólogo Al lector de los Ensayos de Michel de Montaigne, en el que sólo he sustituido la palabra ‘libro’ por la de’blog’

24 abr. 2016

Padua

 Para Rocío y Ángel, maestros de vida






















Es como esas mujeres que han envejecido bien y ahora son incluso más bellas que de jovencitas. En Padua se tiene la sensación de habitar, más que un ciudad, un país muy antiguo, pero vivo, educado y sensorial. La belleza no se oculta ni se maltrata, se muestra pero no se exhibe impúdica. La gente es elegante, la comida excelente, el clima muy agradable, abundan las setas y los buenos embutidos. El Norte de Italia, jubilado y con unas rentas es uno de los paraísos de este mundo. La cercana Venecia cumple el papel de atrapamoscas de las hordas de turistas y la mantiene a discreto resguardo a sólo unos pocos kilómetros por el canal del Brenta. 












9 abr. 2016

La belleza: Proteger 'de' y 'para'





Una razón evidente de que muchos no tengan un sentimiento apropiado de la belleza es la falta de esa delicadeza de la imaginación necesaria para ser sensible a las emociones más sutiles. David Hume

“Preguntad a un sapo lo que es la belleza, el ideal de lo bello. Os contestará que es la hembra de su especie, con dos ojos gruesos y redondos que resalten de su pequeña cabeza, con boca ancha y aplastada, con vientre amarillento y espalda obscura.” VOLTAIRE, Diccionario filosófico


Entropía mediante, todo el que pasa por el mundo manosea lo tangible y estropea lo mutable, pero la mayoría resulta que viene a mirar y no a comprar. Se prueba los zapatos, se sienta en cojines y al final todo se queda donde estaba y seguimos adelante igual que el viento en el huerto levanta las hojas del suelo y las deja en un rincón de la cerca. Pueden, podemos, molestar un rato, pero sólo algunos poderosos tienen la capacidad de dejar un mundo más feo detrás mientras acumulan más dinero, de la forma que sea y caiga quien caiga, del que se pueden gastar. Esos parecen los motores de codicia, ignorancia e indiferencia de tantos 'emprendedores/acaparadores', de modo que la belleza termina siendo algo que les pasa inadvertido —o se dejan olvidado—, por fortuna, a los adalides del mal llamado "Progreso". 

Por eso, una de las tareas humanas más dignas y valiosas es conservar-la y preservar-la: la belleza. Es una tarea difícil, salvo que la naturaleza de la misma sea geológica —y aún así: la capacidad tecnológica de destrucción del mundo ha avanzado enormemente; hoy por hoy el mayor agente de movilidad de los terrenos es el humano, por encima de los factores erosivos naturales— lo normal es que sea efímera. Bueno, ante eso hay que resignarse y aguardar que se repita, y en todo caso preservar las condiciones para que suceda nuevamente: esa tarde mágica de verano, esa cintura ondulante y sus caderas. Pero sobre todo conservar la belleza requiere silencio, soledad y resolver un dilema más difícil que un jaque de Capablanca: se protege 'para' la gente… 'de' la gente. Esto último es exacto tanto en un Parque Nacional agreste como en un Museo de Pinturas. La gente es la peste de la belleza, y no sólo genera deterioro, pisoteo, avalanchas y hasta cambios de humedad y temperatura, sino que proscribe la soledad y el silencio como condiciones que permiten degustar la belleza. Venecia es bella, pero aplastada por miles de turistas gritones no lo es tanto, como la belleza mancillable a cambio de unas monedas de una hermosísima prostituta callejera. 

Haga un experimento mental: usted está una suave tarde de comienzos del verano o finales de la primavera en un prado ameno bajo la sombra de un haya leyendo a Emily Dickinson. De vez en cuando levanta la vista de los prodigiosos, aparentemente bobos, pero qué va, versos, y mira las perezosas formas de las nubes o el descenso flotante de los vilanos, el vuelo de los insectos, los pajaritos cantando, la fugaz silueta de un halcón, en fin... Entonces aparece un grupo mixto de mariachis y de tunos con panderetas, bandurrias, crótalos, castañuelas, trompetas y... doscientas vuvuzelas tocando una versión hardcore de Clavelitos. ¿Entendido? 

Algunos de esos demonios vienen de antiguo y en el presente nos basta y nos duele con que al obispo Iñigo Manrique, en el lejano siglo XV se le pusiera en sus santos cojones poner una catedral achaparrada y antiestética en mitad de un maravilloso bosque de dos hectáreas y ochocientas cincuenta columnas y trescientos setenta arcos, que no otra cosa es la mezquita de Córdoba. O que a un ingenioso promotor se le ocurriera hacer transitar por la gran laguna y atracar consecuentemente los enormes cruceros de tropecientas cubiertas y muchos más camarotes que columnas mezquiteras… en Venecia. Entonces, por qué no un circuito de motocross por la colina de la Acrópolis con meta en el Partenón. Por qué no freidurías de pescaito en El Prado (con buenas salidas de humos, eso sí). O ya, siendo verdaderamente sádico, por qué no un puente de Calatrava o uno de sus aparatosos edificios auto demolibles en cada plaza renacentista o en cada villa milagrosa y ofensivamente aún medieval. 


No está tan claro que la belleza deba ser para quien pueda apreciarla y no para quién pueda pagar por destruirla. Es de sentido común, si un paisaje es bonito, no digamos si además es escaso, qué mejor cosa que poner casitas y más casitas, trocitos precarios de ciudad, esto es, urbanizaciones en él, para que los que echan de menos de boquilla el campo no echen de menos de veras la ciudad. Aunque Andy Warhol dijera que prefería la ciudad al campo porque en la ciudad hay trozos de campo (se refería al Central Park, supongo), pero en el campo no hay trozos de ciudad (sí los hay, Andy, por doquier, pero malos y se llaman urbanizaciones). Tenía más razón que un santo marxista don Jean Paul Sartre cuando afirmaba que el infierno son los demás. Sobre todo si son muchos y gritones y me arrebatan mi soledad y mi silencio. Hay que proteger los santuarios naturales y artificiales, los suntuosos bosques que aún nos quedan ¿Para qué? Para los hombres que nos sigan, ¿proteger de quién o de qué?, de los padres de esos mismos hombres, claro está.  

El arte también tuvo antaño la misión de crear belleza sin rehuir la verdad ni la realidad, pero eso también se está abandonando. Entre la crítica profesional, pero sobre todo entre los frustrados artistas actuales, que para evitar medirse con los portentosos genios del pasado fingen desdeñarlos, hay un planteamiento horrendo, el que señala que después de Joyce y Beckett no se puede (no se debe) escribir como Henry James, que después de Velázquez no se puede pintar como Cézanne, que después de Beethoven no se puede componer como Brahms. ¿Y entonces qué hacen? Literatura imposible de leer, pintura que huye de lo hermoso como si fuera pornográfico y música atonal que detesta las armonías. Evidentemente todas estas muestras de ‘arte’ tienen un par de cosas en común: que no importa el arte y mucho menos su receptor, sino el artista, y que la belleza es algo que debe quedar relegado a un residuo, una debilidad del pasado, aceptable sólo como testimonio de otros tiempos. Para mí en cambio esto es como en política no dar un paso atrás desde los Derechos Humanos, porque la noción de Progreso, rígido como una escala de peldaños siempre ascendentes, no puede convertirse en coartada para huir hacia la nada. En cambio, toda la pintura surrealista del pasado siglo los Dalí, Ernst y demás me sobran habiendo existido quinientos años antes El Bosco. Rembrandt me seguirá emocionando más allá que cualquier instalación y si al autor de la misma le complace, a mí y a Rembrandt no. De otra forma, quizás mejor, lo dice Enrique Vila-Matas: “… en la literatura, como dijo Ricardo Piglia, no existe lo que llamamos “progreso”, del mismo modo que uno no sueña mejor a lo largo del tiempo: tal vez lo que más se aprende a medida que se escribe es lo que se prefiere no hacer; seguramente avanzamos por descartes.” Y quizás, a base de tanto descartar, los artistas actuales se han quedado sin nada que mostrar (un cuadro en blanco, una pieza musical que es sólo silencio, una escultura que sólo es vacío...). Algo sí es claro y quizás explica muchos desencuentros: si una obra no pretende otra cosa (y es mucho pretender) que satisfacer necesidades estéticas, será comprendida mejor por quienes disfrutan de la belleza, o de una manera puramente estética, que por aquellos que le atribuyen un significado más profundo, donde a menudo encuentro a los críticos enredados.

A mí el infierno no me lo sugiere ese despilfarro de hogueras habitualmente representado. Creo que es un lugar hacinado de gentes desaseadas (malolientes) y objetos feos, decorado por horteras y con un hilo musical sonando permanentemente, donde es imposible estar solo, en silencio y dirigir la mirada hacia algo mínimamente hermoso. Es decir, algo muy parecido a este mundo en demasiadas ocasiones.

P.S.- Soy consciente de ser un sapo opinando sobre la belleza (ver cita de Voltaire en el frontispicio del post), o sobre su destrucción, aunque un sapo que ha visto mundo, pero no admito que los displicentes y condescendientes postmodernos sean príncipes encantados y mucho menos estoy dispuesto a besarlos.




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Que existan culturas distintas, como lenguas diferentes, es maravilloso, pero la cultura debe servir para construir puentes y no como argumento para separarse unos de otros.

OTOÑO

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Carretera al Sanatorio de la Fuenfría

INVIERNO

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valle de Valsaín, Segovia