
Aquí no se trata hoy de hablar de "El asesinato como una de las bellas artes"; ya lo hizo Thomas de Quincey, sino del plagio como una forma de asesinato. Ya sabemos que todo lo que no es tradición es plagio, pero la distancia entre ambos la marca precisamente la ética del reconocimiento y los créditos. No se trata sólo de poner esas comillas cuando se cita algo de alguien que tantas veces se les olvidan a las Marias Rosas de turno, sino de conceder crédito a quien lo tiene. Es un problema de buena educación; se comienza asesinando personas y se termina tirando papeles y escupiendo en el suelo.
Hace un tiempo un amigo me oyo hablar desdeñoso de ese subgénero que hoy arrasa bestsellerianamente y que podríamos denominar conspiratorio, o de las conspiraciones mundiales históricas (o duraderas), cuyos exponentes más conocidos son El dichoso Código Da Vinci y quizá El Club Dante, y que incluso cuenta con prestigiosos cultivadores como Umberto Eco y su Péndulo de Foucault. Ese amigo me habló de un genio prácticamente desconocido entre los castellano parlante y los "españoleyentes" que se llama (que se llamaba) Robert Anton Wilson. Este curiosísimo indivíduo murió en enero de este año, aunque el gran semiólogo Umberto Eco ya lo había asesinado, plagiándolo, antes. El ejercicio de cotejar el tedioso libro de Eco con el brillante Las mascaras de los Illuminati de Wilson es pasmoso y deja dos sensaciones; la primera, la certidumbre del hecho en sí, que dadas las tremendas concordancias no pueden atribuirse a las coincidencias: párrafos enteros de Eco, los mejores de su novela, frases exactamente idénticas, tras su versión del inglés al italiano, dejan sin habla al cotejador. La segunda sensación es la de desdicha, porque un tipo así, intelectual respetado y respetable, se comporte como una vulgar locutora de la tele más frívola. Y ahora llego al hecho en sí: Umberto Eco, no ya al ocultarnos sus precedentes de inspiración, sino al tomarlos al asalto como propios asesinó a Robert Anton Wilson que estuvo a punto de fallecer en la miseria y de la que se salvó por una subscripción in extremis entre sus seguidores. Porque Wilson los tenía, no sólo admiradores, sino seguidores. Ahora lo cuento, pero antes decir dos cosas: que se me tuerce el gesto cuando a partir de entonces alguien me menta al sabio italiano y que he descubierto que las descalificaciones genéricas son tanto más inanes cuanto eso, más genéricas, y que el género de la conspiración mundial junto a bazofias harrypoterianas para subadultos, como los Códigos y Clubs, tiene excelsas muestras, como las del gran Wilson.
Wilson, además de un imaginativo fabulador con obras como la trilogía de los Illuminati (Alumbrados para los españoles): Las crónicas históricas de los Illuminati, editadas por poliedro (en el Nápoles borbónico de la segunda mitad del XVIII, previo a la Revolución francesa, un chico de 14 años y su versatil y erudito tío se enfrentan a los Illuminati y circulan entre jesuitas y francmasones -no hay tanta diferencia-, y conocen a Cagliostro y a Casanova y Francis Drake), o Las máscaras de los Illuminati (La obra plagioecolocada), traducida en Miraguano, o El Martillo cósmico, donde hay un relato del propio Wilson después de muerto, era también y como mínimo científico, filósofo, politólogo y un hombre tremendamente divertido, como puedo personalmente atestiguar porque de su web pasé a cartearme con él por correo electrónico. Su talento fue reconocido desde los sesenta por gentes como Henry Miller, que lo situaba por encima de Joyce, Timothy Leary, Wilhem Reich o el gran Phillip K. Dick.
Por otra parte, Wilson era inventor de un anarquismo de perfil muy singular (le mandó un telegrama a Jehova despidiéndole de su puesto de trabajo) que llamó Discordianismo. Como señala en su web elperiodistadigital, Robert Anton Wilson era un hombre sabio, lo sé porque sólo los sabios se toman las cosas serias a risa. Pero de momento a mi me espanta la nula distancia moral entre una cacatua de televisión y un reputado y respetado erudito, porque parece que ambos han aprendido las mismas eficaces y deshonestas tretas en la misma academia.
La propia página en internet de Wilson colgó su último e irónico mensaje: "Robert Anton Wilson desafía a los expertos médicos y abandona su cuerpo alas 04:50 de la fecha binaria 01/11"
Hace un tiempo un amigo me oyo hablar desdeñoso de ese subgénero que hoy arrasa bestsellerianamente y que podríamos denominar conspiratorio, o de las conspiraciones mundiales históricas (o duraderas), cuyos exponentes más conocidos son El dichoso Código Da Vinci y quizá El Club Dante, y que incluso cuenta con prestigiosos cultivadores como Umberto Eco y su Péndulo de Foucault. Ese amigo me habló de un genio prácticamente desconocido entre los castellano parlante y los "españoleyentes" que se llama (que se llamaba) Robert Anton Wilson. Este curiosísimo indivíduo murió en enero de este año, aunque el gran semiólogo Umberto Eco ya lo había asesinado, plagiándolo, antes. El ejercicio de cotejar el tedioso libro de Eco con el brillante Las mascaras de los Illuminati de Wilson es pasmoso y deja dos sensaciones; la primera, la certidumbre del hecho en sí, que dadas las tremendas concordancias no pueden atribuirse a las coincidencias: párrafos enteros de Eco, los mejores de su novela, frases exactamente idénticas, tras su versión del inglés al italiano, dejan sin habla al cotejador. La segunda sensación es la de desdicha, porque un tipo así, intelectual respetado y respetable, se comporte como una vulgar locutora de la tele más frívola. Y ahora llego al hecho en sí: Umberto Eco, no ya al ocultarnos sus precedentes de inspiración, sino al tomarlos al asalto como propios asesinó a Robert Anton Wilson que estuvo a punto de fallecer en la miseria y de la que se salvó por una subscripción in extremis entre sus seguidores. Porque Wilson los tenía, no sólo admiradores, sino seguidores. Ahora lo cuento, pero antes decir dos cosas: que se me tuerce el gesto cuando a partir de entonces alguien me menta al sabio italiano y que he descubierto que las descalificaciones genéricas son tanto más inanes cuanto eso, más genéricas, y que el género de la conspiración mundial junto a bazofias harrypoterianas para subadultos, como los Códigos y Clubs, tiene excelsas muestras, como las del gran Wilson.
Wilson, además de un imaginativo fabulador con obras como la trilogía de los Illuminati (Alumbrados para los españoles): Las crónicas históricas de los Illuminati, editadas por poliedro (en el Nápoles borbónico de la segunda mitad del XVIII, previo a la Revolución francesa, un chico de 14 años y su versatil y erudito tío se enfrentan a los Illuminati y circulan entre jesuitas y francmasones -no hay tanta diferencia-, y conocen a Cagliostro y a Casanova y Francis Drake), o Las máscaras de los Illuminati (La obra plagioecolocada), traducida en Miraguano, o El Martillo cósmico, donde hay un relato del propio Wilson después de muerto, era también y como mínimo científico, filósofo, politólogo y un hombre tremendamente divertido, como puedo personalmente atestiguar porque de su web pasé a cartearme con él por correo electrónico. Su talento fue reconocido desde los sesenta por gentes como Henry Miller, que lo situaba por encima de Joyce, Timothy Leary, Wilhem Reich o el gran Phillip K. Dick.
Por otra parte, Wilson era inventor de un anarquismo de perfil muy singular (le mandó un telegrama a Jehova despidiéndole de su puesto de trabajo) que llamó Discordianismo. Como señala en su web elperiodistadigital, Robert Anton Wilson era un hombre sabio, lo sé porque sólo los sabios se toman las cosas serias a risa. Pero de momento a mi me espanta la nula distancia moral entre una cacatua de televisión y un reputado y respetado erudito, porque parece que ambos han aprendido las mismas eficaces y deshonestas tretas en la misma academia.
La propia página en internet de Wilson colgó su último e irónico mensaje: "Robert Anton Wilson desafía a los expertos médicos y abandona su cuerpo alas 04:50 de la fecha binaria 01/11"
2 comentarios:
Gracias Lansky.
Saludos
Por favor, ¿podrías publicar las cartas que enviaste y las que él te envió? Gracias de parte de un seguidor de RAW.
Publicar un comentario en la entrada