30-oct-2007

Yorubas y "picassos" (Ensayo)


El arte clásico africano comenzó a considerarse tras el descubrimiento de esculturas en el norte de la actual Nigeria. Las primeras, en terracota, se denominan “Nok” porque fueron descubiertas en ese poblado de la provincia de Zaria; son, y esto es precioso, de la misma época que las clásicas griegas, los siglos V y IV antes de Cristo. Son cabezas esféricas o cónicas, como las modernas de Picasso o Brancusi, con ojos representados por segmentos esféricos con ambos párpados muy marcados y puede que sean el antecedente de las cabezas “Ife” en metal de los yorubas entre los siglos X y XIV de nuestra época, pongamos que cuando aquí andábamos entre el románico y el gótico. Las esculturas en bronce de Benín del XII al XIX mantienen esa tradición y fueron descubiertas por el ejercito británico colonial (tesoros del rey Oba), expoliadas y traídas a Europa. Cuando un rey de Benín moría, la cabeza de su sucesor era inmediatamente esculpida en bronce. Se conservan 170, desde el XII al XIX, cuando los ingleses exterminaron esta civilización.

Bueno, lo anterior es mera erudición, aunque no de wikypedia, pero lo interesante para percibir el arte, sobre todo el arte moderno, para entendernos, digamos a Picasso, es tener clara dos nociones:

Primero, que el concepto de progreso no es de aplicación en el arte, como en muchas otras facetas, por otra parte. Nadie ha vuelto a pintar un bisonte o un caballo con el vigor de los artistas rupestres de hace decenas de miles de años. John Berger, el excelso crítico de arte y espléndido narrador del ocaso campesino de Europa, hablando de las pinturas rupestres de la cueva de Chauvet, las más antiguas que se conocen, bastantes milenios anteriores a las de Lascaux o Altamira, escribió: “Se diría que el arte surgió como un potro que se echa a andar nada más nacer”. Evidentemente el arte refleja los contextos históricos (por ejemplo, la fotografía, en el final del siglo XIX “liberó” a la pintura de la obligación del parecido extremo), pero no se puede trazar una línea de perfección ascendente, al modo de la dichosa escalera, según avanzamos cronológicamente, ni una "ingenua" estatua románica es menos perfecta a su modo que un bronce de Rodín u otro artista moderno.

Y segundo, no sólo en lo temporal, sino en lo espacial, mejor dicho, en lo geográfico, no es posible establecer diferencias de calidad o excelsitud. No es “mejor” la estatuaria europea que la africana; es más, a menudo está última tiene más vigor, o representa con más acierto la fauna, por ejemplo. Lo que no se puede es entender el arte moderno, nuevamente hablemos de Picasso, sin relacionarlo con el “descubrimiento” de estos otros entornos artísticos exóticos, como los africanos, asiáticos o de Oceanía que tanto influyeron en nuestros artistas. "Yo no busco, encuentro", afirmaba Picasso. Es evidente que encontró a los grandes escultores del pasado nigeriano, cuyas exposiciones proliferaron en el París de entreguerras.


(Nota Bene: si como parece, visita este blog mi amigo, el novelista Félix de Azua, eminentísimo profesor de Estética para arquitectos en Barcelona, incluso catedrático él, no sé que opinará de tanto lugar común. Igual no vuelve)

¡Quieto!


D icen que hay grupos humanos cuya lengua no contiene la forma imperativa. Al parecer los bosquimanos son tan amables que prefieren la persuasión en su gramática. Aunque es posible que el dato no sea correcto y se trate de la carencia de las formas acusativas que señala Steiner en otras etnias. Hablamos mundos. En este mundo maleducado y egoísta casi nadie resiste, sin embargo, una orden directa, por lo menos durante ese instante inmediato a proferirla. Si te ataca un perro feroz, grítale “¡quieto!”. Si quieres inmovilizar a alguien, mándale que permanezca inmóvil antes de tocarle siquiera. Suficiente, porque cuando él le dijo, “quieto”, el otro obedeció. Y esa fue su perdición. Murió en un instante. La obediencia no mueve montañas, pero mantiene al mundo tan injusto y absurdo como es. Al Capone decía que con buenos modales y una pistola se consigue más…que sólo con buenos modales. Con malos modales, a veces no hace falta ni pistola. Pero en este caso la hubo.

Recibió el encargo por los medios habituales. Cumplía los requisitos. Era el segundo de ese año. Se trataba de alguien sin significación política pública. El mundo no se resentiría de su ausencia. Y era poderoso a su modo. Aceptó y se puso al trabajo. La documentación imprescindible primero. El sujeto vivía aparentemente sin hacer nada en una lujosa y protegida urbanización muy selecta de la costa. Tenía por vecinos jeques del petróleo, actores de cine, deportistas retirados y divorciadas riquísimas y operadas; campo de golf a mano, puerto deportivo privado, jardineros expertos en artes amatorias y marciales, vistas sin ser visto, sistemas de vigilancia y protección y porteros absolutamente sordos y mudos. Sin embargo, en esa misma urbanización, hacía escasamente un año, dos motoristas, en la misma moto, al estilo de los sicarios colombianos de Vallejo, habían acabado con un traficante de armas rusos, con disparos de la competencia. El único castillo inexpugnable es el que no se recorta contra el horizonte, el que hace pasar de largo a las huestes del asedio.

Si por algo llamaba la atención el individuo, entre tanto parásito de lujo, era por ser un furibundo coleccionista de arte africano Y era precisamente ese afán desmedido de poseer y el inevitable deseo de alardear de su colección, lo que le había dado una escasa pero cierta notoriedad. Una escultura yoruba en cobre y bronce del periodo clásico era un cebo difícilmente resistible, sobre todo desde que Nigeria trataba a los traficantes de arte indígena que intentaban sacarlas del país de modo bastante más severo que las recomendadas por las normas del Acuerdo de Schengen. Lógicamente, no esperaba otra cosa, respondió a su anuncio de venta en una revista de arte étnico un testaferro al que pidió un precio exorbitante; tanto que, si no fuera una actividad más arriesgada, tentaba cambiarla por la suya de los asesinatos por encargo.

En uno de sus anteriores casos se había reencontrado con el turco Bassin, un forzudo escala 1:2, antiguo campeón de halterofilia. Le había ayudado en esa y luego en otras ocasiones y se había producido entre ambos algo que era el equivalente discutible entre varones heterosexuales (“Muy” heterosexuales, hubiera recalcado Bassin, que pese a relacionarse con la farándula nocturna era homófono) al flechazo amoroso. Discutible porque esa camaradería no sólo se basaba en la amistad –la forma de amor más altruista- y en la complicidad, -en la que se sustentan los “troncos” y “colegas” de las pandillas de hombres desde su infancia-, sino sobre todo en el respeto: una forma de mutua admiración nada servil. Y como Bassin le respetaba, jamás le proponía a él ninguno de sus dudosos asuntillos. Por el contrario, como él respetaba a Bassin, le empezó a pedir en cambio alguna ayuda puntual que sabía que al turco le divertiría. Podría parecer un típico intercambio desigual, como el de tantos matrimonios y parejas, en el que uno limpia la casa, atiende a los niños y cocina, y el otro “le hace el favor” de agradecérselo distraídamente. Pero Bassin, que sabía que el otro tenía por norma trabajar solo, lo tomaba como una forma de exclusiva confianza; y a él le había supuesto, de hecho, un cierto esfuerzo renunciar a veces a sus tácticas de lobo solitario. Esta rara amistad, por infrecuente no por anómala, tenía lógicamente ciertas reglas; y una de ellas era no mencionar jamás los favores por una y otra parte. El club de Bassin no funcionaba demasiado bien cuando se reencontraron; de hecho, iba en suave pero decidida pendiente cuesta abajo. Él, contraviniendo sus inversiones en bienes raíces, había invertido dinero en el negocio y a base de delicadas sugerencias lo había dirigido hacia los gustos más “lighs” de la clientela moderna y ahora era un sitio de moda que daba beneficios. Bassin le pagaba con igual delicadeza no mencionando jamás su añoranza por el anterior establecimiento con ronchas en el linóleo y un ambiente más canalla y de su agrado que el actual.

-¿La tienes, Bassin? –Le dijo al turco mientras bebía el malta exclusivo con que aquel le agasajaba. La sonrisa de triunfo del pequeño no requería palabras, pero le dejo paladear, como él su güisqui, su momento de éxito:

-¿La cabezota esa de negra que pesa un huevo? Claro que sí, la tengo en el despacho. Me recuerda a una chica guineana preciosa que trabajó aquí hace años. La retiró un diplomático golfo que era cliente asiduo.

-¿Ha sido muy difícil?

-Ha sido muy barata, creo, pero no te va a gustar como la hemos conseguido.

El otro se limitó a alzar las cejas en muda pregunta. El turco prosiguió gesticulando con sus manitas duras como pedernales:

-Digamos que si ahora fueras a visitar uno de esos museos que te gustan tanto, tu sabrás porque, -a mi me gustan más los zoos, como este que tenemos aquí-, no podrías ya disfrutar con su contemplación. –Y le dirigió una mirada pícara que suavizaba con matices de ternura casi infantil su duro rostro con perilla. Pero la réplica del otro le desconcertó a su pesar:

-Bueno, siempre la podemos devolver cuando no la necesitemos.

*** ***


El coleccionismo es la forma más primitiva de conocimiento, pero al menos es un principio. Se trate de sellos de correos o de cromos de fútbol, el ávido recopilador sólo disfruta con lo que le falta para completar su muestrario. Puede ser un erudito y de hecho lo es siempre en su materia, pero al revés que a los auténticos intelectuales, les falta interés y conocimientos reales para relacionar esos elementos que les obsesionan con su contexto. Puedes coleccionar sellos y no interesarte lo más mínimo el desarrollo de los servicios postales en el mundo. O coleccionar arte africano e ignorar sin problemas qué es el sorgo o la mandioca. Las lagunas de ignorancia del sujeto podían rellenar océanos, pero sabía lo que era un buen busto yoruba del siglo XVII con sólo echarle un vistazo. Febril y emocionado acariciaba las excoriaciones que salpicaban la pulida superficie del metal, reproduciendo las rituales que las mujeres púberes de carne y hueso aún practicaban en la actualidad sin que esos rosarios de cicatrices las afeen lo más mínimo ni les resten un ápice de altiva dignidad.

-Sólo había visto una igual en el museo del Louvre.

-Esta viene de la isla de Zanzíbar, al otro extremo de su lugar de origen. Probablemente es del ajuar de un tratante de esclavos. –Le dijo modosamente el turco, que sentía un gran respeto por la erudición y la cultura.

-¿Cuánto?

-Cien mil

-Es demasiado

-Adiós, muy buenas. –Y el retaco empezó a recoger las virutas de poliespán y a echarlas de nuevo dentro de la sombrerera donde venía la escultura.

-¡Espere! Cómo quiere el pago.

-En dinerito contante y sonante. Y oiga una cosa: no se le vuelva a ocurrir discutir mis precios. Esto es una ganga, ¿O piensa que soy un chamarilero?

-De acuerdo, de acuerdo. No se ofenda. –El individuo no era tan tonto como para no notar el peligro displicente que suponía el otro-. Usted sabe que parte del encanto de estas transacciones es el regateo.

-Si me gustase regatear pondría un puesto en El Rastro. Y de transacción nanay: yo soy un ladrón y usted un receptador. Y no se le ocurra pensar que soy un yonqui desesperado. Si vendo a mi madre tenga por seguro que pediré por ella un precio justo.

Al sujeto, con la pieza ya en su poder, se le ponían los dientes largos, pensando en un futuro en el que ese extraño y diminuto personaje ponía en sus manos, a precios más que aceptables, muchas más, todas dignas de figurar en los grandes museos del mundo. Y mordió el anzuelo:

-¿Es posible para usted conseguirme más cosas por el estilo de esta?

Aquí Bassin, lanzó el sedal al centro de la corriente de codicia del otro y recitó la parte que traía aprendida: -Dentro de poco me van a ofrecer algo, pero no sé si le interesará- Y calló.

-¿De qué se trata? –El sujeto salivaba como un perro ante un hueso, valga la manida aunque ajustada metáfora.

-Bueno…es un poco rara. Se trata de una especie de perola de hierro, con patas labradas con negras en pelotas y una tapa como el casco de un romano de esos.

-¡Un pebetero ritual! –Aulló el otro.

-¿Un pebequé?

-Una especie de brasero, como un incensario de esos de las iglesias, como el botafumeiro de Santiago.

Cebó algo más el anzuelo el pequeño gran hombre: -Este sale más caro, no sé si entrará en su presupuesto. –Añadió, dirigiendo una soñadora mirada por el lujoso entorno del salón, la piscina y el jardín como quien mira una buhardilla de alquiler no muy limpia. –Me he informado, como ya le dicho no soy quincallero, pero sólo en metal pesa tres veces más que la cocorota esta, y tiene más trabajo. No, esa pieza que le digo, si está a su alcance no la tienen ni en el museo francés ese.

-Me interesa. Y pagaré lo justo, como esta vez. Sin discutir ni regatear. Ya ve, modestia aparte, que puedo permitírmelo. –Añadió abarcando con su mirada de propietario fatuo el aposento.

-Usted sabrá. Serían unos quinientos mil.

*** *** *** **** ****


Apareció semihundido en la parte de los muelles de carga de contenedores algo distante de la de los amarres deportivos. Tenía un tiro en el corazón que le había chamuscado el polo de algodón, justo sobre el logo totémico de la marca, lo que evidenciaba que habían apoyado el cañón del arma sobre su cuerpo. En el registro de su mansión se encontró una espléndida colección de arte africano y entre sus numerosas piezas, un busto yoruba sustraído recientemente del Museo Antropológico de Madrid que fue inmediatamente devuelto a sus responsables. El muerto no flotaba libremente porque sujetaba entre sus brazos una caja de madera de suficiente peso por su extraño contenido: un brasero corriente de los que todavía se usan en los pueblos para quemar picón de encina y calentar las mesas camillas en las largas noches de invierno de Castilla.

29-oct-2007

Aforismos que vienen al "caso" para colocar delante de un ensayo

"Qué es robar un banco comparado con fundarlo”

Bertolt Brecht



“Hace falta mucha fuerza de voluntad para no convertirse en un asesino.”

Joan Fuster

La vida como negocio en quiebra (Ensayo)


Al decidirme a comenzar a escribir un cuento, con la famosa página en blanco delante, me viene a la mente un viejo chiste inglés en el que un conductor despistado (el escritor en ciernes) le pregunta una dirección a un lugareño y este, implacable, le contesta: “no conozco exactamente el camino, pero si fuera usted, no empezaría por aquí.” Uno no sabe exactamente por dónde hay que tirar, pero al menos debería saber, si tiene suficientes lecturas, desde donde no empezar a hacerlo.

El gran escritor catalán Josep Pla, que hizo de lo trivial un arte, le comentó al gran ensayista valenciano desconocido (Para la mayoría de los castellano parlantes) Joan Fuster[1], que la originalidad era una forma de pedantería y como máximo un desorden momentáneo y que la pretensión de no parecernos a nadie a la hora de escribir o de pensar llevaba aparejado el fracaso en su mismo origen. Joan Fuster remataba la afirmación de su colega de forma aún más rotunda: “Sólo decimos -¡y escribimos!- lugares comunes: de otra forma no nos entenderíamos.” Nótese la socarronería típicamente mediterránea. La verdad es que es difícil, por no decir inútil, intentar juzgar las pretensiones del autor de un relato, sobre todo de uno breve, de un cuento. Con sospechosa unanimidad, la mayoría de los practicantes actuales de este género, como los norteamericanos Richard Ford o Raymond Carver señalan al ruso Anton Chéjov como el maestro indiscutible, y la unanimidad se extiende a la hora de señalar un cuento perfecto: “La dama del perrito”. Como muchos lectores sabrán, en ese relato apenas pasa nada. Es la historia del banal adulterio de un aburrido comerciante de mediana edad y una recién casada mucho más joven. Y la conclusión del cuento, por llamarla de algún modo, es aparentemente decepcionante: los dos personajes en su cuartucho de Moscú buscando alguna solución a su situación. Los cuentos de Chéjov se parecían demasiado a la vida real (ya volveremos a eso). Pero si leemos con verdadera atención el relato aludido descubrimos que lo “interesante” no es ese desenlace, sino lo que pasa o no pasa en los tiempos muertos, porque donde se desarrolla el interés no es en los finales ni en los elementos típicos de tensión, sino en esas situaciones anodinas, como la vida misma. Por eso Chéjov es el retratista supremo, como señala Ford en una reciente antología[2].

Otro camino es el de la fantasía, pero incluso esa vía antagónica en apariencia funciona mejor cuando lo insólito surge en medio de lo prosaico, como señaló Cortazar. Y también existe la vía del cuento de ideas, desde Voltaire a Borges y empezando por los fabulistas, desde Esopo a Lafontaine. Por último, están los que consideran los cuentos como esbozos de novelas. Estos son malos cuentistas por lo general, y a menudo buenos sino excelsos novelistas, como García Márquez. Pero para mí, y aunque podría justificarlo con razones, junto a Chéjov y Cortazar, dos cuentistas en cierto modo antagónicos, más en apariencia que en el fondo, la maestría la alcanzan dos americanos que escribieron en castellano: Rulfo y Onetti. En realidad en la práctica del cuento se ejemplifica perfectamente el itinerario vital del talento que en su día me señalara con buena intención el crítico y editor Constantino Bértolo: primero, ingenioso (brillante), luego inteligente, después humilde y finalmente, entre la gente. Chéjov estaba entre la gente, su gente. Rulfo era inteligente, como Onetti, y el peor Cortazar a menudo “sólo” era brillante.

Grace Paley, la gran narradora norteamericana, que se inició publicando poesía, explicó concisamente como fue su paso a la narrativa: “yo, al parecer, había cantado hasta entonces gracias a la ayuda de un solo oído, el oído conectado con la literatura.” Cuando acabó sus tres primeros cuentos añadió: “comprendí que entonces había encontrado mi otro oído”[3]. Ese oído es el que está listo para captar el lenguaje de la calle y aunque pueda parecer sencillo repetir lo que uno oye, se trata de una virtud escasa, más relacionada, como explico más adelante, con los verosímil que con lo verídico. Hay escritores, incluso buenos, que jamás lo encuentran. Ojalá yo sí.

Esto en lo que respecta a los logros e intenciones de cualquier autor. Por lo que se refiere a los personajes sólo quiero añadir dos cosas, una sobre su moral y otra sobre su verosimilitud. Puede parecer de dudoso gusto elegir a un asesino a sueldo como protagonista, en lugar de a un policía o un detective. Mucho habría que decir sobre el callejón sin salida al que uno llega cuando aborda un personaje “positivo” en el marco de una sociedad tan injusta, por un lado, y aleatoria, por otro, como la nuestra. Hammett y Chandler hicieron de la necesidad virtud y montaron sobre esa base sus antihéroes. Highsmith fue en cierto modo más allá con la inmoralidad, tan simpática como manifiesta, de su personaje principal Ripley. Nuevamente Fuster viene en nuestro auxilio cuando acudimos a una de sus máximas: “Hace falta mucha fuerza de voluntad para no convertirse en una asesino”. No pretendo parafrasearle, pero afortunadamente, también contribuye el miedo…a las consecuencias. De alguna forma la moderna sociedad carcelaria es disuasoria para la mayoría de los que tienen algo que perder.

Se puede invocar también en esto el asunto de la buena fe. Y resolverlo expeditivamente cuando recordamos que todos los fanáticos son esencialmente gentes de buena fe. Contra el mal, y más difícilmente contra el bien, tenemos la defensa de la ironía. En el arte conviene imitar mientras sea posible y, por tanto, inventar cuando no nos quede otro remedio, en cuyo caso sería ya tolerable resultar original. Teniendo en cuenta igualmente que a la mayoría de las novelas les sobra la mitad (Pero no a las disquisiciones político-históricas de Guerra y Paz, no a la totalidad de la segunda parte del Quijote, superior a la primera). Y que el corolario al aforismo de que si sólo hay una forma adulta de leer, que es releer, sólo hay una forma honesta de escribir, que es rescribir.Ya sólo me queda entrar en el tema de la verosimilitud al pie de la conocida advertencia del relato negro, vayamos allá:

Todo parecido entre los hechos, personajes y tramas que se relatan y la realidad (¿Qué es eso? No se les ocurra preguntarle a un físico) son cualquier cosa menos pura coincidencia. El autor vive entre los hombres, lee periódicos, ve y oye los noticiarios, es ávido y agradecido, a menudo, lector de todos los escritores que le han precedido, influido, admirado o incluso repugnado (como Louis Ferdinad Celine o Camilo José Cela). Extrae los perfiles de sus personajes, en primer lugar de él mismo, ángel y demonio como cualquiera, de personas que conoce en diverso grado (Cuidadito con lo que se dice delante de un escritor), de los más próximos y de los que le gustaría conocer. A menudo, además, la naturaleza imita al arte, aunque sea tan rudimentario como el aquí practicado, por lo que no es imposible, aunque sí poco probable que exista, por poner un ejemplo, un turco bajito y fuertísimo que se llame Bassin o algo fonéticamente parecido. Aumentando la improbabilidad –el azar y la necesidad, ya saben- podría darse el caso de que tal sujeto sea un duro de buen corazón y escasos escrúpulos para según qué cosas, que posea un club nocturno con bellas mujeres de buen corazón así mismo. Si es el caso, no veo porqué habría de demandarme, cuando sale tan bien parado. El resto de personajes, en especial las víctimas del asesino: constructores y empresarios, concejales de seguridad ciudadana, dueñas de galerías de arte, coleccionistas de arte africano, cocineros de la tele y demás, tampoco pueden ser pura invención y desde ya me disculpo por haberlos matado.

Lo que sí quiero decir es que he intentado ser verosímil, basándome en mis conocimientos (escasos) y mi experiencia (sesgada, como todas). Como los periodistas buenos (escasos) saben (lo saben) no conviene confundir lo verídico (realidad) con lo verosímil (creíble). Mucho menos responsable, la vida resulta a menudo inverosímil, chapucera, mal acabada, tediosa y cuando nos da sorpresas son de mal gusto. Como escribió Iris Murdoch, la vida siempre acaba siendo un negocio en quiebra. Mucho más considerados son en la mayoría de los casos los narradores (malos o buenos), que intentan buena o malamente suspender lo verídico con cierta verosimilitud y cabalgar en la ola de la temporal credulidad de sus lectores. Es un juego muy viejo, que surgió en las fogatas del paleolítico –esas teles del remoto pasado- y que no acabará nunca, pues en el principio y en el final fue y será el Verbo y como dijo George Steiner, la esperanza es gramática.Un optimista irredento afirmaría que vivimos en el mejor de los mundos posibles; no es mi caso, pero tampoco soy tan pesimista como para creerle.


[1] Joan Fuster: Nuevos ensayos civiles. Espasa Calpe, Madrid, 2004
[2] Richard Ford, prólogo, en Antón Chéjov. Cuentos imprescindibles; Lumen, Barcelona, 2000

[3] Grace Paley. Cuentos completos; Anagrama, Barcelona, 2005

26-oct-2007

Las recetas de Lansky


Para efectuar la cuchillada que se describe en Aparcamiento para residentes es necesaria una hoja de al menos 15 centímetros. También se puede untar la hoja con un curare casero fácil de elaborar: se pone en maceración de metanol (alcohol de quemar) unas colillas de cigarrillos, una piel de sapo común que contenga las verrugas o vesículas y corteza de tejo (Taxus baccata). Al cabo de unos días el líquido habrá adquirido un color caoba oscuro, entonces se decanta y se tapa. Puede usarse años después de haber sido elaborado y es un neurotóxico fulminante, pero tiene el inconveniente de que si el ejecutor se hiere leve e inadvertidamente puede ingresar junto a la víctima en el tanatorio.

Otras navajas de interés son las de mariposa, semi automáticas, o de abanico: balisong, en la que el mango esta dividido en dos mitades que pivotan a cada lado de la hoja con un simple giro de muñeca. Las navajas de gravedad, cuya hoja se desliza a lo largo del mango; las navajas de apertura asistida o semiautomática, que pueden abrirse con una sola mano; las populares automáticas, que suelen tener hojas mediocres y las clásicas de apertura manual con o sin seguro y este último de distintos tipos. También las navajas barberas (las mejores son las inglesas) pueden ser un arma formidable. En cuanto a fabricantes, hasta la prestigiosa marca de pistolas y revolveres Smith and Wesson tienen en su catálogo algunos de estos cuchillos.

Aparcamiento para residentes

Le pegó el único navajazo en el esternón, una zona dura, difícil de atravesar con una mala hoja, (lo que no era el caso, la suya era una preciosa réplica “Opinel”de las estrechas dagas de los pescadores de bacalaos de Terranova del inicio del siglo pasado), pero que tiene la ventaja de situar con precisión el golpe, sin posibles deslizamientos, y romper de paso el árbol bronquial y la base de la carótida. Esa estocada, sujetando el arma entre el pulgar y el resto de los dedos formando un tejadillo, elevando el antebrazo en línea horizontal con el codo, al modo de los matadores de toros, impedía el grito que era sustituido por el más discreto silbido del aire al salir a presión, y su único inconveniente era que había que propinarla de arriba abajo, de esa forma vertical tan melodramática como fácil de parar si la víctima es experta. Un asesino profesional que se respete, y es el caso, sabe que no hay que buscar excusas (nunca las hay, todas las religiones y la mayoría de las filosofías están de acuerdo en eso; no así las ideologías que tienen la costumbre de sustituir las ideas por consignas y la funesta manía de pensar por la más simple de proclamar el burdo intercambio entre vidas humanas y cambios políticos –a estas alturas del mundo, son los únicos en defender que el fin justifica los medios, cuando hay medios que hacen injustificables los fines-) si se tienen razones. Él las tenía: medio millón de razones que además, últimamente, se cotizaban por encima del dólar.

Como el individuo era algo más bajo que el, se había colocado a la par en la calzada, cediéndole la acera; había asegurado la “Opinel” en su mano derecha. Una dificultad añadida es que el seguro de estas navajas no es un freno de varilla, sino un aro justo en la embocadura de las cachas, que hay que girar si no quiere uno quedarse sin dedos (Se acordó del chiste de los patricios romanos que discuten sobre la forma menos dolorosa de capar esclavos, menos dolorosa para el capador, claro) y aprovechando el tropezón del otro, con un giro que le había hecho pasar de su lado al frente, le clavó la navaja hasta las cachas. Con el mismo movimiento que empleó para sacársela del pecho le sujetó, sin soltar la navaja, con ambas manos por debajo de los sobacos y le sentó en el mismo bordillo, contra el radiador de un monovólumen. Para cualquiera que hubiera observado la escena, se trataba de un amigo sobrio, y con reflejos -había que ver como se había anticipado a la caída del beodo-, que le ayudaba (a morir). Le abotonó la chaqueta para que no se viera excesivamente la rosa roja que iba extendiéndose por la camisa blanca y en ese último gesto, que cualquiera tomaría por el de componer al otro, había un poco de la revista orgullosa que una madre pasa a su hijo engalanado antes de permitirle salir a su primera fiesta. Miró alrededor para comprobar quien prestaba atención a la escena y, como si fuera a pedir ayuda, se dirigió hacia la esquina y desapareció, pulcro y eficiente y acordándose del teatro de Lorca, siempre mejor que su mera poesía, que a menudo dibuja rosas rojas en las blanquísimas camisas de sus gitanos muertos. Pero aquel tipo no era Sánchez Mejías, sino un concejal muerto sin honra.

Cuando salió aquella mañana de casa se había demorado eligiendo la navaja; tenía una buena colección, todas de cachas de madera. Decidirse por la hermosa francesa de tersa empuñadura de nogal que había comprado en Normandía un verano en el que sus hijos aún eran niños, no era lo lógico, teniendo cuchillos de monte de acero al titanio, al wolframio, al molibdeno u otros metales aún más improbables, o “Aitor” vascas con acanaladura tipo Dunkerke. Hasta una cabritera de castaño de la Sierra de Guadalupe parecía más apropiada. Pero evocó el golpe de esternón que había planeado e inmediatamente se le impuso la Opinel: dieciocho centímetros de acero inoxidable en una hoja tan estrecha que la solía usar para cortar el jamón en casa; a cada tarea, la herramienta adecuada, y para cuchilladas en el esternón y finos cortes de jamón al estilo sevillano, la Opinel.

No solía aceptar trabajos políticos, o claramente políticos, puesto que todo en esta vida, como dejó dicho Aristóteles, lo es, pero el concejal que ocupaba ahora derrengado media plaza para residentes en línea en esa calle de copas no había muerto por edil, sino por marido: dos formas tan distintas como igualmente seguras de llegar a ser un cabrón. En el dossier que había recibido en el apartado de correos de Ezequiel Jarrapellejos –en honor al hoy casi olvidado escritor tremendista Felipe Trigo- junto a las fotos habituales, venían dos recortes de prensa que daban cuenta del concejal acusado de malos tratos –violencia de género lo llaman los cursis, como si la gramática tuviera algo que ver con el machismo violento- , junto al resguardo de ingreso a su cuenta codificada de Suiza. La última paliza había acabado con la bella en urgencias con la mandíbula rota y una orden de alejamiento que el concejal se había apresurado a anunciar que no podía cumplir dadas sus peripatéticas obligaciones municipales. Que el mentado fuera el superior político de los mismos guardias municipales que le retirarían de la vía pública no dejaba de tener una rara simetría. Había estado tentado de colocarle en la solapa un ticket de aparcamiento, pero le pareció un recochineo innecesario y, realmente, no llegaba a ocupar toda la plaza de trazos discontinuos verdes.

El disfrutaba con los trabajos bien hechos y procuraba, como buen profesional, no implicarse sentimentalmente ni con la víctima ni con el cliente, pero reconocía que a veces la personalidad y trayectoria de la primera suponía un aliciente añadido, como aquella vez que acabó con un violador o, sin ir más lejos, en este caso. Caso cerrado. Cuando días después se enteró de que la viuda, militante del mismo partido y siguiente en la lista municipal iba a ser la encargada de sustituir al muerto en el ayuntamiento, pensó que la mujer es el único animal que no sólo tropieza dos veces en la misma piedra, sino el único que cava sus madrigueras entre sus propios excrementos. Hasta las cigüeñas del campanario de su pueblo –aves con una inmerecida buena fama, como las palomas- procuraban soltar sus deyecciones fuera del nido: ponían el culo hacia fuera, proyectaban el denso líquido con fuerza y este solía caer en el tejado de al lado, para desesperación del sacristán.

25-oct-2007

Ajos, los de Chinchón

Todo el día estuvieron oyendo pasar las grullas, alineadas en el cielo en estilizadas flechas: “gru-gru-gru”. Las cigüeñas hacia ya una semana que se habían marchado y estas otras zancudas de reemplazo, mucho menos urbanas, se iban descolgando desde sus formaciones aéreas sobre la dehesa boyal de las afueras. Mientras las aves escandinavas aterrizaban en los predios del pueblo, aviones de combate de ese mismo Atlántico Norte patrullaban la capital griega para la ceremonia inaugural de ese certamen muscular de hipocresía donde a los atletas se les exigía prácticamente superar marcas imposibles sin tomar substancias de apoyo. Se trataba de un juego soterrado, por debajo de los “juegos” nominales, donde la farmacopea moderna competía con los modernos sistemas de detección de la misma. En general, los laboratorios de los atletas iban siempre un poco por delante que los de las autoridades, como los blindajes siempre van algo detrás de la capacidad de penetración de los proyectiles en la carrera armamentística. Cuando se dirigió a su propio coche, nada de robos esta vez, la niebla densa no era un incidente meteorológico sino parte del mismo paisaje que las encinas difuminadas. Adoraba el otoño, esa estación discreta donde ocurren casi más cosas que en la frenética primavera y de modo mucho menos ostentoso. Comparar la primavera con el otoño, sobre todo en este paisaje de dehesas y bosques ahuecados, su favorito, era como comparar la estridente y desequilibrada seducción de una muchacha con la serena belleza reposada de una mujer altanera y madura.

Viajar en avión, pagar con tarjeta de crédito, ir armado hasta los dientes, alojarse en hoteles cutres, ser maleducado y huraño o excesivamente festivo y hablador eran formas casi seguras de ser seguido y localizado. Su empresa Jarrapellejos Ltd llevaba años de discreto buen hacer con decenas de clientes satisfechos, como se suele decir. Hasta podría haberse anunciado en las páginas amarillas. Hace unos pocos años no pudo seguir ocultando a Paola –esa misma Paola que le había fascinado siendo una seductora muchacha y que ahora le mantenía enamorado con su majestuosa belleza camino de una estupenda madurez- la verdadera naturaleza de sus actividades y el origen de sus ingresos y, para su sorpresa, no lo había desaprobado por las banales razones morales, pero se había sentido preocupada, -y él halagado-, por el posible riesgo de las mismas. Nunca le contaba nada, pero dos veces al año, sin despedirse, salía de la casa, del pueblo, a menudo de la comarca, pero nunca del país, y volvía al cabo de unos días con un suspiro de alivio, el mismo que el del taxista al final de la jornada, del piloto tras una serie enlazada de trayectos, del comercial o el viajante tras hacer una ruta difícil, y recuperaba sus hábitos de siempre: las duras caminatas por la sierra con la perra, los pequeños trabajos de reparación casera o en el huerto, las deleitosas tardes de lectura junto a la chimenea o bajo el emparrado del patio, según la época, o la escritura parsimoniosa del casi perenne manual de naturalista de la comarca que nunca se decidía a dar por concluido: su particular telar de Penélope. Una “Vita Beata” con dos interrupciones de violencia. Pero al revés que los conductores frenéticos, que los fabricantes de amianto, que los contratistas de obras, estaba absolutamente seguro de no haber matado nunca a un inocente y los insomnios de su juventud eran ya un lejano recuerdo. Sí, “habitaba como un noble arruinado entre las ruinas de su inteligencia”, o no tan ruinas ni tan arruinado, aunque muchas de sus víctimas y no pocos de sus clientes satisfechos no alcanzaban ni para unos pocos cascotes.

Salió en su propio coche hacia la capital que luego evitó por una de las múltiples y concéntricas circunvalaciones y se dirigió por la autovía hacia el norte. A su lado, una bolsa de viaje con ropa limpia, un neceser de aseo, un manual de identificación de gramíneas, de poca utilidad en estas fechas de otoñada (pero el tenía memoria fotográfica), una edición de bolsillo de La muerte de Iván Illich, una navaja holandesa automática de hoja corta pero suficiente y una Star calibre 7.35 con munición dum-dum.

Al entrar por el paseo paralelo a la ría, bajó la ventanilla para aspirar el aire salobre y contempló la magnífica mole de titanio del museo emblemático. Las nuevas tendencias de conceder más importancia al envoltorio, el edificio, que al contenido, las colecciones, no le disgustaban y le parecía que enlazaban con la tradición de esas civilizaciones sin complejos que, como la egipcia, habían procedido de igual forma; de hecho, las pirámides eran impresionantes por ser pirámides y no por los ajuares horteras de oro de sus intestinos. Aparcó delante del hotel y se registró con el DNI de uno de sus encargos anteriores, pensando ya en una breve ronda de pinchos y culines por el casco viejo y un melancólico paseo por la reconvertida arqueología fabril de la industriosa villa, como reza el tópico.

En la habitación, después de consultar su reloj, encendió la televisión para ver en un programa local una vez más a su víctima, que le intrigaba más que la mayoría de sus casos anteriores. Matar a un cocinero vasco en ascenso no entraba dentro de sus preferencias, procurando conciliar la satisfacción del cliente, sus propias finanzas y, en cierto modo y cinismos aparte, el bien de la humanidad. No estaba seguro que eliminar a un servidor de los placeres ajenos entrará en esa categoría, a él que tenía en la cocina una de sus distracciones más puntuales y en el arte del bien comer una de sus devociones más queridas. Pensó en rivales envidiosos. Los cocineros son capaces de escaldar una langosta viva en sus fogones o, aun peor, de capar en vivo cangrejos de mar para que no amarguen en la bullabesa, pero hacer matar a un colega parecía un salto de orden de magnitud impropio de la secta de los fogones de acero.

El individuo se movía en la pantalla con la soltura de un bailarín, aunque hablaba demasiado de cosas ajenas a la gastronomía. En ese momento estaba haciendo una obviamente gratuita pero virtuosa demostración del arte de cortar verduras en juliana, explicando a la vez la diferencia entre pochar y sofreír. Acababa de contar también un chiste tan viejo, tan malo y tan machista que le hizo reconsiderar sus escrúpulos. Nunca conocía la identidad de sus clientes, de la misma forma que estos no le conocían a el. Ambos, en cambio, conocían más o menos a sus víctimas; lo suficiente para ejecutar el trabajo en su caso; lo bastante para desear matar, en los primeros.

Decidió repentinamente que las cocinas eran recintos sagrados que no debían ser profanados por un asesinato, crustáceos aparte, y abandonó la melodramática imagen que le mostraba a él mismo vestido inmaculadamente de blanco y armado con un enorme cuchillo cebollero. El sujeto estaba golpeando con el plano del suyo un diente de ajo y lo pelaba hábilmente, como todo lo que hacía, con un solo gesto, pero a continuación destruía el buen efecto extendiéndose innecesaria y con poco rigor científico sobre las virtudes para la salud de la liliácea mediterránea. De creerle uno podría pensar que los enfermos de sida lo eran no por la promiscuidad suicida o las auto inyecciones intravenosas, sino por su parco consumo de sofritos con ajo. Anotó en la esquina de su diario la marca del amontillado que usaba el chef, apagó el televisor y se dispuso a salir. Era esta una de las ocasiones que menos claro tenía la forma de proceder, aunque se iba decantando por hacerlo en el trayecto a su domicilio o en el interior del edificio, aunque los aparcamientos también eran lugares muy adecuados; sitios desolados y solitarios donde los encuentros tienen una aire furtivo y escasamente solidario y donde todos prestan más atención al propio automóvil que a los humanos. Recordó la vez que una de sus víctimas salió del coche y se agachó para examinar una mancha de aceite en el piso y acabó con el por medio del violento impacto del pico inferior externo de su puerta cuando al oírle acercarse se incorporó alarmado; un simple portazo en su coronilla, muerto con su propio automóvil como tantas otras victimas de las carreteras de fin de semana.

A la mañana siguiente, de regreso hacia el sur –no había considerado prudente visitar el museo ni apetecible la exposición de botes de refresco de su interior- volvió a repasar los sucesos de la noche anterior. Cuando el cocinero rodó por las escaleras de acceso interior del garaje de su vivienda y quedó despatarrado boca arriba con el cuello fracturado, mientras la vida se le escapaba por los ojos vidriosos, le había mirado sin verle y había dicho: “nos hemos quedado sin ajos de Chinchón”. Esos ojos que se despedían le trajeron a la memoria un verso de Pavese: "vendrá la muerte y tendrá tus ojos"

24-oct-2007

PRÓXIMAS NOVEDADES

La próxima semana, en vista del éxito, colgaré nuevos "casos" de mi asesino a sueldo, que de otro modo estarían condenados al fondo de mi cajón, sin no a la papelera, pero iré intercalando ensayos; eso sí: relacionados con la ficción. No sé; pienso que puede ser sugerente, aunque quizá sea un lío. El tiempo inminente y vosotros direis.

Para la espera, aquí va uno de mis poemas favoritos, de Safo, la de Lesbos:

Se han ocultado la luna y las Pléyades:
es medianoche
y el tiempo pasa, sí, pasa
y yo yazgo sola.

Aparte de su indudable belleza, se dice que es la primera vez que aparece ese "yo" subjetivo, autoconsciente, en la literatura. Luego habrá que esperar a las Confesiones de San Agustín, casi diez siglos después

23-oct-2007

Los grilllos comenzaron


Comenzaron a cantar todos a la vez, consiguiendo encender de un golpe vibrante todas las estrellas en el preciso instante en que se oscurecía el último recuerdo del resplandor del sol y él encendía un cigarrillo y salía al patio. Los grillos le saludaron respetuosos callándose un instante, luego volvieron a empezar con su aprobación. A sus espaldas se encendió la luz de la cocina que proyectó un recuadro en el suelo de cemento. Con el radiofaro rojo de la punta del pitillo fue haciendo señas a cada estrella, una chupada por constelación, sus pulmones recibiendo ávidos cada respuesta. Una salamanquesa avanzó por la línea de luz y sombra de la pared a su espalda, osciló contestando el emparrado, se oyeron pasos al otro lado de la tapia, el reloj dio la campanada de la media, las ocho y media, ocho del final del verano, media del comienzo del otoño: su estación preferida. Iba a matar a un hombre, pero procuraría no estropear el paisaje. Abrió la portilla metálica y salió a la calleja entre muros. Caminó hacia la salida del pueblo con la luz del reloj de la torre en sus espaldas, un cerdo gruñó satisfecho, la orla amarillenta de las farolas orientaba el plan de vuelo de las polillas, la sombra de un murciélago trazó una diagonal perfecta hacia la línea de fuga de los montes lejanos. La luna le iba acompañando entre los árboles, así que pudo tirar la colilla.

Había pasado la tarde leyendo a Tolstói, después de levantarse de la siesta y prepararse un café, nicaragüense, de comercio justo. Le importaban un huevo los sandinistas, pero le gustaba ese café, algo más caro, cuyo sobreprecio, en el peor de los casos, se embolsaría un burócrata de alguna ONG y en el mejor se repartirían un gordo intermediario local y un flaco campesino desdentado. Después de haber dejado a Andrei Bolkonski convencido de que amaba a Nastasa, se había duchado y afeitado, se había vestido con su ropa urbana y había cogido las llaves del coche, los grillos habían encendido las estrellas del mismo modo que Paola la cocina. Un “efecto”, decía Ambrose Bierce en su Diccionario del Diablo, es el segundo de dos fenómenos que ocurren en el mismo orden. Otra cosa, pensó él, es estar seguro que el primero, llamado “causa”, genera al segundo. Debería releer a Aristóteles.

En la carretera el mundo terrestre del asfalto sustituyó al astral del pueblo, los grillos se callaron cuando encendió los faros. Corría la causa en pos del efecto. Ambrose Bierce añadía irónico que quien no hubiera visto nunca antes un perro persiguiendo a un conejo podría afirmar que el conejo es la causa del perro. ¿El era causa o efecto o ambas? Matar a un hombre que no conoces a cambio de dinero no es peor que matar a un hombre que crees conocer por odio, por un ideal o por cualquier otro motivo, y él tenía por razones su medio de vida y no necesitaba excusas, como los idealistas fanáticos. Matar a ese hombre era la dudosa éticamente pero eficaz forma que tenía para subvencionar las silenciosas tardes de lectura, las caminatas con la perra, el café con sobreprecio, los grillos y el reloj de la iglesia, pero las semanas anteriores, tras el encargo habitual –sólo dos al año- había trabajado con pulcritud y sin prisas. Esta vez era un empresario y el mundo, los grillos, el aroma del café, las campanadas no se resentirían lo más mínimo por su ausencia, al contrario. Iba reflexionando, a la vez que disfrutaba con la solitaria conducción, en el cambio de fase que había sufrido el territorio: antes los pueblos y ciudades eran mojones en una matriz rural de campos, bosques y baldíos; ahora, los mojones, oasis precarios, eran los entornos rústicos donde todavía prevalecían los territorios antes dominantes, y la matriz era ese informe híbrido fronterizo y expectante, sin hacer del todo, sin hacerse nunca, que todavía no era ciudad pero desde luego ya no era campo. Capitanes de empresa como el que moriría en unas horas eran parte responsable de toda esa fealdad. Y además le pagaban por matarle.

Presidente ejecutivo de una empresa farmacéutica, negocios navieros y de construcción, mecenas cauteloso, hasta un club de fútbol de primera no muy boyante, casado, con hijos adultos, una mujer gorda y rubia teñida, veleidades populistas y políticas; hombre hecho a sí mismo, esto es, a costa de los demás, a los que deshizo mientras el se hizo. Una empresa de seguridad le proporcionaba la falsa seguridad que le sobraba en cambio en su despótico paso por esta vida. Como siempre, desconocía, -era su seguro de vida-, a sus clientes, pero los candidatos podían ser varios: rivales comerciales, agraviados diversos, políticos con aún menos escrúpulos, su propia mujer, alguna de sus amantes, sus hijos queridos, sus yernos, su propia madre. El caso es que su vida valía exactamente una fracción ínfima del monto de sus negocios: medio millón de euros.

El sistema más fácil habría sido subcontratar el trabajito a unos matones y que le apañaran a la salida de un partido, para cargar el mochuelo al fanatismo futbolero, pero no le gustaban los inevitables cabos sueltos que quedaban al tratar con esa gentuza. Matarle en su casa no era imposible pese o gracias a la vigilancia electrónica y la humana: personal apto sólo para trincar chorizos de grandes almacenes, ningún problema para un profesional como el. Pero sus estancias domiciliarias eran tan esporádicas como imprevisibles, lo que hacía difícil preparar el asunto con sosiego y sin improvisaciones. Sus lugares de trabajo estaban más vigilados que su domicilio y el individuo no paseaba jamás -aunque asistía a un gimnasio que no le servía de nada, estaba gordo como un buda-, su coche habitual estaba blindado y con cristales tintados. Así que cuando leyó en la prensa que iba a recibir un tratamiento adelgazante y “genéricosanante” en una selectísima clínica balnearia de la costa, decidió que lo haría allí: como dejó dicho Edgar Neville en su epitafio, por fin se iba a quedar en los huesos.

Amanecía cuando intuyó en el aire el mar cercano. Si los campos de tierra adentro habían sido mancillados, la línea de costa era una prostituta disecada, con sus horrendas torres de apartamentos profanando la horizontalidad esencial; los jardines tropicales de las ostentosas mansiones, los campos de golf, el césped absurdo, el inglés de los reclamos, todo era una afrenta. Aquí no se podía decir eso de se ha muerto un hombre, se ha roto un paisaje, sino más bien, han matado un paisaje, también faltan los hombres. Aparcó el auto robado el día anterior en la calle trasera de las vías que servía de aparcamiento de la estación y sacó un billete para el tren costero. Compró la prensa nacional y local y se instaló junto a una ventanilla con el vaso de poliespán de café, el botellín de agua y el bollito y depositó su bolso de viaje bajo el asiento. Primera norma, no acudir a los vagones restaurantes de los trenes.

Desde que el mundo había claudicado a la informática, fabricarse una vida “ad-hoc” ya no era problema, ahora era un dermatólogo, experto en tratamientos rejuvenecedores y diplomado en cirugía menor que acudía a su primer día de suplencia del titular, absurdamente atropellado, sólo una pierna rota, la semana pasada. La barba que se había empezado a dejar cuando recibió el encargo, también por Internet (Juntacadáveres.com, un homenaje a Onetti), y el tinte suave le molestaba, al igual que las falsas entradas afeitadas, las alzas de sus zapatos y las lentillas de color. La gente era por lo general mala observadora, una adaptación a la fealdad del mundo circundante, y no solían reparar en los elementos perdurables: la forma del cráneo, la “percha” del esqueleto, la relación del cuello, la cabeza y los hombros, la forma de andar, mirar o sonreír. También llevaba listo el tratamiento del empresario, una dosis de colágeno quirúrgico y extracto de curare de 1 a 3, en lugar de la proporción infinitesimal correcta. El curare, que el mismo fabricaba en casa con glándulas parótidas de sapo y liana eritrina (lo que le hacía sonreír recordando las pócimas de la brujería medieval) se usaba realmente en los tratamientos rejuvenecedores, al igual que la toxina del botulismo, el otro ingrediente de su fórmula magistral, con las únicas secuelas de la fatal pérdida de expresividad en los rostros de falsa juventud de todos esos viejos opulentos. Además de de esa imagen de retrato robot escayolado en el rostro, los delataban dos partes del cuerpo imposibles de mistificar, las manos y el cuello, y la rigidez cautelosa de todo su cuerpo; por lo demás los resultados eran impecables y el estaba seguro de que el empresario, tras su sesión de inyecciones, iba a estar mucho más guapo muerto que vivo: “muérete que vas a estar más guapo”, pensó decirle en el último momento; siempre conviene proporcionar algún consuelo a los moribundos. El lunes, como tantos trabajadores por cuenta ajena estaría de regreso en su paraíso rural y quizá podría permitirse un pequeño dispendió: ese dibujito a lo Holbein que había visto en una casa de subastas y que quedaría genial en la pared del rellano de la escalera. Se sentía osado; le pondría un marco moderno.

18-oct-2007

El enano saltarín




“…que de mano en mano vaaaa, cooomo la falsa monea…” El lugar hacía juego con la música. Conocía aquel club de alterne de sus malos y lejanos tiempos de nomadeo noctámbulo. Nunca le habían gustado esos locales, pero en una ocasión había salido brevemente con una chica que trabajaba allí, aunque la especialidad de entonces eran los travestidos. Ahora era lo único que había cambiado y, “Carpe Diem”, anunciaban espectáculos de “boys” para despedidas de solteras. Sala de fiestas lo llamaban, aunque a nadie se le ocurriría celebrar un bautizo allí. Como las pirámides, el tugurio era fiel a si mismo, aunque el paso del tiempo lo había tratado peor que a aquellas. La moqueta y el linóleo, las tapicerías de las diminutas butacas y los veladores inestables, el mostrador en herradura eran, como suele decirse, de “época” y necesitaban una renovación urgente. Los “boys”, carnaza de gimnasio, estaban todos los jueves, el día de las parejas eran los viernes y, sorprendentemente, no había señalado ningún espacio semanal fijo para el día del jubilado rijoso o el prostático alegre.

El enano forzudo estaba, como parte del “atrezzo” también en el mismo lugar de siempre, en una esquina de la barra. Con algo de barriga ahora, con su blazer azul marino que le asemejaba a un estrambótico celebrante de primera comunión. En realidad no era un enano, no era cabezón ni tenía las piernas combadas ni el andar bamboleante de ese eterno y, por ende, viejísimo presidente gallego. Era diminuto por que no sobrepasaba el metro y medio de altura, pero los bíceps traspasaban la tela de las mangas de la chaqueta cruzada y el poderoso cuello se escapaba por el del suéter blanco y ajustado que destacaba sus pectorales bajo la prenda desabotonada. (Esas lamentables prendas, si se dejan, abiertas, quedan siempre fatal, como desmayadas al modo de alitas de pingüino). Su tamaño podía llevar a engaño, pero el pequeño y duro cuerpo imponía respeto, como la mirada aún más dura y vaga pese a todo, itinerante, y la dignidad casi fatua de sus movimientos de hombre pequeño y zancadas grandes. Y sería un error tomarlo a broma. En sus buenos tiempos ese pequeño turco era capaz de levantar más de tres veces su peso en arrancada; exactamente ciento sesenta kilos, pero había cambiado la halterofilia y los títulos mundiales por el güisqui aguado. También se decía que era un diablo con las mujeres y su “aguijón”, se decía igualmente, era más que suficiente tanto en el amor como en la guerra. El caso es que podía arrancarte un brazo de un tirón, aunque su “especialidad” eran los cabezazos fulminantes, de abajo a arriba, naturalmente.

En esos sitios lo mejor para la salud es pedir cerveza y es lo que hizo, renunciando al vaso dudosamente limpio. El enano ya estaba a su lado, seguramente había llegado patinando por el linóleo desconchado, y le dirigía la palabra:

-Hacía mucho que no se te veía por aquí. Te echábamos de menos.

-Hola Bassin, te veo igual que siempre. ¿Aún te entrenas?

-Si ahora cogiera unas halteras me tendrían que llevar a urgencias, pero practico con los capullos que se meten con las chicas. ¿Qué vienes a hacer por aquí?- Volvió a preguntar sin inmutarse.

-He quedado con un amigo. Es una especie de antropólogo, le interesan los restos de las culturas extinguidas.

-Muy gracioso. ¿A qué te dedicas ahora, aparte de guía turístico?

-A lo mismo de antes.

-Nunca supe qué hacías antes. Al principio de conocerte pensé que eras policía. Das el tipo, sin ánimo de ofender. Luego pensé que estabas en el bando contrario, pero nadie del ambiente sabía qué hacías. Eres discreto.

-Soy rentista; coloco mis ahorros, soy previsor, gasto poco, guardo para la vejez.

El pequeño, sin consultarle, había hecho un gesto a la camarera, que había servido dos güisquis de una botella que sacó de debajo del mostrador. Un Lavauglin, malta single de 12 años que sirvió sin hielo, naturalmente, en amplias copas balón. Ventajas de ser un viejo conocido

-Una vez oí decir que hacías ciertos trabajitos finos y discretos. –Insistió el forzudo.

-¿A quien se lo oíste?

-No recuerdo. Por ahí. –Dijo, haciendo un gesto vago con la manita, dura y pequeña como un tas (martillo de platero, según los crucigramas).

Pensó que estaban conversando en un ascensor. Dos personas que se esfuerzan por llenar el silencio, pero sin contar nada. Sólo que aquí no había apuro por parte de los dos relajados individuos ni ninguno pensaba sacar el tema del tiempo lluvioso. Jardiel Poncela, escritor hoy olvidado por las modas, tenía un libro que se llamaba “Historias para leer en el ascensor”. Esto de ahora podía llamarse “Conversación encima de dos taburetes”. La presencia del enano había tenido dos ventajas, una era la calidad del licor, la otra, que ninguna chica se había visto obligada a acercarse al cliente.

En ese momento entró en el club un sujeto redondeado, esa es la mejor descripción. Gordito, de redonda cabeza pequeña, redonda calvicie, cara redonda y gafitas redondas. Lo único anguloso era el maletín de ejecutivo que llevaba en la mano derecha. Miró hacia la barra con una sonrisa expectante y afable y se dirigió hacia los dos únicos ocupantes. Una chica que inicialmente se había levantado a su encuentro, volvió a sentarse al advertir la dirección que tomaba. La música había dado un salto en el tiempo y ahora se oía un pop hindú que estaba haciendo furor en un anuncio de refrescos en la tele. El enano se levantó antes de que hubiera lugar a presentaciones y su taburete lo ocupó, con un suspiro de satisfacción, el recién llegado.

-Tomaré lo mismo que el señor. –Dijo señalando la copa semivacía. La camarera se giró hacia el enano, que había recuperado su lugar de vigía en el extremo de la barra, y recibió el gesto afirmativo de aquel.

-Tratamiento especial, ¿Eh?. –Dijo observando la extracción interior de la preciada botella.

-Soy viejo cliente.

-Bueno. Al grano. He formalizado la compra de la finca que me indicó a nombre de su señora y he vendido los bonos. Ha sobrado bastante. Aquí tiene la escritura; las formalidades del registro tardarán un poquito. ¿Me permite que le sugiera unas opciones de futuro de gran interés en todos los sentidos?

-Soy ventana, no espejo.

-¿Cómo dice? –El gordito apartó los labios de la copa y le miró sorprendido.

-Los hombres son de dos tipos: los que reflejan el mundo, como espejos, más o menos deformantes, y los que lo miran como es, por su propia ventana, grande o pequeña. Yo además, no espejeo ni especulo. Me gustan los presentes, no los “futuros”. Las casas de buena piedra. Las fincas con árboles viejos. Los barcos que navegan, no regatean. Las mujeres de verdad, no las muñecas. Los perros que son perros, no mascotas. No quiero invertir. No le dije que quisiera invertir, sólo gastar.

-Discúlpeme. –Quedó callado un instante, dudando. –…Hay otro asunto, me gustaría contárselo.

-Adelante.

-Es un asunto personal, un problema que tengo. Se me ha ocurrido que usted podría ayudarme. Como se suele decir, no sé bien por donde empezar…

-Por el principio, diría un chistoso (Pero en su cara no había sonrisa).

-Claro, claro. Verá, mi mujer…Estoy casado con una mujer bastante más joven y atractiva. Últimamente nos hemos distanciado, yo estoy loco por ella, pero ella está saliendo con otro.

-Divorciése. Ahora se puede hacer en dos meses, de mutuo acuerdo

-No es tan sencillo. Yo la quiero.

-Nada lo es; sencillo, digo, sobre todo con sentimientos por medio. Pero es un buen consejo. Solucionaría su problema y pondría a salvo su dignidad de paso, si ella sale con otro.

-Ella no puede ir en serio con el otro, no me ha pedido el divorcio. Lo que quisiera es que alguien, usted –Añadió dudando-, usted o alguien que usted conozca hable con el individuo que ronda a mi mujer, que le haga desistir, como si dijéramos, que le haga perder interés, le asuste o lo que sea.

-¿Le he dado algún motivo para que me tome por un matón? ¿Qué se figura que puedo hacer yo?

El gordito sudaba y miraba anhelante. El enano en la esquina observaba divertido, sin disimular su interés.

-Perdóneme si es que le he ofendido. No se ya lo que digo. Estoy desesperado. Y usted, bueno, no me ha dado motivos para pensar nada malo, de hecho, no sé casi nada de usted, salvo que escribe relatos policíacos con seudónimo, que debe vender bien, -dijo tocando los documentos extendidos en la barra-. Quizá fuera eso, confundí sus ficciones con la realidad, pensé que quizá usted se…documentaba, que conocería alguien en ciertos ambientes. Estoy dispuesto a pagar, sería algo muy discreto.

-Mire, le he dado un buen consejo gratis, pero si quiere buscarse problemas este es el mejor modo: conecte con alguien del hampa que le haga el trabajito, seguramente le hará después chantaje, o pasará a asustarle a usted. Hay cosas que o hace uno mismo o es mejor no hacerlas.

El otro bajo la cabeza abrumado a la vez que hacía un gesto de borrarlo todo. La camarera había vuelto a rellenar las copas de los tres únicos ocupantes de la barra. Varias parejas, sentadas en los veladores hablaban a gritos sobre la música. Él le dijo:

-Le voy a ayudar. A mi modo. Luego no quiero reproches, y sobre todo, no quiero que me vuelva a pedir jamás una cosa así.

-Sí, sí, gracias. –Dijo aliviado el gordito. –Ya me dirá usted. ¿Puedo invitarle?

-Ya estamos invitados. Este güisqui no está a la venta. Y yo le voy a “invitar” al trabajito que me pide. Una vez, no más.

**** ****


La rubia falsa bajó del mini y se encontró con él al girarse.

-Comisario Paniagua. –Quiero hablar con usted.

-¿Un policía? ¿De qué se trata?

-Un asunto grave: su marido ha contratado a un peligroso sujeto para que dé una paliza a su novio…

-¿Mi novio? ¿Qué novio? Yo…

-Escuche, señora. Soy de homicidios, no de la brigada de buenas costumbres, no nos interesa su vida personal. Le repito que su marido ha contratado a un sujeto peligroso al que venimos vigilando. Es un enano que está perfectamente capacitado para mandarle al hospital a su, insisto, novio Pero tal vez no se contente con eso. Queremos evitar que la cosa pase a mayores. A estas horas ese matón ya le está siguiendo, puede que haya ido al gimnasio que usted frecuenta y él regenta. Queremos sugerirle una cosa.

-Usted dirá.

-Lo suyo con el dueño del gimnasio, ¿va en serio o es una aventura? Es importante para el caso, no nos interesa meternos en su vida privada.

-Queremos casarnos.

-Usted ya está casada.

-Voy a divorciarme.

-¿Y por qué no parece saberlo su marido?

-Aún no se lo he dicho, pero lo voy a hacer. Mi novio también es casado. No es tan fácil.

-Bien. Le diré lo que debería hacer, es una sugerencia, pero haría bien en escucharme. Dígale hoy mismo a su marido que quiere el divorcio y que no hay vuelta atrás. Déjeselo muy claro, sin tapujos. Dígale que quiere a otro, que se ve con él, que se casará con él. Su actual marido es financiero, deje bien claro cuales son sus pretensiones económicas, si las tiene, búsquese un abogado, márchese inmediatamente de casa y niéguese, después de esa conversación a volver a hablar con él si no es a través de ese mismo abogado. ¿Me ha entendido?

-Clarísimo. No sabía que la policía se anticipara tanto a los posibles delitos, pero en líneas generales lo que usted me…sugiere es lo que ya tenía pensado hacer algo más adelante. Seré una chica buena y le complaceré inmediatamente.

Él ignoró el pequeño coqueteo que iniciaba la rubia. Desde luego era un putón que no se merecía la devoción desmesurada del gordito. En el club de alterne de la noche anterior había chicas mucho mejores personas y mucho más guapas, pero ya lo dice el refrán, “Más tira un pelo de ciertas partes pudendas que maroma de barco”.

Se giró para irse, mientras la rubia hacía sonar las llaves del auto y le hablaba a su espalda, como deplorando el final de la entrevista:

-Hablaré con mi novio, como usted dice, se alegrará de que las cosas se aceleren.

-Si es así, vaya a verle al Hospital de la Princesa. Está ingresado con múltiples fracturas, alguien le atizó con unas pesas de su propio gimnasio. No siempre la policía podemos anticiparnos, como usted dice, a los delitos. Buenos días señora.