NI COPY NI RIGHT

NI COPY NI RIGHT: Las fotos de este blog son del autor, salvo que se indique expresamente lo contrario. Piratearlas si queréis, no disfrutaréis tanto como yo haciéndolas (abajo del todo, más fotos)

20/11/2014

Noviembre en Kensington Gardens







Peter Pan puede volar y nunca crece. Yo también puedo volar, en compañías de bajo coste habitualmente, y hay gentuza que dice de mí lo mismo que de Peter Pan: que nunca crezco. En cambio yo no vivo en el país de Nunca Jamás, sino en el de Siempre (aunque quizás se vuelva a formatear sin un trozo de arriba a la derecha) y a veces en otros. Hay quien dice que Peter Pan no existió, puede ser, pero la tropa que lidera, los Niños Perdidos, por supuesto que sí. Son cualquier niño antes de ser escolarizado, y en cualquier caso cualquier niño que supiera de antemano las cosas que se vería obligado a hacer si llegase a adulto; es un hecho: saldría volando por la ventana de su cuarto. Peter Pan vive en Kensington Gardens, en la margen occidental del Long Water. Yo, transitoriamente, un poquito más al norte. Y aquí acaban los parecidos: a Peter Pan le trepan las hadas por las patas arriba, yo no he tenido tanta suerte.



Lo atravesaba el río Westbourne, que delimitaba las fronteras entre las parroquias de Paddington y St George. Entre Kensington, Chelsea y Westminster, al oeste del Centro de Londres, forma un continuo verde con Hyde Park, Green Park y S’t Jame’s Park. Situado al lado del aún más famoso Hyde Park y perteneciente como este a la serie de impresionantes Royal Parks de Londres, antaño fueron los jardines privados del palacio de Kensington. Su diseño, típico paisajista inglés, es de 1728 a 1738. Tiene dos lagos, el famoso Long Water-Serpentine donde, lo creaís o no, yo he nadado todo el pasado veranoy el Round Pound y unas fuentes italianas dedicadas por el príncipe Alberto a su amada consorte, la reina Victoria. Se considera un parque más “formal” que su vecino Hyde Park, y al contrario que aquel sólo está abierto durante las horas de luz. Contiene el monumento a Peter Pan, ya que James M. Barrie era vecino y habitual de estos jardines (Peter Pan in Kensington Gardens, y Peter Pan and Wendy), y el del explorador John Hanning Speke, el descubridor de las fuentes del Nilo. (Speke llevaba razón en su polémica con Burton, que sostenía que las fuentes del Nilo estaban en el lago Tanganika —demasiado bajo, como demostró más tarde Stanley, para que eso fuese posible—, en cambio, la fastidió con la hipótesis camita de las lenguas africanas). El monumento no es el previsible tío con salacot, fusta y rifle, sino un sobrio obelisco.

También hay por doquier monumentos a Victoria y Alberto y ahora a la añorada, desconcertada y un tanto tontuna Lady Di, que habitó el palacio adjunto, y que tiene un monumento y unas fuentes que reciben continuos y embobados visitantes. Pero para monumentos, destacando entre extensas praderas, escoltando sus caminos, formando bosquetes de silvestre apariencia o solos, displicentes y heróicos, sus árboles: tilos, plátanos de sombra, castaños, arces, sauces, fresnos, abedules, serbales, castaños de indias, robles..., y para monumento dentro de tanto monumento el elfin oak, un roble tallado de 900 años. 

Además del famoso relato de Barrie, que inicialmente fue una obra de teatro, la novela de terror La Bestia (The Beast), de Ashley McClung, comienza y termina en estos jardines. Para compensar, la primera referencia a las hadas de los jardines, y las de las piernas de Peter, no se encuentra en Barrie, sino en el poema de Thomas Tickel, Kensington Gardens, de 1722. Finalmente, también hay una novela de Rodrigo Fresan: Jardines de Kensington, que habla de Barrie, del parque y del narrador, que supongo es el alter ego del propio Rodrigo, que debió vivir por aquí, supongo. Es el parque que tengo más cerca de casa, si excluyo multitud de otros más pequeños y locales, a cinco minutos a pie, como bien sabe Jara.


18/11/2014

La falacia de las tradiciones



Mirad qué plan para un día de fiesta o, quizás, para una época de escasez: comer peces tropicales, gastarse la limosna en vino y luego perseguir a un toro.

La empatía es virtud tan alabada como escasa, por la dificultad de colocarse auténticamente en el lugar del otro, sobre todo si uno es un privilegiado y el sujeto de nuestra compasiva mirada lógicamente no. Las prioridades de alguien que necesita urgentemente algo y de alguien al que le sobra todo hacen que el primero haga de su necesidad virtud, si tiene suerte, y el segundo de su lujo una supuesta "necesidad". 

Uno. En 1943, en plena Segunda Guerra Mundial, cuando Nápoles fue liberada por las tropas estadounidenses de Patton, estas se encontraron una situación dantesca. Los bombardeos masivos que había precedido la toma de la ciudad habían destruido todas las infraestructuras básicas de los barrios obreros, como el suministro de agua y de electricidad. En esas circunstancias, con una población sin trabajo la única forma de conseguir comida era por medio del pillaje. Desgraciadamente, eso incluyó al espléndido, hasta entonces, acuario de la ciudad y la población terminó comiéndose los raros especímenes de peces tropicales, como se lamentó un oceanógrafo en aquel momento. Uno puede lamentarlo, pero también comprenderlo. Como también es hasta cierto punto comprensible que el biólogo marino en cuestión se lamentase más de esa pérdida que del hambre de sus conciudadanos. Los napolitanos se comieron su espléndida colección de peces no por tradición, sino por necesidad, y lo bueno vino a continuación: no se inauguró ninguna tradición de comerse los especímenes del acuario de Nápoles cuando este pudo reinstalarse ya sin hambrunas.

Dos. La tradición puede ser un "argumento" bastante endeble. ¿Cuánto más antigua más defendible es una tradición? Por reducción al absurdo uno también debería defender las mutilaciones genitales, al menos en ciertos países; las lapidaciones, las ejecuciones públicas y hasta los sacrificios humanos si nos remontamos suficientemente. Puede que en alguna época en que la lanza era un utensilio casi habitual, alguien probase su valentía alanceando un toro bravo; más extraño sería que se viese en la tesitura de prenderle fuego a los cuernos. Pero lo que es seguro es que aquellas razones ya no son vigentes hoy. No veo comprensibles las torturas a los toros amparadas en tradiciones a veces de un par de décadas mal contadas, y si son más antiguas pues aún peor, porque nos retrotraen a épocas más bárbaras que deberían estar afortunadamente superadas.   

Tres. Algunas señoras limosneras en el Madrid de mi infancia donde aún se notaban los efectos de la posguerra civil, entregaban unas monedas a los pobres de las escaleras de las iglesias con la severa advertencia de que no se lo gastaran en vino. Los pobres siempre han sido sospechosos de ser unos viciosos por parte de la miope opulencia biempensante. Porque el vino puede ser para los acomodados un suntuoso acompañamiento de una buena comida, pero para los pobres es probablemente un sustituto eficaz para olvidarse de su hambre. Como comerse los peces tropicales napolitanos. Los ricos por definición carecen de pocas cosas, pero sí de algunas, a menudo de empatía y hasta de la mínima compasión, aunque no de lástima, que más que virtud es complacencia en el privilegio propio, y así es frecuente confundir causas y efectos.

Si se pasa hambre y se tiene a mano un acuario, yo recomiendo comerse los peces acompañados de un vinito adquirido con la parca limosna. Algo en apariencia muy parecido pero en esencia muy distinto a la rebuscada gula por consumir especies exóticas, raras, esto es, poco frecuentes, como el sashimi japonés con el pez globo, o la cobra china, considerada una delicatessen en Hong Kong ya que hay una moda de alto 'standing' de gastronomía de bichos escasos y raros, la estúpida contribución a la extinción de especies animales de los ricos asiáticos del 2014, que no tiene nada que ver con el hambre -necesidad virtuosa- de los napolitanos de 1943, y aunque el pez globo esté muy rico si se saben separar las partes altamente venenosas.

La cultura, salvo en el sentido antropológico de estudiar las más primitivas, tiene poco que ver con las torturas taurinas. En cambio, a los partidarios de esos brutales festejos —toro de la Vega, toro embolado de Medinaceli y un tan lamentable como largo etcétera hispano— con el "supremo argumento" de la defensa de las tradiciones, no les recomiendo nada; no sólo los considero casos perdidos para razonar, es que no siento por ellos la mínima empatía, como ellos tampoco la sienten con el bello animal que torturan. En mi caso, esa falta de empatía la considero una virtud, en el de ellos la expresiva necesidad... de educación.