NI COPY NI RIGHT

NI COPY NI RIGHT: Las fotos de este blog son del autor, salvo que se indique expresamente lo contrario. Piratearlas si queréis, no disfrutaréis tanto como yo haciéndolas (abajo del todo, más fotos)

28/9/2014

¿Y por qué no digo adios? (o por qué escribo)



"Dentro de todo sí hay un pequeño no, y dentro de todo no hay un pequeño sí".Emilio Lledó
"Lo efímero no necesita eternidad. Lo eterno necesita de lo efímero."Adonis
                  
Prefiero ir más despacio, pero aún hoy soy capaz de hacer jornadas de treinta kilómetros y un libro al día.  

No existen realmente como profesiones, pero si soy profesional de algo es de leer y de andar, las dos fuentes de mi libertad como he dicho en otro post anterior. Me gusta escribir, es una de las razones por las que lo hago, pero me gusta más leer. Borges se consideraba superior en esta faceta que en la de escritor. Con mucha más razón en mi caso, lo subscribo plenamente. El escritor no tiene tanta libertad como el lector; de hecho -lo he comprobado-, los escritores han perdido esa maravillosa libertad del lector espontaneo y libre, el que lee por leer. Como profesionales, leen como espías de otros, como envidiosos antes que admiradores, no pueden evitarlo. Son lectores corrompidos, como señala Cees Nooteboom. Les pasa incluso a los malos escritores (quizás más que a los buenos). Les pasa hasta a los escritores de blogs literarios, tal vez especialmente a esos. A mí no. Por fortuna. Conservo mi pureza de lector puro, valga la redundancia, y mi criterio y un gusto afinado por la larga práctica. Y conservo la mejor virtud intelectual: la capacidad de admiración. Me pasa desde chaval con algunos libros que me gustan: me quedaría a vivir dentro de ellos.

En cambio, dentro de mí hay más de un tipo y no todos se llevan siempre bien entre sí. Es decir, aunque suelo apreciarme, a veces no me aguanto. Sé que en ocasiones el infierno no son los demás, como dijo Sartre, sino cada uno de sí mismo. En cualquier caso, la autoestima no me basta. Federico García Lorca dejó dicho: "Escribo para que me quieran". Años más tarde, García Márquez afinaría un poco más y diría a su vez: "Escribo para que me quieran más mis amigos". Me parece una de las respuestas más puras, menos pretenciosas y más sensatas a la pregunta de por qué se escribe. Yo he escrito siempre —no hablo de este blog, o no sólo—, desde mis abismales distancias con los grandes, por las mismas razones. Salvo muy al comienzo, no era vanidad, lo juro, ni mucho menos ese disparo por la culata que es el ansia de fama, ni legítimos sueños de conseguir dinero, ni mucho menos de ganarme la vida. Eso siempre lo vi muy difícil incluso cuando me publicaban libros impresos sobre papel que más o menos se vendían o cuando aparecía mi nombre y no mi nick en periódicos y revistas más o menos prestigiosos, no digamos ahora que lo que hago sin mayores aspiraciones es ‘colgar’ estos escritos en esta vorágine virtual donde hacer eso es como escribir en papelitos de fumar y lanzarlos, ni siquiera protegidos por una botella, al océano de Internet. García Márquez añadió más tarde: "¿Qué clase de misterio es ése que hace que el simple deseo de contar historias se convierta en una pasión, que un ser humano sea capaz de morir por ella; morir de hambre, frío o lo que sea, con tal de hacer una cosa que no se puede ver ni tocar ni que, al fin y al cabo, si bien se mira, no sirve para nada?".

(Sí que sirve, Gabriel, mi letraherido arcángel tropical, no disimules: se trata, nada menos, de algo tan indispensable como todas las demás cosas 'inútiles' que no cotizan en bolsa).

Mi pasión nunca llegó a  tanto, en eso estuvo pareja con mi talento, relativamente cortos ambos si me comparo con quién se debe y no con (a) quién se 'puede', ¿me explico? Pero escribí para que me apreciaran, con la ambiguedad polisémica de valoración y de estima o cariño, y a menudo lo logré un poco, aunque también conseguí la enemistad, la malevolencia de alguno. Es mucha presunción pensar que a los enemigos también se les elige, como a los amigos, cuando aquellos se proponen solos y no siempre es fácil ignorarlos para que les duelan sus desamores no correspondidos, ya que detestarlos es darles un inmerecido acuse de recibo. No siempre se pueden elegir a tus enemigos, pero sí las batallas y a posteriori casi siempre uno se da cuenta de que no merecía la pena darlas. A esos enemigos virtuales, no sólo a los trolls, que son simples e impunes gamberros, sino a los que ocultan sus celos disfrazándolos de untuosa admiración hasta que un buen día te sueltan la puñalada, por fortuna virtual, a los que sólo les mueve la envidia sin ningún sano afán emulador (eso requeriría esfuerzo), a esos debería haberles dicho en su momento: "el que mates a Jesse James no significa que seas Jesse James". Ni que seas Lansky. Modestamente.

Así que no es que me corra unas juergas inmensas, pero disfruto escribiendo, y ese discreto gozo, junto a la búsqueda de cierta estimación en quiénes la valoro, son mis principales motivos para hacerlo o para seguir haciéndolo. Pero, insisto, mi verdadera pasión es la lectura de esos otros, que son muchos por fortuna, que tienen más pasión y más talento que yo. A la inversa de tantos ávidos jovencitos escritores a los que se les nota que han leído demasiado poco antes de ponerse ellos mismos a escribir, descubriendo la pólvora y América casi siempre, aunque la propaganda editorial les muestre también casi siempre, no falla, "como los nuevos descubrimientos literarios", cuando no "la revelación del siglo". La posteridad es implacable hasta en las distancias cortas y a menudo perduran menos que la editorial que les descubre. Así que como Borges, me precio más de mis lecturas que de mis pobres logros. Jamás, creo, renunciaré a aquellas, ni tampoco a escribir, me conozco, pero -no sé si de momento- sí quizás a publicar aquí más mis virtuales papelillos volanderos. Que es a lo que iba.

Además la cultura escrita está en una encrucijada. Sin jeremiadas apocalípticas. No me termina de gustar la famosa frase de McLuhan: "el medio es el mensaje", pero estoy convencido que no pueden separarse los escritos de los sistemas y objetos que los difunden. Nuestro presente cambia tan rápido que sólo se adaptan con soltura a él los muy jóvenes que, animalitos de este celérico circo, aún pueden aprender 'trucos' nuevos. Tanto cambio rápido hace que yo sólo habite a gusto mi propio presente que para ellos en seguida es pasado. Si os gustan los buenos tebeos, esos que llaman cómics, y las paradojas del lenguaje (no hay otras a mi alcance), esas que les dicen oximorones, os diré que soy tan eterno como fugaz, un eternauta al borde de dos siglos y hasta milenios. Soy un viajero del pasado, mi máquina del tiempo es mi memoria y mi álbum de fotos; mi presente, cualquier espejo. Soy eterno en mi condición humana, común a todos mis semejantes, pero mi yo es fugaz. También sé que evocar el pasado requiere tanta imaginación como imaginar el futuro.

Como dice Roger Chartier:"Las mutaciones de nuestro presente modifican todo a la vez, los soportes de la escritura, la técnica de su reproducción y diseminación, y las maneras de leer”. Chartier que tituló una de sus lecciones inaugurales en el Collège de France con una definición preciosa: leer a los clásicos es “escuchar a los muertos con los ojos”. ¡Sí, joder!, en efecto: leer es un diálogo entre ausentes. Quiero charlar con Chateaubriand y con Burgess, con Rabelais, con Montaigne, con Grass, con Kundera... Me van a oir (porque yo escribo a menudo en sus márgenes, quiero decir en los márgenes de sus libros, pero también y en mi marginalidad sobre lo que ellos me sugieren: les gloso), pero sobre todo les voy a escuchar yo a ellos. Los muertos insignes, digamos los clásicos, son inmortales y me hablan al oído, que es como más atención presto, nunca a los gritos:

A la mierda la actualidad, que envejece de un día para otro y encima chilla.

Así que tal vez me retire para escuchar con los ojos a mis muertos favoritos, y también, como escribí hace más de tres años en este mismo blog, “[...]para estudiar mecánica cuántica después de los 60, para hacer a pie ese valle que vi de joven desde el coche, para escribir ese librito que no sé si publicaré, para arrascarme las pelotas también.” Lo hice aquí (por el enlace anterior veréis que entonces tenía muchísimos más lectores y comentarios, eso también me afecta, por que negarlo).
Uno siempre escribe para otros...
aunque ese otro sea  uno mismo.


A veces tengo la sensación de ser mi único lector, y lo repito: me creo un gran lector, tal vez demasiado exigente para el limitado escritor que también soy, como un tenista con un brazo hipertrofiado y el otro normal. Y entonces me pregunto si merece la pena, si me compensa escribir cuando tan poco me compensa leerme. 

Mi imagen del infierno es un mundo, tal vez éste, aunque espero que no, en el que todos somos cada vez más parecidos. Confío que ese infierno, como el convencional, realmente no exista, pero a veces me parece verlo. Estoy casi seguro de que eso me pasa porque no miro suficientemente lejos, en el tiempo y en el espacio. 


****
 
¿Adiós? Adiós. Cualquier palabra que contenga a Dios hay que pronunciarla o escribirla, incluso leerla, no sólo con mayúscula, sino de  rodillas. O no, si eres partidario de una estricta separación religión-idioma, de un estricto laicismo lingüístico, de una práctica religiosa en la estricta intimidad, de un asunto sin proselitismos. Entonces puedes escribir dios con minúsculas, aunque lo hagas en singular, y sin levantarte ni arrodillarte. Los etimólogos, grandes creativos en una disciplina ya de por sí tan prodigiosamente inventiva, sostienen que esta interjección de despedida procede de la expresión “a Dios encomiendo tu alma”. Aunque no sé si sabéis que hay un pueblo navarro en la merindad de Pamplona (apropiadamente en la ladera sur de la Sierra del Perdón) que se llama así, o sea, Adiós; en vascuence, según su Academia, sin la tilde. El gentilicio es adiostarras. Si eres escéptico además, como es mi nada oprobioso caso, puede escribir dios siempre entre interrogaciones, al fin y al cabo Él (mayúscula para no confundir) es uno de los grandes interrogantes, que a mí ya no me interesa tampoco resolver. Y Adiós, también: ¿Adiós? Porque nunca se sabe.

Caso de que me vaya, me iré perdiendo en el olvido. No pasa nada: al fin y al cabo sólo se puede recordar lo ya olvidado.

Si digo Adiós tendré razones, que no excusas. Diré Adiós y gracias, ha sido un placer.







26/9/2014

Viaje alucinante (*)







En mi ya lejana juventud viví en una dictadura. Dos cosas que al tirano le gustaba quitarnos eran el pasaporte y ciertos libros. Ambos eran secuestros que minaban nuestra libertad. Lansky

Tras volar a Madrid desde Londres, cogí el coche, atravesé la Península, llegué a Francia por el paso vasco-atlántico, crucé Las Landas y la Aquitania y Burdeos, Bretaña y Normandía y llegué a Calais. Atravesé el Canal en ferri, llegué a Dover, recogí a mis dos amores que habían bajado en tren desde Londres cruzando el viejo condado de Kent, y vuelta por el mismo sistema desde Dover a Calais. Cruzamos Francia, en diagonal esta vez, por la Picardia, la Borgoña, las Ardenas y Champagne y la hermosa Provenza -donde nos demoramos unos días, porque para mí forma un mágico y paradisiaco triángulo mediterráneo con los otros vértices en la Toscana italiana y el Ampurdán catalán- y finalmente llegamos a Porbou y a Gerona. Aparqué en el ensanche junto a la universidad, salimos del coche y nos sobresaltamos, perra incluida, porque entonces y sólo entonces tras tantos kilómetros y paisajes, es decir, países, nos sentimos extranjeros. Desde todos los balcones ¿nos... saludaban?, no precisamente; ¿nos... recibían?, tampoco exactamente. Más bien nos advertían y desde luego nos intimidaban literalmente cientos de banderas esteladas y cuatribarradas. Una ordalía de enseñas. Se me escapó una exclamación.

 “¡Joder, cielo santo!” 

Entonces se me acercó un maduro encorbatado que había oído mi sobresalto. Se le veía no con ganas de bronca, pero sí de impartir quizás lección… ¿de tolerancia? Me dijo: 

“¿Acaso le molesta, señor?, ¿le sorprende?”, e hizo un gesto majestuoso, brazos abiertos y girando sobre sí mismo; vamos: un travelling al impresionante panorama que nos rodeaba.

"Sí y sí”, le contesté, “pero verá”, me digné explicarle, “dentro de tres días continuo hasta Madrid donde vivo y nací y en general donde no me siento extraño, aunque tampoco en muchas otras partes de esta pequeña parte del mundo donde acabo de estar, pero si al 'aterrizar' allí, en mi propia ciudad, me encontrara el espectáculo amenazante y excluyente de cientos de banderas, esta vez supongo que españolas, en cada balcón, le daría la vuelta al coche y me volvería derecho a Londres -procurando no pasar esta vez por Gerona-, Londres... donde se dice una cosa estimulante que debe ser cierta, que en Oxford Street, por poner un caso, se pueden oir hablar más de doscientas lenguas distintas, una la mía.. ¿Lo pilla?”

No le dije, en cambio, que su ciudad era preciosa pero que ya estaba, recién llegado, pies para qué os quiero, deseando huir de ella para poder respirar; que había llegado a ella caminando —es un decir: viajando, aunque en automóvil— y en las paradas leyendo; que caminar (viajar) y leer son las puertas de mi libertad; que por eso jamás dejaré de caminar y de leer, dos cosas que aprendí en la primera y más remota infancia; y que las banderas, ay, son justo lo contrario de los libros, si lo pensamos bien: la simplificación esquemática de algo que no llega ni a idea ni a sentimiento elaborados; y que las patrias son así mismo justo lo opuesto de los caminos: cerraduras, cercados, rediles. 

Tres días después nos fuímos, pero no sin antes comprar en la feria un queso de la Garrocha, secallonas, fumallas y fuet, además de una hermosa y redonda butifarra negra que aquí llaman bull.





(*) Viaje alucinante (Fantastic Voyage) era el título en España de una película de Richard Fleischer en el que un grupo de personas miniaturizadas, dentro de un submarino igualmente diminuto, viajan por el interior de un cuerpo humano.