

Si no te has leído a Shakespeare todavía estás a tiempo de leer a los Lamb
Leer a Shakespeare es un desbordante placer, sus sonetos, desde luego, pero también el prodigio de su teatro, a pesar de lo latoso que resulta la lectura del género dramático con las reiterativas entradas nominadas de cada personaje delante de los diálogos (las escasas acotaciones, en cambio, también son muy interesantes), y lo es porque alguien que fue uno de los humanos más inteligentes de todas las épocas y el mejor interprete del mismo ser humano es en cambio tremendamente accesible, diáfano, violento cuando se requiere, desbordante de ironía cuando se precisa. Ir a ver su teatro es ya más arriesgado, porque los montajes y los interpretes, que consideran que interpretar a Shakespeare es una obligación que exige adoptar poses pomposas o, por el contrario, anacrónicamente modernas, suelen terminar cabreándote.
Pero si uno quiere entrar en las tramas de sus tragedias y sus comedias y que te las relaten como si fueran cuentos, entonces no hay nada como leer a los hermanos Lamb.
Charles y su hermana mayor Mary vivieron en el sórdido Londres del siglo XVIII y comienzos del XIX, por lo común rozando la pobreza, fueron a escuelas de medio pelo, pero leyeron con avidez y Charles mantuvo amistad con algunos de los más eminentes literatos de su tiempo, como Coleridge o Wordsworth, que le pedían siempre su opinión sobre sus nuevos trabajos, ya que Lamb tenía fama de dictar juicios literarios implacables, aunque fueran sobre obras de sus amigos. Su madre murió pronto, como se verá, y su padre se convirtió en un engorro porque probablemente padecía algún trastorno nervioso que heredaron sus dos hijos, pasando ambos largas temporadas en los terribles manicomios de la época, finalmente, Mary, en uno de sus ataques apuñaló y dio muerte a la madre.
Pero ambos amaban los libros, especialmente los libros viejos y llegó un día que para sobrevivir aceptaron el encargo de un impresor para reescribir las obras teatrales de Shakespeare en forma de relatos. Se repartieron la tarea, Charles se ocupó de las tragedias, Mary de las comedias. El resultado tuvo mucho éxito, aunque hoy sea una rareza, que es evidente que no puede sustituir la genial obra original. Yo utilizo esos cuentos "lambianos" como catálogo de las obras del bardo genial, porque no siempre uno tiene claro qué “Enrique” es el de tal o cual tragedia. Mary murió antes y Charles, que ya se había mudado de casa medio docena de veces, aceptó la invitación de un amigo, pero fuera de su amado Londres, ¿Dónde hay libreros como en Londres? se preguntaba entristecido. Antes había trabajado para el emporio comercial que explotaba el boyante Imperio Británico, de oscuro oficinista, como Pessoa, en la India House.
Hay que recordarles como lo hace Julián Green, escribiendo juntos, sentados uno frente a otro, en una casa modesta, quizá sucia, pero llena de libros: “Mary se encargaba de las comedias y navegaba entre los escollos de situaciones equívocas con buen genio: Charles procuraba adaptar las tragedias al espíritu de un niño y corregía las faltas de ortografía de su hermana”. Los Lamb son habitantes inevitables en todas las lecturas escolares de Inglaterra aún hoy en día, lo que quizá les asegura el odio de los que podrían ser sus lectores adultos. Pero jamás consiguieron cruzar el Canal de la Mancha y no son conocidos fuera de Gran Bretaña. Como el porridge o el crocquet son excesivamente ingleses, pero ¿acaso no lo era Dickens?
Leer a Shakespeare es un desbordante placer, sus sonetos, desde luego, pero también el prodigio de su teatro, a pesar de lo latoso que resulta la lectura del género dramático con las reiterativas entradas nominadas de cada personaje delante de los diálogos (las escasas acotaciones, en cambio, también son muy interesantes), y lo es porque alguien que fue uno de los humanos más inteligentes de todas las épocas y el mejor interprete del mismo ser humano es en cambio tremendamente accesible, diáfano, violento cuando se requiere, desbordante de ironía cuando se precisa. Ir a ver su teatro es ya más arriesgado, porque los montajes y los interpretes, que consideran que interpretar a Shakespeare es una obligación que exige adoptar poses pomposas o, por el contrario, anacrónicamente modernas, suelen terminar cabreándote.
Pero si uno quiere entrar en las tramas de sus tragedias y sus comedias y que te las relaten como si fueran cuentos, entonces no hay nada como leer a los hermanos Lamb.
Charles y su hermana mayor Mary vivieron en el sórdido Londres del siglo XVIII y comienzos del XIX, por lo común rozando la pobreza, fueron a escuelas de medio pelo, pero leyeron con avidez y Charles mantuvo amistad con algunos de los más eminentes literatos de su tiempo, como Coleridge o Wordsworth, que le pedían siempre su opinión sobre sus nuevos trabajos, ya que Lamb tenía fama de dictar juicios literarios implacables, aunque fueran sobre obras de sus amigos. Su madre murió pronto, como se verá, y su padre se convirtió en un engorro porque probablemente padecía algún trastorno nervioso que heredaron sus dos hijos, pasando ambos largas temporadas en los terribles manicomios de la época, finalmente, Mary, en uno de sus ataques apuñaló y dio muerte a la madre.
Pero ambos amaban los libros, especialmente los libros viejos y llegó un día que para sobrevivir aceptaron el encargo de un impresor para reescribir las obras teatrales de Shakespeare en forma de relatos. Se repartieron la tarea, Charles se ocupó de las tragedias, Mary de las comedias. El resultado tuvo mucho éxito, aunque hoy sea una rareza, que es evidente que no puede sustituir la genial obra original. Yo utilizo esos cuentos "lambianos" como catálogo de las obras del bardo genial, porque no siempre uno tiene claro qué “Enrique” es el de tal o cual tragedia. Mary murió antes y Charles, que ya se había mudado de casa medio docena de veces, aceptó la invitación de un amigo, pero fuera de su amado Londres, ¿Dónde hay libreros como en Londres? se preguntaba entristecido. Antes había trabajado para el emporio comercial que explotaba el boyante Imperio Británico, de oscuro oficinista, como Pessoa, en la India House.
Hay que recordarles como lo hace Julián Green, escribiendo juntos, sentados uno frente a otro, en una casa modesta, quizá sucia, pero llena de libros: “Mary se encargaba de las comedias y navegaba entre los escollos de situaciones equívocas con buen genio: Charles procuraba adaptar las tragedias al espíritu de un niño y corregía las faltas de ortografía de su hermana”. Los Lamb son habitantes inevitables en todas las lecturas escolares de Inglaterra aún hoy en día, lo que quizá les asegura el odio de los que podrían ser sus lectores adultos. Pero jamás consiguieron cruzar el Canal de la Mancha y no son conocidos fuera de Gran Bretaña. Como el porridge o el crocquet son excesivamente ingleses, pero ¿acaso no lo era Dickens?
4 comentarios:
Tocaré un poco las pelotas: detesto cordialmente el uso "enunciativo" del gerundio que hemos debido de importar del inglés en algún momento en que no estaba yo mirando. Me refiero, por ejemplo, al título de este post. Inevitablemente me recuerda a las instrucciones para analfabetos que acompañan a los programas informáticos - y que aparte de estar mal traducidas explican minuciosamente lo obvio y eluden por completo los problemas que de verdad se le presentan a un usuario no subnormal - y, en cualquier caso, me parece que pervierte las funciones naturales del gerundio en español, que son pocas y específicas. (Permíteme que me autocite: http://javiercarrascon.blogspot.com/2006/01/gerundios.html)
En fin, usted disculpe lo irrelevante del comentario.
No es irrelevante, pero discrepo:
1) el gerundio como acción en acción, valga la redundancia, vamos, denotando estado durativo, en este caso es lo apropiado
2) Los idiomas, por fortuna, son vivos y no compartimentos estancos y disecados; el castellano sin el árabe peninsular (almohada), sin el vasco (hacha), sin el francés (galicismos por un tubo, que es expresión iatiana: no me nen fregga un tubbo), sin las demás lenguas romances, sin el español de América, sin el inglés ahora, sin el chino, en el futuro, sería tan pobre como una lengua semifósil, administrativa y tan poco viva y artificial como...el eukera batua.
Soy consciente de abrir la caja de los truenos con el punto dos, pero hay injerencias que enriquecen y no empobrecen, en eso se parecen a la genética, como comparaba Miroslav en un interesante post reciente
Lansky
Pero reconozco una cosa: soy extremadamante vulnerable a "algunas" perversiones de mi idioma, me encantan. "Leer a Shakespeare sin leerlo", en lugar de "Leyendo a...", será más de tu gusto que del mío, pero ya sabes quien manda aquí...
Me voy a leer el post de Vanbrugh ipso facto, no obstante adelanto que en este caso me gusta el título de Lansky. Sospecho que los usos del gerundio en español hace tiempo que se han ampliado.
Me gustó Charles Lamb, el implacable.
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