
Imaginen cómo explicar la música a alguien que no conoce la notación musical ni sabe leer una partitura. Un empeño parecido, pero sin apoyos emocionales y sensitivos, es la de contar, por ejemplo, la física moderna a personas que no son expertas en matemáticas avanzadas. Popularizar el conocimiento científico entre el público en general no es tarea sencilla. En otros momentos pasados de la historia de nuestro país llegó a tener un gran impulso y se conoció como “ciencia popular”, en concreto durante esa “Edad de Plata” que fue la Segunda República. La ciencia popular estaba englobada en España en el concepto más amplio de cultura popular, no en el sentido en que se utiliza en los países anglosajones, y que ha terminado imponiéndose en el nuestro, como un conjunto relacionado con el entretenimiento, el cine, el cómic o subculturas como el rock, sino como una forma de acceso al saber restringido a las clases pudientes, como una forma de redención o, en palabras del poeta, como un arma cargada de futuro. Dentro de esa noción, los libros de misceláneas conocidos como Lecciones de cosas fueron una forma casi autóctona de promocionarla.
La primera publicación de la que tengo conocimiento encargada de divulgar la ciencia se fundó en 1872, Popular Science, aunque múltiples autores ya lo habían hecho antes, por ejemplo, el astrónomo Johannes Kepler en su obra Somnium, en 1634, en la que con un tono marcadamente literario exponía lo que entonces se sabía sobre nuestra Luna. En realidad, cuando la ciencia moderna se estaba forjando por los Kepler, Galileos y Lewenhoeck de turno, y la especialización excesiva no era un problema, los propios “científicos” se preocupaban de exponer sus descubrimientos y recapitulaciones no sólo para sus colegas sino para el gran público que los aceptaba. En ese sentido, y sólo en ese, los Principia Matematica de Newton eran divulgación, aunque el hecho de estar escritos en la lengua franca culta de la época, el latín, y de estar llenos de ecuaciones matemáticas dicten lo contrario.
Hoy contamos hasta con canales de televisión, como el famoso Discovery Channel, dedicados íntegramente a este campo, así como productoras y otras compañías, desde secciones enteras de la BBC o del National Geographic, y revistas de raigambre como Nature o Scientiphic American, con versiones en otros idiomas y países. El género incluso cuenta con best sellers como el famoso Cosmos de Carl Sagan o el más reciente, Una historia del tiempo del popular físico Stephen Hawking. Sagan incluso consiguió el codiciado premio Pulitzer con otra obra de alta divulgación, Los dragones del Edén. En su conjunto, las versiones en forma de libro se consideran un subgénero del ensayo. El más prodigioso divulgador moderno fue un competente bioquímico experto en fotosíntesis, terriblemente prolífico y a veces trivial, las más ameno y competente, de origen ruso y nacionalidad estadounidense, sin embargo, aún más famoso como autor de ficción, concretamente de Ciencia Ficción, su nombre: Isaac Asimov
La buena divulgación es muy difícil porque requiere aunar habilidades a menudo disociadas: talento expositivo y conocimiento pertinente del tema concreto. De ahí se derivan los dos y casi opuestos principales defectos de muchas de estas obras: o estar escritas por profanos que no dominan la materia, con lo que la deforman y la banalizan al exponerla, o se trata, por el contrario, de expertos que no tienen facilidad para recrear accesiblemente temas de por sí abstrusos. Hawking y Penrose estarían en este último caso, en tanto que prolíficos autores como Pio Moa o César Vidal, que lo mismo exponen sobre los templarios, la Guerra Civil o el descubrimiento de América estarían en el primero. Con una diferencia, los primeros son insolventes intrínsecamente, incompetentes en sentido estricto, en tanto que los segundos simplemente no logran plenamente sus propósitos recayendo en un vicio muy propio de los expertos: no concebir las dificultades en la exposición o pensar que simplemente eliminando las ecuaciones matemáticas el problema está solventado. El ecólogo español Ramón Margalef, uno de los más importantes del pasado siglo a nivel mundial, pretendió escribir una par de ensayos divulgativos, que terminaron siendo utilizados por los profesionales, no por los profanos. La ecología, de hecho mi disciplina, ha tenido relativa mala suerte divulgativa, precisamente por su apariencia de accesibilidad que no tiene, por ejemplo, la mecánica cuántica; ello se debe a que se suele confundir esta ciencia de sistemas, que trata de cómo “son” las cosas (del entorno) con el ecologismo, un movimiento social, que trata de como “deberían ser” o nos gustaría que fueran.
Darwin, históricamente, me parece un ejemplo excelso de buen divulgador que pone al alcance de cualquier lector culto pero no especializado su materia. Hoy en día ese talento dentro del mismo campo, la Evolución biológica, lo han manifestado en grado extremo Stephen Jay Gould, mi favorito, recientemente fallecido, o Richard Dawkins, el popular, controvertido y competente autor de El gen egoísta y que detenta una de las pocas cátedras de divulgación científica que existen en el mundo.
En España también hay buenos divulgadores, aunque sean los menos, como Juan Luis Arsuaga en paleontología humana o Javier Sanpedro en genética, pero donde abunda un nivel muy mediocre, como ya digo, es en ese campo muy valorado, el de la divulgación de la Naturaleza y el ecologismo. Ahí domina un tono que se quiere lírico pero es simplemente ñoño, como esos redichos que se creen próximos a Lorca, pero en realidad lo están de Corín Tellado. Gentes que se consideran los poetas y divulgadores de la naturaleza española, pero que son los novelistas rosas de los pájaros o de las setas, hay lamentablemente muchos y perfectamente olvidables, penosos émulos de aquel gran divulgador irrepetible que fue Félix Rodríguez de la Fuente. Uno de estos ha llegado a definir la ecología, la misma que estudia esas cadenas tróficas en que el pez grande que se come despiadadamente al chico, como “la ciencia de la compasión”, lo que además de inexacto es pueril.
Divulgar una ciencia implica un conocimiento cabal del discurrir de la misma, su transcurrir histórico, lo que podríamos llamar “cultura de la disciplina”, marco del que paradójicamente, muchos especialistas carecen; y después una capacidad para situar los nuevos descubrimientos, siempre provisionales en ciencia, lo que podríamos denominar “estado de las artes”. Lo primero es más sencillo dentro de lo que cabe que lo segundo, aunque hay que situarse equidistante tanto del extremo de dar la impresión de unos conocimientos tan consolidados que parezcan solidificados (como en los manuales escolares) y del que muestra una provisionalidad que resulta a menudo confusa, como sucede en la física moderna en la que cuanto más se sabe menos inteligible es el modelo que se propone, o menos intuitivo es.
Voy a recomendar un solo libro, un clásico debido a la maravillosa pluma de un biólogo con conocimientos de ingeniería y con una cultura clásica como sólo la podía proporcionar las universidades de élite británicas. El autor es D´Arcy Thompson, casi contemporáneo de Charles Darwin, y el libro se llama Sobre el crecimiento y la forma, donde repasa precisamente esos fenómenos dentro del mundo natural. Lo tradujo muy bien hace décadas la editorial H.Blume y no me consta que hoy por hoy esté disponible.
Afortunadamente, en España hay muchas editoriales, como la mencionada anteriormente Katz, que publican buena divulgación, pero hay dos en concreto que dedican colecciones específicas y excelentes: Tusquets y Crítica; las colecciones se llaman, respectivamente, Metatemas y Drakontos y sus catálogos, bastante extensos cubren todos los campos de la ciencia actual con obras siempre de gran nivel.




















