profesión de fe

profesión de fe
Somos los conocidos superhéroes del barrio –concepto acuñado por Kiko Veneno para definir lo que se podría llamar héroes de proximidad-: Lansky y Superperropequeño. Ambos somos más ciudadanos que patriotas ( y tan rústicos como urbanos), o bien, nuestra patria son nuestros zapatos -o ni eso en el caso de Jara-, la infancia o el sillón de orejas de lectura, pero nos negamos a la ñoñería esa de ciudadanos del mundo. Simplemente, tenemos pasaporte

20/12/2007

hurgando en la basura





No es una máxima del boxeo, pero podría serlo: si quieres saber como es una persona, examina su basura, comprueba lo que desecha y tira. Así que puedes conservar hasta la muerte los fundamentos técnicos del pugilismo que aprendiste en la adolescencia sin haber vuelto a pegar ni una sola hostia, pero ahora tienes que comportarte como un vagabundo hurgando en la basura. ¿Bandejas de poliuretano?: hace la compra en supermercados, ¿yogures desnatados?: se preocupa por la figura, ¿resguardos del banco rotos por la mitad?: es descuidado.

Hasta en la muy artificiosa vida del hombre urbano moderno, la basura, como todo producto de la actividad de un ser vivo, mantiene periodos temporales, ritmos, máximos y mínimos entre los que resaltan, como pepitas de oro en el lecho de arena de un río, las cosas relevantes. Un divulgador científico, intentando ser deliberadamente prosaico, dice que la realidad se compone de objetos y fenómenos, los primeros ocupan espacio y los segundos tiempo, así que, estudiando con el tiempo suficiente el fenómeno de la producción de basuras, resaltan los objetos con más información, como envases de medicamentos contra las infecciones bucales, por ejemplo. Averiguar a continuación el nombre y la dirección del dentista del sujeto es cuestión de poco tiempo. Un objeto significativo te conduce a averiguar un fenómeno de interés.

Y si algo no encaja es porque nos falta o por que se tiene demasiada información, Vemos a un vagabundo, especialmente sucio, untar un largo pan, tipo “pistola” o “baguette” con excremento blando de perro que recoge de la acera con su mugrienta navaja y a continuación, ante nuestro horror, se lo come con deleite. Sólo después sabremos que la sustancia cremosa y marrón que toma de la acera no es fecal, sino helado de chocolate, como evidencian los restos del cucurucho de barquillo que el “clochard” apartó con el pie y que se encuentran un poco más allá, o la presencia en la calle de la propia heladería a unos pasos, mientras les impreca a unos jovenzuelos que se burlan de él al salir de una hamburguesería, “vosotros sí que coméis mierda, niñatos”

Así que el “clamoxil” te lleva a su dentista.

Parado en el semáforo vigila a los muchachitos rumanos que rondan entre los coches a la vez que bloquea cautelar y automáticamente los cierres. De pequeñas cabecitas rapadas y piernas y manos ligeras, acaban de abrir la portezuela sin seguro del lado del acompañante de un BMW azul y salen corriendo en sentido contrario al del tráfico, sorteando la larga fila de autos, de modo que el conductor, que también ha abierto su puerta y les grita junto al suyo sin decidirse a seguirlos a pie, tampoco puede hacerlo de otro modo, porque el resto de vehículos ya le está tocando insolidariamente el claxon.

El desesperado y próspero dentista se golpea el muslo con una mano acostumbrada a provocar dolor, vuelve a subir resignado al auto y se aparta a un lado. Nuestro hombre le sortea con el suyo, dobla dos esquinas y se detiene junto al bordillo de la acera. Uno de los muchachos corredores se le acerca con un teléfono móvil y se lo entrega por la ventanilla que ahora desciende, la manita mugrienta recoge a su vez un billete, sube la ventanilla y el auto arranca, incorporándose al tráfico de la mañana.

Detiene el auto junto a un pequeño comercio de artículos electrónicos y penetra en la trastienda, aún más abarrotada, saludando con un gesto al dependiente. Al fondo del tugurio, iluminado por un flexo de tablero de dibujo, un individuo con una lupa incrustada en la orbita del ojo derecho alza la vista y toma de las manos del hombre el aparato que este le tiende.

-¿Puedes averiguar la contraseña?

-Dame tres minutos, Khemal.


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La bandera blanquirroja con el cedro estampado en verde ondeaba de un mástil inclinado en el balcón de la planta noble. El teléfono de la antesala de ese balcón suena estridente, al rato, más suavemente, repite el sonido en la misma sala:

-¿Sí?

-¿Hablo con el señor Lasouinn?

-Al aparato

-Le llamo de parte del doctor Laredo. Verá, ayer entraron a robar en la clínica y le sustrajeron su teléfono móvil y en el tenía todas las citas concertadas del mes, ¿podría usted confirmarme el día y hora que le habíamos dado para su problema y la infección?

-Si no hay cambio de planes, me dijeron ustedes que me presentara el próximo lunes a primera hora de la tarde, a las cuatro, cuando ya habría hecho efecto el antibiótico de la primera caja que me recetaron.

-Gracias, le confirmo entonces día y hora, pero hay un problema. Nos hemos trasladado temporalmente, mientras arreglan los desperfectos de los ladrones. Estamos en la misma calle, pero en el piso de abajo, misma letra, que hemos alquilado hasta volver al habitual. La placa del portal sigue indicando el piso de siempre, puesto que es transitorio. No se confunda.

-Gracias, señorita: me doy por enterado.

**************

El lunes por la tarde, le abrió la puerta la misma voz que le había confirmado la cita con su dentista y que no era la enfermera habitual. Incluso había llamado al móvil del facultativo para asegurarse que no había ningún otro error y le había confirmado la cita la misma mujer de voz insinuante, Y la misma voz, perteneciente a una agraciada joven, le franqueo la entrada y le hizo pasar a la sala de espera con las consabidas revistas. La joven le dijo:

-El doctor le atenderá enseguida, tome un caramelo de la cesta, son sin azúcar.

De pronto se sentía adormecido y sujeto a un sillón ¿el del dentista? Tenía, sin embargo, la boca cerrada con un material plástico firmemente adherido a ella y tampoco podía abrir los ojos. Sintió un pinchazo en el brazo, a través de la tela de la camisa y se durmió soñando que un vagabundo comía excrementos caninos que untaba en un pan. Un vómito que no podía salir refluyó hacia su interior y después no soñó nada más.


************

Esa noche una sombra hábil ayudada de una linternita entró con sus propias llaves en el despacho del cónsul del Líbano y se llevó cincuenta pasaportes vírgenes y sin foto de un cajón metálico que abrió también con su propia llave. El mismo cónsul apareció a la mañana siguiente, recostado contra la puerta de la consulta del dentista. No había acudido a la cita que tenía la tarde anterior y presentaba síntomas de intoxicación por sustancia o sustancias desconocidas. La inflamación de la boca había remitido. Un vagabundo hurgaba en un contenedor de basura; unos muchachos rumanos dormían entre cartones en el vestíbulo de un cajero automático. Una ciudadana libanesa tenía por fin sus papeles en regla.

6 comentarios:

Cigarra dijo...

Buenísimo. Me ha enganchado hasta el punto de ¡no salir a tomar el café preceptivo de las 11!
Con tu permiso, ahora mismo pongo un enlace en mi blog para que mis (escasos) lectores conozcan este lugar tuyo, interesantísimo.
Saludos

Vanbrugh dijo...

Definitivamente se te ablandó el asesino. Ahora vela por inmigrantes desprotegidos y hasta desinfecta gratis las muelas al cuerpo diplomático. Es un progreso moral evidente, y no digo que no lo sea también literario, pero en mi vida ha desaparecido un componente arbitrariamente brutal, y lo echo de menos. Añoro los degollamientos sumarios de hijos de puta en las lindes del mundo civilizado. Emma estará contenta. Ya no se puede uno fiar de nadie.

Vanbrugh dijo...

Insisto por última vez: toma medidas - escríbeme, escribe a d.m., lee mis instrucciones - para poder corresponder con tus links a los que te está poniendo todo el mundo. Los bloggers son una raza susceptible y fácilmente agraviable.

Lansky dijo...

Cigarra, gracias.

vanbrugh; tiempo al tiempo, el que hace un cesto hace ciento. En cuanto a lo otro, mañana te mando a tu e-mail mi contraseña ¿Con eso basta?

Vanbrugh dijo...

Contraseña, nombre de usuario y lista completa de los blogs y sitios que quieras enlazar, así como de cualquier otra modificación el blog que desees y no sepas o quieras hacer por tí mismo( y que haya suerte y sepa hacer yo)

También, instrucciones sobre qué hacer con los datos una vez utilizados: ingerirlos, se autodestruirán, entregarlos a un hombre rubio con gabardina verde que me esperará al pié de la Gallina de Moncloa silbando la segunda voz de La Cumparsita... Trepido de impaciencia. Es mi primer "trabajo".

Miroslav Panciutti dijo...

Miedo me das (me dais). Por otro lado, estupendo relato. Imagino que será también un coitus interruptus ... Me ha gusrado mucho.