
La buena divulgación científica es escasa, porque debe reunir en su autor virtudes a menudo disociadas: competencia en el tema y capacidad expositiva, gracia literaria. Además la ciencia funciona con la conjunción de varios procesos intelectuales y al menos dos, las pequeñas pero significativas aportaciones que profundizan en su área, a menudo muy parcelada –a estos especialistas que penetran adentro cubriendo muy poca superficie los voy a llamar “alfileres”-, y los generalistas que van acomodando todas estas aportaciones para generar grandes teorías unificadas –y a estos los asemejo a un disco plano, que abarca mucho pero no puede profundizar demasiado-. Por supuesto los científicos mejores reúnen las dos clases de aportaciones. Frecuentemente, en su juventud –los científicos suelen ser como los atletas: dan lo mejor de si en sus primeras décadas-. Funcionan en el primer aspecto y cuando reúnen experiencia, en el segundo. Son entonces una combinación muy potente del alfiler y el disco, son tachuelas o chinchetas que se clavan y sujetan los diversos aspectos. Darwin era uno de esos escasos casos, tomó de la paleontología, de las adaptaciones de plantas y animales, de la demografía y hasta la economía política de su época y forjó una teoría que, con aportaciones y necesarias modificaciones, se mantiene hoy en lo esencial. Einstein también, el electromagnetismo, el efecto fotoeléctrico o la topología cósmica parecen tener poco en común, pero lo tienen y se encuentran reunidas en la teoría de la Relatividad.
Esas “tachuelas” son los mejores divulgadores científicos. La mayoría de la gente ignora que el famoso libro de Charles Darwin El Origen de las especies, donde daba cuenta de los mecanismos evolutivos por medio de la Selección Natural es, ante todo, un libro de divulgación. En él se multiplican los ejemplos, se vuelve sobre preguntas inicialmente respondidas para encontrar nuevas preguntas –la parte de arte que tiene la ciencia, la techne de los antiguos griegos, es más la maña para hacerse buenas preguntas que para responderlas- no se presuponen excesivos conocimientos previos en el lector (competencia naturalística),pero tampoco se da por hecho que el lector sea idiota. Esas son las bases para la alta divulgación de calidad. De hecho, el “paper” o trabajo científico de Darwin donde daba cuenta de su crucial descubrimiento fue el que presentó previamente en la Sociedad Linneana de Londres con firma compartida con Alfred Russel Wallace, que había llegado a conclusiones semejantes de forma independiente, y se titulaba “Sobre la tendencia de las especies a crear variedades”
Otro día hablaré de los para mi mejores ejemplos actuales de divulgación y de las áreas que, como la mecánica cuántica y la física de partículas, la intuición no sólo no ayuda, sino que parece contradecir lo que sabemos. Es decir, cuando la realidad enmascara la verdad, siempre provisional, y la hace poco verosimil. Una gozada, aunque caótica.
Esas “tachuelas” son los mejores divulgadores científicos. La mayoría de la gente ignora que el famoso libro de Charles Darwin El Origen de las especies, donde daba cuenta de los mecanismos evolutivos por medio de la Selección Natural es, ante todo, un libro de divulgación. En él se multiplican los ejemplos, se vuelve sobre preguntas inicialmente respondidas para encontrar nuevas preguntas –la parte de arte que tiene la ciencia, la techne de los antiguos griegos, es más la maña para hacerse buenas preguntas que para responderlas- no se presuponen excesivos conocimientos previos en el lector (competencia naturalística),pero tampoco se da por hecho que el lector sea idiota. Esas son las bases para la alta divulgación de calidad. De hecho, el “paper” o trabajo científico de Darwin donde daba cuenta de su crucial descubrimiento fue el que presentó previamente en la Sociedad Linneana de Londres con firma compartida con Alfred Russel Wallace, que había llegado a conclusiones semejantes de forma independiente, y se titulaba “Sobre la tendencia de las especies a crear variedades”
Otro día hablaré de los para mi mejores ejemplos actuales de divulgación y de las áreas que, como la mecánica cuántica y la física de partículas, la intuición no sólo no ayuda, sino que parece contradecir lo que sabemos. Es decir, cuando la realidad enmascara la verdad, siempre provisional, y la hace poco verosimil. Una gozada, aunque caótica.
En España los ejemplos son escasos, porque a la dificultad de encontrar buenos divulgadores se une la escasa estimación de estos. Se la considera una actividad subsidiaria, como la de escribir en suplementos dominicales (o en este blog). Pero en los países con mucha mejor tradición científica que la nuestra, como en el Reino Unido, siempre se ha valorado extremadamente esta actividad, que se considera casi una obligación de retorno moral del buen científico a la sociedad de profanos que le sustenta, pero este es un país de nuevos ricos en más de un aspecto, nuevos demócratas, nuevos desarrollados, nuevos científicos. Los franceses tienen una palabra para estos arribismos, los llaman "parvenu". Pero también hablaré de nuestras muy locales y excelentes excepciones.
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