“Por encima de todo, he sido un ser con sentidos, un animal pensante, en este maravilloso planeta y esto, en sí, ha sido un enorme privilegio y una aventura” Oliver Sacks


27 de mar. de 2015

¿El primer templo, y el primer trigo, de América?




La primera vez que estuve en México el guía me señaló una especie de camino empedrado y me dijo que ahí estuvo el primer templo de América (con permiso de los dos mil años anteriores de religiones precolombinas).

En la década de 1520 —no me ha sido posible encontrar la fecha exacta— un individuo solitario construyó en el camino que salía de la ciudad de México hacia poniente dos habitaciones de adobe, probablemente encaladas, una era la habitación de este eremita, la otra una capilla modestísima con su altar y su cruz. Sólo queda la calzada de acceso, pero probablemente fue la primera iglesia cristiana en América. Se llamó Capilla de los Once Mil Mártires o, más abreviadamente, Capilla de los Mártires.

El hombre se llamaba Juan Garrido (hoy Juan el Guapo) y era español y no tenía ese apellido. En 1477, Juan II, futuro rey y entonces regente de Portugal, otorgó la libertad a un esclavo africano, probablemente bereber,  llamado Joao Garrido. No es probable que fueran el mismo hombre, pero no se puede excluir tampoco. Familia uno de otro o no, este último embarcó para América y cruzó el Atlántico a comienzos del siglo XVI y desembarcó en la Española, según su biógrafo, el antropólogo portorriqueño, Ricardo E. Alegría. Este español acompañó al subgobernador Ponce de León para conquistar la isla de Puerto Rico. Y le acompañó en la vana empresa de la búsqueda de la Fuente de la Eterna Juventud, siendo las primeros europeos que pisaron Florida. Cuando el imperio español emprendió expediciones punitivas contra los indios caribes ahí estuvo también Juan Garrido con su escopeta. Y cuando Hernán Cortés dominó a los aztecas y la Triple Alianza, sí, adivinasteis, allí estaba Juan.

El mal llamado Imperio Azteca, término que hoy repudian todos los historiadores,  que dominó Cortés en realidad fue una alianza de tres ciudades-Estado muy militarizadas del centro de México: Texcoco, Tlacopan y Tenochtitlán, está última la más poderosa de lejos y entre las tres dominaban el Centro mexicano de un océano al otro. Tenochtitlán era mucho más rica y poderosa que cualquier ciudad española y probablemente europea de la época.

Cortes no sólo era un hábil guerrero, sino un sagaz político, mezcla no tan habitual pero que cuando se da genera líderes máximos, pensemos en Julio César, Alejandro Magno o Napoleón. En realidad hoy sabemos que Cortés levantó y juntó a los numerosos enemigos de esta alianza y él se colocó a la cabeza. Inicialmente fracasó, aunque tomarán de rehén al emperador mexicano, y cuando todo parecía perdido, cuando el conquistador en la famosa Noche Triste cavilaba probablemente bajo un ciprés calvo (Taxodium mucronatum), como el que hoy sigue alzándose en el parterre del Retiro madrileño, hubo un golpe de suerte —bueno, según quién mire y se mire—… surgió la epidemia de la viruela. En pocos meses este virus inexistente hasta entonces en América arrasó el densamente poblado México Central y mató a más de un tercio de la población indígena.  El segundo ataque de los españoles y los enemigos indios contra Tenochtitlán triunfó en alianza con la imprevista guerra biológica. La Venecia mexicana estaba rodeada de canales y reunía calzadas sobreelevadas  en seco  y bien defendidas que llegaban desde todas partes, Cortes rellenó los cauces de agua para atacar por las partes menos defendidas y más vulnerables, los aztecas volvían a inundar, y así.

La famosa emboscada en que dieron en el agua al hundirse un puente los españoles y fueron apresados y masacrados en las pirámides sacrificiales arrancándoles el corazón a la vista de los aterrados supervivientes fue la que, tras la toma y venganza de Cortés, propició el encargo a Garrido de la capilla conmemorativa. Garrido fue uno de los asistentes de Cortés en la reconstrucción de la ciudad de México sobre las ruinas humeantes de  Tenochtitlán. Así que al otro lado del océano no se perdió la costumbre de unir episodios sangrientos y rituales católicos (y aztecas, claro).

Lo más genial era la cantidad de responsabilidades de esta suerte de mayordomo de la ciudad que fue Juan el Guapo, porque era protector de los árboles (supongo que se cortaban demasiados para leña), custodio de aguas (no las había propias en esta Venecia americana y venían por acueductos desde lejos), pregonero, portero y verdugo, rematador (subastero), gaitero (?) y maestro de pesos. Y constructor de capillas. Pero, pese a tantas responsabilidades, la mayor contribución de Garrido no fue esa... sino la implantación del trigo en América, el trigo de Garrido).

 La Hora del Planeta


Hoy, 28 de marzo, se celebra La Hora del Planeta, consistente en un apagón generalizado en las ciudades para evidenciar las acciones para paliar el cambio climático por el uso abusivo de energía. Representa un asunto meramente testimonial sin apenas efectos reales, pero como a la gente le cuesta literalmente muy poco —apagar durante un tiempo breve las luces de los domicilios y el alumbrado urbano y de edificios habitualmente excesivamente iluminados—, suele tener un gran seguimiento. Tiene, eso sí, una explicación oficial realmente lamentable, expresiva de un extenso ecologismo tan voluntarioso como desinformado: es para salvar el Planeta. Pero al planeta le resulta indiferente para su propio mantenimiento este tipo de acciones; son las sociedades humanas tal como están concebidas, sociedades del despilfarro y extractivas, las que se encuentran en peligro, el planeta seguirá con o sin nosotros.



26 de mar. de 2015

padre, hijo, esposo, nómada




"Está otra vez solo" (ese soy yo). 

"Es muy suyo" han dicho de mí a veces. Me gustan más las islas que los continentes, las montañas que los llanos, los barcos que los almacenes, los puertos que las plazas públicas, los pastores que los huertanos, los cuadros de Edward Hopper que los retratos oficiales, los caminos que los destinos.

"No soy nadie son ti", dice en un arrebato chatajista el abandonado (entonces, no eres nadie con ella tampoco)

Me producen una mezcla de lástima e incomodidad esas personas que, a mi parecer, pierden su identidad o, por mejor decir, su individualidad, al resaltar solamente su absoluta integración en un grupo, normalmente la familia, que es la que eligen para definirse; otras veces la empresa o el trabajo, como en el gregario caso del Japón industrial. Me refiero a esa gente que pasa a ser padre, o hijo, o esposo, y eso es lo que les marca definitivamente y así lo aceptan, supongo que con agrado, "realizados". Por ejemplo, mujeres que parecen haber nacido para ser madres y nada más. Gentes valiosas para los otros (¡Cielos!: indispensables), quién lo duda, pero mutiladas en su integridad y, sospecho, siempre dispuestas a reclamar factura por su devoción. O esos inaguantables cónyuges que se llaman a sí mismos respectivamente, cariñosamente supongo, ‘papa’ y ‘mama’. Todos nos definimos en relación a otros, no otra cosa es la persona, etimológicamente ‘máscara’, y la personalidad; somos expansivos o retraídos, locuaces o callados, emocionales o reflexivos, iracundos o tranquilos, pero yo, en concreto soy un desarraigado, soy padre, pero no es lo que me define, ni hijo ni esposo ni amante, ni amigo, siendo todas esas cosas. El capitán fulano de tal, el empresario mengano, el marido de tal otra, el hijo de aquel, el director general de eso otro, o bien, español, patriota, forofo, partidario, poeta, investigador, lombardo, bloguero, agraviado, víctima, activista... Quizás por eso me siento a menudo extranjero en mi propia ciudad y a gusto en lugares remotos, quizas por eso admiro tanto a los nómadas y a los emigrantes. Que te vean los demás como una silueta: con contornos definidos, pero un interior púdicamente oscuro y preservado. Me parece mejor opción verse a uno mismo, hospitalario pero ajeno, como una silueta en el camino... finalmente sombras.



24 de mar. de 2015

Mi mesilla de noche y algunas de mis editoriales favoritas.





En mi mesilla de noche hay un reloj despertador japonés, un tazón con un calzador, lápices y señalalibros, y un paquete de pañuelos. Los condones los tengo en la mesilla del lado contrario al mío. Además hay, en estos momentos, seis volúmenes que leo a ratos o de continuo en la cama. No hay más libros en el dormitorio, lo que se compensa de sobra en el resto de la casa, pared tras pared y hasta apilados en los rincones más inverosímiles (una colección de revistas de poesía en el bidet, siempre nos duchamos). De día entra luz por el amplio ventanal de la pared de la izquierda, de noche por la lámpara de oficina de acero con una muy luminosa bombilla de bajo consumo a mi derecha (no es lo ideal, mejor por la izquierda, siempre la izquierda).

Soy un bibliómano, más que bibliófilo —no me obsesionan especialmente las ediciones raras o caras—, empedernido, que completa mi perfil de lector vicioso. De modo que no termino de acostumbrarme a leer libros en formato digital y aprecio especialmente esos increíbles artefactos, geniales en su simplicidad, que son los libros de papel y tinta. Pero no me vale cualquier libro y detesto los chapuceros. No hablo de ediciones lujosas, que a veces agradan, otras no, sino de ediciones bien hechas. Bien traducidas, si es el caso, bien impresas, tipográficamente agradables y fáciles de leer, bien encuadernadas (no soporto los libros que se "descuajeringan" aunque los trates con primor) y bien diseñadas; si tienen portadas bonitas e información escueta y fiable en las solapas y contraportadas (paratextos en el argot del oficio) que no se rebajen a hagiografía del autor y alabanza desmedida del texto (publicidad disfrazada de elogio crítico, que a menudo engaña al posible comprador) mejor. De hecho, una cosa que suele caracterizar a los llamados best sellers, la literatura de baja estofa y alto consumo y tiradas, es lo horteras que son como objetos. Así que contemplo mi biblioteca —excesiva, eso tiene un nombre en japonés que me enseñó otro bloguero de pro: tsundoku, el que acumula más libros de los que puede leer (no confundir con otra mucho más popular: sudoku), con demasiados volúmenes pendientes; ya es un lugar común que visitas y señoras de la limpieza me pregunten si los he leído todos: mi respuesta: “no, pero me gustaría”— y no sólo veo deliciosas posibilidades, sino armonía y belleza: hermosas paredes tapizadas de lomos de libros distintos desde el suelo hasta el techo.

Por eso aprecio especialmente las buenas editoriales y me lamento cuando una de ellas, forzada por los mecanismos implacables de mercado, es absorbida por un grupo multinacional menos exquisito, y admiro a las que resisten. Suelen ser esas editoriales independientes que me gustan obra de un solo individuo, y reflejan, por tanto, en la selección de títulos y autores como en el objeto-libro, los muy personales gustos de esos editores. Pondré tres ejemplos de editoriales favoritas, alguna de largo recorrido, y otras más recientes: Anagrama, El Acantilado y Libros del Asteroide.

Anagrama es fruto del empecinamiento heroico de un señor al que estoy muy agradecido como lector que se llama Jorge Herralde. Mis paredes están repletas de lomos amarillos ("La peste amarilla" según algún rival de negocio) de su famosa y buque insignia de las demás colecciones, Panorama de narrativas, completada con los lomos más discretamente grises de Narrativas Hispánicas. La verdad es que don Jorge tiene gustos muy próximos a los míos, pero anteriores, claro, puesto que me los ha mostrado él. Así los italianos como Tabucchi, Calasso, Magris, Manganelli, Celati… O anglosajones como su famosa cuadra de Julian Barnes (mi favorito entre los citados en este apartado), Martin Amis, Paul Auster, Ishiguro…, aunque yo sobre todo le agradezco la publicación completa de la saga de Ripley de Highsmith y la narrativa completa de Nabokov y Capote. Igual con los germánicos. Sólo se le puede reprochar cierta desgana en editar a autores africanos, pero no se puede tener todo. Y por tener, tiene una buena cuadrilla de gentes nativas estupendas como el primer Javier Marías o Eloy Tizón, y además se completa con colecciones de viajes y de ensayo muy estimables.

El acantilado es una de mis editoriales favoritas, sus libros en rústica está mejor encuadernados y son más resistentes que los de Anagrama, y en ensayo es insuperable, me ha descubierto tantos autores que renuncio a detallarlos, pero tengo con esta editorial, armoniosamente roja y negra y con Jaume Valcorba, artífice de ella y recientemente desaparecido, una deuda cultural enorme.

Libros del Asteroide es la más reciente. Sus libros tienen una agradable apariencia modesta (no por el precio, desde luego), pero como los anteriores están bien editados, bien traducidos y me han descubierto toda una narrativa norteamericana (estadounidense y canadiense) intermedia entre la generación perdida de los Hemingway y demás y la actual, de autores realmente maravillosos, como Wallace Stegner, Robertson Davies o Ivan Doig. No edita ensayo su muy personal artífice, Luis Solano.

Y sin embargo, ahora mismo, en mi mesilla de noche no tengo ningún libro de esas editoriales, porque ese exiguo espacio está reservado para los dos o tres libros que estoy simultáneamente leyendo (normalmente dos de ensayo y/o divulgación y uno de narrativa, jamás dos de narrativa a la vez) y dos o tres tomos de poesía o antologías casi permanentemente fijos que abro a la azar de vez en cuando para leer un poco, como los antiguos pioneros hacían con sus biblias; vamos que me los sé por cualquier parte. Concretamente son la Poesía completa en dos tomos y en edición bilingüe de Emily Dickinson, La Tierra baldía, igualmente bilingüe de T.S. Elliot y una antología de  columnas de prensa de Francisco Umbral que me  sirve para recordarme siempre la diferencia entre escribir correctamente, incluso bien, o ser un autentico forjador del idioma, como es su caso.

Pronostican los que van de modernos pragmáticos —los que olvidan que el verdadero lector vicioso lee hasta los papeles volanderos que encuentra por las calles (Cervantes dixit, a ver si dejan sus huesos en paz) y eso no le impide leer también hermosas, costosas y escasas ediciones encuadernadas en pasta española o en piel de becerro—, esos listillos auguran la desaparición del libro convencional, digamos, por la competencia de las versiones digitales y los modernos aparatos lectores de las mismas. Pues ahora precisamente, desde la perspectiva que me dan décadas de lectura y acopio de miles de libros, ahora, afirmo que se está editando mejor que nunca en España. ¿El canto del cisne? Los cisnes son mudos, lo sabe cualquier ornitólogo aficionado, pero también es verdad que ahora mi mesilla de noche está bajo un mosquitero que me defiende de las verdaderas alimañas africanas: los mosquitos de los cojones.