
(In memoriam de Rafael Azcona)
Milán Kundera, que ya no está tan de moda pero sigue siendo un excelente escritor, dijo que “la estupidez de la gente procede de tener respuesta para todo”. No saben que es mejor caminar con una duda que con casposas certezas. Así, sin ir más lejos, nunca mejor dicho, está esa certidumbre que tienen todos los nacionalistas de haber nacido en la tierra prometida o, en caso contrario, de caminar sin dudas hacia ella. La cosa viene de lejos, de la Biblia, y esas gentes tan patriotas se dividen entre los victimistas que, como Moisés, no llegarán a verla nunca pero guiarán a sus pueblos hacia ella, y los victimistas que, instalados en ella, no quieren saber nada de lo que existe afuera.
Dan ganas de recomendarles la lectura del Didascalión de Hugo de San Víctor: “El hombre que encuentra agradable su dulce tierra natal es todavía un tierno principiante; aquel para quien cualquier tierra es su tierra natal es ya fuerte; pero el hombre perfecto es aquel para quien el mundo entero es como una tierra extranjera". O sea, que Rafael Azcona, que acaba de fallecer discretamente, tenía su razón cuando decía que uno es de donde hizo el bachillerato (y si no fue él, fue alguien parejo), pero también aquel que escribió la letra de El último de la fila que proclamaba que “mi patria son mis zapatos”. Finalmente, un cosmopolitismo bien entendido y siempre extrañado, en los varios sentidos de la palabra, es lo mejor. El antiturista que no “va” a los sitios, sino que los habita sucesivamente.
Son paradojas que provienen de dar por hecho que un suceso azaroso: donde naces y donde te bautizan o su equivalente, marca tu vida como nacionalista y como practicante de la única religión verdadera. Patrias y religiones, qué daño hacéis. Porque el caso es que hay ilusiones que si no se corrigen se convierten en delirios. Una ilusión puede ayudar a vivir esta vida tan breve, pero en la que, sin embargo, algunos se aburren, lo que a Jules Renard le llamaba, lógicamente, la atención. Pero una ilusión es ante todo una equivocación revocable, mientras que un delirio, como el que padecen los nacionalismos, es un error tan persistente como suicida.
Aunque la causa, patria o Dios, es lo de menos; lo dejó dicho Santayana, otro exilado, “aquel que redobla sus esfuerzos conforme olvida sus objetivos. No quiere pensar ni saber. Sólo creer”. Esa era su definición del fanático.
Milán Kundera, que ya no está tan de moda pero sigue siendo un excelente escritor, dijo que “la estupidez de la gente procede de tener respuesta para todo”. No saben que es mejor caminar con una duda que con casposas certezas. Así, sin ir más lejos, nunca mejor dicho, está esa certidumbre que tienen todos los nacionalistas de haber nacido en la tierra prometida o, en caso contrario, de caminar sin dudas hacia ella. La cosa viene de lejos, de la Biblia, y esas gentes tan patriotas se dividen entre los victimistas que, como Moisés, no llegarán a verla nunca pero guiarán a sus pueblos hacia ella, y los victimistas que, instalados en ella, no quieren saber nada de lo que existe afuera.
Dan ganas de recomendarles la lectura del Didascalión de Hugo de San Víctor: “El hombre que encuentra agradable su dulce tierra natal es todavía un tierno principiante; aquel para quien cualquier tierra es su tierra natal es ya fuerte; pero el hombre perfecto es aquel para quien el mundo entero es como una tierra extranjera". O sea, que Rafael Azcona, que acaba de fallecer discretamente, tenía su razón cuando decía que uno es de donde hizo el bachillerato (y si no fue él, fue alguien parejo), pero también aquel que escribió la letra de El último de la fila que proclamaba que “mi patria son mis zapatos”. Finalmente, un cosmopolitismo bien entendido y siempre extrañado, en los varios sentidos de la palabra, es lo mejor. El antiturista que no “va” a los sitios, sino que los habita sucesivamente.
Son paradojas que provienen de dar por hecho que un suceso azaroso: donde naces y donde te bautizan o su equivalente, marca tu vida como nacionalista y como practicante de la única religión verdadera. Patrias y religiones, qué daño hacéis. Porque el caso es que hay ilusiones que si no se corrigen se convierten en delirios. Una ilusión puede ayudar a vivir esta vida tan breve, pero en la que, sin embargo, algunos se aburren, lo que a Jules Renard le llamaba, lógicamente, la atención. Pero una ilusión es ante todo una equivocación revocable, mientras que un delirio, como el que padecen los nacionalismos, es un error tan persistente como suicida.
Aunque la causa, patria o Dios, es lo de menos; lo dejó dicho Santayana, otro exilado, “aquel que redobla sus esfuerzos conforme olvida sus objetivos. No quiere pensar ni saber. Sólo creer”. Esa era su definición del fanático.
(Las películas basadas en guiones de Azcona eran maravillosos antídotos contra el fanatismo y retratos veraces de esa patria que llaman España. En un blanco y negro lleno de grises, de matices, tan veraz que resultaba subrrealista, mi favorita es El verdugo, y mi secuencia preferida, aunque es una magistral antología de ellas, es una en que el verdugo novato mira al interior de una celda a través de la mirilla y exclama que no ve nada o que lo ve todo negro; a cointinuación, se abre la puerta y sale de espaldas, despidiéndose, un cura con una sotana negra que estaba apoyado en la misma...)
8 comentarios:
Qué maravilla de película, "El verdugo". Y otra genial "Plácido", y "Los jueves, milagro". ¡Qué España aquella, no tan lejana de esta como creemos!
La frase "un hombre es de donde hace el bachillerato" es una respuesta de Max Aub a quienes lo acusaban de no tener raices. Judio, austriaco procedente de Francia y criado en Valencia.
Te felicito por tu blog
Juan B
Sevilla
En camino o ya instalados, pero, efectivamente, todos víctimas, siempre víctimas. La nación -¡la Patria!- tiene una relación indisoluble con la "victimidad": es víctima, la justifican sus víctimas, la hacen "sagrada" las víctimas, la integran víctimas, requiere víctimas, produce víctimas. Víctimas son cuando la añoran, cuando la reivindican, cuando asesinan en su nombre, cuando la "construyen", cuando la explotan y cuando la gobiernan. Plañendo himnos, poniendo bombas, inventándose idiomas, tocando la chirimía del terruño, pegando tiros en la nuca, levantando piedrolos, administrando presupuestos autonómicos, construyendo carreteras locales o cobrando el tres por ciento de patriótica "astilla", siempre son víctimas, y los demás sus malvados verdugos, que nos tenemos merecido, de antemano, metafísicamente, todo lo que nos hagan en nombre de su irredimible, sacrosanta y patriótica victimez.
Hasta los huevos estoy, de víctimas.
(PD.: el subrealismo es tentador, sí, pero engañoso. En realidad es sobrerrealismo, de surréalisme)
Gracias, Juan B. por tu aclaración, el gran Aub.
De acuerdo vanbrugh, la victimización es ingrediente esencial del patrioterismo nacionalista; lo único que, aunque sea muy paradigmático como tanto se dice ahora, hay otros nacionalismos que nos afectan aparte del vasco, por ejemplo y para no ir más lejos, el españolista o español.
Totalmente de acuerdo con este post. Lo curioso es que compruebo que posiciones como la que declaras suelen compartidas en el plano "intelectual" por muchos que luego, en sus comportamientos, exhiben tics nacionalistas (aunque, si se les hace notar, suelen decir que eso no es nacionalismo). Ocurre también en muchas otras cosas relacionadas con las emociones; uno dice pensar de una manera pero luego va y le pueden sentimientos contrarios. Imagino que el nacionalismo (como muchas otras cosas, y me resisto a poner la religión entre ellas) no es sino la intensificación desde la cultura de una base institintiva que provendrá del cromagnon. En fin, tengo un agotamiento encima que no me sostengo.
Miroslaw,
comprendo pero no comparto tus reparos para poner en el mismo plano nacionalismo y religión. Por supuesto, no digo que sean fenómenos idénticos, pero la idea de Dios y la idea de nación han provocado más dolor que otra cosa en mi maximalista, atea y cosmopolita visión.
Por cieto, es costumbre arraigada, que no instintiva, atribuir nuestros peores defectos como especie al instinto, que está modulado por la selección natural, y los mejores al aprendizaje y la educación, pero se aprenden muchas cosas malas y hay mucha "mala educación". La verdad es que el instinto, o los comportamientos iicnluidos en nuestro patrimonio heredado genético, nosa salvan, las más de las veces, de no ser unas bestias completamente idiotas: Homo nescius nescius. A lo mejor escribo un ensayito sobre esto de los instintos, cromañoncete mío.
Desde luego que no solo nos afecta el nacionalismo vasco, pero no solo el vasco es victimista. Todos lo son. También el español, cuando no está en letargo. "Oigo, Patria, tu aflicción..." "La conjura judeo masónica...". No se puede ser patriota sin estar en pie de queja permanente contra todo lo que no es tu patria y que, por lo tanto, la agrede. No hay nación sin agravio fundacional.
Mis resistencias no eran tanto reparos "ideológicos" cuanto para evitar pisar callos. Nacionalismo y religión, como fenómenos culturales, comparten demasiados rasgos esenciales amén de orígenes muy entrelazados. Y más en nuestra España de charanga y pandereta. Esta pasada semana, tras escapar del estruendo tamboril de los pueblos turolenses y adentrarme en la majestuosa quietud del Maestrazgo, recordaba a los fanáticos que hace apenas siglo y medio provocaban en ese mismo escenario parte de los dolores a que te refieres a cuenta de Dios y la Patria. Algo más al norte, en la tierra que me vio nacer, esos barros siguen pariendo todavía lodos.
En cuanto a la dicotomía natura-cultura, me he debido expresar mal. No creo para nada en simplificaciones maniqueas como la que recusas (instintos malos, cultura buena). De hecho, la cultura (o manipulación cultural, si prefieres) a la que me refiero, la que construye conceptos tales como el nacionalismo, se aprovecha, creo, de una base instintiva, para pervertirla y exacerbarla. Pero me quedo esperando lo que habrás de escribir al respecto.
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