NI COPY NI RIGHT

NI COPY NI RIGHT: Las fotos de este blog son del autor, salvo que se indique expresamente lo contrario. Piratearlas si queréis, no disfrutaréis tanto como yo haciéndolas (abajo del todo, más fotos)

8/9/2014

Caminos en vez de fronteras, sendas mejor que muros

 


Si Garbancito transitara por aquí, por Holland Walk, que no es el camino de ningún holandés, sino el que bordea la antigua finca del barón del mismo nombre al sur de Kensington, en Londres, no necesitaría ir soltando miguitas de pan, que además se comerían los pájaros y las ardillas de Carolina que tanto abundan por aquí; ni piedrecitas, que puede patear cualquier despreocupado que pase por aquí. No tendría Garbancito, mira qué suerte, más que seguir la línea, tanto para ir como para volver.

Puede que sea injusto con la definición que la geometría clásica da de la línea como una sucesión de puntos, pero a mi me gusta más al revés: el punto como una línea concentrada, reducida a su mínima expresión. Pero es bien cierto que trazada de la anchura que se quiera, a la línea la define una sola dimensión: la longitud. Me parece, en todo caso, más adecuada la propuesta de Kandinsky: un punto en movimiento sobre el plano, de modo que si el punto está quieto es invisible. Para que a Garbancito no le viera la bruja mala sólo tendría que quedarse quieto, pero si se mueve la bruja le ve, como si estuviera pintando una raya en el suelo y él llevara una diana en el culo. Movimiento equivale a visibilidad, quietud a disfraz; eso lo sabe cualquier predador y cualquiera de sus presas. Jara se queda quieta, acechando, y en cuanto se mueve la ardilla que no había visto sino sólo olido,  se arranca tras ella. Jara y la ardilla trazan una línea, normalmente recta (si fuera un conejo regatearía y daría quiebros y saldría una línea sinuosa que a lo mejor complacería al mismo Kandinsky) hasta el árbol más próximo donde traza, esta vez la ardilla sola, una línea vertical amenizada por ladridos frustrados tras ella.

El hombre, sin embargo, ha encontrado otros usos de la línea más letales que los de Pulgarcito o Kansdinsky (Un artista de verdad, pienso, siempre es una suerte de Pulgarcito, sembrando miguitas en un camino precario y personal, y a veces llegando a lugares donde nadie había estado antes); el más perverso, opino, es el de parcelar y trocear, separar y dividir el mundo; aunque también está el generoso de guiar. Una línea es una fuerza en una dirección dada, simple o única si la línea es recta; angular si cambia repentinamente; curva o sinuosa, como una onda, si son dos fuerzas actuando simultáneamente. En la naturaleza son extremadamente raras las líneas rectas: es la pobre, pretenciosa aunque esquemática aportación humana al mundo de las formas naturales esa obsesiva ortogonalidad. Pero es útil (para el hombre). La línea recta, el camino más corto... para parcelar el mundo (antes ancho, siempre ajeno).

Pulgarcito, no te puedes perder, y si te quedas quieto no te pueden ver, pero tu tampoco verás mucho. Esa es otra diferencia entre la línea de una frontera y la de un camino.





Caminos en vez de fronteras



Me he chupado en la última semana unos cuantos miles de kilómetros, en trenes, por automóvil, en avión y hasta a pie. Resulta que han cambiado las normas de aviación civil y ahora viajar con animales no humanos —las llamadas mascotas, que a mí me suena tan mal como llamarles macetas o trofeos vivos a estos compañeros, en este caso Jara— se ha vuelto no ya complicado sino casi imposible. Y además es carísimo (han surgido como oportunidades de negocio empresas que los trasladan a precios exorbitantes y sin ninguna garantía a  mi juicio). Así que tomé un avión desde Londres  a Madrid, pasé una noche en mi ciudad habitual, me puse al volante, atravesé a Francia por el paso vasco y seguí el camino Atlántico, llegué a Calais, embarque en el ferri a Dover, recogí a mis dos ‘chicas’, volvimos a tocar tierra continental y a atravesar Francia, esta vez en diagonal y más pausada y regaladamente, en varios días, demorándonos en la Provenza y volvimos a ingresar en España por el paso catalán mediterráneo para llegar a Gerona, donde P. tenía que asistir a un congreso de varios días. Luego seguimos hasta Madrid.  


Haciendo de la necesidad virtud, sobre todo el segundo recorrido francés ha sido muy agradable, demorándonos en los sitios, recreándonos en los grandes ríos, el Loira, el Ródano, el Garoña. He conocido las viejas pesquerías fijas de la costa de La Rochelle, frente a la isla de Ré, en la base de la península bretona, el maravilloso cauce sembrado de bosques de galerías, sotos e islas arboladas del Loira en Angers, del Ródano en Aviñón y en Nimes…para llegar a  Gerona, una ciudad bella y antes acogedora donde ahora falta oxígeno, sembrada de banderas esteladas y señeras que crean un ambiente de sitio prebélico supongo que similar al que sentiría no sólo un catalán sino yo mismo si Madrid estuviera igual de disfrazado con la bandera española por doquier.


El caso es que pasé de Inglaterra a Francia en dos ocasiones y viceversa, y en  ninguno de esos pasos noté fronteras ni aduanas impermeables, la ventaja de la Unión Europea, hasta llegar al paso de Gerona, donde sí las noté en forma de muros y cercados del peor tipo, los mentales, menos mal que yo tengo pasaporte. Si prosperan los procesos de independencia en curso, en un viaje similar en el futuro atravesaré dos, en el paso atlántico por los vascos y en el catalán por el mediterráneo ¿Habrá que retomar el viejo intento de perforar los Pirineos en Aragón para no quedarnos aislados? Porque es claro que los que mueven los hilos de ambas independencias juegan con sentimientos, pero tienen claros intereses propios: pretenden controlar nuestra salida al resto de Europa, sólo nos quedaría franco el paso hacia nuestros amables vecinos ibéricos de Portugal.


La gente debería, pienso yo, tener pies (también mentales) y no tantas raíces, aunque muchos árboles también se mueven a través de aladas semillas, porque la mayoría de esas especies no prosperan bajo sus propios pies añosos y deben volar lejos, si no son asfixiados por sus mayores.  Cuando no lo hacen, como en el caso de los jarales que con substancias alelopáticas (venenos) expulsan al resto de especies rico y diverso, se convierten en monótonas y empobrecidas formaciones vegetales. Las famosas gigantescas secuoyas del occidente norteamericano incluso 'necesitan' de incendios periódicos, para que las semillas fructifiquen y los pies jóvenes renueven a los ancianos. Veo, sí, toda una metáfora en esto. Geopolítica ecológica.

Caminos y no fronteras, sendas y no cercados por muy patrióticos, esenciales, autóctonos que se quieran; ciudadanos y no súbditos o patriotas (vienen a ser lo mismo) de unos u otros nacionalismos, centrífugos o centrípetos, tanto da también. 

Jamás una frontera ha solucionado los problemas de la gente, pero siempre ha enriquecido a los que la administran.

6/9/2014

Mirar sin ver o mirar viendo








Sentada frente a un amplio ventanal, no ve la calle. Los cambios substanciales son a menudo subrepticios. Supongo que eso es algo que no notan los que han nacido con ellos. Así, la primera vez ya mayorcito que vi un teléfono móvil, sin cable, y no inalámbrico, mejor dicho, total y verdaderamente inalámbrico, no presentí el cambio tan radical que iba suponer el nuevo invento para la sociedad en su conjunto. Los teléfonos móviles, o celulares, como dicen a mi juicio muy acertadamente en América, los telefoninos, o aquellos primeros 'macontros' de los narcos gallegos apostados en la costa a la espera de los fardos de las lanchas rápidas ("macontro -'me encuentro'- a punta da Caramiñal"), esos trastos, en constante y perversa evolución, dotados ahora de múltiples funciones añadidas a las simples de recibir y mandar llamadas, consiguen que la gente se aisle tanto como que se conecte. Y aprendes a mirar a tu pantalla y a no ver tu alrededor. En los casos peores, supongo, miras la pantalla para no ver tu alrededor. Soledad, tienes nombre de mujer (y hombre), pero con móvil. (*)

Ahora bien, imaginemos -yo lo hago- que pudo haber pasado esto:

Imaginemos que esa chica, que no es fea por cierto, se metiera la mano a tientas en el bolsillo para llamar a su aún novio y romper de una vez con él y en lugar de sacar el dichoso móvil sacara algo más grande que el telefonillo, pero igual de pesado: ¡anda, una libreta! Por un momento la mira (a la libreta) desconcertada, pero de pronto recuerda que se la compró en esa tienda de regalos del Museo de Tal porque era muy bonita y pensó que estaría bien usarla, pero no se le había ocurrido hasta ahora. Ahora vuelve a meter la mano en el bolso, aparta un tampón, un tubo de aspirinas, un monedero casi vacío, las llaves, y el puñetero teléfono que ya no le interesa, y encuentra un lápiz que es lo que buscaba. El lápiz es también muy bonito, se lo regaló ese compañero de oficina un poco pesado y demasiado buen chico que le pone caritas, vamos que besa por donde ella pisa, que bebe sus vientos. Alguna vez ha pensado en llamarle, pero perdió su número. El lápiz por suerte está afilado y la mina íntegra porque es tan bonito que hasta tiene capuchón de latón que lo protege. Ella piensa que un tipo tímido y amable, que además no es feo, que regala cosas tan bonitas merecería que le diera una oportunidad; vamos, está pensando en dársela a ella misma. El caso es que… ah, sí, el teléfono, lo vuelve a guardar, destapa el lápiz, abre el cuaderno, mira a la calle y se pone a dibujar al tipo ese entre maduro y casi viejo que está con una cámara de fotos en la otra acera. 

(*).- El 7% de los usuarios de teléfonos móviles en EEUU consultan sus mensajes en pleno acto sexual según la reciente encuesta “Is Social Media a New Addiction?” (¿Son las redes sociales una nueva adicción?) para Retrevo, una empresa de aparatos electrónicos. No confío demasiado en la veracidad de las encuestas ni en su valor como instrumento para conocer a la gente, claro que no soy sociólogo, pero si se aproxima algo a lo que pasa es desolador.