
Son como los grillos a la caída de la tarde en verano. Con la puntualidad de las luces navideñas o los primeros aguaceros del otoño, con la misma machacona insistencia de los grandes almacenes, todos los años algunos críticos y, lo que es peor, algún novelista como Eduardo Mendoza, nos anuncian el fin de la novela, o al menos de la pérdida de sentido de la narrativa. Da la impresión de que quisieran que dejáramos de una vez nuestro vicio favorito y solitario –leer- para encadenarnos junto al masivo resto al sillón ante la tele.
Parece pues pertinente interrogarse sobre una cuestión que Ernesto Sabato ya planteó en El escritor y sus ficciones, un libro que más que un ensayo teórico es una suerte de diario de esas inquietudes que se le presentan a un escritor continuamente y que podríamos formular como él lo hizo: “¿por qué, cómo y para qué se escriben ficciones” Y ya de paso podemos intentar ver si tienen razón los puntuales agoreros mentados que anuncian el ocaso del género novelístico, invocando, por lo común, la obra de Joyce y de Beckett, como si esos autores hubieran dejado baldía la tierra, que yo considero imperecedera y consubstancial al hombre, donde contar historias.
Algunos además sitúan esta crisis, real o supuesta, en la de las artes en general, siguiendo los pasos de ese Platón que condenó y excluyó a los poetas de su restrictiva República y de ese Hegel que anunció, antes que Nietzsche la de Dios, la muerte del arte. Otros hablan, mirando alrededor, de deshumanización. Finalmente, no faltan los críticos desdeñosos que rechazan la idea de contar historias -como si reinventar el mundo fuera cosa de niños y no de supervivencia- y nos dicen que la novela sólo puede ser un conjunto árido de novísimos y experimentales instrumentos de desintegración.
Digamos de antemano que hay dos formas de concebir la literatura, con todos los grados intermedios que se quiera o el eclecticismo que yo abrazo, pues ambas no me parecen excluyentes, pero a muchos otros sí. Están, de un lado, los que consideran que la literatura es un pasatiempo y una evasión, aunque eso no implique un descenso en la exigencia o una caída en el best seller ramplón. De hecho, yo, para entretenerme y evadirme preciso de creaciones más bien sofisticadas y, pienso, de calidad. No me entretuvieron nunca las películas del primer Alfredo Landa ni las noveluchas de ficción histórica, por ejemplo. Para otros, entre los que también me da la gana de contarme, la literatura es un instrumento para examinar la condición humana; es decir, una forma, quizá una de las más completas y profundas, de conocimiento. Muchos son los fulgurantes atajos de la poesía que la ciencia, sin embargo, debe recorrer, menadro tras meandro, para llegar al mismo destino, de forma mucho más deliberadamente parsimoniosa. Para ello hay que obedecer fielmente el precepto que debe cumplir la novela según Hermann Broch: “desvelar aquello que sólo una novela permite desvelar”. De hecho, las buenas novelas exhiben una especie de compasión, entendida como el arte de la telepatía de las emociones, una capacidad máxima de imaginación afectiva.
Veamos algunos hechos. En primer lugar la evidente vitalidad de la novela actual en cantidad y calidad. Un hecho indudable a pesar de todos esos vaticinios. Otros invocan la “impureza” de la novelística actual, lo que me parece de un bizantinismo sin paliativos, aparte de no entender muy bien qué sexo de qué ángel están inspeccionando, cual teológicos tocólogos. ¿Se refieren a la mezcla de géneros, como el ensayo y el relato? ¿o a la banalidad de los temas? Por que hay de todo en la botica literaria y ejemplos no faltan para apoyar cualquier opinión. En la historia de la novela esta ha ido sufriendo todas las traslocaciones y violencias que se suponía, bien que la iban a destruir, bien que la iban a renovar, todas valieron y aún valen. Se han narrado hechos, vicisitudes sociales, aromas de épocas pasadas o presentes, avatares políticos, crónicas de sociedad, introspecciones al yo profundo, ensayos de otras formas de hablar y hasta pensar, registros del mundo trivial o de mundos que no existen; las hay ideológicas, con mensaje, neutras, meros divertimentos, sermoneadoras, filosóficas, candorosas, cínicas, gratuitas, comprometidas, para al final resultar, al menos para mí, que sólo hay dos tipos: buenas y malas novelas. Y luego está don Eduardo Mendoza anunciándonos, como los villancicos El Niño, la muerte de este género tan vivo. Pero eso sí, no se pregunten qué tienen en común El Quijote, La metamorfosis, El Ulises, En busca del tiempo perdido o Nostromo.
Y para los que les parezca lo anterior demasiado poco concreto, tengo una pregunta muy buena y una respuesta aún mejor. La pregunta es: ¿cuál es el principal problema del escritor? La imprevista respuesta, que da Sabato y a la que me adhiero fervientemente es: “evitar la tentación de juntar palabras”. Porque ya lo dijo Paul Claudel, no fueron las palabras las que hicieron la Odisea, sino justo al revés. Cuando alguien inventa en una novela un mundo, o transmite una emoción, lo anterior resulta perfecta y absolutamente claro.