NI COPY NI RIGHT

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23/10/2014

Contra las patrias (o cómo me gusta leer)



A veces pienso que lo peor que tienen o al menos tuvieron los monoteismos, digamos los tres principales, es que sólo recomiendan respectivamente la lectura de un solo libro, uno solo. Libros interesantes, ciertamente, pero a los que, a base de glosar e interpretar una y otra vez, interminablemente, dejan reducidos a papillas sin substancia e intragables. Justo lo que  no hay que hacer con los buenos libros.

A menudo me hago la ilusión de que pienso por mí mismo, aunque vete a saber. Pero lo procuro, lo intento. Por eso leo preferentemente a gente que no está de moda. Porque me gusta leer no tanto para aprender -eso en todo caso es un efecto sobrevenido-, ni mucho menos para informarme, ni para buscar claves ni sentidos ocultos de la vida o de la Historia, sino que, como dice uno de esos judíos tan listos y medio apátridas, Gabriel Josipovici (que desde ya os recomiendo), leo para hacer gimnasia: mental, espiritual e intelectual. Hablo de leer como es debido, despacio, con paciencia y a ser posible a tíos supuestamente anacrónicos, que en estos tiempos tan 'superposmodernos' son casi todos los que no están de moda, o sea, los que no te dictan como tienes que pensar o sentir para no pasarte de la raya ni salirte del rebaño, los que no le faltan al respeto a tu criterio de lector adulto hecho y derecho. Menos mal que tengo para elegir, desde Homero o Rabelais hasta los de antesdeayer mismo. Estos autores, y esta forma de leer, insisto, despacio, dejando que te rodee el silencio, a solas con la voz del autor elegido, como él te pide de hecho ser leído, sin ir a pillar ideítas y ocurrencias, ni sentencias ni mucho menos información, tiene la virtud de enseñarte, no el abecedario de lo políticamente correcto, sino el salto mortal del mundo no gregario, te enseña a 'andar por libre', a dudar, claro, a olvidar las adhesiones sin más y sobre todo las inquebrantables. Leer así es un peligro como bien sabían las inquisiciones de cualquier época, porque entonces vas y, por ejemplo, te cagas higiénicamente en todas las patrias, empezando por la tuya, que queda más cerca, y siguiendo por las limítrofes, y luego te limpias el culo lógicamente con las respectivas banderas. Lo mismo con las religiones institucionales y con la autoridad (in-)competente ¿Estamos? No es por fastidiar, es por higiene.

Milán Kundera, que ya no está tan de moda pero sigue siendo un excelente escritor, dijo que “la estupidez de la gente procede de tener respuesta para todo”. Oigan cualquier tertulia de la tele y verán hasta que punto es cierto. Se llega mucho más lejos caminando con una duda que arrastrándose con pringosas certezas. Como esa certidumbre que tienen todos los nacionalistas de haber nacido en la tierra prometida o, en caso contrario, de avanzar sin dudas hacia ella. La cosa viene de lejos, de la Biblia, por ejemplo, y produce en cualquier época montones de esas gentes tan patriotas como victimistas, caso de que sean cosas distintas, que a su vez se dividen entre los victimistas que, como Abraham, no llegarán a verla nunca pero guiarán a sus pueblos hacia la añorada patria, y los victimistas que, instalados en ella, no quieren saber nada de lo que existe fuera de ella. 

Rafael Azcona, que falleció hace poco y discretamente, tenía parte de emocional razón cuando decía que uno es de donde hizo el bachillerato (y si no fue él, fue alguien parejo), pero un paso más lo da aquel que escribió la letra de El último de la fila que proclamaba que “mi patria son mis zapatos”. Finalmente, un cosmopolitismo bien entendido y siempre extrañado, en los varios sentidos de la palabra, es lo mejor. El antiturista que no “va” a los sitios para confirmar que el suyo de donde viene es el mejor, sino que los habita curiosa y sucesivamente.

Dan ganas de recomendarles la lectura del Didascalión de Hugo de San Víctor:
 “El hombre que encuentra agradable su dulce tierra natal es todavía un tierno principiante; aquel para quien cualquier tierra es su tierra natal es ya fuerte; pero el hombre perfecto es aquel para quien el mundo entero es como una tierra extranjera".


Paradojas que provienen de dar por hecho que sucesos tan involuntarios como azarosos -dónde naces y dónde te bautizan o su equivalente- marcan tu vida como nacionalista o como practicante de la única religión verdadera. ¡Patrias y religiones, qué daño hacéis dando consuelos a cambio de ignorancias! Porque el caso es que hay ilusiones que si no se corrigen se convierten en delirios. Una ilusión puede ayudar a vivir esta vida tan breve, pero en la que, sin embargo, algunos se aburren e inventan causas, destinos manifiestos, tareas sagradas. Pero si una ilusión, como sabe cualquier enamorado luego desenamorado, es tan a menudo una equivocación revocable, un delirio, como el que padecen los nacionalismos, es un error tan persistente como suicida.

Aunque la causa, patria o Dios, es lo de menos; lo dejó dicho Santayana, otro exilado:
 “aquel que redobla sus esfuerzos conforme olvida sus objetivos no quiere pensar ni saber. Sólo creer”. 
Esa era su espléndida definición del fanático. 

Es posible que no todos los nacionalistas sean fanáticos, pero me parece que todos los nacionalistas crean su propia "lógica", por llamarla algo, que les impide examinar las razones de los que no lo somos. Y esa es mi propia y modesta definición de alienación. Entonces no se produce un diálogo de sordos, sino algo peor: ellos gritan cuando los demás aguardamos para hablar y que nos hablen. 

Mientras tanto sigo sin encontrar papel higiénico (de W.C) con la bandera española, ni tampoco con la estelada ni la cuatribarrada. Mi droguero me advierte que no se fabrica, que manchan el culo más que lo limpian, así que me haré unas pegatinas que digan:  
"Patriotas del mundo: ¡Desertad!"; "Creyentes: ¡apostatad!"
Aunque menos voluntarista y hasta voluntariosa sería esta otra:
"Patriotas y creyentes: ¡no molestéis!"

22/10/2014

Árboles


Jesus Green, Cambridge, Julio, 2014




Palio sagrado del caminante, un paseo arbolado es la metáfora perfecta de la vía  civilizada, de la armonía entre natura y cultura. 

Alzo la vista y luego la bajo para comprobar una vez más que lo más importante de un árbol, quizás, sea lo que tiene de más evanescente, de más variable a lo largo del día y de las estaciones: su sombra.

Estos son probados mestizos vigorosos, buenos modelos de lo que los criadores de animales y plantas domésticos llaman el ‘vigor híbrido’, portentosos ejemplares de plátanos. Clavados por garfios pardos en el suelo, como escribió Gabriela Mistral, estos árboles pueden ser impresionantes, si los comparamos en su espléndido desarrollo, con la figura sentada a la izquierda junto al tercer árbol. Estos son también viejos ejemplares de los también conocidos como plátanos de sombra (Platanus hybrida, o según otros autores Platanus x hispanica ) y plátanos de Londres: ‘London plane’, pues en esta ciudad abundan desde hace siglos por su legendario buen aguante a la contaminación urbana, que en Londres ha disminuido considerablemente desde que en el segundo tercio del siglo pasado se eliminaron las calderas de carbón responsables en gran parte del 'smog' o "puré de guisantes" formado por cenizas o partículas en suspensión, CO2 y óxidos de azufre. Desapareció en gran parte esa contaminación atmosférica pero quedaron estas magníficas alineaciones. Son el prototipo de árbol de paseo en las zonas templadas, aunque a mí, para estos casos me gustan más los tilos, más sensibles a la contaminación. Londres y algunas zonas urbanas de España compiten por su origen, ya que, como digo, es un híbrido de jardinería. Por ejemplo, junto a Madrid, en Aranjuez, tenemos ejemplares tan buenos como estos ingleses.






Roble en Kennsington Gardens, Julio, 2014