
Jazz...
Hace muy poco, un amigo de la Red tenía una confusión con el jazz similar al niño, o al adulto inocentemente analfabeto, que cree que un cuarteto de cuerda aseadito que interpreta a Mozart “hace” la música de Mozart. En el jazz auténtico, no en esos revival para disneylandias, sea del estilo y época que sea, esa confusión entre compositor e interprete no debería darse, porque el jazzman no interpreta música; la “hace” mientras toca. Por supuesto hay compositores en Jazz, aunque también puede servir el conjunto del acervo musical, desde un viejo blues o una canción de los Beatles hasta Chopin, pero lo esencial son los músicos, en un momento dado, en un lugar dado, jamás interpretando, sino haciendo, fabricando esta extraordinaria música. Claro, dirán, las famosas variaciones, las asonancias, los riffs; no es sólo eso.
Este no es un artículo erudito, aviso. En el jazz la erudición cuenta como sistema de devociones o como la sal que acentúa, sino es excesiva porque entonces enmascara, los sabores de un guiso. Y mucho menos esoterismos para iniciados que te obliguen a gustar de lo que repele por instinto; es decir, en esto no hay taurinos.
Para los amantes del jazz los discos, sobre todo los viejos y adorables vinilos, no digamos las baquelitas de 73 revoluciones, no contienen canciones ni tampoco versiones: son momentos, como los atardeceres. Ya sabemos que se puede esperar de Bebo Valdés y un piano, podemos saber de antemano que va a tocar algo que, mira por donde, todos sabríamos tararear, la Andalucía de Lecuona, o Siboney, pero al igual que nunca se repite exactamente un atardecer, incluso sin variar de lugar o de Estación, nunca se repite el momento singular que nos está dando, o que nos dio en un disco, un verdadero jazzman. Suponiendo que se haya grabado ese instante prolongado, variable como una tormenta de verano, ya tendremos nuestra puesta de Sol, que no es una foto, sino un transcurso, como una filmación acelerada a veces, a veces ralentizada, que se aleja y se acerca, se expande y se contrae: el cine todavía no sabe hacer bien eso.
Por eso no hay otra música igual al jazz; no hablo de mejor ni peor, pero en esta extraña e irrepetible fusión de Historia de continentes enteros e historias de vecindarios y vecinos, razas e instrumentos no hay músicos que no sean virtuosos, o un paso más allá, chamanes de la emoción más turbia o más pura, según. No hay otra música igual ni la habrá, son demasiadas las coincidencias que se requerirían: blues, algodón, baaladas irlandesas lloronas o rabiosas, instrumentos inventados, o traídos de África, o usados de forma irregular. Por supuesto que hay “hacendososos” instrumentistas que tocan jazz, es lo que hace Woody Allen con su clarinete o el ex presidente Bill Clinton con su saxo, y la Pasadena Roof Orchestra, me temo. Pero eso, ya digo, es en el mundo de Disneylandia, donde se recrean las batallas de piratas y las peleas de cocodrilos. Aquí hablamos de verdaderos combates en locales oscuros, sí, el tópico, llenos de humo y de lunas llenas de vasos de bourbon en las mesas bajas.
En las otras músicas lo que más se parece al jazz son las Variaciones Goldberg de Bach, de las que por cierto hay una versión excelente del pianista y jazzman Keith Jarret, pero no es jazz, es Bach. Si el jazz fuera un niño, no sería el típico y aplicado virtuoso, sino el que quema la partitura mientras se suelta de manos y grita:¡mama, mírame! ¡Niño, eso no se hace! Si fuera un combate entre dioses, lo sería entre Dionisos y Apolo, Apolo pierde la lira y embriagado le sigue en la conga al otro.
Y por eso el aficionado simplemente erudito es como esos antropólogos, que puede que sepan mucho de las tribus que visitan y estudian, pero no saben cazar con cerbatana. Esto es jazz, siempre igual y siempre distinto, como follar. Así que si fuera poeta esto lo habría escrito con el dedo en el polvo que cubre la funda de un contrabajo, o quizá con sangre, sudor y semen, y algo de Bourbon.. Sí, el jazz es como el sexo, no se puede pretender aprender, pero se mejora con la práctica, conforme se hace.
(Deberes para Julian Bluff , el que salta de cabeza desde los acantilados de Acapulco: localizar y oir un disco reciente, ninguna rareza, Bebo Valdés y Javier Ocaña –contrabajo- “Live at the Village Vanguard" –el mismo mítico local donde Bill Evans tocó su “Waltz for Debby”. Está producido por Fernado Trueba para calle 54/Sony. Y no confundamos el boxeo con las payasadas del Pressing Cash, querido amigo)
Hace muy poco, un amigo de la Red tenía una confusión con el jazz similar al niño, o al adulto inocentemente analfabeto, que cree que un cuarteto de cuerda aseadito que interpreta a Mozart “hace” la música de Mozart. En el jazz auténtico, no en esos revival para disneylandias, sea del estilo y época que sea, esa confusión entre compositor e interprete no debería darse, porque el jazzman no interpreta música; la “hace” mientras toca. Por supuesto hay compositores en Jazz, aunque también puede servir el conjunto del acervo musical, desde un viejo blues o una canción de los Beatles hasta Chopin, pero lo esencial son los músicos, en un momento dado, en un lugar dado, jamás interpretando, sino haciendo, fabricando esta extraordinaria música. Claro, dirán, las famosas variaciones, las asonancias, los riffs; no es sólo eso.
Este no es un artículo erudito, aviso. En el jazz la erudición cuenta como sistema de devociones o como la sal que acentúa, sino es excesiva porque entonces enmascara, los sabores de un guiso. Y mucho menos esoterismos para iniciados que te obliguen a gustar de lo que repele por instinto; es decir, en esto no hay taurinos.
Para los amantes del jazz los discos, sobre todo los viejos y adorables vinilos, no digamos las baquelitas de 73 revoluciones, no contienen canciones ni tampoco versiones: son momentos, como los atardeceres. Ya sabemos que se puede esperar de Bebo Valdés y un piano, podemos saber de antemano que va a tocar algo que, mira por donde, todos sabríamos tararear, la Andalucía de Lecuona, o Siboney, pero al igual que nunca se repite exactamente un atardecer, incluso sin variar de lugar o de Estación, nunca se repite el momento singular que nos está dando, o que nos dio en un disco, un verdadero jazzman. Suponiendo que se haya grabado ese instante prolongado, variable como una tormenta de verano, ya tendremos nuestra puesta de Sol, que no es una foto, sino un transcurso, como una filmación acelerada a veces, a veces ralentizada, que se aleja y se acerca, se expande y se contrae: el cine todavía no sabe hacer bien eso.
Por eso no hay otra música igual al jazz; no hablo de mejor ni peor, pero en esta extraña e irrepetible fusión de Historia de continentes enteros e historias de vecindarios y vecinos, razas e instrumentos no hay músicos que no sean virtuosos, o un paso más allá, chamanes de la emoción más turbia o más pura, según. No hay otra música igual ni la habrá, son demasiadas las coincidencias que se requerirían: blues, algodón, baaladas irlandesas lloronas o rabiosas, instrumentos inventados, o traídos de África, o usados de forma irregular. Por supuesto que hay “hacendososos” instrumentistas que tocan jazz, es lo que hace Woody Allen con su clarinete o el ex presidente Bill Clinton con su saxo, y la Pasadena Roof Orchestra, me temo. Pero eso, ya digo, es en el mundo de Disneylandia, donde se recrean las batallas de piratas y las peleas de cocodrilos. Aquí hablamos de verdaderos combates en locales oscuros, sí, el tópico, llenos de humo y de lunas llenas de vasos de bourbon en las mesas bajas.
En las otras músicas lo que más se parece al jazz son las Variaciones Goldberg de Bach, de las que por cierto hay una versión excelente del pianista y jazzman Keith Jarret, pero no es jazz, es Bach. Si el jazz fuera un niño, no sería el típico y aplicado virtuoso, sino el que quema la partitura mientras se suelta de manos y grita:¡mama, mírame! ¡Niño, eso no se hace! Si fuera un combate entre dioses, lo sería entre Dionisos y Apolo, Apolo pierde la lira y embriagado le sigue en la conga al otro.
Y por eso el aficionado simplemente erudito es como esos antropólogos, que puede que sepan mucho de las tribus que visitan y estudian, pero no saben cazar con cerbatana. Esto es jazz, siempre igual y siempre distinto, como follar. Así que si fuera poeta esto lo habría escrito con el dedo en el polvo que cubre la funda de un contrabajo, o quizá con sangre, sudor y semen, y algo de Bourbon.. Sí, el jazz es como el sexo, no se puede pretender aprender, pero se mejora con la práctica, conforme se hace.
(Deberes para Julian Bluff , el que salta de cabeza desde los acantilados de Acapulco: localizar y oir un disco reciente, ninguna rareza, Bebo Valdés y Javier Ocaña –contrabajo- “Live at the Village Vanguard" –el mismo mítico local donde Bill Evans tocó su “Waltz for Debby”. Está producido por Fernado Trueba para calle 54/Sony. Y no confundamos el boxeo con las payasadas del Pressing Cash, querido amigo)
N. b.-La foto es en París, con un juvenil Chet Baker, el trompetista más dulce que ha dado el jazz, y la hermosa muchacha sólo sé que se llamaba Helima
12 comentarios:
Vaya por delante que no sé prácticamente nada de jazz, como ayer le decía al Clavadista tengo la vaga idea de que bajo ese nombre se agrupan muchas músicas que a mi me suenan muy distintas, aunque sin duda tendrán en común lo suficiente como para compartir el nombre genérico, de las que con algunas he disfrutado mucho y de otras, en cambio, no he conseguido aguantar más de cinco minutos. Sí creo que en todas juega un papel fundamental la improvisación, y me imagino que es de ahí de donde le viene la vitalidad, la irrepetibilidad y esa cualidad de ser música "viva", directamente creada en el momento de hacerla sonar, que hace que, en cierto modo, el jazz sea el paradigma de la música. Y también de ahí le viene, me imagino, ese parentesco que, creo que acertadísimamente, le encuentras con las Variaciones Goldberg: improvisar a partir de un tema o de una secuencia armónica dados es, en esencia, el mismo mecanismo de las variaciones, y no creo que exista ejemplo más excelso de este género excelso que las Goldberg. Me temo que ya soy demasiado viejo -quiero decir, que ya estoy demasiado encarrilado en mis hábitos- como para empezar ahora a aficionarme, pero trataré de hacer los deberes que le pones a Bluff. Nunca es tarde para aprender, sobre todo si es disfrutando.
¿Tú no serás Horacio Oliveira? Bonito artículo, aunque no seas poeta.
suena 'a love supreme' de coltrane (http://www.youtube.com/watch?v=HMrK7564Egs) que para mi gusto exquisitoi es lo más.
chulos el post y la foto, lanky.
bezz
d.m.
vanbrugh, nunca es tarde para aprender a disfrutar de algo, aún recuerdo el deleite de un viejo campesino de tierra adentro cuando a sus 78 años le llevé a navegar por la Ría del Eo.
Miroslaw, la mera idea -enloquecida- de que mi nick Lansky, honesto asesino a sueldo y escribidor compulsivo, pueda encubrir a Horacio Oliveira me eleva el ego, ya de por sí
flotante, a la estratosfera.
d.m. ¡Cuanto tiempo! ¿por qué no entras con tu nick? A love supreme, claro, Coltrane, por supuesto, pero es que estoy en la tarea de infectar con jazz a Bluff y Vanbrugh y tengo que empezar con cosas sencillas, que no simples, como Bebo, John es demasiado, de momento.
Y a mí que Oliveira siempre me cayó un poco gordo... Su relación con La Maga rondaba estrechamente el sadomaso, ingrediente que al macho argentino le debe parecer poco menos que indispensable en una buena relación, o, por lo menos, una bonita guinda que la complementa muy bien, pero a mí me desagrada especialmente.
(Claro que La Maga provocaba un cierto sadismo hasta en mí, todo hay que decirlo.)
Y, sin embargo, qué espléndida novela. Y qué buenos tiempos...
Oliveira machista y La Maga masoca...me parece un mal resumen de unos personajes que, más allá de su propia lógica, como el jazz, representaban un tiempo y un lugar, los sesenta, París, sudacas...
Un artículo emocionante. Y lo es porque está escrito con las visceras de alguien que ama al jazz e incluso se atreve a aproximarse afectivamente a sus semejantes más cercanos a base de saxofonazos. Lansky es así, lo da todo siempre suponiéndolos a los demás una receptividad de la que desgraciadamente es común no andar sobrado. Y dicho lo anterior, figura, y aceptada de excelente grado tu sugerencia de oirme el disco de Bebo y Javier Ocaña, confesarte que lo que a mi no me gusta del jazz es precisamente lo que a ti te gusta del jazz. Eso que comparte con el cante jondo y que tu has definido tan bien: el feeling, la inspiración momentánea, el quejío. Y eso es porque creo que nada excesivamente delicioso pueda esperarse en las artes de la espontáneidad sin esfuerzo, sin tiempo, y aún cuando algún autor excepcionalmente lo haya podido conseguir alguna vez eso le ha conducido a endiosarse, a perder la perpectiva y, finalmente, a la autoindulgencia. No me pone el free jazz, como no me pone el abstracto en pintura, o todos esos escritores de frases discordantes dudosamente ocurrentes: los "nocillas". Picasso me gusta cuando se lo curra, no cuando se pone a pintar palominos en servilletas del bar para regalárselas a sus contertulios. Lo mismo Miles Davis. No, no creo en la escritura automática. Aunque todo esto lo haya escrito de un tirón. En fin.....
Al margen de todo lo anterior, el texto, desde un punto de vista estilístico, me ha encantado. Buenísimo.
Qué bueno, Lansky. Háblanos más de jazz. Cuéntanos las diferencias entre el jazz, el blues, el soul y los espirituales negros. Yo los distingo al escucharlos pero no puedo explicar con palabras en qué se diferencian y eso me fastidia. (Es como poder leer una novela en catalán y no ser capaz de hablarlo. Qué buena Purgatori, mil gracias por la recomendación.)
Clavadista, entiendo a lo que te refieres, el caso que expones de Picasso es bien expresivo, sólo que no es el caso del jazz. Para improvisar, resignémonos a llamarlo así, hay que currarse mucho tanto la técnica del instrumento como la relación con la melodía o tema y con el resto de instrumentos, porque una cosa que se me olvidó decir es que precisamente ese "momento" irrepetible se produce sobre todo porque hay un reto, una lucha amable, unas réplicas, sucesivas o interferentes entre los distintos instrumentos, frente a la ferrea y necesaria disciplina de una orquesta sinfónica o un grupo de cámara- El free jazz tampoco es mi favorito, ni el Miles Davies cuando hace pop-rock, en el lado contrario. La pintura abstracta me gusta, cuyando es buena.
Isabel, precisamente de eso quería huir, del didactismo, de explicar las diferencias entre blues o jazz o los distintos estilos, etc., quería, como dice clavadista, transmitir mi emoción por esa música, su esencia
No trataba de resumir la novela, la comentaba, tan solo. Sin considerarlo un resumen, ni siquiera lo más importante, -ni siquiera un defecto del libro, por supuesto; solo un motivo para que ambos personajes me caigan mal- Oliveira era machista, y La Maga era masoca.
Clavadista, todo eso a lo que te refieres cuando hablas de la "espontaneidad sin esfuerzo" -y sin tilde, por cierto-: el feeling, la inspiración momentánea... no solo no está reñido con el esfuerzo, sino que no se da sin él. El trompetista de jazz o el cantaor de flamenco que "improvisan" lo hacen a partir de un talento, una preparación y una familiaridad con la técnica y con la música iguales o mayores que los de los mejores intérpretes "clásicos". Los palominos sobre servilletas de Picasso contienen años de reflexión y de pintura. Y, salvo vividores y listillos, siempre de cortos vuelos y que nunca dan el pego por mucho tiempo, un buen artista, por mucho que cultive el destello de genio "improvisado", es siempre el más exigente y menos indulgente de sus críticos.
Creo, no es la primera vez que te lo digo, que tiendes a confundir la calidad con el aparato.
Completamente de acuerdo con Vanbrugh en esa réplica (yo también se la había dado) a Clavadista.
Toma un principio como norma evaluadora: las ocurrencias son lo contrario del talento, y el talento sin esfuerzo no es absolutamente nada.
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