profesión de fe

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Somos los conocidos superhéroes del barrio –concepto acuñado por Kiko Veneno para definir lo que se podría llamar héroes de proximidad-: Lansky y Superperropequeño. Ambos somos más ciudadanos que patriotas ( y tan rústicos como urbanos), o bien, nuestra patria son nuestros zapatos -o ni eso en el caso de Jara-, la infancia o el sillón de orejas de lectura, pero nos negamos a la ñoñería esa de ciudadanos del mundo. Simplemente, tenemos pasaporte

17/12/2007

Criterios y gustos, 3 (libros raros y medio raros)

Imaginad un tipo de Oxford nacido en plena era victoriana (1872); es decir, un eduardiano como James, Wells, Shaw, Chesterton, Conrad y Kipling ( a este último lo detestaba). Imaginad a un tipo singular, original, un raro que aspiraba a ser nada menos un gran escritor menor; alguien que escribió un cuento genial para burlarse de las ansias de posteridad de los literatos.. Un raro, ya digo, que sólo bailaba con su propia música, algo que comparto modestamente con él, y que afirmaba ser un escritor menor, igual que yo, pero del que nada menos que Auden calificó del mejor parodista en lengua inglesa, del que Bioy Casares seleccionó un cuento, prcisamente Enoch Soames, como uno de los más admirables, por la descripción del ambiente literario de la Inglaterra de finales del XIX, y del que Bertrand Rusell dijo que era “el más implacable de mis contemporáneos”. Alguien, en fin, a quien yo no conocía hasta hace escasamente un mes, cuando la editorial Alfaguara en fusión con de New York Review decidió iniciar con Siete hombres de Max Beerbohm una nueva colección.

Así que les presento mis in(-)presiones de estas otras tres –in:

Inefable
Inigualable
Inimitable

Sir Henry Maximilian Beerbohm, Londres, 1872, Rapello, 1956, fue sobre todo un ensayista, consolidando una reputación en su tiempo de crítico y caricaturista (mirad la ilustración de arriba), pero cuyo mejor libro parece ser esta colección de relatos que se llamó Siete hombres. Lo cual es curioso, porque si contais a los que aparecen en los cinco cuentos que la componen vereis que sólo hay seis. El séptimo, que siempre está presente en todos, es el propio autor.

La edición que comento tiene un prólogo de John Updike. Francamente se le nota al prologuista de hoy totalmente entregado al escritor de ayer, deslumbrado por ese aura un tanto aislada de, como ya he dicho, bailarín solitario de su propia música. Sus brillantes predecesores, como Wilde, y sus competidores coetáneos, como los mentados, no inspiraron en él ningún afán de emulación, sino las demoledoras parodias de todos ellos.

Deleitaros con la sorna decimonónica con que se vé a sí mismo:

“Tenía yo ciertas actitudes para la prosa y el verso en latín. A menudo di en preguntarme si esos dos elementos, esenciales como eran (y son) en la hechura de un estilo decente en prosa inglesa, serían por sí mismos suficientes para forjar un estilo algo más que decente. Me pareció que debía contar con otros modelos. Y de ese modo adquirí el hábito de imitar de vez en cuando, con diligencia, a tal o cual autor vivo, aunque a veces, justo es reconocerlo, de aprender más bien qué me convenía evitar”

Henry James y Joseph Conrad fueron admirados por él y admiradores suyos. Sin embargo, como señala Updike, la ambición de aquellos de esforzarse en ampliar su arte hasta los extremos más radicales fue del todo ajena al incomparable (otro in) Max.

El libro se compone de esbozos, parodias en las que interviene siempre el autor como un personaje espejo/pared, de supuestos literatos. De todos ellos, el primero, Enoch Soames es para mí el más conmovcedor, el que más desasosiego ha provocado en mí, porque, señores, se trata del retrato de un literato que lo tiene todo: dedicación, ego, estilo bohemio y unos ingresos privados suficientes, salvo talento. Una aparición demasiado próxima a cualquier escritor o aprendiz de escritor. Lo empeora, es decir, lo mejora un tono íntimo, sobrio, ligero, con eso que se llama “finura de trazo”, que evita que parezca una patochada la aparición del demonio nada menos en un restaurante donde el protagonista cierra el trato de venta de su alma a cambio de viajar hacia el futuro, concretamente a la sala de lectura de la biblioteca del British Museum., para comprobar si la posteridad le ha concedido la pervivencia como escritor que ansía. No creais que con este mini argumento os he estropeado el cuento, para nada..

Parece ser que recogió otras imitaciones devastadoras en Una guirnalda navideña, del que se ha dicho que es el libro de parodias más excelso que jamás se haya escrito en lengua inglesa. Nada menos. Alguien cuya vocación de escritor menor llegó a ser un credo, un alarde, pero que me ha llegado más adentro que muchos de los ya anticuados enredos de todo un Henry James., por poner un caso.

Un raro, un exquisito que no necesitó vender su alma al diablo para aparecer en est confusa posteridad que somos nosotros, sus probables lectores actuales, aunque su discrección exigia apenas una nota a pie de la página de sus brillantes contemporáneos a los que dedicó su compasión y, lo que no está reñido, su humor.

8 comentarios:

Vanbrugh dijo...

Parece bastante apetecible, como suele suceder con tus sugerencias. Contigo no gana uno para libros...

Lansky dijo...

Pues lamento decirlo, Vanbrugh, pero no sólo es un libro recomendable, sino especialmente recomendable para vos.

bluff dijo...

Excelente, un libro contemporáneo acerca de esa generación de dandies a la que se refiere el post. Más concretamente acerca de uno de ellos.

"Autor, autor" de David Lodge. Un tipo que recoge el testigo de literratos como Waughn o Tackeray. Pero este es de clase media. Los tiempos, que cambian.

el_clavadista_solitario

Lansky dijo...

El Beerbohm fue algo que nunca será el Lodge; cabalmente culto, y tremendamente original, no impostado, sino porque no debía poder evitarlo. Esto es, habiendo leído alos dos y de uno a 100, Max, 90; Lodge, 40

Miroslav Panciutti dijo...

Lodge es entretenido y algunos de sus libros primeros (no, a mi juicio, Autor, autor) tienen partes de ironías desternillantes. Sin embargo, decir que recoge el testigo de Waughn o Tackeray me parece algo que ni él mismo aceptaría en sus momentos de mayor autocomplacencia. Hay algo (quizás la clase social vinculada al victorianismo británico prolongado hasta los treinta) que ya no se puede volver a dar.

Tampoco yo había oído hablar de este Max Beerbohm; me lo apunto. A ver si los reyes se portan bien.

Lansky dijo...

Los escritores eduardianos y los vistorianos anteriores tenían una formación clásica infinitameente mejor que los escritores ingleses actuales. Lee otra vez el párrafo en Max alude a su formación clásica. En cambio, ahora les enseñan ciencias de la salud, o sociales y leches de esas, en lugar de latín, griego, geografía del mundo, matemáticas...hemos retrocedido.

Maria dijo...

Hemos retrocedido dices, eso da para criar neuronas en grandes cantidades, en referencia a otro post tuyo. Tanto han cambiado las cosas, tantas posibilidades de aprender a nuestro alcance que no existian en la época victoriana...

Hace tantas vidas que leí a Beerbohm que ya ni me acuerdo, pero acabo de ver que sigue en la estantería, bastante hecho polvo. Volveré a leerlo.

Lansky dijo...

¡Una nueva corresponsal de este blog que conocía a Beerbohm! ¡Bienvenida, María, vuelve y todo eso. Como ya he confesado, yo recién lo descubrí (hoy estoy pelín argentino, y es que entre todos me habéis inflado el Ego)