profesión de fe

profesión de fe
Somos los conocidos superhéroes del barrio –concepto acuñado por Kiko Veneno para definir lo que se podría llamar héroes de proximidad-: Lansky y Superperropequeño. Ambos somos más ciudadanos que patriotas ( y tan rústicos como urbanos), o bien, nuestra patria son nuestros zapatos -o ni eso en el caso de Jara-, la infancia o el sillón de orejas de lectura, pero nos negamos a la ñoñería esa de ciudadanos del mundo. Simplemente, tenemos pasaporte

06/03/2008

Epílogo (mejilla abajo)




El suicidio es siempre desconsiderado para los que tiene que recoger la truculenta escena. Salir de mí mismo me produce la misma sensación que a los demás: dolor. El ojo adiestrado para la supervivencia –el mío en alto grado-, esto es, volcado hacia fuera, hacia los otros, de repente te registra a ti mismo. Y ves un monstruo, un monstruo querido, un león con alas, un grifo o cualquier otro ser de ese surrealismo clásico que llamamos mitológico, pero un monstruo a fin de cuentas. Mi corazón hace tiempo que abandonó la superficie de la Ética pero mi conciencia ha recaído en la profundidad de la Estética. Entras en un salón donde dan una fiesta, pero antes, desde la calle has visto la ventana iluminada, siempre amarilla, de la casa de los anfitriones, que llena de invitados es como el vientre de un pez. Y te asustas. La belleza finalmente te ha derrotado. Sabes que matar es realmente feo, no que “esté” feo. Y además es el acto más estúpido de un animal que se reivindica racional.

Siempre he tenido claro que mataba por dinero; soy un asesino a sueldo, cobro por obra, no soy pues un vengador, esto es, un fanático de los que consideran que el fin justifica los medios, cuando son esos medios desmesurados los que hacen injustificables fines que, de otra forma, podrían ser perfectamente legítimos. No hay motivos nobles para matar, todo lo más, a veces, callejones sin otra salida, como la defensa propia o de los tuyos, pero los más innobles, los últimos refugios de los canallas, como decía Ambrose Bierce, son las patrias y Dios. Eso no me ha impedido disfrutar de ciertos encargos que señalaban a proxenetas, esquilmadores o maltratadores. Miel sobre hojuelas, como el famoso postre cervantino y alcarreño. Pero la muerte es más promiscua que el sexo. Ninguna orgía, por muchos e improbables orificios que se usen, puede compararse a una orgía de sangre, a la intromisión que ejerce un humano sobre otro cuando lo mata. Esa es la máxima profanación. Colocar ese tabú en el quinto lugar de los mandamientos y no en el primero es tan sólo un subterfugio, porque los hombres, como bestias salvajes, se matan unas a otras con promiscuidad. El mismo sanguinolento disparate una y otra vez, simétrico de ese otro sanguinolento disparate que es nacer entre las piernas de una mujer

Sólo me quedan, pues, dos opciones. Una, utilizar mis habilidades, la rutina de extinción, conmigo, pero la belleza de los desnudos hombros redondos de Paola me lo hace muy difícil, entre otras cosas. Tampoco hay mayor egolatría que inmolarse usando a los otros, como los narcisistas mártires cristianos. Tengo claro que entre los leones y los antiguos creyentes, siempre estaré de parte de los inocentes felinos, que sólo se guían por su naturaleza, sin contradecirla como sus sumisas presas. Como estoy de parte de las brujas, aún a riesgo de que me hagan subir a la hoguera junto a ellas Los hombros redondos y las rodillas agudas, los tobillos frágiles, pero los muslos largos y fuertes, los contrastes demoledores de la belleza; el “mal de Stendhal” multiplicado por mil.

La segunda opción es deciros, decir: me llamo Juan y estoy retirado. Una lágrima, aún más autónoma que mi ojo, se desprende mejilla abajo. Ni siquiera puedo consolarme pensando que mis víctimas eran peores que yo. Lo eran hasta que las maté y me convertí en su verdugo. Eso nos iguala, así que no quiero desequilibrar aún más mi lado de la balanza buscando pretextos, como los fanáticos idealistas.

Como Auden, aún sigo riendo cuando ya se escurre por mi mejilla esa lágrima que es el último intento de quedarme rezagado de ese futuro de jubilado. Mi melancolía de hoy no es, no obstante, sinónima de la moderna depresión, sino el sabio placer de la inevitable tristeza. Podría ser, sin falsa modestia, un Montaigne con pistola. Sólo que esto es una contradicción en sus términos.

(Cogió el revolver y comprobó que había una bala en la recámara, apoyo el cañón no en la sien, sino debajo del mentón, en línea oblicua con el cráneo; miró alrededor, a las paredes plagadas de libros hasta el techo; todavía le quedaban muchos volúmenes sin leer y muchos más que deseaba volver a leer. Su mirada vagó en torno hasta pararse en un retrato de Paola, luminosa. En ese momento entró Jara atropelladamente y le colocó las patas delanteras en sus muslos, con la mano libre acarició al animal, la otra, que aún sostenía el arma, descendió hasta la pata derecha del sillón, pero no la soltó aún).


FIN

8 comentarios:

Vanbrugh dijo...

Espero sinceramente que Jarrapellejos se lo piense. Nunca me han despertado mucha simpatía los asesinos que creen compensar de algún modo sus asesinatos quitándose de enmedio a ellos mismos. Me parece un intento de pasarse póstumamente al bando de sus víctimas que constituye la última falta de respeto contra ellas. Y en el caso de un asesino a sueldo, que mató por dinero, lo menos que pueden esperar sus víctimas es que disfrute a fondo hasta el último de los euros a cambio de los cuales las despachó. Lo contrario equivale a decir: "Os maté para conseguir lo que me parece una mierda. Os dí menos valor que a esto que ahora también desprecio."

Lansky dijo...

Para el carro, vanbrugh. Se trata de un final abierto; esto es, en cierto moddo, de un falso final.

Por otra parte, terminar no tanto por no valorar, como por estimar que no valía la pena lo que se ansiaba a costa del precio pagado es casi una ley del comportamiento humano: "me arrepiento de haberme casado, de haber tenido hijos, hasta de haberme hecho rico". Al menos los humanos más interesantes están cargados de contradicciones.

De momento, mi asesino, ¡a la nevera!; ya veremos si acepta más encargos.

Vanbrugh dijo...

Es cierto, que sea un comportamiento que me caiga gordo no significa que no sea bastante universal. Y quizás inevitable. Probablemente por eso me molesta.

Lansky dijo...

Eres más elitista que mi asesino, que ya es decir. Ten cuidado de no llevar demasiado lejos tu manía de rehuir los comportamientos más universales: puedes dejar de alimentarte (o de tomar cañas, que casi es peor)

Vanbrugh dijo...

Me he explicado mal. No me molesta por universal, sino por inevitable. (Aunque, bien mirado, alimentarse es inevitable y no me molesta en absoluto).

ama de casa dijo...

Lansky arrepentido de su pasado, qué tierno. Es mucho mejor que muera de viejo, total sólo es un ratito lo que pasamos por este mundo, y de paso le ahorra a Paula el lamentable espectáculo de la biblioteca perdida de sangre, ¡quién sabe si no quedarán los libros salpicados!

Lansky dijo...

Cómo se nota que eres ama de casa, siempre preocupada por la limpieza. Pero no es "paula" sino Paola.

Miroslav Panciutti dijo...

Buen epílogo y, efectivamente, abierto. Dudo que se suicide quedándole tantos libros por leer (y por volver a leer). Bueno, que me ha gustado; lástima que apenas haya leído capítulos previos.