30-nov-2007

La cuerda floja de la divulgación científica (ensayo a propósito de los relatos La entropía y Lecciones de cosas)




Imaginen cómo explicar la música a alguien que no conoce la notación musical ni sabe leer una partitura. Un empeño parecido, pero sin apoyos emocionales y sensitivos, es la de contar, por ejemplo, la física moderna a personas que no son expertas en matemáticas avanzadas. Popularizar el conocimiento científico entre el público en general no es tarea sencilla. En otros momentos pasados de la historia de nuestro país llegó a tener un gran impulso y se conoció como “ciencia popular”, en concreto durante esa “Edad de Plata” que fue la Segunda República. La ciencia popular estaba englobada en España en el concepto más amplio de cultura popular, no en el sentido en que se utiliza en los países anglosajones, y que ha terminado imponiéndose en el nuestro, como un conjunto relacionado con el entretenimiento, el cine, el cómic o subculturas como el rock, sino como una forma de acceso al saber restringido a las clases pudientes, como una forma de redención o, en palabras del poeta, como un arma cargada de futuro. Dentro de esa noción, los libros de misceláneas conocidos como Lecciones de cosas fueron una forma casi autóctona de promocionarla.


La primera publicación de la que tengo conocimiento encargada de divulgar la ciencia se fundó en 1872, Popular Science, aunque múltiples autores ya lo habían hecho antes, por ejemplo, el astrónomo Johannes Kepler en su obra Somnium, en 1634, en la que con un tono marcadamente literario exponía lo que entonces se sabía sobre nuestra Luna. En realidad, cuando la ciencia moderna se estaba forjando por los Kepler, Galileos y Lewenhoeck de turno, y la especialización excesiva no era un problema, los propios “científicos” se preocupaban de exponer sus descubrimientos y recapitulaciones no sólo para sus colegas sino para el gran público que los aceptaba. En ese sentido, y sólo en ese, los Principia Matematica de Newton eran divulgación, aunque el hecho de estar escritos en la lengua franca culta de la época, el latín, y de estar llenos de ecuaciones matemáticas dicten lo contrario.

Hoy contamos hasta con canales de televisión, como el famoso Discovery Channel, dedicados íntegramente a este campo, así como productoras y otras compañías, desde secciones enteras de la BBC o del National Geographic, y revistas de raigambre como Nature o Scientiphic American, con versiones en otros idiomas y países. El género incluso cuenta con best sellers como el famoso Cosmos de Carl Sagan o el más reciente, Una historia del tiempo del popular físico Stephen Hawking. Sagan incluso consiguió el codiciado premio Pulitzer con otra obra de alta divulgación, Los dragones del Edén. En su conjunto, las versiones en forma de libro se consideran un subgénero del ensayo. El más prodigioso divulgador moderno fue un competente bioquímico experto en fotosíntesis, terriblemente prolífico y a veces trivial, las más ameno y competente, de origen ruso y nacionalidad estadounidense, sin embargo, aún más famoso como autor de ficción, concretamente de Ciencia Ficción, su nombre: Isaac Asimov


La buena divulgación es muy difícil porque requiere aunar habilidades a menudo disociadas: talento expositivo y conocimiento pertinente del tema concreto. De ahí se derivan los dos y casi opuestos principales defectos de muchas de estas obras: o estar escritas por profanos que no dominan la materia, con lo que la deforman y la banalizan al exponerla, o se trata, por el contrario, de expertos que no tienen facilidad para recrear accesiblemente temas de por sí abstrusos. Hawking y Penrose estarían en este último caso, en tanto que prolíficos autores como Pio Moa o César Vidal, que lo mismo exponen sobre los templarios, la Guerra Civil o el descubrimiento de América estarían en el primero. Con una diferencia, los primeros son insolventes intrínsecamente, incompetentes en sentido estricto, en tanto que los segundos simplemente no logran plenamente sus propósitos recayendo en un vicio muy propio de los expertos: no concebir las dificultades en la exposición o pensar que simplemente eliminando las ecuaciones matemáticas el problema está solventado. El ecólogo español Ramón Margalef, uno de los más importantes del pasado siglo a nivel mundial, pretendió escribir una par de ensayos divulgativos, que terminaron siendo utilizados por los profesionales, no por los profanos. La ecología, de hecho mi disciplina, ha tenido relativa mala suerte divulgativa, precisamente por su apariencia de accesibilidad que no tiene, por ejemplo, la mecánica cuántica; ello se debe a que se suele confundir esta ciencia de sistemas, que trata de cómo “son” las cosas (del entorno) con el ecologismo, un movimiento social, que trata de como “deberían ser” o nos gustaría que fueran.

Darwin, históricamente, me parece un ejemplo excelso de buen divulgador que pone al alcance de cualquier lector culto pero no especializado su materia. Hoy en día ese talento dentro del mismo campo, la Evolución biológica, lo han manifestado en grado extremo Stephen Jay Gould, mi favorito, recientemente fallecido, o Richard Dawkins, el popular, controvertido y competente autor de El gen egoísta y que detenta una de las pocas cátedras de divulgación científica que existen en el mundo.

En España también hay buenos divulgadores, aunque sean los menos, como Juan Luis Arsuaga en paleontología humana o Javier Sanpedro en genética, pero donde abunda un nivel muy mediocre, como ya digo, es en ese campo muy valorado, el de la divulgación de la Naturaleza y el ecologismo. Ahí domina un tono que se quiere lírico pero es simplemente ñoño, como esos redichos que se creen próximos a Lorca, pero en realidad lo están de Corín Tellado. Gentes que se consideran los poetas y divulgadores de la naturaleza española, pero que son los novelistas rosas de los pájaros o de las setas, hay lamentablemente muchos y perfectamente olvidables, penosos émulos de aquel gran divulgador irrepetible que fue Félix Rodríguez de la Fuente. Uno de estos ha llegado a definir la ecología, la misma que estudia esas cadenas tróficas en que el pez grande que se come despiadadamente al chico, como “la ciencia de la compasión”, lo que además de inexacto es pueril.

Divulgar una ciencia implica un conocimiento cabal del discurrir de la misma, su transcurrir histórico, lo que podríamos llamar “cultura de la disciplina”, marco del que paradójicamente, muchos especialistas carecen; y después una capacidad para situar los nuevos descubrimientos, siempre provisionales en ciencia, lo que podríamos denominar “estado de las artes”. Lo primero es más sencillo dentro de lo que cabe que lo segundo, aunque hay que situarse equidistante tanto del extremo de dar la impresión de unos conocimientos tan consolidados que parezcan solidificados (como en los manuales escolares) y del que muestra una provisionalidad que resulta a menudo confusa, como sucede en la física moderna en la que cuanto más se sabe menos inteligible es el modelo que se propone, o menos intuitivo es.

Voy a recomendar un solo libro, un clásico debido a la maravillosa pluma de un biólogo con conocimientos de ingeniería y con una cultura clásica como sólo la podía proporcionar las universidades de élite británicas. El autor es D´Arcy Thompson, casi contemporáneo de Charles Darwin, y el libro se llama Sobre el crecimiento y la forma, donde repasa precisamente esos fenómenos dentro del mundo natural. Lo tradujo muy bien hace décadas la editorial H.Blume y no me consta que hoy por hoy esté disponible.

Afortunadamente, en España hay muchas editoriales, como la mencionada anteriormente Katz, que publican buena divulgación, pero hay dos en concreto que dedican colecciones específicas y excelentes: Tusquets y Crítica; las colecciones se llaman, respectivamente, Metatemas y Drakontos y sus catálogos, bastante extensos cubren todos los campos de la ciencia actual con obras siempre de gran nivel.

29-nov-2007

Lecciones de cosas


Las normas de seguridad son las elementales y obvias. No girarse para mirar, pero utilizar todas las superficies reflectantes, escaparates, lunas y vidrios de puertas, retrovisores de los coches y mamparas de autobuses para vigilar al sujeto. No entrar solo con alguien en un ascensor. No entrar en un local del que desconozcas las entradas y salidas. Llevar ropa holgada que te permita moverte y calzado que te permita correr, un vez se me salió un zapato en plena huida. En el coche, vigilar con los retrovisores si te siguen, si aparcan cuando te paras o pasan lentamente de largo, especialmente vehículos con cristales tintados. –Calló y miró el rostro inteligente de Khemal antes de proseguir: -mira, Khemal, no estoy seguro de estar haciéndote ningún favor, y lo más importante no te lo he dicho.

El sobrino de Bassin no había heredado la corta estatura de su tío, pero sí una contextura fibrosa y una mirada franca y firme con ojos como brasas, le dijo: -¿qué?

-Una vez que lo hagas por primera vez ya no hay vuelta a atrás, y no importa si decides no volverlo a hacer nunca más. Quién mata a un hombre, decía un cuentista argentino ciego, mata a todos los hombres. Con el tiempo puede que te acostumbres, y eso sería quizá lo peor, pero también puede aumentar el peso que sientas, hasta llegar un día que no aguantes más y decidas ser tu mismo tu propio encargo.

-Yo no dejaría viuda a una mujer como Paola, si me permites que te lo diga –Dijo sonriendo el muchacho.

-A las mujeres como Paola hay que merecerlas. Uno puede terminar pensando que no se merece nada de lo que tiene. Eso se llama remordimientos.

-¿De qué va este libro? –Dijo el muchacho incómodo con el giro que estaba tomando la conversación –Leyó en voz alta: -“Lecciones de cosas”

El otro cogió el tomo de manos del chico y lo ojeó pensativo antes de explicar: -Eran libros miscelánea, de divulgación, diríamos hoy, libros de cultura general sobre multitud de cosas, abarcaban áreas como la actual biología o la astronomía, saberes prácticos, como los agrícolas, y también, a veces, morales, cívicos o religiosos, estuvieron muy de moda a comienzos del siglo XX.

-¿Y hoy tienen utilidad?

-Pienso que sí. No tal vez en cuanto a los conocimientos científicos, sino para darte una idea de lo que interesaba a la gente entonces o lo que se sabía de esos temas, también es interesante la forma de explicar esas cosas. –se detuvo y añadió: -Y son bonitos. Mira este grabado: es un alambique para fabricar aguardientes como el que estamos tomando. Con este dibujo tan detallado podría mandar hacer uno igual a un buen calderero.

-Se nota cantidad que te gustan los libros –Dijo el joven abarcando la estancia con todas las paredes forradas de volúmenes. Sobre el pequeño velador dos vasitos y una botella de “aqua de vie de figue” tunecino, un aguardiente seco y a la par aromático, y un plato con avellanas y piñones. Afuera las sombras de la parra proyectaban un resol verdoso en el apacible interior. La perra estaba sentada a la entrada, bajo el quicio de la puerta, aguardando paciente un movimiento en su amo y su invitado que delatara su intención de dar un paseo campestre. Aunque se pasaba la mayor parte del día dormitando, consideraba una pérdida de tiempo dejar escapar un crepúsculo prometedor, plagado de olores y huidas frenéticas de conejos. Su sangre cazadora la dictaba sus mayores placeres y el mayor de todo era salir a caminar con su amo.

-Entonces ¿qué más da uno que cien?

-Eso puede parecer lógico, pero no lo es: cada muerto te añade más peso aún y te recuerda todos los anteriores. Probablemente, si uno supiera eso no comenzaría. Es como la tortura a un prisionero durante días. No hace falta aumentar la intensidad de castigo porque cada vez que van a buscarte de nuevo a tu celda te asalta el recuerdo de los castigos anteriores que se suman al que te anuncian, hasta desmoronarte. Sí, -dijo y concluyó tajante: -Es una tortura, el delito lleva aparejado el castigo.

-Pero tú no puedes pensar en suicidarte. Eso es una cobardía,

-Eso que dices es una tontería, discúlpame, Khemal, pero más cobarde es matar a otro que no puede defenderse. El suicidio, por el contrario, y aunque sólo sea como posibilidad, como exorcismo para no ejecutarlo, es lo que concede verdadera libertad a un hombre. Cuando te quitan ese derecho, como la mayoría de las religiones o algunos códigos, como los que lo prohibían a los esclavos en la antigua Roma y en cambio se ofrecía como salida honrosa a los ciudadanos de pleno derecho, te están negando tu dignidad humana.

-Soy un inculto, y un salvaje, -río –Creo que yo nunca sentiría esos remordimientos porque además haría como tú: sólo mataría individuos detestables.

-El crimen más detestable es el que más aceptación tiene entre la gente: el crimen de Estado por excelencia, la pena de muerte, una venganza, que no justicia, ejercida por otros, que rompe el Contrato Social; es decir, el pacto por el cual el individuo cede a ciertas instancias de su sociedad el derecho a ejercer la violencia en su nombre, pero a condición, y esto no suele decirse, de que esa violencia sea proporcionada, y la ejecución nunca lo es, aunque se ejerza sobre un asesino múltiple. La siguiente forma más execrable de asesinato es el político, el terrorista, el que justifica ese medio extremo para un fin supuestamente alto, como mejorar la sociedad, pero el fin no justifica los medios, al contrario, algunos medios convierten en injustificables esos fines por buenos que supuestamente sean. No, hay que ser absolutamente tajante en eso, no admitir como Fanon, que la violencia ejercida por los oprimidos es legítima; no lo es, y además a menudo es indiscriminada, no va contra los dirigentes políticos o militares sino sobre cualquier inocente que esté en el lugar equivocado. Los antiguos anarquistas regicidas lo tenían muy claro, hubo uno, italiano, que se arrojó sobre su propia bomba cuando advirtió que aparecían unos niños en el jardín de palacio. Pero entonces, hasta los magnicidas eran gente honrada.El tercer nivel en los crímenes detestables, relacionado con el anterior, es el que tu dices querer practicar según mi modelo: el de aquel que decide quién debe morir y quién no. Por supuesto que hay individuos mucho peores que otros y cuya desaparición es un alivio, una mejora del mundo, pero a nosotros en concreto ejercer esa selección casi nos hace peores por añadir al oficio de verdugo el de juez: “no juzgues y no serás juzgado”. –Calló consciente de haber perorado demasiado.

-¿Nunca te tentó hacerte cura?

-Un buen cura, ¿con derecho de pernada sobre todas las faldas de la parroquia? –Dijo sonriendo y añadió:

-Tienes razón, te estoy sermoneando. Es más sencillo que todo esto: te estoy diciendo que te lo pienses. Y te lo digo porque te estimo, es decir, te valoro, y por ello supongo, por un lado, que te aparecerán esos escrúpulos, sino serías una bestia y yo no lo creo, y por que no quiero que pases por eso, pero como el suicidio, solo a ti le pertenece esa decisión.

Se había levantado al decir estas últimas palabras e inmediatamente la perra se incorporo atenta:

-¿Damos un paseo? Jara y yo te podemos enseñar todas las huras de conejo de los alrededores, coge ese bastón y sabrás lo que es matar sin disparar un tiro.





28-nov-2007

Aviso para navegantes 4 (bibliografía sobre el anterior ensayo de entropía)


En vista del interés que ha suscitado el ensayo sobre la entropía (para mi sorpresa) os facilito una breve lista bibliográfica sobre este tema y algunos afines. Todos son libros, espléndidos, gemas entre la ganga de títulos de divulgación entre los que abunda o lo mediocre o lo confuso o lo reiterativo. Porque en este país de nuevos ricos todavía hay quienes no se han enterado de que la buena divulgación, al requerir habilidades a menudo separadas, como la facilidad expositiva (me niego a llamarla amenidad) y el pertinente conocimiento profundo y de primera mano del tema, es asunto muy dificil; tanto como encontrar científicos que sean también buenos escritores: investigadores y humanistas. Todos los títulos son recientes o muy recientes, todos muy buenos. No estan ni Stephen Hawking ni Roger Penrose, excelsos físicos, y la razón es que, pese a su fama y al revés que Einstein o Darwin, no saben exponer claramente para un público sin conocimientos previos y sus clebrados libros, Como Una historia del tiempo o La mente del emperador, respectivamente, son bastante abstrusos, aunque éllos se sorprenderían de tal afirmación. El posterior de Hawking, El Universo en una cáscara de nuez, es bastante mejor, sobre todo por las espléndidas y aclaratorias ilustraciones.


Aquí va el repoquer:


1.-J. Morowitz: La termodinámica de la pizza. Ed. Gedisa


2.-Brian Greene: El universo elegante. Ed. Crítica; Col. Drakontos


3.-Robert B. Laughlin: Un universo diferente. Ed. Katz


4.-Helge Kragh: Generaciones cuánticas. Ed. Akal-Cambridge


5.-Richard Morris: La historia definitiva del infinito. Ediciones B.


Notas:


El pretencioso título de Morris es culpa de los editores y traductor españoles. El título original era mucho más bonito y sensato: Aquiles y el Universo cuántico


La reciente editorial Katz está resultando una maravilllosa sorpresa, título tras título, y no sólo en divulgación científica.


Despedida: os prometo un futuro ensayo sobre La Divulgación científica, así, en general, y concretando en mis divulgadores favoritos extranjeros y propios.

Ensayo a propósito del relato La ley de la Entropía




La entropía define la tendencia natural y universal a la pérdida de orden. Originalmente, y de forma estricta, es un concepto de la termodinámica; mejor dicho, una magnitud que mide la parte de energía que no puede utilizarse para realizar un trabajo. Y que es el grado de desorden de las moléculas que integran un cuerpo en física. Sin embargo, concepto y palabra tan eufónicos han sido apropiados por otras ciencias, como la teoría de información, y la ecología y biología de sistemas, para definir el grado de incertidumbre en un conjunto de datos.

El problema de la entropía es su uso metafórico, no sólo por profanos, sino por científicos ajenos a la física, como abusivo sinónimo del desorden o desorganización. Vicio muy extendido entre los biólogos. Y tentador: la entropía es el destino final de todo sistema organizado, incluido el Universo, y esa muerte termodinámica encuentra su más radical aunque temporal oposición en el fenómeno de la vida, formada por sistemas organizados y auto replicativos. Un organismo muerto que entra en descomposición camina hacia su destino de incremento de la entropía propia, pero el sistema que lo degrada y devuelve al entorno sus materiales lo hace en el sentido contrario, aumentando su orden o, si se prefiere, su organización a costa de ese cadáver.

Según el Primer Principio de la Termodinámica, un barco podría moverse en el océano tomando el calor del mar que le rodea, pero el Segundo Principio, del que deriva el concepto de entropía, nos dice que eso es imposible: no se puede transferir calor de un cuerpo de menor temperatura a otro de mayor (como la caldera del barco frente al agua de mar). Es decir, no se pude absorber calor de un foco para realizar un trabajo. El enunciado usual de este principio es “en un sistema aislado, que por tanto no intercambia materia y energía con el entorno, la entropía, es decir, la fracción de energía de este sistema que no es posible convertir en trabajo, siempre aumenta con el tiempo”.
Eso implica dos cosas, que el concepto de entropía, en sentido estricto, no es aplicable en biología, donde los sistemas biológicos, sean organismos o ecosistemas, son siempre necesariamente abiertos al entorno, y, sin salir de la física, que el flujo de calor es siempre unidireccional desde los cuerpos de más temperatura a los de menos. Una pelota dando botes hasta detenerse, un recipiente con líquido caliente al aire libre que termina enfriándose, la caída de una piedra, son ejemplos de esa obviamente ineludible ley. Pero en la piedra que cae, el líquido que se enfría y la pelota que se para se cumple el Primer Principio, esto es, la energía se conserva.

Como la vida representa la creación y conservación de estructuras ordenadas, uno podría estar tentado de pensar que no está sujeta al Segundo Principio, puesto que son sistemas de baja entropía (organizados u ordenados). Pero es una imagen falsa en parte. Piénsese en nosotros los seres humanos: para mantenernos por medio de la alimentación y otras necesidades como la del cobijo y el confort climático, consumimos recursos cuyos desechos degradados emitimos al entorno, al que desorganizamos, el resultado de todo el conjunto hombre+ medio es el incremento de entropía, y sólo si contemplamos la parte hombre de la ecuación tenemos la ilusión de un descenso de entropía.

En teoría de la información también se utiliza la entropía como una análogo del ruido (mensaje sin contenido), pero dado que la organización y las estructuras: el orden son la primera forma de almacenamiento de datos: la memoria más básica, la entropía es la amnesia del Universo.
Tampoco puede asimilarse entropía a muerte más allá de la mera metáfora. La muerte es condición sine qua non de la vida, pero la entropía se parece más al aciago destino sin resucitación posible.


¿El consuelo?; contemplen ustedes esas imágenes de C.C. de más abajo y repitan conmigo: es posible que una estructura organizada y viva detenga temporalmente la entropía y de paso produzca maravillas como esa que permanecerán en nuestras memorias lo que duren esas memorias. No quieran encima que sean eternas.

27-nov-2007

Las fotos que no colgué en el relato La maleta




... porque más bien son para adorar que para colgar

Aviso para navegantes 3


En su ensayo El crítico como artista, Oscar Wilde afirmaba que más importante que señalar los libros que deberíamos leer, era indicar con cuales, bajo ningún concepto, debíamos perder el tiempo. En ese mismo ensayo establece la famosa distinción, a la que me adhiero, entre libros para leer y, en lo más alto de su consideración y la mía, libros que tienen el alto destino de ser releidos. En el aviso para navegantes anterior señalaba un libro que no pienso volver a mencionar que entraba en el primer caso, aunque el plagio de Umberto Eco con Wilson también señalado entraría en la misma categoría. Igualmente he hablado de libros de las categoría positivas. Pero ahora quiero hacerlo con algunos libros inencontrables que han "resucitado" gracias a nuevas reediciones:


Leonardo Sciascia (pronúnciese "chacha"), el que fue la conciencia de Italia, excelente novelista, historiador de la Mafia y de su amada Sicilia, amante de España, cuya lengua practicaba (releía el Quijote todos los años, como un rito agradable), escribió un diario durante diez años en el que comentaba las noticias que en esos momentos iban surgiendo, Negro sobre negro. Como convertir en material imperecedero, literatura, lo que por su esencia es coyuntural: la actualidad sólo está al alcance de los verdaderos artistas. Este librito, editado malamente en bolsillo por la vieja editorial Bruguera, famosa por la irremediable forma de descuajeringarse sus volúmenes cuando intentabas leerlos, tiene ahora una segunda y más digna vida para los que no lo descubrieron en su momento.


Otro librito delicioso que os quiero recomendar, también integrante dignísimo de la categoría de los releibles es Planilandia, de Edwin A. Abbott. E igualmente, como el de Sciascia, demuestra el insólito potencial novelesco de una materia aparentemente árida: la geometría. Abbott, reverendo y pedagogo al hilo del siglo XIX y el XX, y similar a otro matemático y literato contemporáneo suyo mucho más famoso, Lewis Carroll (no olvidemos su Matemática demente). Imaginen un mundo bidimensional (un plano, vaya) habitado por segmentos, triángulos, polígonos o los muy excelsos círculos. Uno de sus habitantes, el honesto cuadrado nos muestra con considerable humor los habitantes de ese universo, los proletas triángulos, los respetables y burgueses polígonos, profesionales dignos; y los inalcanzables círculos, los sacerdotes en los que, en palabras de Roberto Calasso, "la fea naturaleza angular queda del todo anulada". Por cierto, las mujeres son segmentos, cuya naturaleza baja está implícita en su elemental forma. El libro es de una gran sutileza especulativa, porque el lector, presumiblemente tridimensional, parte desde una superioridad ominiscente, ya que lo que para los habitantes del mundo plano es inextricable y oscuro procedente de una maligna divinidad, es obvio, en cambio, para el habitante-lector de nuestro mundo en tres dimensiones, pero igualmente, en un juego de mundos concéntricos que hubiera encantado a Einstein (no sé si llegó a conocer este libro), nuestra incomprensión de nuestro mundo quedaría más clara para un habitante de otro mundo superior de cuatro dimensiones que pudiera inferir lo que para nosotros es imposible. Este universo minúsculo y perfecto que nos muestra Abbott es, sin embargo, un inagotable ejercicio de imaginación.


Negro sobre negro, en su flamante y reciente nueva edición, lo podeis encontrar en una nueva editorial, Global Rhythm Press S.L; Planilandia en Mondadori en una edición de 1999, quizá ya dificil de encontrar, ahora que lo libros caducan más deprisa que los yogures

26-nov-2007

Aviso para navegantes 2


Le han dado el Goncourt y algún premio más. Fue una revelación en Francia. Un primer libro apabullante. El libro sensación del año, el de ese joven norteamericano, Jonathan Littell, que escribe en francés como un nativo (en cierta forma lo es), ese libro que aquí se llamó Las benévolas, con un sobrecubierta de Miquel Barceló, 1.200 páginas, 25 euros, ese libro, este libro ES UNA MIERDA. Chapapote literario lo ha calificado justicieramente Sánchez Ostiz, cometiendo el exceso de calificar esa substancia contaminante de literaria. Se trata de un primer libro al que se nota que es el primer libro de un megalómano jovencito sin demasiado talento, que no sabe que el verdadero arte consiste muchas veces en quitar y suprimir, y no hablo sólo de escultores. Lo que sí es, claramente, es una exitosa operación comercial, o de marketing, como se dice ahora, por una de las editoriales más comerciales y menos literarias de nuestro país: R.B.A.


Mi crítica del libro no tiene que ver con reparos éticos -el prota es un oficial de las SS sin ningún arrepentimiento- ni ideológicos, sino con su ínfima calidad, la escasez de talento narrativo, la falta de tono que mezcla sin sentido exaustivas informaciones burocráticas del régimen nazi con partes clínicos de la salud del personaje principal, disquisiciones ideológico-filosóficas y acciones realistas mezcladas con fantásticas. Todo ello sin aliñar, sin pulir, al modo excesivo e inexperto como un niño montaría una ensalada o un plato combinado: sin ningún criterio.


(No me pregunteis cómo conseguí leerlo entero, pero además del tiempo perdido que ningún Proust me va devolver, me duele lo que me gasté y lo que abulta en mi biblioteca hasta que consiga colocarlo por ahí. No perdais ni tiempo ni dinero ni espacio con esta absoluta...¿como diría malherido? -Ah, sí: con esta absoluta mierda)

La maleta





La imagen hermosamente descompensada de una bonita muchacha de frágiles tobillos que lleva bamboleante una maleta demasiado voluminosa y pesada le hizo girar la cabeza. Estuvo tentado de alcanzarla y ofrecerse a ayudarla, pero entonces observó al individuo que la seguía y se mantuvo a distancia. La émula de la Cardinale parecía ajena a todas las miradas, trastabillando sobre sus zapatos de aguja y equilibrando el peso con un esforzado trote asimétrico, el brazo contrario alzado en horizontal contrapeso.

Pero ahora el otro la fotografiaba con una pequeña cámara digital con zoom, y cuando la muchacha entró en la cafetería haciendo levantar la vista con interés a todos los varones y a algunas mujeres del interior, se sentó en un banco, revisando las imágenes robadas. Decidió arriesgarse y se instaló junto al individuo, que inmediatamente se corrió más al extremo.

-¿Le han salido bien? –Dijo, sobresaltándole, mirando más a la pequeña pantallita del aparato que al sujeto.

Sobresaltado. Era un hombrecillo desaliñado, sino sucio, con ese aspecto de dormir vestido y no lavarse que tienen a veces hombres solitarios y sin ilusiones. Apretó un dedo con una uña negra sobre un botón y el cuadro de la pantalla desapareció:

-¿Cómo dice? –Le miró con ojillos temblorosos de roedor casero a la intemperie.

-Las fotos que le venía haciendo a mi prima. Es muy fotogénica, guapa diría yo, así que habrá quedado bien ¿no?

-¿Su prima?

-Eso es, mi prima pequeña, la quiero como a una hermana, como a una hija. –Decidió jugar más fuerte: -¿Quiere acompañarme y se las enseña?

-No, no, déjeme explicarle, aquí hay un error.

-Que, lógicamente, ha cometido usted: explíquese, vamos.

-La estoy siguiendo por orden de su padre, su tío de usted, supongo, el señor Maristain. Trabajo para una agencia de detectives.

-¿Un huelebraguetas?

-Un empleado de la casa El Ojo Fidedigno.

Pensó que la gente últimamente no tenía pudor ni con el nombre de sus hijos, los “Yonatans” y las “Yenifers” pululaban a las salidas de los colegios, ni con los de las pequeñas empresas. Fidedigno no era, desde luego, un individuo que daba más información de la que se le solicitaba, moviendo sus bigotillo de rata y aguardando la condonación del zarpazo. Tranquilo, asomó una zarpa y la agitó delante:

-Creo que le voy a soltar una hostia.

-Oiga, caballero, -dijo el otro francamente alarmado –Ya le he explicado mis intenciones y le he dado más explicaciones de las pedidas.

-O mejor, llamaré a un guardia, creo que es usted un puto pervertido y no quiero ver a mi prima colgada en las páginas de Internet -Olía el sudor del otro desde su posición en el centro del banco.

-Ya le he dicho que su tío, ¿es su tío, no?...

Le interrumpió:

-¿Para qué querría mi tío hacer seguir a su hija?

-Ya lo ha visto usted: se marcha de casa.

-Es mayor de edad, puede hacer lo que quiera.

-Yo no estoy impidiéndoselo –Repuso el otro con lógica.

-Sólo documenta su fuga. Déme la cámara –Tendió una mano desganada.

-¡Qué dice! Yo no puedo tolerar, yo no –Se detuvo en seco y le entregó el pequeño aparato en respuesta al gesto del otro, que se había desabrochado el abrigo, mostrando un refulgir pavonado en su cintura.

-Gracias, muy amable, déme también una tarjeta de su empresa. Seguiremos en contacto. Váyase.

Guardándose pensativamente la tarjeta en el bolsillo interior y recogiendo los prismáticos negros que el otro había tomado por una cuarenta y cinco por lo menos, cruzó la calle y entró en el establecimiento buscando con los ojos a la chica y su maleta. Las dos estaban en un velador poco apetecible junto a la puerta de los excusados. Se sentó enfrenté, sin pedir permiso, sobresaltándola. El café con leche reposaba intacto sobre el mármol.

La chica recuperó el aplomo y le dijo escuetamente:

-Lárguese. –Debía estar acostumbrada a lo moscones.

-Un momento, señorita, permítame que me explique –Dijo a la vez que hacía un gesto al camarero.

-Una mediana, por favor.

-Estoy esperando.

La examinó calmosamente. Era francamente bonita y extremadamente joven. Ojos separados, casi negros, pestañas como tapetes funerarios, boca pequeña y bien dibujada, sólo los pómulos, aún rellenos de un exceso de carne infantil, hacían prever que aún sería más guapa en pocos años.

-¿Qué edad tienes?

-A ti qué coño te importa –Le respondió como un relámpago aceptando el tuteo.

-¿Eres mayor de edad?

Si hubiera contestado “claro” o “por supuesto” lo hubiera dudado, pero ahora vio que la otra estaba a punto de llamar por auxilio y decidió explicarse. Sacó la mano del bolsillo y depositó la máquina sobre la mesita a la vez que la decía.

-¿Sabe como funciona este trasto? Un sujeto que ya se ha largado la venía haciendo fotos por la calle.

La muchacha ya había cogido la cámara y con pulsaciones rápidas iba pasando las imágenes. El se había inclinado junto a ella contemplando las fotos.

-¿No las ha hecho usted?

-No, un sujeto pequeñito y sucio que me dijo que trabajaba en una agencia de detectives. Dijo que era un encargo de su padre y que usted se iba de casa. Mire, si no quiere contarme nada lo entiendo. Hace un rato me he sentido como un gato frente a un pequeño roedor y ya sabe que la curiosidad mató al gato…así que.

-¿Quién es usted?¿Por qué hace esto?

-Hago qué.

-Venir a contármelo. Quitarle la cámara al otro. Estar sentado aquí…

-Soy un turista. Y hago esto porque es usted muy guapa (había regresado, como ella al usted) y mientras la miraba me di cuenta de que la seguían y la fotografiaban. Por todo eso y por que estaba un poco harto –Y en esto descolgó a un lado el cuerpo y dejó unos prismáticos ante los asombrados ojos de ella, y prosiguió: - estaba harto de mirar las gárgolas de la catedral; qué cochinadas tallaban los canteros sabiendo que es difícil verlas desde aquí abajo ¿Sabía usted que hay una monja sodomizada por un asno?

-Mi padre quiere averiguar donde voy a vivir con Ameh. Luego pagará a los que me siguen o a otros para que le den una paliza.

-Ameh es su novio ¿No?

-Sí

-Y es un moro.

-Marroquí, pero ha venido con una beca a estudiar en la Universidad

-De acuerdo. Su novio es marroquí, pero no es albañil, sino universitario, aunque eso a su padre le da lo mismo. Es un moro.

-Eso es. Mi moro –Dijo la chica sonriendo, y añadió: -soy mayor de edad, puedo ir adonde quiera, pero eso tampoco le importa a mi padre. Mi padre está acostumbrado a hacer siempre lo que quiere, no se figura usted como es.

-El Señor Maristain

-Sí, el constructor

-Sí


*****************************


-Sin cita previa no creo que pueda ver al Señor Maristain. Está muy ocupado.

-Pero está.

-No puede verle, ya le digo que…

-Dígale que es de parte de un amigo de su yerno Ameh. Creo que me recibirá.

La secretaria se levantó y entró en un pasillo adornado con litografías de Miró. Volvió a los pocos instantes y sin sentarse le dijo: -Acompáñeme, el señor Maristain le recibirá, está despidiéndose de una visita.

El escritorio tenía unas dimensiones intermedias entre una mesa de pin pon y una cancha de tenis, la moqueta el espesor de los buenos pastos argentinos, el cuadro de la pared era un Miró de verdad, no una litografía, si no un óleo, de la segunda época, de un precioso azul espacial, los sillones del cuero quizá fueran de las vacas que se habrían podido alimentar en aquella alfombra, el ambiente de franca opulencia, el individuo sentado tras la superficie del portaviones de caoba, embutido en un costoso traje italiano, también. Pelo casi rapado, los bonitos ojos de la hija, pero con una mirada rapaz y dura que la hija por fortuna no tenía.

-Gracias, Raquel, que no nos molesten –Y dirigiéndose al visitante: -¿Quiere un café?

-Ya lo he tomado antes, gracias, con su hija.

-¿Dónde? –preguntaba como preguntan los hombres acostumbrados a recibir siempre respuestas y a oír lo que quieren oír.

-En la cafetería que hay en el bulevar; la única, los demás son bares.

-Sí –Calló un momento y prosiguió: ¿De qué conoce a mi hija?

-De tomar café entre otras cosas. Somos amigos.

-¿También de ese Ameh?

-Claro, ya sabe, los amigos de mis amigos…Por cierto, me extraña en un hombre como usted, que salta a la vista sabe adquirir lo mejor, que haya contratado a un hatajo de impresentables como El Ojo Fidedigno ese.

-No hay mucho donde elegir en ese ramo, al menos en esta ciudad, el que tenga universidad no quita para que sea muy pequeña. Quizá fue un error, sí, sus empleados dan grima. Pero vayamos a lo nuestro: ¿qué quiere usted? Fíjese que no le digo quien le ha dado vela en este entierro.

-Su hija me ha dado esa vela, pero de verás que confió que este no sea ningún entierro. Es muy sencillo, vengo a pedirle por las buenas que deje en paz a su hija y a Ameh. Forman una pareja preciosa y seguramente le darán unos nietos preciosos e inmerecidos por usted. En realidad, si se molesta en pensarlo va a hacer usted el mejor negocio de su vida, que ya es decir. Su hija es una maravilla, no hay más que verla y ver con que eficiente dignidad ha reaccionado a sus coacciones: me voy y se va…-Se detuvo un momento. El otro demostró que no sólo sabía preguntar y mandar sino también escuchar:

-Y su futuro yerno –prosiguió con cierta maledicencia inocente-. Es un dechado de perfecciones, un chollo: guapo, inteligente, culto, con futuro profesional, su especialidad tiene, como sabrá mucha demanda, pero lo que para mí y sobre todo para usted y para su hija tiene más importancia: laico, tolerante, sin un ápice de la intransigencia de los islamistas que usted pudiera temer con toda lógica. Pero usted seguro que ya se habrá informado, así que sus reticencias sólo pueden deberse, lamento a decirlo, a cierta estupidez, quizá racismo, impropia en un hijo de cantero que se ha hecho a sí mismo, como suele decirse y que no tiene por que considerarse por encima de una de las mejores familias de Rabat.

El tono del otro era ahora duro: -Lo que yo opine de ese moro, mi yerno, como usted se complace en llamarle para sacarme de quicio –y no sabe lo peligroso que puede resultar eso- es asunto mío, cómo decida relacionarme con ella, qué permitirla o qué prohibirla a mi hija es cosa solo mía.

-Y de su hija. Ya es mayor de edad.

-¿Qué pretende usted? –Le preguntó con un asomo de impaciencia

-Ya se lo he dicho: que los deje en paz, y que se felicite, hombre, por su buena suerte; las hijas a veces escogen unos zopencos…

-A lo mejor me resultaría más satisfactorio mandar que le den a usted de hostias, por metomentodo y tocahuevos. Y en ese caso, que estoy seriamente considerando, no contrataría a los del Ojo del culo ese, sino a gente dura de verdad, que le podría dejar lisiado de por vida ¿Qué le parece? En este negocio a veces he tenido, como se imaginará, que mandar hacer cosas parecidas.

-Ya lo creo. Y peores.

-¿Peores?

-Peores

-¿Por ejemplo?

-Por ejemplo, la vez aquella, en el año 98 que mandó matar a un concejal.

-Qué diablos dice?

-No se sulfure. Los dos sabemos de que estoy hablando.

-Eso es absurdo.

-No crea, ahí sí que se desembarazó usted de un verdadero toca pelotas, ambicioso y supongo demasiado molesto. Y dejó usted un mensaje claro en el mundillo de las contratas.

-Ya sé de que está hablando. Yo no tuve nada que ver. La policía cerró aquel caso y mis diferencias con aquel sujeto, que probablemente se buscó lo que le pasó, se habrían solucionado como tantas otras.

-Sin embargo, decidió hacerlo matar.

-¿Me está usted chantajeando con un asunto tan improbable? Nada me liga a él. O no más que a otra docena de constructores.

-Nada, salvo una transferencia a un banco de las Caimán, dos correos electrónicos y el testimonio anónimo a la policía de un tal Jarrapellejos, al que conozco bien y no me negará un favor si se lo pido. O puede que le pida que elimine más radicalmente al principal obstáculo en esta bonita historia de amor.

La retirada repentina de toda la sangre circulante por el rostro tiene dos efectos, uno externo y otro interno, el externo es una repentina palidez, casi cadavérica, a veces de tono verdoso por ausencia del carmín sanguíneo de las mejillas; el interno, una sensación de frío que no se limita al rostro, sino a las arterias que alimentan al corazón, que literalmente se “vuelca” y vacía de sangre y a la espina dorsal, que mantiene la estructura rígida que le es propia sólo por la helada tensión que se instala en ella.. Los ojos desorbitados todavía buscaban el calor huido por la amplitud del despacho, cuando el otro se levantaba y dirigiéndole una irónica sonrisa le decía a modo de despedida:

-Con sus medios de vida espero que no sea rácano con el regalo de boda. Mejor no aguarde hasta entonces, ya sabe que los chicos ahora prefieren pasar de ceremonias. Me informaré dentro de unos días si usted ha tenido ese detalle, aunque, conociendo a su hija y Ameh bastaría con que les hiciera saber que ha cambiado radicalmente de opinión. De hecho, no habría mejor regalo ni para ellos ni, si me apura, para usted. Adiós y gracias por su tiempo.

23-nov-2007

La ley de la entropía




(Para Julián Bluff y su sargento Baldomero, porque bien y mal a veces se entremezclan y, como dice Alexander Kluge, el Diablo habita en los detalles)




Estaba leyendo la curiosa noticia de un conocido novelista metido a tecnólogo encorajinado porque nadie le hacía caso para difundir un método de navegación sin gasto de energía, la obtenía del calor del mar, que no respetaba el segundo principio de la termodinámica, cuando sonó el teléfono, interrumpiendo su ensoñación de que él, quitando vidas trabajaba a favor del incremento de la entropía, como la ley de la gravedad. Pero el sonido insistente del aparato también vulneraba una ley, si no dos. Hay leyes físicas, como las aludidas, leyes naturales, que son regularidades, y leyes normativas, las de la sociedad humana. El timbre vulneraba la ley de privacidad, su número no figuraba en ninguna guía, y la ley de la probabilidad: ¿Quién podría llamar? Bassin, llamaba Bassin y estaba alarmado:

-La policía ha estado por aquí preguntando por ti.

-¿Qué querían?

-Perdona, la primera pregunta es ¿cómo sabían qué podían buscarte en el local?

-Eso no es tan difícil. Para la policía digo. Están las declaraciones de Hacienda.

En efecto, el mantenía una participación, no precisamente modesta en el negocio, y por ahí era fácil llegar a él, lo sabía:

-La cuestión sigue siendo, Bassin, ¿qué querían de mí?

-Puede que sea más bien lo que no quieren: ¿Qué sigas apiolando individuos nefastos, tal vez?

-Muy gracioso ¿Qué te dijeron, hablaste tu con ellos?

-Vinieron dos. Maderos totales, pero educados, preguntaron por mí y me preguntaron inmediatamente por ti, que cuando te había visto, que si hacía mucho que te conocía, que si sabía cómo localizarte. No dijeron que querían, salvo dar contigo. Y dejaron un mensaje: que te pongas en contacto con ellos, me dieron una tarjeta de visita de la policía con sus nombres y teléfonos: Comisario Paniagua y subinspector Prieto de la Comisaría de Centro. Una de las chicas conoce al más viejo.

-¿Qué dice tu chica de ese sujeto?

-Que aunque no hay policía bueno, este lo es. Un tipo honrado y al parecer –esto son averiguaciones mías- en ascenso en la moderna cúpula policial posdemocrática. Ah, y más bien es “tu” chica, Mariam, la judía liberada.

Mariam había sido un reciente caso “gratuito”. Siria inmigrada y acosada por un marido nativo y proxeneta, al que se había “convencido” de divorciarse de ella en el más amplio sentido de la palabra. La chica, como algunas otras del local, había ejercido forzosamente la prostitución y había tenido contactos no siempre gratos con algunos elementos de las fuerzas de seguridad del Estado. El también conocía a Paniagua. Los policías honrados no eran hoy en día tan raros, pero este era además culto, educado, inteligente…y persistente. En una ocasión había estado a punto de atraparle y nunca estuvo claro si no lo consiguió por falta de interés, la víctima era un auténtico hijo de puta y su desaparición, limpia y terminante, un alivio.

Después de tranquilizar a Bassin, se quedó pensativo un rato antes de marcar el primer número que le había transmitido este:

-Con el comisario Paniagua, por favor –Y dio su nombre a continuación

-En este momento no está en su despacho, ¿puedo pasarle con otra persona?

-El subinspector Prieto, por favor.

Al rato, una voz jovial le saludaba desde el otro lado del hilo, la cortesía parecía marca del estilo de la casa:

-Gracias por ponerse en contacto con nosotros. ¿Le resultaría muy difícil venir a vernos aquí? Se trata de un asunto que no podemos tratar telefónicamente.

-Anticípeme algo sobre el tema, haga el favor.

-Queremos que nos ayude con un asunto –dudo un instante y añadió- pedirle un favor, si es tan amable.

Hay una diferencia sustancial, que el lenguaje no siempre recoge, entre que la policía te pida una cosa por favor y que la policía te pida un favor. Parecía tratarse de la más improbable aún segunda opción.


***************


La alta ventana del despacho de Paniagua apenas dejaba pasar la luz de la calle y sí todos sus ruidos urbanos, fundamentalmente bocinazos de conductores airados. El centro urbano sufría una de las temidas prolongaciones de su hora punta en esa media mañana otoñal. Pensó en las grullas cuyos arrullos le habían despedido esa fría mañana desde los cielos límpidos de su pueblo.

-Siéntese, por favor. Muchas gracias por venir. No tenía por que hacerlo.

-Si hubiera “tenido” que hacerlo, quizá no hubiera venido.

-Así lo supongo. El subinspector Prieto le habrá dicho que se trata de pedirle un favor. Un gran favor, añado yo. –Mientras hablaba había sacado de un cajón del escritorio una delgada carpeta que había abierto. Comenzó a leer:

-1992. Santa Cruz de Tenerife, se encuentra flotando en el puerto el cuerpo de Alexis Makronios, alias Alex el Griego…-Alzó la vista un instante de los papeles para mirar a la cara inmutable que tenía ante sí y prosiguió-: Abril de 1993, Madrid, Calle de Manuela Malasaña, el concejal de Circulación del Ayuntamiento de Madrid, Ramón Nieto es encontrado acuchillado en plena zona azul, mal aparcado; noviembre de ese mismo año, Altea, el industrial Ramón Burgos muere en la mesa de operaciones, el cirujano que le operó, recién contratado por la clínica, tenía una identidad falsa y jamás fue encontrado. En 1993 no hay nada, año sabático, febrero de 1994… ¿Quiere que siga?

-Como guste. Si ustedes tuvieran algo que me ligara con esos señores…desaparecidos estoy seguro de que yo no estaría ahora en condiciones de hacerles tampoco ningún favor.

-Así es. Todos, hasta un total de once, aunque supongo que hay más, eran notorios canallas, y todos fueron ejecutados limpiamente y sin repetir procedimiento por uno o varios profesionales que no han sido localizados. Nadie les echara de menos, el mundo es probablemente un lugar mejor sin ellos, pero se trata sin duda de asesinatos, el más execrable de los crímenes, y si yo pudiera probar quien los ha cometido y como, es muy probable, en efecto, que usted no nos pudiera prestar ningún favor. Pero no puedo. En cambio, si puedo, a cambio de nada que no sea su buena voluntad, pedirle este favor. Simplemente quería aclararle que tengo algo más que una ligera idea de quien es usted.

-¿El asesino no inculpado de esos canallas?

-En efecto, así es.

-Cual es el favor, le anticipo que no mato a nadie por encargo, así que si se trata de eso…

-Hay encargada una ejecución. Nos consta. Queremos impedirla. Si es un encargo suyo, le “pedimos” que no lo cumpla, si no lo es, le pedimos que nos ayude a que no se realice por otros.

-No es un encargo mío.

-Aún no le he dicho de quien se trata.

-Y yo le he dicho que no hago ningún encargo de esos.

-Pero, en el remoto caso de que si hiciese ese tipo de trabajos en alguna ocasión, ¿ahora no está trabajando en ninguno?

-Ni ahora ni---

Le interrumpió el comisario:

-Me basta con ese “ahora”. Además, yo no entro en el perfil de sus hipotéticas víctimas

-¿De quien se trata?

-De mi, claro.

Tras el prolongado silencio (hasta las bocinas habían cesado), añadió: -Siempre se ha tratado de pedir su ayuda, nunca se ha sospechado de usted, ya le digo que yo no entro en el perfil de sus víctimas.

-¿Por qué?

El comisario le miró a los ojos y repuso: -No lo tome por inmodestia, pero yo no soy ningún cabrón. –Se detuvo un momento y continuó (ahora sí estaba pidiendo un favor):

-¿Hay alguna forma de detener este encargo?

Devolviendo la mirada, el otro le dijo: -Verá, por lo que tengo leído en las novelas policíacas esos encargos se cobran de antemano y se ejecutan siempre porque en caso contrario el contratista queda sujeto a un contrato de otro sobre él inmediato, o sea que…-Ambos se quedaron mirándose alelados hasta que el visitante rompió alegremente el silencio: -Bueno, creo que le acabo de prestar la ayuda que me pedía: haga correr la voz de que el contratista ha sido recomprado y será inmediatamente ejecutado. Eso sí, no se haga usted matar durante ese tiempo…y –tenía ya la mano en el pomo de la puerta- Hágame usted a mí un favor: no vaya diciendo por ahí que ando ayudando a la policía.

El otro sonreía abiertamente cuando le contestó: -Tentado estoy. Debería usted cambiar de trabajo.


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Ante la pantalla de su ordenador.

JARRAPELLEJOS: De qué y quien se trata.

CLIENTE: “Mariscal”

JARRAPELLEJOS: Lo siento, no actúo contra colegas

CLIENTE: Se trata de un incumplimiento de contrato. Eso va en contra de todos ustedes

JARRAPELLEJOS: De acuerdo, acepto. Tarifas ordinarias. Envíenme datos y contacto.

CLIENTE.: Estupendo. Le envío confirmación de ingreso bancario. Por cierto, ¿se haría cargo del contrato incumplido?

JARRAPELLEJOS: Lo siento. El objetivo está blindado, tiene comprado de antemano ejecutor para actuar sobre contratador caso de que se cumpla el anterior contrato, por eso no fue cumplido. Lo siento.

22-nov-2007

Fernando Fernán Gómez no hace caso a los médicos y se muere


Lo dicho. Era muy suyo y ya no volveremos a oir en directo el vozarrón más virilmente hermoso del cine español (El teatro, como a mí, le espantaba, como interprete y creo que como espectador en el fondo también).


Tengo una anécdota personal. En cierta ocasión compartí con el y su compañera Enma Cohen, bellísima, un cafe y una copa en la "pecera" del Círculo de Bellas Artes madrileño. En determinado momento y estando él en el uso de la palabra, se acercó un fotógrafo y le pidió permiso para tomar una foto. Yo ya me estaba relamiendo y pensando en pedir una copia de recuerdo, cuando Fernando, que odiaba estas interrupciones, secuelas de la fama, le espetó con esa voz tronante que hacía soltarse los elásticos a las braguitas de las señoras (sólo comparable a la del mismísimo Zeus): -"Le doy permiso, joven, pero hagasela a mi culo"- e hizo ademán de soltarse el cinturón. Cuando el reportero huía, se volvió a nosotros y dijo con una sonrisa pícara:-"de la jeta tengo muchas, en cambio, del culo..."


Él lo que siempre quiso ser es escritor, pero...Aún así escribio unas cuantas novelas, en perfecto castellano de cómico de la legua. A mí, lo confieso aquí, no me gustaban. Las encontraba, digamos, costumbristas, cuando simplemente eran realistas, pero de una realidad, la posguerra española, que a mí nunca me gustó. Pero de éllas salían a menudo películas estupendas, sobre todo si participaba él como director y actor, como en El viaje a ninguna parte o Las bicicletas son para el verano. En cambio, escribió unas memorias en dos tomos, El tiempo amarillo, (Debate) que están entre la mejor literatura memorialista escrita en España.

Era huraño, misántropo confeso, como tantos hombres buenos en el buen sentido de la palabra, que decía Machado. Y la voz varonil más bonita de la que hayan tenido eco los siglos y las tablas españolas. Menos mal que, estoy seguro, Enma no va a saldar su cojonuda biblioteca. ¡ A la mierda, coño!

Apéndice bibliográfico al ensayo Leer y releer


Libros de género que los lectores excelsos rechazarían, perdiéndose varias buenas novelas:


-Robert Anton Wilson: Trilogía de los Illuminati (Sí, sí, la obra plagiada por el Sr Eco -buen nombre para un plagiador- en El Péndulo de Foucault, muy inferior y más tediosa). También está muy bien Las máscaras de los illuminati (Miraguano)


-George R. R. Martin: Sueño del Fevre (Acervo terror): es una novela de vampiros en el río Mississipi, en la época de los vapores fluviales de palas escrita por un buen autor de Ciencia Ficción (premio Hugo y Nebula); deliciosa y con aroma a Marc Twain y a Bram Stoker


-Todas, digo todas, las novelas del comisario Maigret del gran Simenon (se encuentran saldadas a un euro y traducidas por buenos escritores españoles y fans, como Molina Foix o Azua). Simenon, como suele decirse, es él solo toda una literatura en sí mismo. Y como el Guillermo de Richmal Crompton no puede elegirse un título en concreto,la gracia está en devorarlos todos.
Si tuviera que llevarme dos libros a una isla desierta, ya lo he dicho antes, preferiría naufragar, pero en caso de que predominase mi instinto de supervivencia y la Alianza francesa me impusiera autores galoparlantes me llevaría, en papel biblia, las obras completas de Proust y...de Simenon, lo mejor que ha dado el pasado siglo en francés.
Clásicos de los que se puede prescindir, en mi opinión más basada en el gusto que en el criterio: Todo Dovstoyesky, excepto Memorias del subsuelo. Todo Cela, incluido el depravado Viaje a la Alcarria. Todo Cervantes (!!!) menos las dos partes de El Quijote y Las Novelas Ejemplares

21-nov-2007

La mano 2 (Ensayo a propósito del relato La mano)



A lo largo de la evolución de los homínidos, la posición bípeda liberó las extremidades delanteras, ahora superiores, de las tareas de locomoción, y el pulgar oponible al resto de los dedos convirtió ese simple extremo de pata delantera en una mano manipuladora, valga la redundancia. La conjunción de esa mano hábil y un cerebro con un desarrollo inusitado de la corteza cerebral convirtió a unos discretos primates carroñeros de las sabanas orientales de África en seres humanos: bípedos, como pingüinos, cabezones, como renacuajos, artesanos, como hormigas. Probablemente, la primera manifestación artística fue delimitar sobre la pared de un refugio o de una cueva esas manos…En la mano se concentran no sólo nuestras habilidades sino el sentido del tacto más exacerbado. Con las manos acariciamos y amamos y con las manos matamos o empuñamos las armas que matan; con las manos escribimos o tecleamos, hacemos música y estrechamos otras manos, nos masturbamos y saludamos. Agarrar, manipular, separar, tocar, sentir, saludar, gesticular, señalar, golpear, dibujar, escribir, sostener, masajear, aplaudir…

Estos órganos prensiles están controlados por los hemisferios cerebrales contrarios: el izquierdo, controla la mano derecha y está más desarrollado en los diestros, el 80% de la humanidad; el derecho controla la mano izquierda y, lógicamente, está más desarrollado en los zurdos, por lo general también más habilidosos, abundando los ambidextros.

Desde la muñeca a la punta de los dedos, la mano es una maravilla. De la muñeca (el carpo) surge la palma (el metacarpo) y de ellas los dedos con sus falanges. Pulgar, índice, corazón, anular y meñique; o gordo, medio, mayor o cordial, y pequeño. El rey de los dedos, el “uno” de los anatomistas, es el pulgar, que puede rotar 90º perpendicularmente a la palma, en vez de los 45 del resto de los dedos. Es irremplazable, sin él se pierde la pinza de precisión que puede ser la mano. Hay 27 huesos en una mano; sólo la muñeca o carpo está formada por 8, la palma o metacarpo tiene 5; los 14 restantes forman los dedos. Escafoides, semilunar, piramidal, pisiforme, trapecio, trapezoide, grande y ganchoso se enganchan a los huecos del cúbito y el radio del antebrazo. Los dedos, en lugar de garras tienen uñas planas, de protección de las sensibles yemas inferiores, una de las zonas con más terminaciones nerviosas de todo nuestro cuerpo.

“Bajo la piel alada el duro hueso insobornable”, escribió Vicente Aleixandre. “Tiendo la mano ahora, /no la azoto, no la empuño,/no la doblo,/tiendo la mano ahora que estoy” (Jaime Augusto Shelley)

Pero, ¿por qué cinco dedos? Los peces de los que descienden los primeros vertebrados terrestres, los primitivos anfibios, tenían aletas pectorales (los futuros miembros delanteros) formadas por cinco radios. Y la naturaleza es una chapucera prodigiosa, más que una relojera o una ingeniera divina; tiende a trabajar con remiendos, a aprovecharlo todo. Así que cinco dedos conservan los anfibios actuales, como las ranas. Y los vertebrados actuales que tienen menos, nunca más, es porque los han perdido: 4 el perro (más un absurdo dedo residual a la altura de su muñeca), hasta el extremismo de uno sólo en el caballo. Cinco dedos en cada mano, así que el sistema numérico más extendido es en base diez. Pero algunas gentes del pasado que llevaban los pies descubiertos contaban en base 20. Y ¿por qué en base doce?, como los huevos o el sistema monetario tradicional inglés, El sistema duodecimal parece basarse en las doce fases o apariciones de la luna a lo largo del año, pero en realidad al tener cuatro factores: 2,3,4 y 6, en lugar de sólo dos en el decimal:2 y 5, le hace más eficiente, salvo para…contar con las manos.

La piel de las manos y del cuello es la que verdaderamente delata nuestra edad, por mucha cirugía que se le interponga, esas dos zonas son las que primero envejecen, se manchan y se arrugan.

Os tiendo la mano, echarme una mano, echemos unas manos, eso queda a mano derecha, estáis en buenas manos, se nota la mano de Dios, tiene mano, mano dura, tener mano izquierda, tener las manos muy largas, darme manos libres, manos blancas no ofenden, tienen las manos limpias, tuvo buena mano en eso, no me levantes la mano, alzar las manos al cielo, murió a mano airada, le robaron a mano armada, tengo de eso a manos llenas, cayó en sus manos, le calentó las manos, cambió de manos, cargó demasiado la mano, sólo caza en mano, con la mano en el corazón, no estoy mano sobre mano, me pilláis con las manos en la masa, me voy con las manos vacías, lo conozco de primera mano, con una mano atrás y otra delante, te voy a meter mano, en esto me doy buena mano…

La mano no sólo es un milagro biomecánico de versatilidad al que no prestamos atención porque la usamos como respiramos, sino que cumple un papel decisivo en el aprendizaje. La antropología, neurobiología y otras disciplinas de prestigio han demostrado que las extremidades superiores (antes simplemente delanteras) han configurado nuestro desarrollo cognitivo, lingüístico, psicológico y hasta emocional como especie diferenciada. Porque casi toda persona culta sabe o cree saber que la liberación de la mano de triviales tareas locomotrices propició la utilización de herramientas (trepar o manipular) y con ella la habilidad para diseñarlas y fabricarlas, pero cuántos saben que el lenguaje humano quizá tenga sus raíces más que en la palabra en los gestos –manuales- que hicieron posible la caza y otras actividades comunitarias. La capacidad de adiestrase en el uso de la mano quizá sea la primera actividad infantil verdaderamente intelectual que compartimos todas las culturas, con la que redefinimos la evanescente inteligencia.

Malabaristas, cirujanos, trileros y magos, relojeros y otros virtuosos del trabajo manual, en todos ellos la inteligencia también está en las manos.

20-nov-2007

La mano





Hacía un tiempo un grupo de vándalos que celebraban el triunfo de su equipo se habían subido a la estatua de La Cibeles madrileña y le habían arrancado una mano. Niñatos como eran se habían asustado y no se les ocurrió mejor cosa que ocultar su desmán llevándose esa parte de la diosa, que finalmente se había encontrado tirada en un contenedor de basura. La delicada mano que reposaba en el tapete negro era mucho menor, de tamaño natural, y mucho más finamente trabajada en un mármol blanco de una textura tan exquisita que había permitido al orfebre resaltar los ínfimos detalles de las venas y cartílagos, las articulaciones y hasta las cualidades de la piel.

-Entonces, ¿no se trata de un fragmento de una estatua?

La mano no parecía desprendida de un conjunto mayor. No estaba arrancada por la muñeca, sino cortada en bisel a su altura, como si la hubieran serrado cuidadosamente o fuera una pieza única, sólo que, en el extremo supuestamente cortado, había una hendidura con restos de óxido, como si hubiera tenido incrustada una varilla de hierro.

-Sí y no: es el acrolito de una estatua griega

-¿El Acroqué?

-Acrolito. Las esculturas acrolíticas griegas se fabricaban parcialmente en serie, tallando los cuerpos o bustos en madera o en basta terracota, puesto que luego se cubrían con ropajes, como las imágenes de las vírgenes católicas. Las partes que sobresalían, como la cabeza, las manos y los pies, se tallaban en cambio en materiales nobles, como este mármol, y personalizaban al personaje representado.

La mano reposaba bocarriba, con el dorso del carpo apoyado en el paño y los dedos parcialmente alzados en un ademán a la vez relajado y expresivo, la mano, quizá, de un orador que resaltaba su discurso.

-Me la vendieron dos italianos, probablemente “tombaroli”, expoliadores sicilianos de yacimientos. Saben muy bien lo que hacen; son casi tan profesionales como los arqueólogos, aunque menos cuidadosos y escrupulosos: los verdaderos “Indiana Jones”. Esta mano procede casi seguro de alguno de los yacimientos de Tarragona. También tendrán la otra, los dos pies y la cabeza. A veces venden todo junto, a veces por partes.

-Puede servir de pisapapeles o de cenicero: el cigarrillo puede colocarse entre los dos dedos del medio con la ceniza hacia la palma.

-Yo la usaría de sujetalibros.

El Rastro madrileño comenzaba a animarse en la soleada mañana de domingo. El rumor tintineante de la gente paseando afuera penetraba en el interior de la galería del anticuario como una cualidad de esa misma luz fría y alegre. Los tres hombres permanecían alrededor de la mesa contemplando pensativos el lustroso y delicado objeto, rodeados por un batiburrillo de cacharros y muebles de época, la mayoría excelentes falsificaciones. En la puerta de la calle un gitanón enorme montaba guardia con las manos contra el abdomen levemente proyectado hacia la calle y las piernas algo abiertas, en una actitud a la vez relajada y atenta. No siempre los uniformes son la mejor garantía de un buen guardia de seguridad.

-Mi sobrino, el de la puerta, y sus hermanos querían encargarse de ellos, pero unos mafiosos sicilianos expoliadores de tumbas son demasiado incluso para unos duros gitanos chamarileros. Quiero que os ocupéis vosotros. Como veo que ya has pensado donde ponerla te la regalo –dijo dirigiéndose al más alto-, aparte de vuestros honorarios.

-La mafia puede ser demasiado también para nosotros –Le contestó el alto-, aunque Bassin no conoce sus límites.

-No creo que sean más duros que la gentuza de la trata de blancas, y una vez pudimos con ellos. ¿Recuerdas? –Contestó el forzudo bajito.

-¿Por qué no acudes a la policía? Saben que hace tiempo que no receptas artículos robados y tus…imitaciones las vendes como tales. Sácale partido a tus impuestos.

Bassin había tomado pensativo de un estante un trabuco acampanado de más de un año de antigüedad. -¿Este trasto dispara?

-No tiene percutor, pero por lo demás es una reproducción exacta de los escopetones de los bandoleros de inicio del XIX; de una pieza de Antequera que se usaba como las recortadas de ahora, pero capaz de lanzar una andanada de clavos y tornillos. Demoledora. Te la regalo también, aunque tendrás que disculpar que no sea un objeto original como el que le he dado a tu socio. –Y dirigiéndose a este último- En cuanto a lo de la policía, ni pensarlo, uno tiene su reputación.

-Todavía no hemos aceptado –Le respondió suavemente este.

-Los regalos no tienen que ver con vuestra decisión. Esto es por las molestias, por haber venido aquí. Y ya está hecho.

-¿Qué quieres que hagamos exactamente?

-Repetirles y convencerles de lo que ya les he dicho: que no acepto objetos sin certificación de origen, y, si es posible decírselo suavemente, que no quiero tratar con ellos ni que aparezcan más por aquí.

-Aparte del riesgo que entraña el delito, ¿cuál es el problema?

-Me obligan prácticamente a comprarles, y al precio que ellos me ponen. Es un chantaje, saben perfectamente que yo ya no me dedico a esto, pero me “sugieren” que retome el tema para resarcirme económicamente. Me están encajonando, justo ahora cuando estaba pensando cederle el negocio a mi hija.

-El calorró que está al agua me dice que han llegado los manushes. Han grufado un sibayi ante las narpias de los maderos. ¿Camelas algo? –Anunció desde la puerta otro gitano sólido y parecido al de guardia como uno de los hermanos Daltón a otro, sólo con leves diferencias de escala.

-¿En qué coño habla ese. –Le dijo Bassin a su acompañante

-Es caló, argot gitano: dice que el niño avisa que los gitanos del norte (los sicilianos pueden parecer gitanos) han aparcado una maravilla ante las mismas narices de la comisaría. Y qué si quiere algo más.

-¿Os quedáis?

Se miraron entre sí. Bassin aún sostenía el trabuco sin percutor. Asintieron con un gesto.


********************************


Los dos individuos que entraron al cabo de unos instantes vestían sendos trajes impecables de una tela excesivamente reluciente y zapatos de buena calidad. El alto y delgado llevaba las manos en los bolsillos por debajo de los faldones de la chaqueta abrochada; el más bajo y ancho, macizo como un rinoceronte, dejaba colgar sus manazas a ambos lados. Entraron mirando a su alrededor y se dirigieron al grupo de tres hombres que les aguardaban.

-Ah, que brutta luppara –Dijo el armario tendiendo la mano hacia el trabuco que sostenía Bassin. Este se la tendió sin soltarla. El otro la agarró por la parte en que se estrechaba el cañón y tiro con fuerza hacia el. Ni el arma ni Bassin se movieron un milímetro; es como si el pequeño turco estuviera atornillado al suelo. Durante un momento el grandón siguió tirando congestionado, de pronto Bassin la soltó.

-Cuidado con el retroceso –Dijo Bassin, mientras el otro trastabillaba hasta un bargueño adamascado del más puro estilo barroco sevillano y se empotraba contra uno de sus cantos reforzados. Bassin dio dos pasos gráciles, casi de baile, y le golpeo rápida, casi descuidadamente en la sien al otro, ahora casi a su altura. El rinoceronte se derrumbó sin un gemido.

-¿Qué pasa aquí? –Dijo el delgado con un acento italiano marcado, pero en claro y nítido castellano. Contemplaba con aprensión alternativamente a su desvanecido compañero y a un ufano Bassin que había vuelto a su sitio anterior deslizándose. Quizá llevara puestos patines: tan suave y rápidamente se movía.

-Siéntese –Le habló el más alto de los desconocidos- Ya ha visto lo que le ha pasado a su amigo; podría tropezar con algo. Heredia tiene demasiados trastos amontonados aquí. Estábamos admirando su mano. ¿Dónde la consiguió?

El alto miró a su alrededor. Ahora, misteriosamente, apenas penetraban voces ni luz de la calle; el cierre estaba bajado, y el gitano grande de la puerta y su mellizo se encontraban a y cuarto y a menos cuarto; el tipo alto que le hablaba estaba justo frente a el y le señalaba una silla rococó, a Heredia, el anticuario, no lo veía, pero lo sentía detrás y el pequeño forzudo le contemplaba irónico a su derecha. Se sentó, nadie más le acompañó.


En ese momento entró por una puerta lateral un chico de unos doce años y le tendió con un gesto indolente el caballito de acero cromado que adorna el morro de los Ferrari. El adorno no había sido desatornillado sino brutalmente arrancado con restos de pintura y de la chapa de la carrocería.

El compañero de Bassin y el anticuario habían hecho un aparte y hablaban en voz baja. El alto preguntaba y el anciano respondía y asentía en ocasiones. Entre tanto, el tipo delgado y francamente asustado les dirigía miradas ansiosas, como si de aquellos dos pudiera venir su salvación. Se equivocaba, como comprobó cuando regresaron calmosamente junto al grupo silencioso. Se disponía a hablarle el alto cuando se oyó el gemido lastimero del forzudo tumbado que volvía penosamente en sí. A un gesto del anticuario los dos gitanos le sujetaron por los sobacos y le sentaron despatarrado sobre un arcón claveteado. En la sien derecha le había surgido un bulto tumefacto del tamaño de un huevo de paloma

-¿Con qué ha pegado a Bruno? –Dijo el flaco dirigiéndose a su derecha. Por toda contestación Bassin, que estaba mirando casi con afecto al matón semiinconsciente, se acarició los nudillos de su mano derecha con un gesto suave.

Habló el alto dirigiéndose al aterrado flaco.

-Bien, ahora unas preguntas. Contéstalas y todo irá bien. Si no…

-Sí, sí, ¿qué queréis saber?

-¿De dónde es la mano?

-Qué importa…-comenzó a decir Bassin, pero un gesto de su compañero le hizo callar.

-De Tarragona, de uno de los yacimientos de Empuries.

-¿Lo desenterrasteis vosotros?

El otro asintió.

-¿Qué más tenéis?

-La cabeza, la otra mano, los pies. Es todo lo que hemos encontrado hasta el momento, aparte de unas pocas monedas. Habíamos empezado hace poco.

-¿Cuántos sois?, aparte de gorila y tú, digo, que supongo que representáis el departamento, digamos, comercial.

-Seis en total. Los otros cuatro son tombaroli,…excavadores. Y tipos duros. –Añadió en un postrer intento de farol.

-Sí, como tú y ese pobre sonado. Ya veo. –Prosiguió el interrogatorio:

-¿De donde venís?

-Sicilia.

-¿Qué parte?

-De Aidone, junto a Catania.

-Ya, y junto a Morgantina, la ciudad griega, vuestro campo de recolección de toda la vida.

Cuando volvió a asentir el flaco, el alto se volvió al anticuario:

-Justo lo que usted pensaba, Señor Heredia. Tombaroli de los alrededores del mayor yacimiento griego de toda Sicilia. Y meando fuera de su tiesto.

Se dirigió de nuevo al flaco:

-Te diré lo que vamos a hacer. Os vamos a dejar ir. Luego telefonearemos a Aidone para hablar con un tal Accattabriga Manggialiapri. Vaya nombrecito –se dirigía ahora a toda la concurrencia en tono profesoral-: accattabriga, el que busca (accatta), pelea (briga) y come conejos, no perros como vosotros dos ¿Le conoces?

La pregunta era ociosa a juzgar por la lividez cenicienta que se había extendido por la cara del sujeto, los ojos desmesuradamente abiertos. El fuertote, que se sujetaba ahora un lado de su carota con un pañuelo fucsia, también prestaba una atención tensa.

-Sí, eso haremos; llamaremos al Señor Manggialiapri, con el que mantenemos excelentes y frecuentes relaciones, y le preguntaremos por vosotros. Le contaremos que nos habéis querido vender cabeza y demás de su yacimiento de Morgantina que es coto vedado suyo, bueno, y de la misión arqueológica ítaloamericana, pero esos no son problema.

-Pero son de Tarragona. Ya se lo he dicho. –Casi gritó el flaco con expresión de pavor.

-Bueno. Yo te creo. El asunto es lo que crea Accattabriga. Supongo que no le importará cambiar de dieta y merendarse a dos perros como vosotros. O seis si hace falta... Creo que pensará que habéis venido a venderlos hasta aquí para evitar que se enterase. –Hizo una pausa y prosiguió- O bien, os vais y no volvéis por aquí -Tomó pensativo el caballito emblemático y tendiéndoselo, añadió- Cogéis vuestro “Testa Rossa” y no paráis hasta llegar al ferry de Mesina. ¿Entendido? Si vemos un coche rojo y ostentoso, aunque sea un Fiat, por aquí os atendréis a las consecuencias. Ah, antes de iros de vuelta a casa mandarnos el resto, la otra mano, los pies y la cabeza. Queremos el juego completo; yo tengo curiosidad por saber quien era el personaje expoliado.

Cuando salían por la puerta, mientras el gitano menos grande, pero grande, sostenía el cierre sobre sus cabezas, se oyó la voz descarada del chaval.

-Ya no es rojo.

El Señor Heredia, acarició complacido la cabeza de su nieto y se dirigió al otro gitanón.

-Sube el cierre, Manuel, que hoy tiene que estar todo esto plagado de guiris. Yo voy a tomar el vermú con estos dos amigos y mi nieto. Bueno, tú Coca cola, calorró.

Esto último sonó como una extraña onomatopeya, una alegre cacofonía de domingo en El Rastro.

Al llegar a la plaza del campillo Nuevo se cruzaron con el majadero vestido de camuflaje –patético para su edad- que vendía banderas preconstitucionales y recuerdos de la dictadura, acompañado de una suerte de aborto –calvicie desaseada con fontanela hundida de nacimiento, pantalones a cuadros y camisa a rayas, ambos mugrientos- que iban charlando:

-Hoy hay una manifestación.

-¿De guarros?

-No, no, de derechas, pero yo no voy; estoy hasta los güevos de esos paripés

Jacinto, el hermano menor de Manuel, los apartó de su camino con un suntuoso giro del brazo y se volvió a los tres y al niño a los que abría paso por el atestado mercado al aire libre:

-Siempre pensé que la mano de Bassin era más dura que el mármol.




19-nov-2007

Leer,releer (Ensayo a propósito del relato Los grillos comenzaron)




En la primera presentación de mi personaje y asesino a sueldo, no sólo esta leyendo (¿o releyendo) a Tolstoi, sino que prácticamente se "justifica" su malvada actividad como fuente de ingresos para financiar, entre otras cosas asociadas, sus placenteras lecturas en su refugio campestre. Pero habría sido igualmente posible que este hombre hubiera estado leyendo el último premio Planeta, o si deseamos una lectura de más prestigio, el premio de la Crítica. Esto plantea una dicotomía, -aunque también es posible la integración-, entre leer a tus contemporáneos o leer a los, digamos, clásicos. Por poner un caso, el brillante crítico que se oculta tras el blog de Lector malherido, absolutamente recomendable aunque últimamente algo parado, alterna sus reseñas de clásicos con las de autores de ahora, y normalmente es elogioso con estos últimos y desenfadado, procaz e irreverentemente crítico con los primeros. Es una actitud original, no sé si buscadamente original, por contraria a la habitual: dejar en la paz mayestática a los muertos consagrados y ser intolerantemente duro y escasamente generoso con tus paisanos temporales y pausibles rivales.

Sin embargo, yo creo que hay muy buenas razones para leer a los clásicos y muy pocas para perder el tiempo con tus contemporáneos, conmigo, sin ir más lejos. Muchas de las razones para leer y, sobre todo, releer a los clásicos las han dado en respetivos y magníficos ensayos contemporáneos nuestros que van camino de ser a su vez clásicos o lo son ya sin más, como Ítalo Calvino, Jorge Luis Borges o Milan Kundera. Además una posiblemente cínica definición de clásico es la de aquel autor al que se cita en vez de leerlo, así que darle la vuelta a esa hagiográfica costumbre no deja de ser una originalidad menos "epatante" que la de malherido, pero quizá más rupturista.

El argumento para no leer, como norma y con excepciones bien dosificadas, a tus contemporáneos creo que se deriva de un análisis coste-beneficio. Me explico: leer a un clásico es ir sobre seguro, aunque a menudo te pase lo que a mí con Dostoyevski, que no te guste. Pero en general acudes a un autor consagrado por el gusto y criterio de muchos buenos lectores anteriores y entonces es difícil que te defraude Swiff, Sterne, Flaubert o Stendhal. Y de hecho, los cuatro mentados me entusiasman como difícilmente podría hacerlo un escritor de hoy en día. Es decir, la recompensa está casi asegurada. ¿Y quién te asegura lo mismo con un autor actual? Por supuesto existen muchos lectores que son fans y casi "hooligans" de sus autores favoritos y leen cualquier nueva cosa que saca Muñoz Molina, Almudena Grandes o Antonio Gala; son gentes que no han perdido esa fidelidad infantil que se tiene a los personajes de tus tebeos favoritos. No son buenos lectores, es todo lo que se puede decir de ellos. Como tampoco lo son los lectores de géneros: policiacos, de ciencia ficción, romáticas o históricas, aunque tampoco los prejuiciosos que se pierden a Bradbury, Simenon o Anton Wilson.

Quien mejor, a mi juicio, ha sabido explicar ese análisis coste beneficio ha sido el ingeniero y novelista Juan Benet. Acusado de elitista y abstruso por muchos y de excelso por otros (yo creo que ambos bandos tienen sus razones, más que tener razón) en sus propias novelas, era un crítico muy certero. Para él, estar "enamorado de la vanguardia literaria de continuo" (¿escuchas, malherido?) era una tediosa ocupación, porque eso te exigia, para estar al día, leer al menos 30 libros al año (esas eran sus cuentas) de los que, pese a lo que la publicidad aventura, al menos 20 de esos pasan a ser polvo y sólo 2 ó 3 sobreviven. "En términos estadísticos resulta ser un menguado ejercicio" concluía don Juan, pues cada libro requiere un íntegro cumplimiento de eso que decía David Cecil: "el sutil acto de la lectura"

Entre los clásicos y los autores que nutren los excesivamente abarrotados mostradores de novedades está el Limbo; esto es, los autores que eran novedad hace décadas, que fueron apresuradamente elevados al altar clásico, pero que no se han consagrado nuevamente o el tiempo aún breve no ha sancionado: Los Cela ya olvidados, para entendernos. Y que quizá resuciten, como fue el caso, sin ir más lejos, de Cervantes, siglo largo después de su muerte.

Si la forma cabal de leer es releer, como la forma adulta de escribir es reescribir, cuando acabo una de esas novedades en las que he incurrido por lo bien que me la han vendido suplementos culturales y sancionadores de la moda, y si me ha gustado incluso, la pregunta final que me hago es: ¿Me apetecerá releerlo más adelante". Les garantizo a mis improbables lectores de este ensayito que pocas veces la respuesta es afirmativa. En cambio, nunca me pregunto si releeré las aventuras del caballero Tristan Shandy (en la excelente traducción de Javier Marías); de hecho, ya la he releido, y si no lo vuelvo a hacer es porque no hay tiempo para todo; que es mi razón principal para no perderlo demasiado con mis talentosos, brillantes y premiados contemporáneos.

16-nov-2007

Por qué no existen las alimañas, pero sí las plagas (Ensayo a propósito del relato Rececho)


Esto es ecología elemental. La ecología, como ciencia natural, no se caracteriza tanto por su objeto de estudio, sean las selvas tropicales, los océanos o las alcantarillas de las ciudades, como por el énfasis de su interés primordial, que reside más que en los elementos en sí (plantas, microbios, animales) en las relaciones -sistemas- entre dichos elementos. Lo que pasa es que la gente a menudo confunde "lo que es", objeto de estudio de la ciencia de la ecología, con "lo que debería ser", tema del deseo del ecologismo, movimiento social en auge.


Las poblaciones de depredadores y presas de un lugar dado están equilibradas entre sí mediante regulaciones de retroalimentación, esto es, de circuitos cibernéticos que funcionan al modo de...por ejemplo, la cisterna de un WC: se llena la cisterna que alza una boya, un límite, que hace cerrar el grifo; se vacía de agua la cisterna, que hace descender la boya que abre el grifo, etc. Si la población de linces que consumen conejos aumenta demasiado, el incremento de esa predación hace disminuir los conejos, lo que a su vez provoca la disminución de linces, lo que a su vez causa un nuevo aumento de conejos, lo que...sucesivamente. Conejos y linces son poblaciones acopladas en una suerte de sistema oscilatorio autorregulado en torno a unos límites inferiores y superiores, como nuestra cisterna. Para un cazador humano de conejos el lince es una alimaña, lo que tan sólo significa que es un competidor, pero si por alguna causa desaparece el lince la población conejil deja de estar regulada y aunque incialmente aumente, el acúmulo de indivíduos tarados termina por devastar toda la población. Como dicen los Massais del oriente africano, las ágiles patas de las gacelas han sido cinceladas por los agudos colmillos de los leones. Lógicamente, puestos a elegir desde una perspectiva humana, es mejor ser cazador-predador que presa, aunque sólo sea porque el predador puede equivocarse en su intentona de caza y repetirla, pero la presa no puede fallar en su huida ni una sola vez. Dura vida.


La Biblia y otros textos antíguos, como Los Veddas, están llenos de monstruos predadores, como Leviatán, pero no se mencionan alimañas. En cambio, hay numerosos ejemplos de plagas. Porque una plaga es simplemente una puntual explosión demográfica, como los conejos en Australia o los topillos actuales en Castilla, de una población de organismos oportunistas, de rápida reproducción, en ausencia de la población que la controlaba antes.


En La Grecia antígua, la advocación del Apolo Lycos se representaba con el dios rodeado de ratones junto a un lobo. Nunca he podido encontrar en mis incursiones filológicas y mitológicas una explicación pausible de esto, pero yo por mi cuenta y con la osadía del profano he considerado que representan los en