“Por encima de todo, he sido un ser con sentidos, un animal pensante, en este maravilloso planeta y esto, en sí, ha sido un enorme privilegio y una aventura” Oliver Sacks


24 abr. 2015

Amar la vida por extenso (manifiesto)


“Por encima de todo, he sido un ser con sentidos, un animal pensante, en este maravilloso planeta y esto, en sí, ha sido un enorme privilegio y una aventura” Oliver Sacks



Estoy en una colina contemplando el altiplano entre Tanzania y Kenia. Aquí el cielo está tan cerca que toca las copas de las acacias (Acacia tortilis) dispersas por el alto pastizal. O es directamente el cielo, el paraíso. Pero para que exista el cielo debe existir el infierno, que para mí es, por ejemplo, —mirando no muy lejos de donde vengoMarina d’Or, ciudad de vacaciones, en la montaña alicantina; una demostración de cómo lo hortera gregario impide otros posibles paraísos. Contemplo la marcha parsimoniosa de varios miles de hervíboros entre ñus, cebras, antilopes kudús, impalas, gacelas thompson y otros; los flanquean un numeroso grupo de leonas, como si los pastoreasen, pero no se acercan mucho. Las llanuras altas del África Oriental tropical son el paraíso zoológico de los grandes animales, como las selvas lluviosas (rain forest) sudamericanas y asiáticas lo son, en lo botánico, de la vegetación exuberante. Soy consciente de mi privilegio desde la atalaya en que me encuentro, pero también lo soy cuando camino con los ojos bien abiertos y el oído atento en los rurales alrededores de mi casa del pueblo. En el fondo una dehesa de encinas, con añosos pies de árbol salpicando el diverso pastizal mediterráneo, no se diferencia tanto de un sabana de altas herbáceas tropicales con acacias espinosas aquí y allá. Ambos son el hábitat primigenio del mono erguido que fuímos y aún somos.

Estoy convencido que el apego, amor, fascinación o necesidad por la naturaleza está incluida en nuestro viejo genoma de gentes de la sabana. En todos y cada uno; otra cosa es cómo esa tendencia se manifiesta. Los hay que ante un paisaje hermoso lo primero que piensan es construirse su casa allí, o pervertidos que sueñan con una urbanización (una forma de destruir lo amado, como el turismo de masas, pero cualquier psicólogo nos demostrará que esa destrucción es también una forma de apreciación, aunque negativa), y los hay, como yo, que caminan con los ojos abiertos y los oídos libres de auriculares. El amor por la vida no es entrometerse en las decisiones reproductivas de las mujeres, sino en aprender a mirar, con reverencia, con compasión, con empatía. El gran biólogo Edward O. Wilson llamó a esos afanes ‘biofilia’.

Es frecuente que mucha gente, después del maravilloso tiempo infantil de la curiosidad tan infinita como predadora de expoliar nidos y torturar animalillos (yo enseñaba a "nadar" a las hormigas anegando sus hormigueros), mucho tiempo después, ya de adultos, recuperen esos afanes indagatorios en formas más cívicas y se dediquen a fotografíar las flores que encuentran y a cotejarlas con las fotos de alguna de las numerosas guías de campo. Cómo decirles que sería mejor, mal que bien, dibujarlas, porque el dibujo requiere una atención en los detalles que la instantánea apenas exige, o que mejor harían estudiando anatomía vegetal antes de tratar de identificarlas, y luego utilizar claves botánicas. O que aprender a observar es un ejercicio de acecho riguroso que también se aprende, y a notar los detalles.  La mal llamada Educación Ambiental está plagada de banalidades tan bienintencionadas como erróneas propagadas por ‘monitores’ carentes de buena formación, aunque algo es algo. Por el contrario, cuando te tropiezas o lees buena divulgación y entiendes por fin algo que antes te parecía abstruso de los enigmas científicos, es como si te sentases en el aire como un maestro Shalolin. Una sensación incomparable. Si la provocas tú, también. 

Maravillarse con la vida es maravillarse con su variedad increíble. Aún recuerdo la emoción del primer y rudimentario microscopio que me regaló mi padrastro cuando yo era un niño. O mi primera excursión ‘científica’ a Doñana, en los lejanos tiempos de mi juventud en que la marisma era aún un paraíso tan intocado como amenazado, provisto de unos inapropiados gemelos de teatro prestados por mi muy urbana y culta abuela; o los primeros prismáticos, rusos, de verdad que los sustituyeron, o mi primera lupa binocular. En una sola gota de agua de una infusión de hierbajos (sin hervir, dejando calentarse al sol) podemos observar decenas de los bien llamado infusorios, protozoos como los paramecios o las vorticelas, algas unicelulares o filamentosas, hidras de agua dulce, rotíferos y muchos otros organismos. O con una lupa de mano adecuada, un cuentahílos de relojero, podemos descubrir la increíble y amañada disposición de los órganos sexuales de una flor, y con unos prismáticos las miríadas de aves que habitan en un simple parque urbano, desde mirlos a tórtolas turcas o varias especies de páridos o lavanderas. No, no hacen falta costosas y a menudo decepcionantes excursiones a los montes Virunga africanos en busca del gorila de montaña, o a las selvas de Borneo para atisbar el rinoceronte de bosque o el orangután y otros esnobismos por el estilo: la naturaleza nos rodea y no la vemos salvo que aprendamos a mirar.

El inventario de todas las especies vivas —plantas, animales, hongos, bacterias y otros seres unicelulares similares  se sitúa en algo menos de 2 millones, pero todos los biólogos y taxónomos (los que clasifican los organismos según grupos sistemáticos de parentesco evolutivo) están de acuerdo que es una pequeña parte de un total de uno a dos órdenes superiores de magnitud, es decir, entre diez y más de cien millones de organismos distintos, pues hay numerosos agujeros negros de biodiversidad sin detectar: bacterias, extremófilos, habitantes de las selvas y de los fondos marinos, de las cuevas, etcétera. ¿Cómo es posible que tengamos un inventario más completo de las estrellas que de los compañeros vivos de este planeta? Me merecen el mismo respeto todas las formas de curiosidad, pero inventariar las estrellas sin hacer lo propio en nuestro hogar, este diminuto planeta, me recuerda a los que pasan de largo ante el halcón peregrino que habita el centro de Madrid y viajan a Malasia a ver especies exóticas.

Por cierto, no se debe comenzar la casa por el tejado (aunque hay técnicas constructivas de edificios de hormigón que tengo entendido que hacen exactamente eso): primero conozcamos, para respetar y conservar lo que  tenemos. Hacerlo a la inversa, como hoy es habitual salvaguardar las  ballenas sin haber visto una ni saber que es un mamífero  es convertir la educación ambiental en un catecismo inane. Somos animales ciertamente peculiares, pero reparemos en el verbo: “somos”… animales. Necesitamos la naturaleza no solo como fuente de recursos naturales, sino también y aún más de bienes intangibles, de bienestar psicológico. Al distanciarnos e idear maneras de vivir y economías pensadas para recalcar ese distanciamiento nos enajenamos, porque obviamos que somos parte de esa naturaleza que no solo nos permite vivir, sino vivir bien, cabalmente. Julio Cortázar, irónico, dijo: “se puede vivir sin pensar”;¿y sin pasear? ¿y sin mirar? 

 http://plato.stanford.edu/entries/biodiversity/

 http://economia.elpais.com/economia/2015/04/23/empleo/1429816065_163419.html