
...y talento expositivo, lo que pocas veces va unido.
El verdadero lío se inició con James Clark Maxwell y las leyes del electromagnetismo descubiertas por él en 1860. Conforme a esas leyes, si uno se acerca a un haz de luz o se aleja de él, la luz siempre se aproxima a la misma velocidad. Eso implica que la velocidad de la dichosa luz no se comporta como sería esperable en un mundo con espacio y tiempos concebidos de forma clásica. Por ejemplo, si corremos por las vías de un tren, sin apartarnos a un lado, en el mismo sentido que este, viviremos un poquito más de tiempo que si lo hacemos en sentido contrario: acercándonos al tren, y en este segundo caso la velocidad resultante será la diferencia entre la velocidad del tren y la del suicida. Pero con la luz no.
En el año milagroso de 1907 Albert Einstein partió de esa observación para darle la vuelta a nuestros conceptos del espacio y del tiempo. Desde entonces sabemos, gracias a la Teoría de la Relatividad, que espacio y tiempo no significan lo mismo para mí, sentado en esta silla, que para los astronautas del Soyuz que están orbitando en torno a la Tierra, ni para Stephen Hawking si está tomando el té en el Cúmulo de Virgo, ni para un despistado que está siendo engullido por un agujero negro (¡mira por donde vas!). Porque espacio y tiempo no son fijos e invariables, sino que se ajustan según el observador, curvándose o dilatándose en la medida justa y exactísima para que la velocidad de la luz se mantenga constante qué jodia, pues es una constante universal con muy poquitas otras: c. En realidad, mientras que la velocidad de la luz es constante –y para que lo sea-, el espacio se expande o reduce, se curva o se aplana, y el tiempo avanza o retrocede, se ralentiza o acelera.
Cuando oyeron estas cosas sin haberlas comprendido cabalmente, los “intelectuales” fingidores de los que hablaba en dos post anteriores, y que leían la prensa como único alimento intelectual igual que ahora, se frotaron las manos. Qué filón de metáforas les aguardaban, sin ser la menos tosca aquella de Groucho de que todo es relativo. Sin embargo, Einstein lo dijo, lo repite Hawking, “el físico no puede entregar al filósofo la contemplación crítica de los fundamentos teóricos”; es decir, de sus implicaciones. Y eso pasa no sólo con la física; siempre es más interesante oir hablar de evolución humana a Arsuaga que a Punset, sin más historias. Y sin contradecir a Shopenhauer que defendía la mayor dificultad de ser filósofo que físico, porque en el primer caso no se trataba de descubrir nuevos fenómenos, sino de pensar sobre lo ya conocido, pero justo eso es lo que la inmensa mayoría de los filósofos no saben hacer y por eso se dedican a cronistas, más o menos eruditos, de la realidad (o a hablar de hípica o de ciencia ficción)
Si me preguntasen (anda: hacedlo) cuáles son los géneros "indispensables" de la literatura; o los más excelsos y reveladores, diría que son dos falsamente opuestos: la poesía, con sus fulgurantes intuiciones, verdaderos y económicos atajos a la verdad, y la buena divulgación científica, cuando lo es, es decir, cuando la escriben esos raros especímenes que aunan virtudes a menudo disociadas como la competencia científica y la gracia y facilidad expositivas. Así que una dósis de Phillip Larkin ("A la una la botella está vacía/a las dos el libro al fin cerrado/a las tres los amantes ya duermen...) y medio capítulo de El Universo elegante de Brian Greene y uno descubre que las leyes de unificación y la teoría de supercuerdas ya estaban presentidas por los bardos. Felices sueños...de la razón.
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