

Las nubes son quizá las grandes olvidadas del paisaje, aunque no para los grandes paisajistas, pintores o fotógrafos, sino para el común de esas personas que dicen que hay nubarrones en el horizonte, cuando presienten que algo va a ir mal en sus vidas, o que dicen que el día se está estropeando en cuanto el cielo no es inmaculadamente azul.
Harto de tales consideraciones negativas Gavin Pretor-Pinney, al que siempre le había encantado contemplar las nubes, su sublime y efímera belleza (como la de algunas adolescentes), dio una conferencia sobre el tema en el festival literario de Cornualles (os lo recomiendo) del 2004. Allí dijo que muchos observadores de nubes estaban hartos de que a las nubes se les considerara tan sólo una metáfora de la fatalidad. Si algunos defendían los osos panda o las secuoyas él iba a defender las nubes. Y anunció la creación de la Cloud Appreciation Society de la que hoy formamos parte casi dos mil socios de 25 países. Por supuesto hay meteorólogos y físicos, pero también mucha gente “corriente” que han mantenido ese interés que indudablemente sienten los bebés hacia las nubes y que mandan a la Web de la Sociedad fotos de nubes increíbles en forma de gato o de perfil de Albert Einstein.
En realidad no se aprecian como se debería a las nubes por la misma razón que algunos torpes maridos no se dan cuenta de lo hermosas que son sus mujeres: por su disponibilidad (hasta que dejan de estar disponibles y se les queda una cara de tontos, en el mejor de los casos, o un afán de maltratadores, en el peor)
Ahora bien, si una maravillosa puesta de Sol con cúmulos de intenso tono rojizo sólo se produjese una vez cada 25 años, cada generación hablaría de tal evento como algo memorable en sus vidas. Hay personas, me consta, que no han visto una puesta de sol durante ese intervalo, pero si el espectáculo fuera raro sería más apreciado. Personalmente yo he asistido en la playa de Ipanema a una puesta de sol sobre la Gavia de Tijuca, en Río de Janeiro, al final de la cual el personal aplaudió, pero es que ya se sabe que los cariocas son luditas irrefrenables y en lugar de los dados les gusta la vida en general.
Gavin cree firmemente que la contemplación de las nubes beneficia el alma y que mirarlas ahorra factura de psicoanalistas. Que las nubes son poesía de la naturaleza y en todo caso expresiones del cambio de humor de la atmósfera, que también tiene derecho. Finalmente, Gavin hace una recomendación que será para muchos desconcertante: “vive la vida con la cabeza en las nubes”
Yo, por mi parte, os prometo otra entrega más “científica” para hablar de cumulonimbos, las reinas de las nubes, cúmulos a secas, estratos, estratocúmulos, altocúmulos, altostratos, nimbostratos, cirros, cirrocúmulos y cirrostratos. Y también de un estratocumulo que se llama “castellanus”, aunque también los hay lenticulares y estratiformis. Habrá más.
Harto de tales consideraciones negativas Gavin Pretor-Pinney, al que siempre le había encantado contemplar las nubes, su sublime y efímera belleza (como la de algunas adolescentes), dio una conferencia sobre el tema en el festival literario de Cornualles (os lo recomiendo) del 2004. Allí dijo que muchos observadores de nubes estaban hartos de que a las nubes se les considerara tan sólo una metáfora de la fatalidad. Si algunos defendían los osos panda o las secuoyas él iba a defender las nubes. Y anunció la creación de la Cloud Appreciation Society de la que hoy formamos parte casi dos mil socios de 25 países. Por supuesto hay meteorólogos y físicos, pero también mucha gente “corriente” que han mantenido ese interés que indudablemente sienten los bebés hacia las nubes y que mandan a la Web de la Sociedad fotos de nubes increíbles en forma de gato o de perfil de Albert Einstein.
En realidad no se aprecian como se debería a las nubes por la misma razón que algunos torpes maridos no se dan cuenta de lo hermosas que son sus mujeres: por su disponibilidad (hasta que dejan de estar disponibles y se les queda una cara de tontos, en el mejor de los casos, o un afán de maltratadores, en el peor)
Ahora bien, si una maravillosa puesta de Sol con cúmulos de intenso tono rojizo sólo se produjese una vez cada 25 años, cada generación hablaría de tal evento como algo memorable en sus vidas. Hay personas, me consta, que no han visto una puesta de sol durante ese intervalo, pero si el espectáculo fuera raro sería más apreciado. Personalmente yo he asistido en la playa de Ipanema a una puesta de sol sobre la Gavia de Tijuca, en Río de Janeiro, al final de la cual el personal aplaudió, pero es que ya se sabe que los cariocas son luditas irrefrenables y en lugar de los dados les gusta la vida en general.
Gavin cree firmemente que la contemplación de las nubes beneficia el alma y que mirarlas ahorra factura de psicoanalistas. Que las nubes son poesía de la naturaleza y en todo caso expresiones del cambio de humor de la atmósfera, que también tiene derecho. Finalmente, Gavin hace una recomendación que será para muchos desconcertante: “vive la vida con la cabeza en las nubes”
Yo, por mi parte, os prometo otra entrega más “científica” para hablar de cumulonimbos, las reinas de las nubes, cúmulos a secas, estratos, estratocúmulos, altocúmulos, altostratos, nimbostratos, cirros, cirrocúmulos y cirrostratos. Y también de un estratocumulo que se llama “castellanus”, aunque también los hay lenticulares y estratiformis. Habrá más.
P.D.- (Las fotos son una de Gavin y dos mías)
9 comentarios:
Hoy me gustó especialmente el post de Lansky. Auna: divulgación científica, diversión, buena literatura y..... poesia.
Más doméstico, en cuanto a periplos viajeros que el susodicho, he de señalar que las puestas de sol -entre un mar de nubes- más impactantes de las que he sido testigo en mi vida se han dado siempre en el área occidental de la provincia de Guadalajara. Las pocas veces que estado por allí a esas horas vespertinas he quedado impresionado por sus cielos.
¿Existe alguna razón o ha sido mera casualidad?.
Un abrazo a todos.
Gracias,Clavadista.
La explicación que se me ocurre, en el occidente de Guadalajara, es la proximidad de los macizos montañosos, donde las puestas de sol son siempre más espectaculares que en el llano, por lo común.
Ya. Pero es que el telón de fondo de las puestas de sol de las que hablo era, justo al contrario, la meseta, el páramo. En todos los casos regresaba por la N-II, o carreteras adyacentes, a mi casa de Madrid.
El páramo, la alcarria en buen hispanoárabe, es lo que se conoce como un "relieve invertido" donde las superficies altas son las llanas y las bajas las que tienen pendiente (hacia los ríos). Cumplen pues las mismas reglas de difracción que garantizan buenas puestas de sol (hacia el infrarrojo: el extremo de longitud de onda larga de los colores cálidos: naranjas, rojos, etc)
Posteas a tal velocidad que no pude comentar en su momento esta estupenda entrada. Como bien dice Bluff, el tono de ensayo-desenfadado-poético es un acierto, especialmente adecuado al tema. Me ha gustado mucho la comparación entre las nubes y las mujeres.
Personalmente la contemplación de las nubes me influye en el estado de ánimo desde que tenía cuatro años.
Sí, padezco de postorrea aguda
¡Estoy de acuerdo con el Clavadista! ¡Las puestas de sol en la campiña de Guadalajara son espectaculares! Vamos a menudo a Humanes, a casa de unos amigos, y a la hora del crepúsculo siempre procuramos escaparnos a dar una vueltecita para disfrutar del lujo desmesurado de esos cielos en ese momento.
Y muy bueno, Lansky, todo lo que dices sobre las nubes. Ahora las miraré con tanta dedicación como empleo en contemplar el fuego de la chimenea, sabiendo que ahorro psiquiatra. ¡ja, ja!
¡Qué descubrimiento la página de la Cloud Appreciation Society! Auténticas maravillas de fotos.
Hagase socia, cigarra, es una sociedad muy divertida.
Y el fuego de la chimenea, siempre igual y siempre cambiante, es la tele de la Prehistoria, no lo olvide; el hogar s.s. Sólo el mar (la mar) se le puede comparar. Ayer había unos cirroestratos muy interesantes encima de la ciudad de Madrid
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