
Hay hechos en la Historia que no tienen la brillantez de César cruzando el Rubicón o Pinzón gritando “¡tierraaa!, ni siquiera la aparente trascendencia de un solitario Arquímedes asustando a las criadas con su "Eureka", pero cuando San Agustín sorprendió a San Anselmo (Vaya sobredosis de santos en un solo convento) solo en su celda leyendo sin mover los labios, el acto de leer paso de ser una declamación pública en el refectorio a un vicio solitario.
Todos los lectores habituales son lectores “enviciados” que conocen el placer supremo de este acto único. Por eso, la pregunta entre esa secta cada vez, dicen, menos abundante, sería ¿por qué hay no lectores, es decir, gente que “sabe” leer pero jamás coge un libro? Hay varias respuestas, pero una inmediata es… porque existe la enseñanza de la literatura en las escuelas. Un maestro de escuela y posterior catedrático de literatura, Salvador García Jiménez, lo explicó muy bien en un libro: El hombre que se volvió loco leyendo ´El Quijote´” (Está agotado, pero yo sé donde hay ejemplares en saldo). Este sabio, premiado con muchos premios, como el Adonais, Hucha de Oro y otros tantos, propone rechazar la enseñanza de la literatura en todos los niveles, combatirla con saña, porque es la causante de tantos como la odian y jamás leen un buen libro.
Por el mismo sitio por donde la letra con sangre entra salen las ganas de leer. La palmeta alzada, todos los libros idénticos y abiertos por el mismo lugar. Ya lo decía Larra: “el chico podrá no salir bien enseñado, pero saldrá bien apaleado”. “Abran el libro por la página…” “A ver Pepito, lee en voz alta” Poco a poco se vuelven las tornas y del placer silencioso se regresa a la primitiva y obligatoria lectura en voz alta.Y sin ganas de volver a coger un libro a solas en el resto de su vida adulta. Unos pocos supervivientes, pese a todo, consiguen sobreponerse para dar cuenta de tan espantoso adoctrinamiento –no merece el nombre de enseñanza- , junto al mentado Larra, Galdos cuenta en Tormento los brutales métodos pedagógicos del cura de turno, Pedro Polo, Don Miguel de Unamuno tuvo un primer maestro armado con una larga caña por el que mereció el mote de El Pavero; Pérez de Ayala nos habla de un especialista en “pellizcos retorcidos", el padre Mur, asiduo también al “cara a la pared” Ni Azaña se libró de estos sádicos en el bárbaro magisterio de sus frailes: “viendo correr más lágrimas sobre el texto de los ´Comentarios´ que sangre vertió el propio César sobre el suelo de las Galias”
Dice como conclusión sensata García Jiménez: “Quien aprendió las letras a cañazo limpio huirá de los libros como si estuvieran encuadernados con la piel del diablo.” O estará -los maltratadores suelen haber sufrido malos tratos de pequeños- enseñando literatura en algún colegio concertado, armados con lápiz rojo, vesánicamente dispuestos a desterrar el placer desinteresado de la lectura.
Por el mismo sitio por donde la letra con sangre entra salen las ganas de leer. La palmeta alzada, todos los libros idénticos y abiertos por el mismo lugar. Ya lo decía Larra: “el chico podrá no salir bien enseñado, pero saldrá bien apaleado”. “Abran el libro por la página…” “A ver Pepito, lee en voz alta” Poco a poco se vuelven las tornas y del placer silencioso se regresa a la primitiva y obligatoria lectura en voz alta.Y sin ganas de volver a coger un libro a solas en el resto de su vida adulta. Unos pocos supervivientes, pese a todo, consiguen sobreponerse para dar cuenta de tan espantoso adoctrinamiento –no merece el nombre de enseñanza- , junto al mentado Larra, Galdos cuenta en Tormento los brutales métodos pedagógicos del cura de turno, Pedro Polo, Don Miguel de Unamuno tuvo un primer maestro armado con una larga caña por el que mereció el mote de El Pavero; Pérez de Ayala nos habla de un especialista en “pellizcos retorcidos", el padre Mur, asiduo también al “cara a la pared” Ni Azaña se libró de estos sádicos en el bárbaro magisterio de sus frailes: “viendo correr más lágrimas sobre el texto de los ´Comentarios´ que sangre vertió el propio César sobre el suelo de las Galias”
Dice como conclusión sensata García Jiménez: “Quien aprendió las letras a cañazo limpio huirá de los libros como si estuvieran encuadernados con la piel del diablo.” O estará -los maltratadores suelen haber sufrido malos tratos de pequeños- enseñando literatura en algún colegio concertado, armados con lápiz rojo, vesánicamente dispuestos a desterrar el placer desinteresado de la lectura.
Uno está tentado a decir que siempre será preferible quemar los libros que ignorarlos. No hablo de piras inquisitoriales o nazis, sino de chicos de instituto que repiten ese bárbaro rito tras los exámenes para escándalo de los profes. Cualquier elemental información sobre las actividades desplazadas y el subconsciente les hubiera informado de que no estaban ardiendo en la cancha de baloncesto los manuales gastados, sino ellos: sus exigentes, intransigentes, pedantes y estúpidos profesores, que no maestros.
14 comentarios:
Vaya, por fin he descubierto tu blog por vía Lipstick. Leeré todos los posts tranquilamente cuando esté un poco menos liado. Me estoy volviendo loco, y no precisamente por leer "El Quijote".
Saludos
Gracias por tu visita, Chema, que espero se repita y un saludo también para tí: ¡poeta!
Estoy en frontal desacuerdo con la veracidad del post. O, mejor, con su vigencia en la actualidad.
Hoy en día el porcentaje de la población española sometida en su infancia y adolescencia a los castogos corporales de sus maestros de lengua no creo que llegue al 15%. ¡Y son los que más leen!. Muy al contrario, de veinte años a esta parte, algún docente abría que para que sus pupilos leyesen lo que les recomienda estaría dispuesto a que -primero- le atizaran una colleja.
A la gente no le gusta leer porque:
-En las escuelas no se fomenta la lectura.
-La lectura que se recomienda suele ser un coñazo.
-Al profesor/profesora que la recomienda los alumnos lo consideran (por ser su profesor) gilipollas.
-En la mayoría de los hogares españoles no hay libros.
-Porque leer (salvo que tú elijas lo que lees) suele ser aburrido.
Como prueba de lo aleatorio de lo que defiendes vengo a citar aquí las public school británicas (los colegios privados tradicionales) en los que el castigo corporal aún sigo estando tolerado. Dudo que haya existido en la historia de la enseñanza un colectivo joven más proclive a formarse mediante la lectura que el alumnado de esas instituciones. ¡Pero ellos son británicos y nosotros ibéricos!.
La polémica está servida. Bluff.
Me explique mal, o elegí mal mis ejemplos. No quería decir que el castigo corporal, que hoy no es que no exista, sino que se aplica a los profesores por los alumnos y no al revés como antes, fuera el responasable de los no lectores, sino la falacia de que "la letra con sangre entra", como metáfora no literal por tanto, y de lo fastidioso de la enseñanza de la literatura y que la propia enseñanza de la literatura son las responsables de esa deserción.
A mi juicio, lo que más influye y por este orden, en la deserción aludida son:
1) la sanción de sus iguales entre los jóvenes (los colegas, vaya), en los que por razones que desconozco no esta "bien visto" ser culto o leer, como sí lo está en cambio, fumar o ser grosero con las chicas.
2) el bajo nivel sociocultural de sus familias: los papis no leen ni hay libros en los domicilios
3) la enseñanza, así sin más, de la literatura en los institutos.
A este último respecto, recuerdo mi sorpresa cuando descubrí que los clásicos, que yo creía desde el colegio unos pelmazos, eran fascinantes
Lansky, ¿no te cansa ser tan listo y culto?
Y a tí, bellota, ¿a que no te cansa fabricar esas palas, picos y martillos tan buenos?
Más matizaciones:
La "letra" de la letra con sangre entra alude, a mi juicio, a saber sumar, saber comportarse, ser consciente de que la obediencia a los mayores es pertinente para el desarrollo del individuo, y no al conjunto de grafismos que conforman, todos juntos, "El Astillero" o "La insoportable levedad del ser".
A tu 1)
De lo que yo sé jamás, jamás, ha estado bien visto entre los adoelscentes españoles la afición a la lectura. Y si lo miramos con lógica, desde la mentalidad de un adolescente ¿que bienes, que favores aporta la lectura? ¿te proporciona pasta, ta ayuda a ligar, te permite aprobar matemáticas, favorece que tus padres te dejen volver más tarde a casa por las noches? Los adoelscentes son asín, brutisssmos, y uno o una que no lo sea va a ser considerado indefectiblamente por el resto como un "repollo con lazos" (Y, a lo peor, lo es).
A tu 2)
Lo suscribo. Basta con que te compres cualquier revista de decoración. Los libros no aparecen por ningún lado. Incluso en los reportajes de casas reales, de pretendidos estetas -que suelen mostrar como ejemplo de buen gusto- los libros brillan por su ausencia.
A tu 3)
Si los profesores han leído poco, y mal (digamos, ideologeizadamente ¡gluuuup!), dificilmente van -los pobres- a poder recomendar a sus alumnos libros buenos.
No, la letra con sangre entra alude a los métodos coercitivos para enseñar lo que sea. Y punto..
Las neurociencias modernas están demostrando desde hace tiempo que la influencia parental es escasa y por defecto (si hay malos tratos, si no hay atención o cariño, etc., entonces, sí influyen). En cambio, están demostrando (Pinker et al) que son los iguales, coetaneos, los que más influyen en los adolescentes, jóvenes y niños no muy pequeños.
El factor entusiasmo en un profesor es fundamental, como lo cuentan tantas historias positivas del cine y la literatura, desde Bienvenido Mr Chips l Club de los poetas muertos. Es el entusiasmo y no la materia la que influyen, esto es, el profesor y no la asignatura
Y a los que no leen se les pueden sumar los que tomándose la molestia de hacerlo no entienden nada, vaya que no les cunde.
En el País de hoy
"España es el país que más ha retrocedido en comprensión lectora". Y es que es muy complicadito estar concentrado en juntar letras y al mismo tiempo sacar sustancia.
Yo aprendí a leer a los cuatro años. Me enseñó, en casa, mi hermana mayor. Para cuando empecé a ir al Colegio, a los seis, ya me había leído todos los cuentos de hadas de mi hermana, gran parte de Guillermo Brown (recuerdo que me parecían divertidos, pero inverosímiles: no comprendía que un señor de once años, a mis ojos prácticamente un adulto, pudiera hacer tales disparates) y empezaba a incurrir en las novelas de aventuras que pillaba por casa. Leía porque en mi casa había dos o tres mil libros y todo el mundo leía, todo el rato, mis padres y mis cuatro hermanos mayores. Leer me parecía una actividad tan natural como comer, jugar o dormir.
El colegio no me influyó mucho, ni para bien ni para mal. Para bien, porque había una buena biblioteca, con préstamo de libros. Para mal, porque los deberes y estudiar me quitaban tiempo de lo que yo quería hacer, que era leer. Más me influyeron, como bien dice Lansky, mis iguales. Uno tiende a juntarse con sus afines, y mis amigos eran niños que también leían y con los que, entre otras cosas, hablaba de libros.
Fomentar la lectura... supongo que habrá alguna forma de hacerlo bien, no sé. (Mi hijo lee incansablemente, pero porque su madre y yo leemos incansablemente). Las lecturas obligatorias como tarea escolar me parecen, decididamente, una buena manera de convertir en obligación odiosa, pública y oficial una ocupación que para mí es placentera, absolutamente libre y absolutamente personal. Y, por tanto, de desincentivar la lectura.
Me imagino, de todas formas, que el porcentaje de aficionados a la lectura es más o menos constante y no muy fácil de alterar por medios cuyos resultados podamos prever. Pero es que yo tiendo al escepticismo apacible, en esto como en otras muchas cosas.
Mi caso es parecido al tuyo, Júbilo, pero sin tantos hermanos, por desgracia: los libros formaban parte del "menaje" del hogar como los platos o los vasos, y aprendí a leer por mi cuenta antes de ir al colegio, así que me encantaba cuando caía levemente enfermo para quedarme en la cama y leer a esos que mencionas y a mi adorado Salgari
Estimadísimo Bluff: la afición a la lectura nunca ha estado bien vista. Ni entre los adolescentes, ni entre los de ninguna otra edad. Ni entre los españoles, ni entre los de ninguna otra nacionalidad. La adolescencia es la época en que descubres el mundo y te fabricas a ti mismo. Por tanto es la época en que quien va a ser lector empieza a serlo. Las “conversiones” posteriores existen, pero no son la norma, sino excepciones, todo lo numerosas que quieras, pero excepciones. Incluso me atrevería a decir que quien se aficiona a la lectura después de la adolescencia es porque está, al menos en ese aspecto, en una adolescencia prolongada. Santamente prolongada, no lo digo por mal. “Adolescente” es el que está creciendo. Dichoso el que conserva su capacidad de crecer, de cambiar y de aprender toda su vida, aunque por eso se pueda seguir considerándole adolescente toda su vida.
A lo que voy: a la mayoría de los adolescentes la lectura le importa un pepino, es cierto. Pero no por adolescentes, sino por mayoría. A la mayoría de la gente, la lectura le importa un pepino, y eso, efectivamente, es en la adolescencia cuando se empieza a constatar. ¿Qué bienes, qué favores te aporta la lectura? te preguntas, como si la respuesta solo tuviera importancia referida a la adolescencia. Pues los mismos en la adolescencia que en cualquier otra edad: unos bienes y unos favores que a la mayoría de la gente no le interesan. ¿Te proporciona pasta, te ayuda a ligar, te permite ascender en el trabajo, favorece que puedas mandar más, amortizar antes la hipoteca, tener una tele de plasma de cuarenta pulgadas, conducir un coche más acojonante o ir de vacaciones a un sitio más pijo y vistoso? No solo los adolescentes son brutísimos, si llamamos ser brutísimo a tener como intereses fundamentales esos que entre tú y yo hemos enumerado y que son los de muchísima gente, a los quince, a los treinta, a los cincuenta y cinco, a los setenta y a los noventa años.
Tengo conocidos que han cambiado sutil pero claramente su actitud hacia mí a partir del momento en que entraron por primera vez en mi casa y vieron en ella paredes cubiertas enteramente de estantes con libros. Hasta ese momento éramos colegas, nos llevábamos estupendamente, no había sombras entre nosotros; a partir de ahí - es gente que en su casa tiene un estantito con veinte libros de una colección encuadernada en piel, y ya - una cortés distancia, una especie de desconfianza amablemente recelosa se instalaron entre nosotros. Su reacción no habría sido distinta si me hubieran descubierto esnifando en el baño, mirando fotos de niños desnudos o coleccionando vitrinas llenas de frasquitos etiquetados: “Arsénico”, “Cianuro”…
Siempre acabo en mi querido Brassens: le temps ne fait rien à l’affaire, quand on est con, on est con…
Vanbrugh, de acuerdo contigo en todo, sobre todo en eso de no achacar a la adolescencia lo que es propio de gentes de todas las edades.
Sin embargo, a mi no me ha pasado eso de que al ver mi casa cubierta literalmente de libros me dejen de tratar con confianza. Precisamente, hace unos días, estuvo un pastor d eovejas (¡qué quesos!) y se quedó pasmado. Lo típico, ¿los has leido todos?, etc., pero nada d emal rollo; al revés, una nueva y agradable consideración. En todo caso, y salvo en gentes como este pastor, confieso que soy yo el que recela un poco cuando acude a una casa que no tiene libros. Justo al revés que el caso tuyo.
Ah, pero es que la gente a la que me refiero no son precisamente pastores. Los que se han visto privados a la fuerza de la cultura sienten por ella un respeto genuino y exento de resquemores, tienen una actitud perfectamente sana y aprecian tranquilamente y sin complejos a los que ellos creen que sí la tienen. No, los que yo digo han tenido siempre la cultura a su alcance y nunca les ha interesado. La contemplan como a un instrumento, y es un instrumento que no sirve para lo que a ellos les interesa. Es más, sospechan vaya usted a saber qué intenciones ocultas en los que leemos, no entienden que hayamos optado por algo que ellos desecharon en su momento, les inquietan los posibles móviles ocultos: ("¿Este imbécil se creerá superior a mí? ¿Esperará que yo me haya leído toda esta morralla, como él, que no debe tener nada mejor que hacer?" Casi se les oye pensarlo). A mí, en cambio, ellos no me producen el menor recelo, se les conoce de lejos y mal pueden defraudarme en un terreno en el que, de entrada, nada espero de ellos. No son forzosamente mala gente, simplemente dan de sí lo que dan y, una vez que sabes que no puedes pedirles peras, no hay ningún problema en tratarlos como a honrados olmos. Eso sí, reconozco que nunca he sido capaz de entablar una verdadera amistad, sincera, sin fisuras, con alguien que no lee.
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