26/7/2014

ODA al Marido


De repente todo el mundo se puso a hacer poemas, la culpa la tuvo una función nueva en los móviles que inicialmente permitía mandar mensajes de wasap rimados. Pero pronto se pasó al verso libre, a las reflexiones hondas, o que lo pretendían. Y no hubo forma de parar la oleada. Los niños empezaron a ser bautizados como Keats, Lorca o Goethe. Byron era un nombre tan popular en el parque que al gritarlo a su hijo una madre que debía regresar a casa para poner el cocido y de paso rematar su oda al marido, acudían en tropel muchos de otras. Y a todos había que darles un besito y una rima. Agotador, pero nadie prescindía de la función rimadora de su telefonillo.

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(... me parece sumamente improbable que de las rimas electrónicamente programadas se pase al verso libre, ni mucho menos a las reflexiones hondas. El camino suele ser exactamente el inverso, por simple aplicación del segundo principio de la termodinámica...)

(Tienes razón en lo de que en una aplicación dura y directa del segundo principio lo normal sería acabar rimando pareados cutres e iniciarse con buena poesía ultramoderna... pero… yo sé de varios que han aprendido a poner las tildes y manejarse con los acentos gracias a los blogs, aunque también conozco el caso contrario de los que han terminado por escribir "x q" en vez de porque, así que...)

(En cualquier caso,no sé si es correcto invocar la inapelable termodinámica para remachar la pobre opinión sobre la humanidad)

(¿Entropía o pesimismo?)

21/7/2014

A Peter Pan no le cagan las palomas (Crónicas londinenses)





En un lejano país existió hace muchos años una Oveja negra. Fue fusilada.
Un siglo después, el rebaño arrepentido le levantó una estatua ecuestre que quedó muy bien en el parque.
Así, en lo sucesivo, cada vez que aparecían ovejas negras eran rápidamente pasadas por las armas para que las futuras generaciones de ovejas comunes y corrientes pudieran ejercitarse también en la escultura.

Este cuento/fábula tan  precioso y cargado de ironía de Monterroso es tan bueno que uno anticipa y hasta cree haber leído lo que no está en él explícito: que un grupo, rebaño o punta de ovejas, convenientemente blancas le hacen la vida literalmente imposible a la única negra. Tan imposible que la terminan matando y luego la dedican una estatua. Aunque a veces es la negra la que hizo la vida imposible a las más corrientes blancas. Queda la estatua y progresan las artes.

Primero es necesario que le dediquen una estatua, pero el destino de todo gran personaje es que le caguen encima las palomas hasta que olvidemos quien fue o hasta que se borre el nombre de su peana por el poder corrosivo de los excrementos. Vana gloria fugitiva.

A Peter Pan no le cagan las palomas, de esa afrenta le defienden los herrerillos y otros pequeños páridos, y en cualquier caso, las hadas que le trepan por los bajos le limpiarían los pies. Su estatua está en Kensington cerca ya de Hyde Park. Peter tiene fácil escuchar el reclamo de las barnaclas en el vecino Longwater. ¿Que qué reclaman? El viaje al sur al llegar el invierno, el viaje al norte al final de la primavera, pero estos gansos canadienses han decidido afincarse en Londres, pueden volar y lo hacen, podrían migrar, pero han decidido que no. Con buen tino a mi juicio, este es un paraíso para ellas. Ya no son nómadas, igual que la mayoría de nosotros.

Yorkshire es un pudding, lamentable, y un perro terrier pequeño y ladrador, también es el condado natal del gran navegante James Cook. Al que tampoco le cagan las palomas, de eso se encargan las gaviotas que parece más acorde. Tiene innumerables estatuas, desde la Nueva Zelanda que “descubrió” (los maoríes ya estaban, y nadie descubre su propio país), hasta las de su tierra de origen, como la que conozco en Whitby, situada en la costa del nordeste de Inglaterra, en el acantilado que enfrenta al de la abadía donde desembarcara Drácula; en la provincia (district) de Scarborough, Yorkshire del Norte. Allí comenzó su carrera de marino. También he visto otra frente al museo marítimo de Greenwich. En ambas he comprobado que las encargadas de cagarle la coronilla son las gritonas gaviotas argénteas, Larus argentatus y las gemelas sombrías, Larus fuscus, aunque a veces se atreven a tal las diminutas y más continentales, reidoras, Larus ridibundus, que tal vez quieran recordarnos que el gran navegante de los océanos australes y los pasos del Noroeste comenzó caboteando junto a las costas orientales de su isla en una simple gabarra de carbón, de Newcastle a Londres y vuelta. No es un gran periplo, esos vendrían luego.



Pasear entre estatuas. Es como cuando "nos suena" un rostro, nos parece conocido aunque no sabemos de qué, hasta que caemos en la cuenta de que sólo se trata del tipo con el que nos cruzamos diariamente en el metro al ir al trabajo, o el vendedor de lotería de la esquina a donde vamos a comprar el pan. Dedicadas a gentes de las que hemos olvidado lo que hicieron, paseo entre tanto vano intento para perpetuar la memoria...¿de quién dice usted? Gratificaciones póstumas, formas de afianzarse en la posteridad. Pero la posteridad es más escurridiza que la mierda de pájaro. La información que figura en la placa de los pedestales tampoco es muy fiable. No pertenece al género del resumen biográfico, sino al hagiográfico (como los santos, todo lo que hizo ese prócer, el gran hombre allí arriba aupado fue bueno, aunque masacrara gentes o bombardeara ciudades). Finalmente sólo son peanas para pájaros. 

Por eso, por todo eso pienso que las estatuas, y en algún otro comentario lo he dicho, de los hombres, principalmente varones, ilustres están destinadas a que se les caguen encima las palomas por los siglos de los siglos. Pagan cara su vanidad, si la tuvieron, o la de los que se la erigieron. Parece una condena de algún circulo perdido del infierno de Dante.

Pues qué cosa más sensata, que forma de matar dos pájaros de un tiro —nunca mejor dicho— que simplificar la estatua, dejarla sólo en peana para que la inevitable paloma haga ella misma de estatua y de cagadora de su propia efigie en su escueto plinto. Como en el silogismo hierba, finalmente lo que nos une a todos los humanos, vivos o muertos, famosos o anónimos, es que nos puede cagar encima una paloma, pero... a los famosos con mucha más probabilidad. Quizás por eso Inglaterra está llena de carteles prohibiendo alimentarlas, porque una cosa lleva a la otra previo paso por su fecundo tracto digestivo.






14/7/2014

La lógica herbácea (Crónicas londinenses)




Una cosa, otra más, que me gusta de Gran Bretaña es que, aupados a su húmedo clima por supuesto, los céspedes se siembran para pisarlos. -En la foto, en todas las fotos menos Bansky, Greenwich Park-. El manejo de las praderas es ejemplar. Alternan céspedes de ray grass (Lolium perenne) y trébol blanco (Trifolium repens) segados al ras con zonas donde dejan crecer las gramíneas y demás herbáceas, más diversas y que sirven de refugio a insectos y en realidad son reductos de más alta biodiversidad.

Voy a hacer un inciso y luego regreso a las praderas (meadows):

Los llamados falsos silogismos de afirmación de la premisa menor se critican precisamente por las mismas razones que le hacían interesarse en ellos al gran Gregory Bateson, ese tipo increíble culto y oculto tras la excesiva, a mi juicio, fama de su esposa, Margaret Mead —un raro ejemplo inverso de lo usual, que es la marginación femenina—, porque, según este autor, reflejan bien la forma de razonar de los esquizofrénicos y de los pueblos llamados (mal) primitivos. Por ejemplo:


Los hombres mueren
La hierba muere
Todos los hombres son hierba.


Frente a la plana banalidad del conocido silogismo Sócrates:


Los hombres mueren

Sócrates es un hombre

Sócrates muere.


Ya ¿Y qué? aparte de decidir algo en tres pasos que ya sabíamos de antemano.


En cambio, con la hierba todos los hombres que han sido y serán tienen en común lo más previo y por tanto más importante: que están vivos, sin más historias "pseudo gayanas" de comunión con la biosfera. Así de incontestable es lo que percibe alguien que se busca el sustento en la selva y no en el supermercado.


En realidad la jardinería inglesa es magnífica no por su estética, sino por su ética; o digamos que su estética deriva de una ética, o si se prefiere su aspecto, su anatomía, de su función, de una fisiología sensata adaptada al clima y las propias condiciones ambientales. No se empeñan en cultivar naranjas en el ártico, aunque técnicamente hoy eso es posible. Aplican con 'naturalidad' la receta de Paracelso de que a la naturaleza sólo se la domina respetándola. El resultado final es engañosamente fácil y fluido: todo parece ‘natural’ ¿Natural? Todo lo es, si interpretamos que los jardines están compuestos por elementos naturales, principalmente vegetales, desde árboles añosos a prados; y nada lo es, si interpretamos ‘natural’ como no intervenido por el hombre (con ese prejuicio ignaro que nos excluye a los homo sapiens, pero no a las cochinillas o a las ardillas, como si los humanos fuéramos construcciones artificiales de sílice y no primates bípedos de cerebro hipertrofiado). La llamada jardinería paisajista inglesa, en oposición un tanto escueta o rudimentaria con la francesa de setos ortogonales y artificios notorios, tiene ese aspecto ‘espontáneo’, porque está muy elaborada para que parezca un ondulado sector de bosques y setos  y praderas, por ejemplo, un cazadero de una mansión aristocrática o real, origen que por otra parte tienen la mayoría de sus hermosos parques, como Hyde Park o St James. 


En realidad, si ha existido alguna forma de 'ponerle puertas al campo' al margen de los grandes latifundios, esa forma es la que practica esa suerte de espontaneidad silvestre muy trabajada que es la jardidería paisajista inglesa, que dicen que se corresponde con la arquitectura georgiana, neoclásica o por mejor decir, neo palladiana, aunque yo creo que con lo que hace juego es con ciertas formas de lógica más placenteras que las habituales, porque compruebo montones de paseantes solos, en grupo o con sus felices perros, practicando, dando testimonio del denostado e interesante ‘silogismo hierba’ de Bateson. 


Los humanos somos hierba, sin duda, y en ella nos encontramos estupendamente.