24 sept. 2016

Breviario de cultura política: el Poder y la ciudadanía






El Poder


De joven renegaba del poder y me creía un libertario, pero sólo era rebelde y, en cierto modo, lo sigo siendo, pero sé más.

No sé si la mayoría de los profesorcillos de Políticas de Podemos han asimilado la primera lección de su especialidad. El Poder (lleva mayúsculas) es la habilidad de inducir a alguien a hacer algo que de otro modo no haría, o de disuadirlo de hacer algo que en otras circunstancias haría, a través de la coacción y la recompensa. Zanahorias y palos. La coacción se basa en el miedo a la violencia y al sufrimiento: “obedece o lo lamentarás”. Esto es tan cierto para los matones de patio de colegio como para El Pacto de Varsovia. Ley y orden. Hasta las democracias tienen el monopolio del uso de la fuerza, especialmente las democracias. La recompensa funciona con la promesa: “Obedece y obtén beneficios”. Así funcionan las bases de la OTAN en los Estados no miembros y el hecho de que soportemos trabajos de mierda. Como la energía, que es lo que es en el fondo, el poder no se crea ni se destruye, ni se gana ni se pierde; como la gracia de los creyentes, visita a algunos, los inviste, nunca está en su posesión, aunque eso es lo que creen los locos. Y no es inocuo ni para los que lo detentan temporalmente. Es el crack, la cocaína del Ego, que pasa a través de distintos anfitriones a través de las urnas, en los mejores casos, de la guerra, del dinero, del matrimonio y del nacimiento azaroso y constituye la trama de la historia, sus cartas más o menos marcadas. Con el poder puedes impartir justicia, mejorar la vida de la gente o no deteriorar el planeta, pero también convertir agradables ciudades en ruinas humeantes, esclavizar a las personas y robarles su futuro y sus vidas, por lo que el poder en sí es amoral, no inmoral, como creían los anarquistas pánfilos. Ronald Reagan ganó la Guerra Fría por accidente, pero tenía el poder; la mayoría de nuestros líderes políticos son en sí mismos accidentes, pero no tienen el poder. El poder lo tiene el dinero y otros políticos y empresarios, y lo saben, y la gente, y no lo sabe.






La ciudadanía

Se habla mucho de regenerar la política, de regenerar a los políticos, a los sindicatos, a los empresarios, pero todos y cada uno de ellos halagan a los ciudadanos, son su clientela. Los ciudadanos son como esos millones de moscas que comen mierda del grafitti que te manda que tú también la comas: no pueden equivocarse. Vaya si pueden. Porque la ciudadanía es sin embargo la que más necesita regenerarse, educarse, librarse de sus malos hábitos. Maquiavelo decía que si no pueden amarte (al príncipe) al menos que te teman. Los ciudadanos aman y temen, sin criterios. Los políticos mienten a los ciudadanos, los políticos se corrompen y roban dinero público, pero a menudo eso apenas les pasa factura entre sus votantes. ¿Qué sucede? Como señala David Roberts, inventor de la expresión “política de la posverdad”, los votantes no se inspiran por los principios de la Ilustración. Ni siquiera por lo que más les conviene. No reúnen datos, sacan conclusiones, comparan y eligen después el partido o la opción que más se acerca a esas conclusiones, sino que opera a la inversa, no con juicios sino con prejuicios. Primero eligen su tribu, su partido, su líder; a continuación adoptan los principios de esa tribu, lo que algunos llaman ideología, aunque no es eso, en general estableciéndose en la dicotomía izquierdas y/o derechas; finalmente eligen aquellos datos que apoyan esas posiciones previas y desechan los demás que las contradicen y votan en consecuencia. La única forma efectiva de regenerar a la ciudadanía es por medio de un proceso lento: la educación, por eso los poderes la destruyen y la convierten en una suerte de formación para buscar trabajo de obsolescencia calculada y no en lo que debería ser: una forma de proporcionar instrumentos para enfrentar la realidad y sacar conclusiones por uno mismo; y por eso, los fascismos, como el español  en la Guerra y la posguerra civil, lo primero que hacen al triunfar es fusilar a los maestros. Créanme, con la ciudadanía que tenemos tras la larga época negra y gris del franquismo pendiente de ser superada, los lamentables políticos que tenemos son exactamente los que (estadísticamente) nos merecemos. Personalmente yo no merezco estos conciudadanos más preparados para ser súbditos (o catalanes, o españoles, o sus muertos) que verdaderos ciudadanos libres y cosmopolitas, solidarios e inteligentes. Con una mala ciudadanía, las democracias no son un abuso de la estadística, como decía Borges, sino un dominio de la ignorancia manipulable.
 

20 sept. 2016

Mi profesión de fe



"¡Adios, Louisa! Seca tus ojos y no llores; no todas las balas matan a un buen chico" (Marcha de los granaderos alemanes)

Soy alguien que se sabe único, como todos. Es decir, una persona distinta a las demás, como cualquiera. Ejemplarmente vulgar, porque lo más vulgar de la condición humana es ser como todos y por tanto no parecerse del todo a nadie. He espiado en mí una vanidad y una debilidad que apenas me atrevo a declarar. Hablo de mí mismo convencido que no hay en mí nada rico en virtud o en hazañas, nadie me puede acusar de ostentación: soy un sujeto estéril y escaso. No quiero hacer amonestaciones ni proponer renuncias, al contrario, ni buscar nada trascendente o simplemente preferible. Ni propongo ejercicios para endurecer la voluntad ni para sobreponernos a nuestra triste (y feliz) condición. La religión nunca me ha ayudado y en todas detecto un desagradable menosprecio de la vida, pero no por eso propongo una actitud antirreligiosa (de hecho, soy religioso a mi modo) o herética, salvo que ser agnóstico o incluso gozosamente ateo lo sea. Simplemente los dogmas religiosos están ausentes de mis necesidades y por tanto de mi vida. No tengo dudas de fe, y esas son de las pocas dudas que no tengo. La religión es un puñado de costumbres y fórmulas que ayudan a mucha gente y a otras las pierde, pero esas fórmulas y costumbres las respeto, como cualesquiera otras, pero nada más profundo. Soy leal a mi naturaleza, y no me hago ilusiones sobre ella ni pretendo buscar soluciones en un hipotético ‘más allá’. No hay peor locura que la de renegar de lo que uno es. Aunque es aconsejable buscar la perfección, sin obsesiones, ésta no está fuera de las imperfecciones que nos constituyen, sino en ellas mismas. Procuro hacer bien de hombre, no hay nada más hermoso, ni ciencia más ardua que saber vivir esta vida bien y naturalmente (me está dictando alguien). 'El sentido de la vida', como bien saben los Monty Python, es la vida misma, no la muerte o lo que supuestamente viene luego. No aprendo nada de lo que me exige la necesidad, ni me gustan las virtudes que exigen duras gimnasias morales o físicas. Ni siquiera la laboriosidad, aunque comprendo que a  los genios la inspiración debe sorprenderlos trabajando. Lo que hago bien es porque lo hago con alegría y facilidad, lo que mejor me sale es lo que menos me cuesta, así que sigo, también sin obsesiones, la senda que marcan mis placeres; placeres no siempre elevados, sino más bien absolutamente animales, incluida el que me proporciona la música, junto al sexo, la comida o las que derivan de saber mirar; ni voluptuosidades prudentes ni fuertes o gloriosas, prefiero las dulces, fáciles, al alcance de la mano. Un credo hedonista sin pretensiones sublimes, un epicureísmo sin renuncias, pero con fronteras que no quiero franquear, simplemente procurando llegar a los límites del placer y cuidándome de no ir más allá. No recomiendo dejarse la piel en elevados empeños. Yo no lo hago. Pero me parece estupendo que otros piensen de otro modo, a cada cual según su gusto y alma propias, sin remordimientos de ser como se es. Acepto la inevitabilidad de la muerte como final poco grandioso de algo que nunca lo fue demasiado. Sin autoflagelaciones, sino con la libertad para disfrutar como mejor podamos sin dañar a otros. O sea, no hay que hacerse ilusiones, pero menos aún vivir desilusionado. Y es que alguien dijo que hasta en el trono más importante del mundo hay que sentarse sobre nuestro culo. Estas son mis escasas convicciones, pero al revés que Groucho Marx, si no os gustan, no tengo otras, y hoy soy social y huraño a partes casi iguales, si algunos me dan la espalda, prefiero verles las nucas que sus caras.



En italiano, maestro se decía antiguamente ‘pedante’. No he escrito esto encaramado en ningún púlpito o tarima, armado de una insigne sabiduría. Simplemente esta es mi ‘profesión de fe’, quizás motivada —bueno, seguro— por la reciente lectura completa de los Ensayos de Montaigne. Un maestro de vida que no quería serlo, cómplice de sus lectores y siempre colocado a su misma altura, una altura elevadísima, la humana.

__________________________________________________________________________
La edición que recomiendo de los Ensayos es la completa editada por El Acantilado basada en la de 1595 de Marie de Gournay con prólogo del gran Antoine Compagnon y edición y traducción de J. Bayod Brau, Barcelona, 2007

19 sept. 2016

Creación y noviazgo (cuento corto)







En algunas librerías que frecuento, en los mostradores de pago, junto a los señalalibros hay a veces pequeños librillos de hojas blancas con portadas de best sellers cortesía de editoriales poderosas. Tomo uno y en el metro saco el boli y escribo esto, llenando todas las hojas. Una limitación de espacio más sensata que la extensión de los twiter. Al llegar a mi destino este es el resultado:

Son una pareja de jóvenes novios. Se reúnen todas las tardes en un café solitario. Él está escribiendo una novela y en cada reunión le lee lo que ha escrito ese día. Ella le aconseja, le da su opinión, está entusiasmada, él a menudo acepta sus variantes, normalmente acertadas. El libro progresa, pero también se estanca, vuelve arrancar, se detiene… Un día ella llega a la cita arrebolada, le dice que tienen que asistir a una fiesta de disfraces. A él no le apetece, baila muy mal y lo de disfrazarse le parece una bobería, poner uniforme a una fantasía, pero el entusiasmo de ella le convence finalmente y le dice que irá con un simple antifaz. Ponte el esmoquin ese que apenas usas, con él estás muy guapo, yo tengo pensado un disfraz especialmente dedicado a ti. Cuál, le pregunta él, imaginándola con la espalda y los brazos desnudos, rodeada de sátiros y Nerones con toga. Ya lo verás, lo descubrirás en la fiesta. El no trabaja esa tarde sino que desempolva su esmoquin, elige una camisa blanca y una corbata de lazo negra, se pone los pantalones negros provistos de un galón y la camisa con suficiente antelación, los tirantes descolgados a su espalda. Se sienta un momento a su mesa de trabajo. Aún tiene tiempo, han quedado que ella llegará a las nueve a la fiesta y el una hora después. Contempla pensativo la última página del manuscrito. En la última línea le chirría un adjetivo, toma la pluma y lo tacha, lo sustituye por otro aún pero también lo tacha, tacha la frase entera y todo el párrafo se queda colgando como ante un precipicio. Furioso toma su pluma, en movimiento parece volar. A las tres de la mañana, su corbatín y el antifaz abandonados en una esquina de la mesa, el libro está terminado. Le va a costar capear el enfado de su novia por el plantón, pero piensa, con razón, que cuando le lea hasta el final todo lo escrito se le pasará. Pero nunca descubrirá cuál fue el disfráz de ella aquella noche prolífica.


.

.
Que existan culturas distintas, como lenguas diferentes, es maravilloso, pero la cultura debe servir para construir puentes y no como argumento para separarse unos de otros.

OTOÑO

OTOÑO
Carretera al Sanatorio de la Fuenfría

INVIERNO

INVIERNO
valle de Valsaín, Segovia