
“…que de mano en mano vaaaa, cooomo la falsa monea…” El lugar hacía juego con la música. Conocía aquel club de alterne de sus malos y lejanos tiempos de nomadeo noctámbulo. Nunca le habían gustado esos locales, pero en una ocasión había salido brevemente con una chica que trabajaba allí, aunque la especialidad de entonces eran los travestidos. Ahora era lo único que había cambiado y, “Carpe Diem”, anunciaban espectáculos de “boys” para despedidas de solteras. Sala de fiestas lo llamaban, aunque a nadie se le ocurriría celebrar un bautizo allí. Como las pirámides, el tugurio era fiel a si mismo, aunque el paso del tiempo lo había tratado peor que a aquellas. La moqueta y el linóleo, las tapicerías de las diminutas butacas y los veladores inestables, el mostrador en herradura eran, como suele decirse, de “época” y necesitaban una renovación urgente. Los “boys”, carnaza de gimnasio, estaban todos los jueves, el día de las parejas eran los viernes y, sorprendentemente, no había señalado ningún espacio semanal fijo para el día del jubilado rijoso o el prostático alegre.
El enano forzudo estaba, como parte del “atrezzo” también en el mismo lugar de siempre, en una esquina de la barra. Con algo de barriga ahora, con su blazer azul marino que le asemejaba a un estrambótico celebrante de primera comunión. En realidad no era un enano, no era cabezón ni tenía las piernas combadas ni el andar bamboleante de ese eterno y, por ende, viejísimo presidente gallego. Era diminuto por que no sobrepasaba el metro y medio de altura, pero los bíceps traspasaban la tela de las mangas de la chaqueta cruzada y el poderoso cuello se escapaba por el del suéter blanco y ajustado que destacaba sus pectorales bajo la prenda desabotonada. (Esas lamentables prendas, si se dejan, abiertas, quedan siempre fatal, como desmayadas al modo de alitas de pingüino). Su tamaño podía llevar a engaño, pero el pequeño y duro cuerpo imponía respeto, como la mirada aún más dura y vaga pese a todo, itinerante, y la dignidad casi fatua de sus movimientos de hombre pequeño y zancadas grandes. Y sería un error tomarlo a broma. En sus buenos tiempos ese pequeño turco era capaz de levantar más de tres veces su peso en arrancada; exactamente ciento sesenta kilos, pero había cambiado la halterofilia y los títulos mundiales por el güisqui aguado. También se decía que era un diablo con las mujeres y su “aguijón”, se decía igualmente, era más que suficiente tanto en el amor como en la guerra. El caso es que podía arrancarte un brazo de un tirón, aunque su “especialidad” eran los cabezazos fulminantes, de abajo a arriba, naturalmente.
En esos sitios lo mejor para la salud es pedir cerveza y es lo que hizo, renunciando al vaso dudosamente limpio. El enano ya estaba a su lado, seguramente había llegado patinando por el linóleo desconchado, y le dirigía la palabra:
-Hacía mucho que no se te veía por aquí. Te echábamos de menos.
-Hola Bassin, te veo igual que siempre. ¿Aún te entrenas?
-Si ahora cogiera unas halteras me tendrían que llevar a urgencias, pero practico con los capullos que se meten con las chicas. ¿Qué vienes a hacer por aquí?- Volvió a preguntar sin inmutarse.
-He quedado con un amigo. Es una especie de antropólogo, le interesan los restos de las culturas extinguidas.
-Muy gracioso. ¿A qué te dedicas ahora, aparte de guía turístico?
-A lo mismo de antes.
-Nunca supe qué hacías antes. Al principio de conocerte pensé que eras policía. Das el tipo, sin ánimo de ofender. Luego pensé que estabas en el bando contrario, pero nadie del ambiente sabía qué hacías. Eres discreto.
-Soy rentista; coloco mis ahorros, soy previsor, gasto poco, guardo para la vejez.
El pequeño, sin consultarle, había hecho un gesto a la camarera, que había servido dos güisquis de una botella que sacó de debajo del mostrador. Un Lavauglin, malta single de 12 años que sirvió sin hielo, naturalmente, en amplias copas balón. Ventajas de ser un viejo conocido
-Una vez oí decir que hacías ciertos trabajitos finos y discretos. –Insistió el forzudo.
-¿A quien se lo oíste?
-No recuerdo. Por ahí. –Dijo, haciendo un gesto vago con la manita, dura y pequeña como un tas (martillo de platero, según los crucigramas).
Pensó que estaban conversando en un ascensor. Dos personas que se esfuerzan por llenar el silencio, pero sin contar nada. Sólo que aquí no había apuro por parte de los dos relajados individuos ni ninguno pensaba sacar el tema del tiempo lluvioso. Jardiel Poncela, escritor hoy olvidado por las modas, tenía un libro que se llamaba “Historias para leer en el ascensor”. Esto de ahora podía llamarse “Conversación encima de dos taburetes”. La presencia del enano había tenido dos ventajas, una era la calidad del licor, la otra, que ninguna chica se había visto obligada a acercarse al cliente.
En ese momento entró en el club un sujeto redondeado, esa es la mejor descripción. Gordito, de redonda cabeza pequeña, redonda calvicie, cara redonda y gafitas redondas. Lo único anguloso era el maletín de ejecutivo que llevaba en la mano derecha. Miró hacia la barra con una sonrisa expectante y afable y se dirigió hacia los dos únicos ocupantes. Una chica que inicialmente se había levantado a su encuentro, volvió a sentarse al advertir la dirección que tomaba. La música había dado un salto en el tiempo y ahora se oía un pop hindú que estaba haciendo furor en un anuncio de refrescos en la tele. El enano se levantó antes de que hubiera lugar a presentaciones y su taburete lo ocupó, con un suspiro de satisfacción, el recién llegado.
-Tomaré lo mismo que el señor. –Dijo señalando la copa semivacía. La camarera se giró hacia el enano, que había recuperado su lugar de vigía en el extremo de la barra, y recibió el gesto afirmativo de aquel.
-Tratamiento especial, ¿Eh?. –Dijo observando la extracción interior de la preciada botella.
-Soy viejo cliente.
-Bueno. Al grano. He formalizado la compra de la finca que me indicó a nombre de su señora y he vendido los bonos. Ha sobrado bastante. Aquí tiene la escritura; las formalidades del registro tardarán un poquito. ¿Me permite que le sugiera unas opciones de futuro de gran interés en todos los sentidos?
-Soy ventana, no espejo.
-¿Cómo dice? –El gordito apartó los labios de la copa y le miró sorprendido.
-Los hombres son de dos tipos: los que reflejan el mundo, como espejos, más o menos deformantes, y los que lo miran como es, por su propia ventana, grande o pequeña. Yo además, no espejeo ni especulo. Me gustan los presentes, no los “futuros”. Las casas de buena piedra. Las fincas con árboles viejos. Los barcos que navegan, no regatean. Las mujeres de verdad, no las muñecas. Los perros que son perros, no mascotas. No quiero invertir. No le dije que quisiera invertir, sólo gastar.
-Discúlpeme. –Quedó callado un instante, dudando. –…Hay otro asunto, me gustaría contárselo.
-Adelante.
-Es un asunto personal, un problema que tengo. Se me ha ocurrido que usted podría ayudarme. Como se suele decir, no sé bien por donde empezar…
-Por el principio, diría un chistoso (Pero en su cara no había sonrisa).
-Claro, claro. Verá, mi mujer…Estoy casado con una mujer bastante más joven y atractiva. Últimamente nos hemos distanciado, yo estoy loco por ella, pero ella está saliendo con otro.
-Divorciése. Ahora se puede hacer en dos meses, de mutuo acuerdo
-No es tan sencillo. Yo la quiero.
-Nada lo es; sencillo, digo, sobre todo con sentimientos por medio. Pero es un buen consejo. Solucionaría su problema y pondría a salvo su dignidad de paso, si ella sale con otro.
-Ella no puede ir en serio con el otro, no me ha pedido el divorcio. Lo que quisiera es que alguien, usted –Añadió dudando-, usted o alguien que usted conozca hable con el individuo que ronda a mi mujer, que le haga desistir, como si dijéramos, que le haga perder interés, le asuste o lo que sea.
-¿Le he dado algún motivo para que me tome por un matón? ¿Qué se figura que puedo hacer yo?
El gordito sudaba y miraba anhelante. El enano en la esquina observaba divertido, sin disimular su interés.
-Perdóneme si es que le he ofendido. No se ya lo que digo. Estoy desesperado. Y usted, bueno, no me ha dado motivos para pensar nada malo, de hecho, no sé casi nada de usted, salvo que escribe relatos policíacos con seudónimo, que debe vender bien, -dijo tocando los documentos extendidos en la barra-. Quizá fuera eso, confundí sus ficciones con la realidad, pensé que quizá usted se…documentaba, que conocería alguien en ciertos ambientes. Estoy dispuesto a pagar, sería algo muy discreto.
-Mire, le he dado un buen consejo gratis, pero si quiere buscarse problemas este es el mejor modo: conecte con alguien del hampa que le haga el trabajito, seguramente le hará después chantaje, o pasará a asustarle a usted. Hay cosas que o hace uno mismo o es mejor no hacerlas.
El otro bajo la cabeza abrumado a la vez que hacía un gesto de borrarlo todo. La camarera había vuelto a rellenar las copas de los tres únicos ocupantes de la barra. Varias parejas, sentadas en los veladores hablaban a gritos sobre la música. Él le dijo:
-Le voy a ayudar. A mi modo. Luego no quiero reproches, y sobre todo, no quiero que me vuelva a pedir jamás una cosa así.
-Sí, sí, gracias. –Dijo aliviado el gordito. –Ya me dirá usted. ¿Puedo invitarle?
-Ya estamos invitados. Este güisqui no está a la venta. Y yo le voy a “invitar” al trabajito que me pide. Una vez, no más.
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La rubia falsa bajó del mini y se encontró con él al girarse.
-Comisario Paniagua. –Quiero hablar con usted.
-¿Un policía? ¿De qué se trata?
-Un asunto grave: su marido ha contratado a un peligroso sujeto para que dé una paliza a su novio…
-¿Mi novio? ¿Qué novio? Yo…
-Escuche, señora. Soy de homicidios, no de la brigada de buenas costumbres, no nos interesa su vida personal. Le repito que su marido ha contratado a un sujeto peligroso al que venimos vigilando. Es un enano que está perfectamente capacitado para mandarle al hospital a su, insisto, novio Pero tal vez no se contente con eso. Queremos evitar que la cosa pase a mayores. A estas horas ese matón ya le está siguiendo, puede que haya ido al gimnasio que usted frecuenta y él regenta. Queremos sugerirle una cosa.
-Usted dirá.
-Lo suyo con el dueño del gimnasio, ¿va en serio o es una aventura? Es importante para el caso, no nos interesa meternos en su vida privada.
-Queremos casarnos.
-Usted ya está casada.
-Voy a divorciarme.
-¿Y por qué no parece saberlo su marido?
-Aún no se lo he dicho, pero lo voy a hacer. Mi novio también es casado. No es tan fácil.
-Bien. Le diré lo que debería hacer, es una sugerencia, pero haría bien en escucharme. Dígale hoy mismo a su marido que quiere el divorcio y que no hay vuelta atrás. Déjeselo muy claro, sin tapujos. Dígale que quiere a otro, que se ve con él, que se casará con él. Su actual marido es financiero, deje bien claro cuales son sus pretensiones económicas, si las tiene, búsquese un abogado, márchese inmediatamente de casa y niéguese, después de esa conversación a volver a hablar con él si no es a través de ese mismo abogado. ¿Me ha entendido?
-Clarísimo. No sabía que la policía se anticipara tanto a los posibles delitos, pero en líneas generales lo que usted me…sugiere es lo que ya tenía pensado hacer algo más adelante. Seré una chica buena y le complaceré inmediatamente.
Él ignoró el pequeño coqueteo que iniciaba la rubia. Desde luego era un putón que no se merecía la devoción desmesurada del gordito. En el club de alterne de la noche anterior había chicas mucho mejores personas y mucho más guapas, pero ya lo dice el refrán, “Más tira un pelo de ciertas partes pudendas que maroma de barco”.
Se giró para irse, mientras la rubia hacía sonar las llaves del auto y le hablaba a su espalda, como deplorando el final de la entrevista:
-Hablaré con mi novio, como usted dice, se alegrará de que las cosas se aceleren.
-Si es así, vaya a verle al Hospital de la Princesa. Está ingresado con múltiples fracturas, alguien le atizó con unas pesas de su propio gimnasio. No siempre la policía podemos anticiparnos, como usted dice, a los delitos. Buenos días señora.