

Una buena y estricta contabilidad, como la que utiliza la naciente economía ecológica, que no obvia como esotéricas externalidades ciertos consumos ni gastos, establecería sin lugar a dudas que, para un país como España, son mucho más rentables los inmigrantes que los turistas; esto es, que los turistas “dejan” mucho menos dinero que lo que consumen, y que los inmigrantes dan mucho más que lo que les ofrecemos. Por ello, resulta curiosamente absurdo, bajo la impecable lógica contable, la diferente estimación de unos y otros por parte de los españoles; sujetos al racismo los unos, recibidos con alborozo los otros como supuestos promotores de riqueza. Se podría aducir que la diferencia estriba precisamente en el racismo: oscuros y de las periferias del mundo frente a blanquitos del Primero, pero tal asunto se desmonta cuando comprobamos el diferente tratamiento de árabes millonarios frente a magrebies trabajadores,¿Se trata, entonces, de una diferencia más clasista que xenófoba? Tampoco eso es tan claro.
Antes de seguir adelante quizá algún lector necesite que se le argumente el núcleo duro de este artículo enunciado en el párrafo anterior. Es bien fácil demostrar que “el debe” de un inmigrante, lo que recibe por su aportación, no sólo laboral sino demográfica, es muy inferior a su haber, lo que entrega. El inmigrante no es un ocioso, por definición, mafias de delincuencia al margen. Llega al país de acogida en plena edad laboral y no sólo dispuesto sino ansioso por trabajar, y normalmente ocupa empleos poco apetecidos por los autóctonos, en los que ya está plenamente formado. El país que le recibe no gasta un euro en esa formación ni en su mantenimiento hasta la edad adulta. Además, y no es esto menos importante, revitaliza demografías precarias y envejecidas como los es al máximo la española, mantienen tasas de natalidad más altas que los indígenas y es su aspiración la de traer consigo y hasta ampliar sus familias. En una región como la autonomía madrileña, el crecimiento demográfico se debe en sus tres cuartas partes a esa inmigración y sólo en una cuarta a los autóctonos. Con un estado de bienestar en precario por una población de viejos receptores en aumento y una disminución de los productores aportadores, tengo que confiar que dos o tres jóvenes inmigrantes paguen a partir de ahora mi próxima pensión de jubilación.
En cambio, se puede igualmente demostrar el escaso consumo de dichos inmigrantes que, por consumir menos, lo hacen hasta de metros cuadrados de vivienda, no digamos de bienes suntuarios, y son usuarios, a nivel educativo y sanitario, de los servicios más básicos de la sociedad de acogida. Por el contrario, el turista sólo aporta el dinero que gasta en el país y que no basta para cubrir sus desaforados consumos de recursos naturales y bienes suntuarios, desde metros cuadrados de suelo en forma de urbanizaciones y hoteles hasta de agua o campos de golf, caza o visitas a museos. Entonces ¿por qué esa discriminación a favor del más rapaz? Nuevamente la explicación radica en quien se apropia de los beneficios de unos y otros y quien costea sus consumos. Los consumos de unos y otros los pagamos el conjunto del país de acogida, en cambio, los beneficios del turismo, en gran medida los privatizan unos pocos empresarios. Privatizar beneficios y socializar costes, como norma de la economía de mercado, explica que pese a los indudables mayores ventajas de un inmigrante sobre un turista, sea en cambio peor tratado el más benéfico. En efecto, con el turismo vendemos nuestro país por un plato de lentejas, bien barato, pero eso sí, el plato de lentejas se lo apropia poca gente. Los inmigrantes, en cambio, nos ofrecen un futuro, más que nosotros a ellos, pero ese futuro no se contabiliza en un Producto Interior Bruto que, en efecto, es muy bruto, sobre todo en su forma de ser contabilizado.
Quizá empieza a ser hora de que suprimamos vuelos charter y pongamos ferris gratuitos para sustituir a las pateras, exijamos menos visados a los que vienen a dar que a los que vienen a consumir, examinemos con más atención los equipajes de lujo que las maletas de la inmigración, sepamos, en fin, de una vez por todas, que algunos son muchos porque son pobres y no a la inversa; desenterremos el informe Brandt Norte Sur que, allá por los años setenta establecía que un ciudadano blanco anglosajón gasta cientos de veces más recursos y produce cientos de veces más residuos que un morenito del sur geopolítico, y que además, egoísta e inteligentemente, nuestro futuro depende que ellos también lo tengan. Y de paso dejemos de convertir este país en un horrendo parque temático para jubilados opulentos y, ellos sí, egoístas. Podemos ser tan tontos como los suizos en sus recientes elecciones en que el partido xenófobo del UDC ha obtenido el primer puesto o tan listos como los Estados Unidos del ya lejano comienzo del siglo XX, donde era difícil encontrar un solo talento artístico, técnico o industrial que no proviniese de los inmigrantes voluntarios (los europeos) o forzados (los africanos).
De África, en sucesivas oleadas provino la humanidad que colonizó el resto del planeta; las migraciones humanas, mucho más que la natalidad o la mortandad, son el fenómeno demográfico más significativo de nuestro tiempo y no es posible, la historia nos lo enseña, detenerla, así que más vale aprovecharla, porque todos somos o hemos sido espaldas mojadas y precarios navegantes en patera; o nosotros o nuestros bisabuelos o nuestros biznietos.
2 comentarios:
"Privatizar beneficios y socializar costes, como norma de la economía de mercado ..."
No por tantas veces repetida, deja esta frase de ser verdad. Lo triste es que no contabilicemos los beneficios que todavía se socializan (y que son el soporte que permite que otros se privaticen). Que tampoco contabilicemos los costes que se privatizan (que se cargan a ciertos "pringaos") no es triste, es indignante.
PS: Veo que, pasadas las vacaciones, recuperas tu exuberancia escribidora. Sigo leyendo para ponerme al día.
He venido buscando este post y compruebo que ya lo comenté, hace algo más de un año (coño, cómo pasa el tiempo). La cosa es que estaba ayer (día de La Candelaria, patrona de esta isla) ordenando mi biblioteca, cosa que empiezo frecuentemente y apenas avanzo en cada ocasión porque me pongo a hojear cualquier volumen que me llama la atención. Así, resulta que cogí un ejemplar de la revista Archipiélago y me encuentro con un artículo que me suena y me quedo dudando si me suena porque lo leí ya en esa revista hace cuatro años o porque lo lei en otro sitio; y como al autor del artículo ya lo tenía identificado con un seudónimo más gangsteril, pensé que a lo mejor era en este blog donde lo había leído. Y ahora que lo compruebo sigo con la duda, porque me parece (vagos recuerdos) que cuando leí este post ya entonces me sonaba. En fin, tengo el cerebro lleno de nieblas.
Todo lo cual no es óbice para afearle a usted eso de plagiarse a sí mismo sin advertir a sus lectores que lo somos de segunda mano.
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