
Imaginad un tipo de Oxford nacido en plena era victoriana (1872); es decir, un eduardiano como
James, Wells, Shaw, Chesterton, Conrad y Kipling ( a este último lo detestaba). Imaginad a un tipo singular, original, un raro que aspiraba a ser nada menos un gran escritor menor; alguien que escribió un cuento genial para burlarse de las ansias de posteridad de los literatos.. Un raro, ya digo, que sólo bailaba con su propia música, algo que comparto modestamente con él, y que afirmaba ser un escritor menor, igual que yo, pero del que nada menos que
Auden calificó del mejor parodista en lengua inglesa, del que
Bioy Casares seleccionó un cuento, prcisamente
Enoch Soames, como uno de los más admirables, por la descripción del ambiente literario de la Inglaterra de finales del XIX, y del que
Bertrand Rusell dijo que era “el más implacable de mis contemporáneos”. Alguien, en fin, a quien yo no conocía hasta hace escasamente un mes, cuando la editorial Alfaguara en fusión con de New York Review decidió iniciar con
Siete hombres de
Max Beerbohm una nueva colección.
Así que les presento mis in(-)presiones de estas otras tres –in:
Inefable
Inigualable
Inimitable
Sir
Henry Maximilian Beerbohm, Londres, 1872, Rapello, 1956, fue sobre todo un ensayista, consolidando una reputación en su tiempo de crítico y caricaturista (mirad la ilustración de arriba), pero cuyo mejor libro parece ser esta colección de relatos que se llamó
Siete hombres. Lo cual es curioso, porque si contais a los que aparecen en los cinco cuentos que la componen vereis que sólo hay seis. El séptimo, que siempre está presente en todos, es el propio autor.
La edición que comento tiene un prólogo de
John Updike. Francamente se le nota al prologuista de hoy totalmente entregado al escritor de ayer, deslumbrado por ese aura un tanto aislada de, como ya he dicho, bailarín solitario de su propia música. Sus brillantes predecesores, como
Wilde, y sus competidores coetáneos, como los mentados, no inspiraron en él ningún afán de emulación, sino las demoledoras parodias de todos ellos.
Deleitaros con la sorna decimonónica con que se vé a sí mismo:
“Tenía yo ciertas actitudes para la prosa y el verso en latín. A menudo di en preguntarme si esos dos elementos, esenciales como eran (y son) en la hechura de un estilo decente en prosa inglesa, serían por sí mismos suficientes para forjar un estilo algo más que decente. Me pareció que debía contar con otros modelos. Y de ese modo adquirí el hábito de imitar de vez en cuando, con diligencia, a tal o cual autor vivo, aunque a veces, justo es reconocerlo, de aprender más bien qué me convenía evitar”
Henry James y Joseph Conrad fueron admirados por él y admiradores suyos. Sin embargo, como señala
Updike, la ambición de aquellos de esforzarse en ampliar su arte hasta los extremos más radicales fue del todo ajena al incomparable (otro in) Max.
El libro se compone de esbozos, parodias en las que interviene siempre el autor como un personaje espejo/pared, de supuestos literatos. De todos ellos, el primero,
Enoch Soames es para mí el más conmovcedor, el que más desasosiego ha provocado en mí, porque, señores, se trata del retrato de un literato que lo tiene todo: dedicación, ego, estilo bohemio y unos ingresos privados suficientes, salvo talento. Una aparición demasiado próxima a cualquier escritor o aprendiz de escritor. Lo empeora, es decir, lo mejora un tono íntimo, sobrio, ligero, con eso que se llama “finura de trazo”, que evita que parezca una patochada la aparición del demonio nada menos en un restaurante donde el protagonista cierra el trato de venta de su alma a cambio de viajar hacia el futuro, concretamente a la sala de lectura de la biblioteca del British Museum., para comprobar si la posteridad le ha concedido la pervivencia como escritor que ansía. No creais que con este mini argumento os he estropeado el cuento, para nada..
Parece ser que recogió otras imitaciones devastadoras en
Una guirnalda navideña, del que se ha dicho que es el libro de parodias más excelso que jamás se haya escrito en lengua inglesa. Nada menos. Alguien cuya vocación de escritor menor llegó a ser un credo, un alarde, pero que me ha llegado más adentro que muchos de los ya anticuados enredos de todo un Henry James., por poner un caso.
Un raro, un exquisito que no necesitó vender su alma al diablo para aparecer en est confusa posteridad que somos nosotros, sus probables lectores actuales, aunque su discrección exigia apenas una nota a pie de la página de sus brillantes contemporáneos a los que dedicó su compasión y, lo que no está reñido, su humor.