profesión de fe

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Somos los conocidos superhéroes del barrio –concepto acuñado por Kiko Veneno para definir lo que se podría llamar héroes de proximidad-: Lansky y Superperropequeño. Ambos somos más ciudadanos que patriotas ( y tan rústicos como urbanos), o bien, nuestra patria son nuestros zapatos -o ni eso en el caso de Jara-, la infancia o el sillón de orejas de lectura, pero nos negamos a la ñoñería esa de ciudadanos del mundo. Simplemente, tenemos pasaporte

25/03/2008

Lectores en extinción


Todo existe para acabar siendo un libro, decía Mallarmé, algo excesivamente, creo. Otros letra heridos, como Vila Matas, acaban viviendo vicariamente por y de la literatura, pierden, creo nuevamente, las referencias reales de la existencia y todo lo ven por los ojos de los libros.


Aún así, cuidado. Realidad, ficción, falsedad a menudo no son compartimentos tan estancos. Los niños confunden la realidad con la ficción, al menos en parte, si no no habría forma de contarles un cuento; los adolescentes, en cambio, identifican la ficción con la falsedad: "no me cuentes cuentos", porque para reafirmarse en edad tan precaria necesitan comportarse como hiper adultos; pero los adultos verdaderos, entretanto, distinguen mal que bien entre realidad, ficción y falsedad. Pongamos que la excesiva credulidad es un remanente infantil (los marcianos construyeron las pirámides), como el escepticismo extremo, tan típicamente juvenil, puede ser la otra cara de la estupidez (no me creo que hayan llegado a la luna, todo es un montaje). Entre el infantil creer en los reyes magos y el adolescente no creer en los padres se sitúa el campo adulto de la buena ficción, de la auténtica literatura, siempre que se nutra de la vida más que de otros libros. Aunque ya sabemos que un libro lleva a otro libro y este a otro, y así.


Recientemente el gran Phillip Roth ha declarado que los lectores están en extinción en Estados Unidos, no sabe si también en Europa. Probablemente hay algo de verdad y algo de narcisismo solipsista ("soy el último de una estirpe") en esa afirmación. Si finalmente los lectores nos convertimos en una casta minoritaria -¿no lo somos ya?, ¿no lo fuimos siempre?- los adultos estarán en manos de los que manipulan mucho más fácilmente la realidad que los escritores de ficción, porque ante un mensaje audiovisual se está de alguna forma más indefenso; no es que se sea menos escéptico, sino que no se puede escribir en los márgenes de un telediario como en un libro, salvo esos buenos viejos que interpelan a la tele o disienten del locutor en voz alta.
Y es que el libro es un artefacto muy sofisticado, aunque nos engañe su sencilla tecnología, frente a la simplicidad, que no sencillez, de un televisor tecnológicamente avanzado. En manos de lo audiovisual, contra lo que no tengo prejuicios salvo de sus excesos, los adultos volvemos a la adolescencia tontamente descreída: todo es espectáculo, las fronteras entre ficción y realidad se diluyen o se articulan desde la dictadura del medio: nada existe si no sale en la tele; o bien se regresa a la infancia, una credulidad neoténica, larvaria, insuficiente.


Bradbury se equivocaba en su Fahrenheit 451 : no se acabaron primero los libros ni había que quemarlos para controlar a las masas; bastaba con acabar con los lectores, esos adultos sospechosos, elitistas, con criterio propio, que escriben en los márgenes y subrayan. ¡Qué puñeteros viciosos solitarios!

3 comentarios:

Vanbrugh dijo...

Qué buenas, las consideraciones sobre la credulidad, sobre sus excesos y sus defectos en la infancia y en la adolescencia: "Entre el infantil creer en los reyes magos y el adolescente no creer en los padres..." me parece una frase memorable.

Es posible que Roth tenga razón y que los lectores estemos en extinción. Pero en ese caso nos sucede como a Brasil, que es el país del futuro "y siempre lo será": siempre hemos estado y siempre estaremos en extinción. En realidad creo que, como especie, tenemos una mala salud de hierro y nuestra vocación definitiva es la precariedad. Igual que el papel del que están hechos nuestros amados libros: frágiles, vulnerables, pero parece que indestructibles, a fin de cuentas...

isabel vera dijo...

Sí, esa frase es realmente buena, profe.
Los lectores tenemos esta manía de querer propagar el vicio por todos lados, para tener con quien compartir la experiencia, supongo. Leer es una actividad solitaria cuyo placer aumenta si se tiene la posibilidad de comentar lo leído con alguien.

Lansky dijo...

Shakespeare decía que a los varones entre 13 y 20 años habría que confinarlos en una isla desierta. Yo tampoco los soporto, pero sí los compadezco; de hecho, creo que no sabes amar a un hijo hasta que lo aguantas a esas edades.