17-abr-2008

El valor de los viejos




En Papua-Nueva Guinea se encuentra un buen ejemplo del valor de la vejez. La gente más joven reúne los conocimientos y habilidades suficientes para conseguir alimentos en un medio como el tropical de esta isla, pero para afrontar fenómenos más irregulares; es decir, no periódicos y por tanto, imprevisibles, y además raros, esto es, infrecuentes, como los huracanes que aniquilan sus medios habituales de conseguir alimentos, deben buscar otros alternativos que sólo los mayores conocen. Ese es el valor de la sabiduría de los ancianos.

En nuestras sociedades opulentas y despilfarradoras esos saberes se desprecian, y a nuestros viejos, engorrosos y hasta molestos, -porque nos recuerdan que, con suerte, en poco tiempo seremos ellos-, les dedicamos todos los eufemismos de la Tercera Edad, pero los encerramos en morideros que llamamos residencias, sin posibilidad de convivir con las demás generaciones, privando a los nietos de aprender de los abuelos (Siempre, no sé por qué, se salta una generación en la transmisión de ciertas habilidades). Pero están a la vuelta de la esquina los tifones metafóricos o reales, cuando lleguen y arrasen los hipermercados sería bueno tener un abuelo cerca que te enseñe a recoger borrajas de los arcenes o a sembrar mielga y hasta a cazar pájaros con liga, si se tercia. Porque en Internet, aún tecleando el servicio de información agraria, poco se va a encontrar de esto.

Esta es la sociedad de la Información y del conocimiento, del I+D, y del I+D+d. Pero una sociedad que no sólo no saca partidos a sus ancianos, sino que los margina, no es una sociedad sabia. El mundo siempre se ha movido entre la innovación, a cargo de los jóvenes, y el mantenimiento de lo adquirido, en especial de la supervivencia, a cargo de los ancianos, y en ese balance entre lo nuevo y lo de siempre funciona la salud social. Una sociedad sin ancianos es una sociedad monstruosa, sin memoria, que reinventa la estupidez todos los días, hasta el hastío. Y el asunto es urgente, porque con cada campesino que muere, muere una biblioteca de saberes útiles y/o mágicos. Los políticos no parecen estar por la labor, y eso que es una de las profesiones más envejecida en todas partes, pero un eficaz ejercicio del poder para asegurar su impunidad en el futuro es quebrar la transmisión cultural entre generaciones y, más aún, crear un “colchón” de varias generaciones de analfabetos con títulos universitarios y solemnemente tontos.

6 comentarios:

Emma dijo...

Es cierto Lansky, a mi me encanta escuchar a los "viejos" de la tribu, incluso a los colericos. Respeto a la senectud y me duele su soledad y su abandono. Mucho.

Las abuelas tejen, tejen chaquetas de punto calentitas y enseguida saben, de una sola ojeada, si eres buena, si eres mala o de que pie cojeas.

Miroslav Panciutti dijo...

Amén a todo. No sé si mi convicción tiene algo de interesada, a medida que me acerco a la eufemística tercera edad. En todo caso, cada vez valoro más la experiencia y echo más en falta las historias de nuestros mayores. Leyendo este post, me has hecho añorar a mi abuelo materno. Rn fin

Lansky dijo...

Emma y Miroslav

No creo que mi respeto y mi interés por los ancianos venga porque me acerco a su edad, basta con la empatía que da la imaginación. Además, ya me pesaba d eniño, con mi abuelo, con el pastor del pueblo, etc. Y estoy con Emma: son omniscentes, a la vez que comprensivos

julian bluff dijo...

No lo ha dicho Lansky. En algunas tribus de Papua el respeto y la admiración por los ancianos llega al punto de que cuando estos fallecen los conservan momificados en la cabaña y, en ciertas ocasiones especiales, hasta los sientan a la mesa para que almuercen con el resto de la familia. Y esto parece mentira pero es verdad y yo aquí lo cuento así, de bromilla, pero es verdad ¡ojo!

Berto dijo...

En los morideros (residencias) los sueldos de las pocas cuidadoras (una por cada quince o veinte ancianos) rondan los 800 euros brutos, con contratos precarios mandándolas al paro cada dos años. Aún así, tienen que dar a los abuelos el cariño que no reciben de sus familias.
Así está esta sociedad que oculta a los jóvenes la vejez, la muerte, etc. y los entontece cada vez más.
Saludos

Lansky dijo...

Completamente de acuerdo, Berto, y bienvenido; espero verte más por aquí: estás en tu casa