24/04/2008

Diario retrospectivo de lecturas; continuación...




Prosigo con este diario de lecturas del inmediato pasado. En junio de ese mismo año, 2005, leí sucesivamente un delicioso libro de viajes de un honesto novelista menor, Somerset Maugham, En un biombo chino, donde el cosmopolita autor descubre en una islita del Pacífico central un biombo de hojas de palma trenzadas pintado por el mísmísimo Gauguin; naturalmente cuenta su historia. Mucho mejor que sus novelas (Ojo, que tiene cuentos y relatos breves muy buenos).

Luego descubrí –y eso sí que es una alegría- un autor al que sólo conocía de oídas, el mexicano Jorge Ibargüengoitia. Estas ruinas que ves es una novela tronchante, y eso que en general detesto las novelas explícitamente “humorísticas”; además refleja genialmente ciertos elementos del carácter popular mexicano. Tras su lectura, en una edición española, me dediqué a buscar todas las obras de este tío, muerto tempranamente en accidente de avión, publicadas en Latinoamérica; encontré cuatro más: un ensayo y tres novelas más; me confirmaron que el tío era muy bueno.

Seguí con mi querida divulgación: Entrelazamiento, mecánica cuántica, para compensar tanta Relatividad de los meses anteriores. Después leí una novela de una serie de entretenimiento de aventuras del mar en tiempos de Nelson; probablemente la mejor que se ha escrito nunca y la más documentada, la de Patrick O’Brian: El puerto de la traición; estas cosas, literatura menor (?) y de género las devoro como pipas y luego me da sed y quiero más, pero de otra cosa. Pero donde me llegaría el bombazo del mes fue cuando le tocó el turno a un librito tan exquisito como estremecedor. Menos mal que suelo leer en soledad, porque…lloré: 88, Charing Cross Road, de Helen Hanff. Creo que luego se hizo una película que no he visto con Anthony Hopkins y la gran Anne Bancrof; dudo que pueda superar a la historia escrita de la relación epistolar y en cierto modo amorosa entre un culto librero “de viejo” inglés y una lúcida lectora norteamericana; el posterior viaje de ella a Inglaterra, la viudez de ambos, la muerte de él, en fin. Una absoluta joya.

Ese ya lejano mes me pasé tres pueblos, porque leí sucesivamente El nacimiento de la mente del neurobiólogo del MIT Steven Pinker, a Gabrielle D’Anunzio, que me cae gordo y se trataba de ver si era injusto, por lo que leí El placer. Cayó luego y por fin un español, Alberto Méndez y sus Los girasoles ciegos (bonito título); Sigmund Freud y su Moisés y la religión monoteísta (me confirmó que el farsante, perdón Mago, de Viena no era un científico, pero si un excelente narrador, y también que Akenathon era un faraón de lo más original. Guillermo Arriaga, sí el guionista de Iñarritu, El búfalo de la noche; Irish Murdoch, El mar, el mar…Y acabé el mes y acabó el mes.

9 comentarios:

Júbilo Matinal dijo...

De todas tus lecturas de este post, aparte del biombo del amigo Somerset, que leí hace años, no conozco más que el 88, Charing Cross Road. Efectivamente es un precioso libro. Mis registros lacrimógenos, que también los tengo, deben de ir por otros caminos que los tuyos, porque con este no lloré. Pero disfruté mucho con el humor, comedido y británico por un lado, provocativo y afectadamente irreverente por el otro, el americano; pero por ambos cortés y respetuoso, con que nace y se protege esa preciosa amistad epistolar centrada en los libros, que me recordó algo, salvando las distancias, a las que nacen en torno a estos blogs nuestros y sus comentarios. La última vez que estuve en Londres tenía el propósito de visitar Charing Cross Road, y al final no pude hacerlo. En cualquier caso, creo que la librería de Marks & Cohen no existe ya.

Lansky dijo...

Y tú, ¿con qué libros lloras? Opino que no se trata sólo o tanto del libro en cuestión como del momento del lector, de su estado de ánimo.

Júbilo Matinal dijo...

Mmm... sé que hay libros con los que he llorado, pero en este momento soy incapaz de decir ni uno. Si llego a recordarlo, prometo consignarlo en un nuevo comentario aquí mismo. Otra cosa sería si me preguntaras por películas, con las que me pasa más fácilmente. Recuerdo algún pasaje cinematográfico que me ha saltado las lágrimas, pero no pienso contarlo. Uno tiene su dignidad.

Lansky dijo...

Yo en cambio detesto las pelis lacrimógenas, siempre he querido disparar a Bambi y me negúe a ver los Puentes de Madison: pagar por ver llorar a Clint Eastwood, venga ya...

Júbilo Matinal dijo...

No he visto los Puentes, no lloro con Bambi. No lloro con nada de lo que normalmente hace llorar, y la escena que tengo en la cabeza, con la que sí, no creo que haya hecho llorar nunca a nadie más, debo tener algún cable cruzado. Fundamentalmente por eso no diré cuál es, pereza de andar luego explicando lo inexplicable o pasando por más raro aún de lo que ya soy. En general me saltan las lágrimas los actos de generosidad o de solidaridad básica humana entre personajes teóricamente distantes... cosas así. Dejémoslo en eso.

Lansky dijo...

Vale. De lo que se trataba es de averiguar si eres un llorón, y sí, lo eres; qué te hace llorar es lo de menos.

Cigarra dijo...

Yo soy tan llorona que se me humedecen los ojos sólo de pensar en cosas que me hacen llorar, aunque no me acuerde ya muy bien de cuáles son esas cosas ¡toma ya!
Pero "los Puentes de Madison" me cayo fatal, y no lloré ni pizca, ni con el libro ni con la peli. Tengo que reconocer que tampoco lloré con "Charing Cross..." aunque me encantó. Y la película es estupenda, aunque pocas películas llegan a la altura de sus libros.
Lloro con auténtico disfrute cuando la niña de "Matar un ruiseñor" acompaña a Boo Radley s su casa, después de que les ha salvado la vida, y con miles de escenas de libros y películas pero sobre todo, como Vanbrugh, con la solidaridad.
Y de vez en cuando, depende de la situación, con músicas. Cada vez más a menudo y con mayor facilidad. Como dijo Carlos Ruiz Zafón el otro día, cuando una canción nos emociona, no nos emociona la letra, nos emociona la música. Pues a mi me ha sucedido estar cantando con el coro y llenárseme los ojos de lágrimas de un modo escandaloso y dificil de disimular en plena actuación. Tremendo.

Magistrada a mi pesar dijo...

No lloré, pero sí me emocioné mucho con Los girasoles ciegos, de Alberto Méndez, al que te refieres en tu post. Dos de los relatos, en concreto el de la pareja de huidos y el de el padre escondido me gustaron mucho, son poéticos en la forma y tremendamente duros en el contenido. Lo recomiendo a todos sin excepción. Últimamente me ha dado por Stefan Zweig aunque he hecho un paréntesis con Mendoza y su Pomponio Flato que de momento me está divirtiendo aunque habrá que acabarlo para opinar. Mañana o pasado os lo cuento. Para las vacaciones dejo a Vasili Grossnam.
No tengo tiempo de leer mucho porque, con la que está cayendo por los Juzgados, más me vale no levantar la vista del ordenador. ¿Leísteis las declaraciones o entrevista del Juez Palop? La mayoría de los jueces con los que he tenido la oportunidad de hablar del tema coinciden en opinar que la denuncia de la situación en los medios es una "curación en salud" ante la inminente explosión del "polvorín" en que se han convertido las ejecutorias penales y, la mayoría de esa mayoría, justifican, en este sentido, al juez Palop en su aparición pública como manera de prevenir una eventual responsabilidad profesional si, como ha pasado en casos como el de Mary Luz, un fallo o, simplemente una falta de diligencia, lleva a consecuencias dramáticas. El tema merece una reflexión, y no me refiero sólo a la situación de sobrecarga de la justicia sino a la oportunidad de usar los medios como recurso de exculpación en relación con casos de desatención, retraso o negligencia en el desempeño de las funciones judiciales.
Es cierto que, a veces, la denuncia pública es la única vía de llamar la atención de quienes tienen capacidad de tomar decisiones respecto de un concreto problema y también lo es que, en el caso de la violencia de género en particular y de las ejecutorias penales en general, la ley que elevó a prioridad la persecución de estos delitos no previó adecuadamente las necesidades reales en orden a garantizar el cumplimiento de las penas que, por tal motivo, se impusieran. Pero, a mi modesto modo de ver, quizá deben evitarse los personalismos victimistas individuales y usar los mecanismos de representación y asociativos no sólo para denunciar sino también para proponer medidas concretas, reales, rápidas y eficaces para abordar la inmensa carga que algunos juzgados soportan (no todos) y entre las cuales habría que incluir la coordinación entre los proyectos de ley y las infraestructuras necesarias para llevarlas a la práctica así como la reforma de leyes procesales anticuadas y el desarrollo del diseño de una oficina judicial capaz de asumir con eficacia las funciones no estrictamente judiciales.
Así, a vuela pluma, me parce interesante destacar que el problema no estriba en el enjuiciamiento de los asuntos ni en el dictado de sentencias, sino en su ejecución puesto que es en ese momento cuando se encuentran las dificultades de hallar al culpable y hacerle cumplir la pena. No puede tampoco olvidarse que los jueces, a los que, con alguna razón, se nos tacha de “productivistas”, estamos siendo evaluados, en orden a la valoración de la productividad, únicamente por el número de sentencias dictadas, con un olvido patológico de la ejecución, aún a pesar de que la función constitucional de los órganos judiciales es JUZGAR y HACER EJECUTAR LO JUZGADO.
Al hilo de esta última idea no estaría de más que el Consejo General del Poder Judicial dejara de jugar a la política y se pusiera a hacer los deberes adecuadamente (muchos congresos, estudios, chóferes oficiales, viajes al extranjero y, mientras tanto, la casa sin barrer). Pero no puede olvidarse tampoco la enorme dificultad operativa derivada de que, en materia de justicia, las competencias están repartidas entre el CGPJ, el Ministerio de Justicia y las CCAA (de hecho, la huelga funcionarios que ha paralizado la justicia en media España durante más de dos meses surgió de una diferencia entre los sueldos de unas y otras CCAA). Una vez más se trata de un asunto de dinero, se necesitan más jueces y, además, bien repartidos y se necesita también un infraestructura en la oficina judicial capaz de afrontar con responsabilidad el trabajo administrativo y se necesitan medios informáticos adecuados (aún hoy en día los programas que se usan no están unificados, no sirven para intercambio de archivos, ni siquiera entre el Juez y la oficina judicial, no hay conexión coordinada con la policía, centros penitenciarios etc.)
Perdóname, querido Lansky, por el desahogo. Pero leo y oigo tantas tonterías al cabo del día que no puedo por menos que decir algo para aburrir a todos.
Espero con ansiedad las vacaciones para leer todos vuestros blogs sin sentimiento de culpa.

Vanbrugh dijo...

Procedo, abochornado, a cumplir mi compromiso: mi hijo Ignacio descubrió ayer, por casualidad, el comienzo de "El niño yuntero", de Miguel Hernández. Pidió con avidez conocerlo entero y, tras él más poemas del autor. Rebusqué por Internet y saqué las "nanas de la cebolla" y "vientos del pueblo". Este segundo -tiene nueve años- le impresionó especialmente. Me pidió que se lo imprimiera, se lo llevó a su cuarto y se pasó el día leyéndolo a media voz con gran concentración. De modo que me bajé de emule una versión cantada que hicieron Los Lobos en el setenta y tantos y que enardeció considerablemente mis diecisiete años y se la puse. La cantamos juntos con más brío que entonación, y llegados que fuimos a aquello de la agonía de los bueyes tiene pequeña la cara, la del animal varón toda la creación agranda, si me muero que me muera con la cabeza muy alta, vi a mi niño cantando con ardor recién estrenado lo que yo había cantado con igual ardor años ha y tuve que ir un momentito al baño con cierta urgencia. Quién me iba a decir que con Miguel Hernández. Qué vergüenza, por Dios. Contado queda.