Mi amigo Miguel Morey, catedrático de Ecología y actual profesor emérito en la Universidad des Illes Balears, me hace notar amablemente mi tendencia a contemplar las soluciones territoriales del pasado con excesiva complacencia y me sugiere una tarea muy interesante como expiación: identificar espacios nuevos que sean sostenibles -o viables, como los denominábamos menos enfáticamente antes-. El tema es tan bonito como alejado de mis capacidades; sin embargo, subsiste un problema grave, a saber, la mayoría de los paisajes viables, sostenibles y hasta hermosos, “naturales”, son resultado de muy lentas y sostenidas (no sólo sostenibles) en el tiempo relaciones de las comunidades con su entorno, como las dehesas, los “bocages”[1] o la estructura viaria de las cañadas de la trashumancia, y hoy en día, donde impera el “diseño” instantáneo, eso sí que parece utópico e inviable. En todo caso, viene a cuento ahora recordar un proverbio senegalés, pero que cuenta con versiones en todas las culturas: “cuando no sepas a donde vas, date la vuelta y mira de donde vienes.”
La ecología de la explotación[2] nos da las claves para entender que la transformación de un entorno natural en un territorio productivo es siempre un proceso de suma cero. El espacio sin transformar tiene una estabilidad muy alta si no sufre interferencias, como un bosque sin modificar, pero reinvierte todo el excedente productivo en mantener esa estabilidad frente a los cambios, de modo que la relación biomasa/producción aumenta y apenas hay excedentes apropiables para el hombre, salvo para el mero recolector de nivel paleolítico. Por el contrario, un espacio muy transformado, como un campo de cereal, apenas tiene estabilidad, ni, por tanto, puede mantenerse igual a sí mismo sino es por intermedio de la acción humana, cerrando los ciclos de nutrientes (fertilización) y reiniciando el proceso (siembra), pero la relación biomasa/producción disminuye tanto que produce excedentes apropiables para el hombre que sólo en parte se reinvierten en la estabilidad del sistema. Es el dilema de suma cero entre conservación (estabilidad) frente a producción. Ahora bien, sistemas como la dehesa, en donde los núcleos maduros dispersos del arbolado exportan estabilidad a la matriz productiva en que están inmersos (pastos) es un magnífico ejemplo de “nadar y guardar la ropa” entre ambos extremos. En el caso de los bocages, los elementos maduros y estables son las alineaciones de arbolado y setos que limitan las teselas de producción, generando un sistema de naturaleza en un mínimo espacio ocupado. En cuanto al caso de las cañadas es un ejemplo de compensación bioclimática entre dos “extremos” (agostaderos e invernaderos) biogeográficos a través de la migración controlada de los rebaños en dos momentos estacionales del año.
La pregunta esencial sigue en pie: ¿qué significa mantener viva una relación con el pasado? Y ¿qué ocurre cuando esa relación se rompe en parte, como está sucediendo en la actualidad tanto en lo que se refiere al patrimonio histórico como al natural o al cultural ligado a ambos? No olvidemos que, al igual que las personas, las sociedades que no logran establecer una relación sana y fluida con su pasado enferman. Conjugar los viejos saberes empíricos, nutridos por la tradición oral e injustamente acusados de inmovilistas, con los modernos conocimientos científicos, sin considerar a estos últimos la única forma válida de información, sería la primera medida. Otra posible vía complementaria es precisamente modificar las nociones estáticas patrimoniales, desde la de biodiversidad hasta la de patrimonio artístico, por las dinámicas, como la de diversidad en Ecología[3]. Se trata, en suma, de incorporar a nuestros rígidos modelos la dimensión temporal y con ella la rica información de nuestro pasado. A eso, en este campo concreto que nos ocupa, lo he dado en llamar “Cultura del Territorio”[4]. La cultura del territorio sería armoniosamente híbrida, codificada en términos de la moderna científica, pero incorporando los saberes tradicionales de gestión territorial. Sería pues un arte o una técnica donde el conocimiento no suplantaría a la sabiduría, sino que la validaría, justificando los “comos” (cómo hacer) por medio de los “porqués” (porque se hace).
[1] En geografía, bocage es un término francés que designa el tipo de paisaje donde las tierras, frecuentemente praderas, están encerradas por leves elevaciones plantadas de árboles, a modo de setos, y el hábitat es disperso, creándose una malla de células productivas delimitadas por bordes silvestres. A menudo se habla de bocage bretón, normand, vendéen, etc. En algunas zonas de España reciben nombres particulares, como “sebes” en Asturias.
[2] El término “explotación” contiene inevitables connotaciones peyorativas en el marco de estos debates, pero desde el punto de vista de la ciencia de la Ecología, la explotación es simplemente el proceso de apropiación –de una especie por otra e incluso de un ecosistema por otro- de un paquete o segmento del flujo total de energía, de manera que en el gradiente continuo entre conservación-explotación la relación entre biomasa inmovilizada, reinvertida en forma de estabilidad estructural por el propio ecosistema, y biomasa (o energía) consumida (o producción) por otro sistema externo va disminuyendo. En el proceso, inevitablemente, el complejo (población o ecosistema) explotado se “rejuvenece”, pierde madurez o complejidad en favor del sistema explotador.
[3] Diversidad y Biodiversidad no son sinónimos; este último, ligado a los planteamientos de conservación, representa un concepto patrimonial: la riqueza total en especies (o en genes) de un territorio. La diversidad, por el contrario, es un concepto dinámico, un parámetro del ecosistema variable a lo largo de la Sucesión Ecológica en el tiempo, que aumenta progresivamente conforme aquella avanza. Expresa la potencialidad del sistema para establecer relaciones cibernéticas o de control entre sus elementos y se mide en términos de información, por ejemplo, con fórmulas como la de Shanon-Weaber.
[4] El plagio involuntario puede que no sea un verdadero plagio, pero es auténtica ignorancia. El profesor Pedro Montserrat Recoder lleva muchos lustros relacionando en sus magníficos trabajos cultura y ecología, con títulos tan explícitos como La cultura en el paisaje (El Campo, 131 (1994), BBVA, o La gestión ecológico-cultural en el paisaje; Pirineos, 140 (1992). Es el autor que más utiliza esa conexión en su motivada defensa del pastoralismo, sobre todo el pirenaico.
La ecología de la explotación[2] nos da las claves para entender que la transformación de un entorno natural en un territorio productivo es siempre un proceso de suma cero. El espacio sin transformar tiene una estabilidad muy alta si no sufre interferencias, como un bosque sin modificar, pero reinvierte todo el excedente productivo en mantener esa estabilidad frente a los cambios, de modo que la relación biomasa/producción aumenta y apenas hay excedentes apropiables para el hombre, salvo para el mero recolector de nivel paleolítico. Por el contrario, un espacio muy transformado, como un campo de cereal, apenas tiene estabilidad, ni, por tanto, puede mantenerse igual a sí mismo sino es por intermedio de la acción humana, cerrando los ciclos de nutrientes (fertilización) y reiniciando el proceso (siembra), pero la relación biomasa/producción disminuye tanto que produce excedentes apropiables para el hombre que sólo en parte se reinvierten en la estabilidad del sistema. Es el dilema de suma cero entre conservación (estabilidad) frente a producción. Ahora bien, sistemas como la dehesa, en donde los núcleos maduros dispersos del arbolado exportan estabilidad a la matriz productiva en que están inmersos (pastos) es un magnífico ejemplo de “nadar y guardar la ropa” entre ambos extremos. En el caso de los bocages, los elementos maduros y estables son las alineaciones de arbolado y setos que limitan las teselas de producción, generando un sistema de naturaleza en un mínimo espacio ocupado. En cuanto al caso de las cañadas es un ejemplo de compensación bioclimática entre dos “extremos” (agostaderos e invernaderos) biogeográficos a través de la migración controlada de los rebaños en dos momentos estacionales del año.
La pregunta esencial sigue en pie: ¿qué significa mantener viva una relación con el pasado? Y ¿qué ocurre cuando esa relación se rompe en parte, como está sucediendo en la actualidad tanto en lo que se refiere al patrimonio histórico como al natural o al cultural ligado a ambos? No olvidemos que, al igual que las personas, las sociedades que no logran establecer una relación sana y fluida con su pasado enferman. Conjugar los viejos saberes empíricos, nutridos por la tradición oral e injustamente acusados de inmovilistas, con los modernos conocimientos científicos, sin considerar a estos últimos la única forma válida de información, sería la primera medida. Otra posible vía complementaria es precisamente modificar las nociones estáticas patrimoniales, desde la de biodiversidad hasta la de patrimonio artístico, por las dinámicas, como la de diversidad en Ecología[3]. Se trata, en suma, de incorporar a nuestros rígidos modelos la dimensión temporal y con ella la rica información de nuestro pasado. A eso, en este campo concreto que nos ocupa, lo he dado en llamar “Cultura del Territorio”[4]. La cultura del territorio sería armoniosamente híbrida, codificada en términos de la moderna científica, pero incorporando los saberes tradicionales de gestión territorial. Sería pues un arte o una técnica donde el conocimiento no suplantaría a la sabiduría, sino que la validaría, justificando los “comos” (cómo hacer) por medio de los “porqués” (porque se hace).
[1] En geografía, bocage es un término francés que designa el tipo de paisaje donde las tierras, frecuentemente praderas, están encerradas por leves elevaciones plantadas de árboles, a modo de setos, y el hábitat es disperso, creándose una malla de células productivas delimitadas por bordes silvestres. A menudo se habla de bocage bretón, normand, vendéen, etc. En algunas zonas de España reciben nombres particulares, como “sebes” en Asturias.
[2] El término “explotación” contiene inevitables connotaciones peyorativas en el marco de estos debates, pero desde el punto de vista de la ciencia de la Ecología, la explotación es simplemente el proceso de apropiación –de una especie por otra e incluso de un ecosistema por otro- de un paquete o segmento del flujo total de energía, de manera que en el gradiente continuo entre conservación-explotación la relación entre biomasa inmovilizada, reinvertida en forma de estabilidad estructural por el propio ecosistema, y biomasa (o energía) consumida (o producción) por otro sistema externo va disminuyendo. En el proceso, inevitablemente, el complejo (población o ecosistema) explotado se “rejuvenece”, pierde madurez o complejidad en favor del sistema explotador.
[3] Diversidad y Biodiversidad no son sinónimos; este último, ligado a los planteamientos de conservación, representa un concepto patrimonial: la riqueza total en especies (o en genes) de un territorio. La diversidad, por el contrario, es un concepto dinámico, un parámetro del ecosistema variable a lo largo de la Sucesión Ecológica en el tiempo, que aumenta progresivamente conforme aquella avanza. Expresa la potencialidad del sistema para establecer relaciones cibernéticas o de control entre sus elementos y se mide en términos de información, por ejemplo, con fórmulas como la de Shanon-Weaber.
[4] El plagio involuntario puede que no sea un verdadero plagio, pero es auténtica ignorancia. El profesor Pedro Montserrat Recoder lleva muchos lustros relacionando en sus magníficos trabajos cultura y ecología, con títulos tan explícitos como La cultura en el paisaje (El Campo, 131 (1994), BBVA, o La gestión ecológico-cultural en el paisaje; Pirineos, 140 (1992). Es el autor que más utiliza esa conexión en su motivada defensa del pastoralismo, sobre todo el pirenaico.
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada