TABLÓN DE ANUNCIOS

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1)“Los optimistas escriben mal

Arno Schmidt

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2) El peor asesinato es el político, porque a la premeditación y alevosía de todo terrorismo se añade que implica creer que determinada causa está por encima de la condición humana

El cuñado de Lansky

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3) Quizás el elevado número de altos cargos electos y no electos en todas las administraciones tiene que ver con un programa de integración laboral de deficientes mentales y yo no me había enterado

Lansky


4) O Europa exporta libertades y derechos occidentales o importa precariedades y esclavitudes chinas; es un problema de balanza comercial ética.

Lansky


31/03/2008

León (De las memorias de Lansky/ Relato)




Al norte del Missouri, lindando con Cascorro.

Mírala. Es una levita de terciopelo -‘Velvet Coat’, macho (el trato con guiris le había concedido el don de lenguas)- que perteneció a Stevenson. Tiene 150 años. Es de una fase de elegancia que atravesaba entre dos de desaliño bohemio. Te la regalo si quieres” La prenda era un pingajo que bien podía haber salido de la parte de abajo de un montón de este Rastro madrileño, pero tenía unos botones bonitos de madera y nácar. Algo muy típico de León; venderte una birria falsificada con un toque de maravilla: botones o su labia al ofrecértelo, que la dignificaba. Si en lugar de un estafador hubiera sido un tahúr te hubiera encantado que te enseñase su mano con cinco ases; hasta allá alcanzaba su hipnótico encanto.

Además de falsificador y timador, León era profesor. Un profesor callejero, erudito y muy literario que nunca se había alejado de esas cinco calles de su barrio. Los precios de sus trabucos, sus falsos bronces y sus bargueños eran altos –una forma, como la patina de herrumbre, entre otras de disimular su falsedad
, pero su labor docente era gratuita e invalorable. Lo mismo te señalaba dónde estuvo la primera tahona con la que don Pío Baroja intentó librarse de su detestado oficio de médico, cambiándolo por el de austriaco panadero artístico, como te explicaba por qué los adoquines que rodean la estatua de Cascorro nunca se han removido en una ciudad tan zanjeada como Sarajevo y plagada de obras si no permanentes, sí en permanente carrera de relevos, o las ventajas de las farolas isabelinas frente a las más macizas Hasburgo. Esa erudición era tanto más interesante cuando que, en coherente actitud con su oficio, era en gran parte inventada. Así cuando te decía que la mujer de ese mismo Robert Louis Stevenson,con su segundo nombre a la francesa por capricho juvenil del escritor, y no el Lewis escocés, Fanny Osbourne, era pariente de los Osborne bodegueros de Jerez y añadía que no debías dejarte confundir por esa "u" de más que tenía la parienta, un capricho como el Louis por Lewis de su marido. Si estaba inspirado, más allá de su cuarto vermú, se atrevía a poner a prueba tu credulidad y hasta las reglas más elementales de la verosimilitud de la ficción, y entonces podía añadir que el famoso toro de Osborne que ahora se pasea por todos los cuarteles en el extranjero de nuestras desplegadas tropas, no era como pensaban los apresurados un homenaje a ese bravo animal ibérico tan común en las dehesas de Jerez, sino un heráldico ingrediente culinario y un homenaje a la familia materna de Fanny que tenían un escudo con el más manso buey escocés, principal componente de su incomible estofado.

Pero lo más probable es que retornara, como un buen compositor, al tema principal. Era probable entonces que discurriera durante media hora sobre el tema “caprichos ortográficos” mientras se tomaba, y el alumno los pagaba, vermú tras vermú. Es posible que, de pasada, añadiera más farfolla o alguna información de interés; de la primera, por ejemplo, que la primera edición de Treasure Island (Londres, 1883), que él había comprado por una bagatela y que te la revendería gustoso sin beneficios: “una ganga…dame…dame 400, no me importa quedarme sin margen; sé que a ti te ilusiona y lo valoras”, que esa primera edición que él ofrecía tan barata a un amigo, "por ser tú, eh," tenía en su frontispicio la proa de un barco del que no se veía el presumible mascarón, pero sí un farol que no era una luz náutica, qué va, sino un auténtico farol esquinero madrileño, como ese de allí, y que eso era porque Robert Louis quería hacer un homenaje a su querido Madrid (donde nunca había estado). Como ejemplo de la segunda podía revelarte un mapa auténtico del tesoro y señalarte desmayadamente, el pulgar sobre el hombro y hacia atrás, esa pila de libros amarillos indudablemente franceses que a ti se te habían pasado de una muy buscada edición de Balzac. En esto era como un apache del desierto, como un auténtico caníbal de la selva: conocía tan bien su territorio que por el rabillo del ojo te podía señalar el más mínimo cambio, una brizna de hierba quebrada por una bota de hombre blanco o ese saldo de libros que hace un rato no estaban.

Recuerdo también su sorna, como cuando el aperitivo era escaso o poco adornado, unas simples aceitunas: “Me abruma tu generosidad, Braulio: hoy ya no almuerzo”

En su entierro me encontré con un gitano lloroso que cierta vez le había pedido en mi presencia “sinco duroh, pah un businé urgente”. Y León, mientras hurgaba altivo en su carterita y le tendía el billete le decía: “a ver si distinguimos entre ‘papa’ y ‘papá”, que una simple tilde marca la diferencia entre la obligada generosidad paternal y el jerárquico oropel desvergonzado que ofende al buen cristiano”. “Lo que usté diga”,y luego para sí, mientras enganchaba el dinero en una demostración de que la mano es más rápida que la vista: “hay que hoderse con estoh cultoh”, (y me sentí muy honrado de que la displicente mirada del calorro, en media verónica, nos incluyera a los dos, profesor y alumno).

A León le mató un navajero analfabeto para robarle dos “antiguos” candelabros de plata que había fundido su amigo Pepe una semana antes sobre el molde de uno auténtico. Desde entonces me falta un guía para cruzar ese Missouri que aquí llaman Manzanares y subir por la Ribera de Curtidores buscando minas de plata y primeras ediciones, pero sobre todo me robaron la conversación del erudito más divertido, más “creativo” y menos pedante,
el héroe Cascorro es testigo, que los siglos vieran en esta ponzoñosa, hacinada, inacabada, detestable, mágica y perdedora Villa y Corte. Aunque le joda a Quevedo.

Posdata: tengo una primera edición de La Isla del Tesoro, de 1883, que me entregó su hijo por manda de su padre. Como fue un best seller en su momento hay todavía hoy bastantes ejemplares y en Internet se cotiza “sólo” en torno a las 70.000 libras, aunque bastaría y sobraría para arreglar el pajar, la troje y comprar el delicioso huerto amurallado de la antigua casa del cura que linda con la mía, pero eso sería como vender mis muy instructivas mañanas de domingo.

14 comentarios:

Vanbrugh dijo...

Como ya decíamos hablando de los falsificadores, creo que la erudición inventada tiene más mérito y más interés que la legítima.

Más mérito: requiere más imaginación y más creatividad, es mucho más difícil inventarse datos que recopilarlos y limitarse a recordarlos; y requiere tantos o más conocimientos, porque mientras que los datos reales se encargan ellos solitos de encajar unos con otros, los inventados necesitan que su inventor los armonice y asegure su consistencia y verosimilitud.

Más interés: siempre serán más interesantes las historias que solo su inventor nos puede contar que las que podemos encontrar ya recogidas en cualquier manual; y nada nos asegura, en realidad, que estas últimas sean más ciertas, solo que se inventaron antes y vaya usted a saber por quién.

Yo, por ejemplo, no sé gran cosa acerca de nada, pero mientras que me creo capaz, si me lo propongo, de aprender lo necesario para pasar por erudito en algún tema, sé en cambio que inventarme datos interesantes y convincentes está totalmente fuera de mi alcance.

Un personaje fascinante, tu León, sea real o te lo hayas inventado.

Lansky dijo...

Hay erudiciones que permiten esas alegrías falsarias, digamos que en las mal llamadas"ciencias" sociales, pero en la ciencia ciencia son prácticamente imposibles y hasta hubo quien en aparente paradoja dijo que la mentira es un fallo de la imaginación. Pero bueno, sí a lo que dices, más o menos.

Vanbrugh dijo...

Hombre, más o menos, claro. He dejado aparte, deliberadamente, engorrosas consideraciones morales de esas que el uso de la palabra "mentira" trae automática e irremediablemente a colación, y que al final tienen su peso para los que no disfrutamos del encantador desparpajo de León.

Y, efectivamente, hay cosas - la ciencia - en las que no se puede mentir. Pero sí sobre ellas: imagínate qué gloriosa mentira habría sido la tuya, y qué científica, si, por ejemplo, todo lo que nos contabas hace unos días sobre Maupertius y su prodigioso vislumbre de la evolución de las especies te lo hubieras sacado de la manga: la misma existencia de Maupertius, su teoría, su párrafo clarividente, todo. A mí me habría hecho igual de feliz. Quizás por otros motivos, pero con el mismo resultado.

Lansky dijo...

Y qué es más meritorio -no más dificil- ¿inventarse a Maupertius o rescatarlo del olvido?

Vanbrugh dijo...

Depende de de qué mérito hablemos: el mayor mérito moral, evidentemente, lo tiene quien lo rescata del olvido, quien estudia a fondo la realidad y la divulga bien. Tú, sin ir más lejos.

Pero si Maupertius no hubiera existido, yo admiraría profundamente a alguien capaz de inventárselo, si lo hubiera. No sé si por su mérito objetivo -cultura, imaginación- o por el subjetivo que para mi tiene -tenéis- cualquiera capaz de inventarse cosas. La creatividad no es mi fuerte y siempre me deslumbra.

Lansky dijo...

Hay un personaje, el principal de hecho, en la novela Las ratas, de Delibes, el niño sabio, una suerte de "Jesucristo" castellano e infantil, al que todos los lugareños le consultan sobre sementeras o plagas del campo. Cuando uno de ellos le pregunta sobre una avería de su tractor, el niño le contesta algo así como "yo de eso no entiendo, eso es inventado". Borges fue un maestro de esas citas eruditas y falsas, puso de moda una moda que ya hastía (Aira); inicialmente tenía mucha gracia, sobre todo cuando te enterabas de eruditos que se ponían a buscarlas en vano, pero creo que la imaginación es precisamente uno de los instrumentos para indagar en la realidad; de hecho, los científicos mejores que he tenido la fortuna de conocer eran tremendamente creativos, imaginativos, nada ramplones.

Lansky dijo...

En cualquier caso 1-1
esto es, Maupertius existió, como seguro que habrás comprobado; León, no, como no puedes comprobar.

Cigarra dijo...

Para mí, desde siempre, mucho más admirable la imaginación que la erudición. Y más envidiable.

Lansky dijo...

Imaginación, erudición, cigarra: "dos cabalgan juntos"

Anónimo dijo...

Vende, amigo Lansky, y planta ese huerto de tomates como Dios manda, de espárragos pericos, de guisantes, de fresones... . Y así habrás convertido una isla del tesoro que comparten contigo un montón de desconocidos, por otra que disfrutaréis los que a ti te salga de los cojones y tú mismo. En un caso como este lo romántico es comprarle el huertico al señor cura.

Abrazos!.

www.lacoctelera.com/el_clavadista_solitario

Miroslav Panciutti dijo...

Ya lo has dicho tú, pero te corroboro. Falsa dicotomía esa de erudición e imaginación. Por otra parte, basta escarbar un poco (algo más allá de lo que nos cuentan los manuales al uso a que se refiere vanbrugh) en cualquier tema para descubrir historias que, aunque reales (o quizá no), parecen inventadas por la más calenturienta imaginación.

Miroslav Panciutti dijo...

Me olvidaba: muy bueno el retrato del tal León. Se agradece tu esporádico espigar en las memorias de Lansky.

Lansky dijo...

clavadista, veo que sigues teniendo problemas para entrar aquí con tu nick, en fin.

Huerto de tomates...no sé si conoces los escasos paisajes que pintó y dibujó Giorgio Morandi: es un espacio de altas tapias de mapuesto con árboles: nísperos, higueras, granados..., por supuesto se puede limpiar una parcela para esos guisantes y tomates, en su día así fue. Y no es del cura, sino del ayuntamiento, que es el que le da casa. Linda con mi propia tapia trasera.

isabel vera dijo...

Muy madrileño tu relato, me tiene que gustar, claro. Has pintado muy bien el retrato del pícaro anticuario del Rastro. "Botones bonitos" suena gracioso. Y "birria falsificada con un toque de maravilla" no es ninguna birria de frase.

Saludos,