TABLÓN DE ANUNCIOS

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1)“Los optimistas escriben mal

Arno Schmidt

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2) El peor asesinato es el político, porque a la premeditación y alevosía de todo terrorismo se añade que implica creer que determinada causa está por encima de la condición humana

El cuñado de Lansky

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3) Quizás el elevado número de altos cargos electos y no electos en todas las administraciones tiene que ver con un programa de integración laboral de deficientes mentales y yo no me había enterado

Lansky


4) O Europa exporta libertades y derechos occidentales o importa precariedades y esclavitudes chinas; es un problema de balanza comercial ética.

Lansky


13/03/2008

Acabo (¿de momento?) con la conservación de la naturaleza


He pospuesto para el final la que bien podría haber sido el comienzo de estas disquisiciones: la inviabilidad definitiva de toda conservación extrema. Me explicaré. La pieza clave de la ecología científica es la noción de Sucesión Ecológica, hasta el punto de haber sido comparada al papel central que la teoría de la evolución ocupa en la biología general. La sucesión designa la tendencia que tienen los ecosistemas a aumentar en complejidad si no son explotados ni perturbados, conforme a una secuencia bien conocida aunque no totalmente elucidada, en la que varían propiedades “macroscópicas” del sistema, relacionadas con flujos de materia, energía e información. En cierto modo el ecosistema se “cierra sobre sí mismo”, reinvirtiendo sus excedentes productivos en estructuras más permanentes, complejas o maduras. Esa tendencia a la complejidad, o a la complicación, es tan universal que gran parte de las tareas agrícolas, por ejemplo, desde escardar a podar, y de recursos invertidos (semillar, fertilizar) tienen la misión básica de entorpecer la sucesión y evitar ese cierre sobre sí mismo del ecosistema, desde la simplicidad exportable a la complejidad estrictamente inexplotable (sin excedentes). Bien, la explotación –esa apropiación de paquetes de energía a la que aludíamos- impide que la sucesión continúe, de manera que se establece una oposición entre conservación y explotación que, en el fondo, no admite conciliación, por lo que es uno de los escollos más formidables (Margalef dixit) en la “formulación de cualquier política razonable de conservación”.En este hecho reside que la conservación de la naturaleza simultáneamente con la nuestra como sociedad, claro, sea una “aporía” lógica, es decir, una imposibilidad racional o, en términos menos filosóficos, un propósito inviable. En dicho sentido, el “mantra” de moda de la sostenibilidad, o más bien de lo sostenible [1]desvela su inherente inanidad

Persistir en comparar un ecosistema con un organismo puede conducir a numerosas impropiedades, a numerosas analogías cuyo valor pedagógico no justifica los errores de juicio que producen, pero es bien cierto que los ecosistemas se parecen a los organismos en que unos y otros se construyen a caballo del tiempo, sobre él, como el mismo planeta y sus eras cambiantes. Pero los ecosistemas que se van construyendo a sí mismos, o sobre sí o en torno a sí mismos, lo que hacen es trocar energía, la mayoría rápidamente consumida, disipada o degradada, por información. El final de ese proceso no es totalmente predecible, como optimistamente suponían los ecólogos decimonónicos y presuponen los conservacionistas y ecologistas actuales. Por tanto, en ese edificar su presente sobre su pasado, el único hecho cierto es ese. Por eso son tan importantes esos soberbios ejemplos heredados, encontrados por prueba y error tras milenios, “de nadar y guardar la ropa”, de conjugar conservación y explotación, como las dehesas o los territorios pastoriles de montaña –sus complementarios en la trashumancia de ganados-. Llámenlos, si gustan, Naturaleza, pues lo son; como aquellos, sus forjadores; como nosotros, sus conservadores; como nosotros, sus destructores.

Propongo acabar recordando aquí que los humildísimos líquenes –utilizados modernamente como indicadores biológicos de la contaminación, pues no sólo promedian mejor que cualquier instrumento la resultante sinérgica total de todos los contaminantes, sino que reflejan su transcurso en el tiempo- son, por ello, el más lento telegrama (de socorro) de la Tierra, sea esta afirmación ciencia o poesía, cuya aparentemente insalvable diferencia en el fondo estriba en si consideramos que ya sabemos –ciencia- o si seguimos aprendiendo –poesía- por intuición. Ellos también evidencian como la sincronía económica actual está arrasando con la diacronía acumulada durante millones de años, esto es, con la historia de toda la superficie emergida de este planeta. Hume definía el hábito como “tomar el pasado como regla del porvenir”. Aquí se propone, más flexiblemente, tomar el pasado como un informante del futuro. Mientras tanto esperemos que los árboles sigan intercambiando sus pájaros como palabras, conforme a la maravillosa metáfora de Saint-Pol-Roux, y continúe el prodigioso diálogo de múltiples relaciones de las partes de este mundo, la polifonía que lo sustenta a lo largo del tiempo.[2]

“Sería cosa de que los políticos vivieran en el campo, como los antiguos romanos; aprenderían en el arte de escuchar y callar, doble ciencia que el estrépito capitalino hace que olvidemos, y de la que uno se imbuye maquinalmente al observar el paso lento, cadencioso, uniforme y callado de la naturaleza.”[3]

[1] Siempre que se desea desactivar un concepto incómodo para los poderes se le sustituye por un término de consenso sin demasiado contenido; y la forma más fácil de hacerlo es transformar los sustantivos (sujetos) en adjetivos; así Ecología pasa a “ecológico”, sea este un yogur o una silla, y Sostenibilidad, concepto fuerte que define la idea de no sobrepasar la capacidad de regeneración de los recursos, por sostenible. El colmo es cuando ese adjetivo se aplica a un sustantivo incompatible, como “desarrollo”. Desarrollo, que por mucha connotación cualitativa, implica crecimiento, aumento de consumo de recursos. “Desarrollo sostenible” es una contradicción en sus términos en pura lógica, pero el que no signifique casi nada no es un obstáculo, sino un aliciente para su uso abundante en los discursos de los modernos sofistas, políticos, economistas y organismos internacionales.
[2] El silencio es un lujo, pero siempre que esté alternado con los sonidos de la vida, sino es muerte. Oigamos la trascripción al castellano que el etnógrafo Severino Pallaruelos (José. Un hombre de los Pirineos, Zaragoza, 2000) hace de los recuerdos sonoros de un pastor del Pirineo aragonés: “Oías cómo golpeaba el hacha de algunos que cortaban madera o los golpes de la maza en las cuñas si partían leña. Oías a los pastores que silbaban, perros, esquilas…algún grito allá delante de uno que acarreaba y se enfadaba con los machos…y a veces, allá abajo, en San Juan, tin-tin-tin: uno que golpeaba, para afilar la guadaña…y ahora nada… no se oye ni un ápice.”
[3] M.-J. Hérault de Séchelles: Teoría de la ambición

4 comentarios:

Recaredo Veredas dijo...

Magnífico post, Lansky. La nota final, relativa al silencio, al pastor posee una fuerza poética increíble. Saludos.

joseman dijo...

Deberías escribir un libro con posts tan buenos como éste. Realmente muy lúcido.
Saludos.

isabel vera dijo...

¿Trocar energía por información? No lo he comprendido, aunque creo que la idea general del post sí. Muy interesante, estoy deseando saber qué piensas sobre la caza, como he visto en el programa de primavera.

Lansky dijo...

Joseman: estoy en ello
Isabel vera, otro día explico más detenidamente lo de cambiar energía por información, y de la caza, la que se practica ahora, no la de los antiguos y humildes campesinos que complementaban su dieta con algún conejo, pienso como imaginas mal, muy mal, pero quizá no por los motivos habituales