24/04/2008

La belleza




La belleza es difícil de explicar y fácil de percibir.

Se me ocurre de repente escribir un cuento sobre una tribu perdida que considera como patrón de belleza tener en cada mano y pie un número par de dedos. Como añadir dedos está fuera de su alcance, lo que hacen es cortarse uno, normalmente el meñique y por eso, los bellos a la moda cojean. Dentro de la tribu surgen algunos extremistas radicales que prescinden de los pulgares de manos y pies: no pueden agarrar objetos bien y son alimentados por sirvientes sin meñique; no pueden andar apenas y son llevados en angarillas por bamboleantes esclavos desmeñicados.
Se me ocurre que en otras sociedades se establece un patrón de belleza femenino que consiste en dos cosas curiosas: eliminar todos los rasgos distintivos de ese sexo (me niego a llamarlo “género”, eso lo dejo para la gramática): caderas redondas, senos prominentes, etc., y en establecer como aliada de lo anterior una delgadez extrema. No intento hacer un cuento con eso, porque me saldría un reportaje, ya que al revés que la tribu mutiladora de dedos, esto es verdad.

De hecho, sorprendentemente y a pesar de que para gustos están los colores, las pautas de reconocimiento, modas al margen, de la belleza son sorprendentemente universales; da igual que se trate de paisajes, de personas o de objetos.

La belleza, eso sí, cuando se trata de personas, tiene otro enemigo además o a la par que la moda: la impostación, la falta de naturalidad, la conciencia de uno mismo de ser bello que elimina uno de los encantos mayores: la encantadora ignorancia o incluso el sincero desinterés del bello por su belleza, que le hace aún más irresistible. Por eso, creo, los profesionales de la belleza propia, como los y las modelos, tienen una frialdad que les resta, como los profesionales de la belleza ajena, como estilistas o peluqueros que la tienen demasiado formalizada. Se salvan los fotógrafos, los grandes descubridores de esa belleza que a veces se llama fotogenia, y es lógico, porque la única virtud imprescindible de un buen fotógrafo es saber mirar.

En realidad, lo anterior podría hacerse extensible a objetos inanimados, aunque estos no sean narcisistas como lo son los humanos conscientes de ser bellos. Quiero decir que comparto la idea de Benet de que la belleza nunca puede ser un objetivo, sino que es siempre un “subproducto” de otra clase de empeño, a menudo de naturaleza muy corriente: una buena genética y alimentación, o en un paisaje una buena gestión del territorio como sistema de producción agropecuaria, por ejemplo, o los bellos objetos útiles, como los de la alfarería tradicional (intenten conseguir una forma más perfecta que la de un cántaro para agua)

Para el biólogo evolutivo la belleza, que atrae al reproductor del otro sexo, es una evidencia conspicua aunque intrínseca, de salud y capacidad reproductiva, de éxito reproductor, por tanto, así de simple, así de devastadoramente actúa ese “capellán del Diablo”, como llamó Darwin a la Selección Natural: la supervivencia del más guapo es la del más apto. Injusto, pero cierto.

Y hablando de paisaje y territorio, la belleza, cada vez más, es resultado de una omisión: la de los depredadores de solares cuando pasan por alto esos rincones que aún quedan, ya que por fortuna además de codiciosos son ignorantes y sólo atienden a los gustos masivamente hermosos: sol y playa.

Pero nada de lo que he dicho es completo, claro, por eso se fundó toda una “ciencia” preceptiva (no experimental precisamente), o si se prefiere un rama de la filosofía que es la Estética en la que han incurrido todos los “Hegel” de la Historia, que a mí nunca me aclararon del todo estas cuestiones.

Y luego está el asunto del gusto y los colores. ¿Qué es la belleza? Se preguntaba el feo de Voltaire, y se contestaba, porque la cuestión era dar alas a su retórica, más o menos así (sigo citando de memoria, así que no pongo las comillas por respeto): la belleza es la piel rugosa de la sapa cuando la mira con sus ojos saltones el sapo. Tal para cual, afortunadamente. (Pero yo debo tener algo de sapa, porque me gustan mucho los sapos).

Por cierto, sapos y sapas tienen cinco deditos perfectos y el de la foto Pelobates cultripes, además, unas espuelas en los pies. Y al David de Miguel Ángel, que, con perdón para los puristas, no sabía dibujar mujeres y le salían orondas walquirias, se le rompió el pulgar del pie derecho. Seguía guapo.

16 comentarios:

Júbilo Matinal dijo...

"la belleza nunca puede ser un objetivo, sino que es siempre un “subproducto” de otra clase de empeño". Dices que la idea es de Benet, la formulación no sé si es tuya o de él. A mí me ha golpeado como pasa a veces cuando lees cosas que sabes o que crees, pero que nunca habías expresado en sus justos términos y que, por tanto, no eras consciente de saber o de creer.

Eso es, exactamente. La belleza es siempre la consecuencia de una adecuación fundamental entre medios y fines, de un objetivo cumplido, de una tarea bien hecha. No es un fin en sí misma, es siempre la elegancia, la facilidad, la "armonía" con la que se alcanza un fin cualquiera. O incluso con la que se intenta alcanzar, aunque no se consiga.

Por eso puede ser bella una rana y hay catedrales neoclásicas tan horrorosas.

Lansky dijo...

Como sabes no suelo tener mi biblioteca conmigo (está en elpueblo, bien almacenada), sólo algunos bloc y cuadernos que siempre van conmigo, pero sólo los o "el" último. O sea, que rara vez puedo citar literalmente y de ahí que no ponga comillas. Ahora, de ahí a decir que la formulación es mía va un abismo, simplemente, confío en mi oído.

Lansky dijo...

lo de "subproducto" es seguro; los términos de la oración, no tanto. En cualquier caso, se podrían multiplicar los ejemplos: la belleza buscada en literatura de la página perfecta (Gabriel Miró, Umbral) no suele dar buenos resultados, pese a lo que diga Bluff, en tanto que la "eficacia" de un texto termina por ser bella; etc.

Júbilo Matinal dijo...

Nunca he leído nada de Benet. Por algún motivo perfectamente irracional e indefendible, lo sé, me cae gordo. O me caía, Dios lo tenga en su gloria. Y me da una pereza mortal meterme ahora a explorar Región. Ya lo hice con Macondo en su día, y se me ha pasado la edad. Demasiado he hecho con embaularme las peripecias mentales de su amigo Marías, de las que, por cierto, tampoco me he puesto aún con el último tomo, porque ya se me han olvidado los dos primeros y también me da pereza actualizarlos. Por qué seré yo tan perezoso, Dios mío, qué mal remedio le veo. ¿Debo tratar de ser bueno e intentarlo con Benet? ¿Y con Marías, de paso?

En Bluff y en sus sonoros párrafos, o más bien en su defensa de los párrafos sonoros, pensaba mientras leía tus consideraciones sobre la belleza y ponía en orden las mías a partir de ellas. Un Decreto de Alcaldía puede ser bello, si regula con precisión, eficacia e inequivocidad, y ajustándose a la Ley, lo que quiere regular. Y un soneto perfecto, en cambio, lleno de adjetivos preciosísimos y de aliteraciones delicadas, si no dice más que tonterías, o no dice nada, a mi me resbala.

Júbilo Matinal dijo...

Matizo lo del soneto: si realmente no dice nada, y queda claro que su finalidad -bien cumplida- era solo poner en perfecta forma de soneto preciosos adjetivos y sutiles aliteraciones, entonces me puede parecer bello. Pero ¡ay si pretende decir algo y lo dice mal, demasiado pendiente de la forma para cuidar el fondo! O si lo dice muy bien, pero a costa de forzar las ritmas, marrar la medida y cargarse el ritmo...

Lansky dijo...

Benet paradójicamente es para mí otro caso, con los citados Miró y la mayoría de la producción de Umbral, de lo que decía. Los benetianos, secta feroz donde las haya, no lo admitirán jamás, pero Don Juan esra un escritor de páginas perfectas en novelas, ejem, malas, como la muy celebrada Volveras a Región. En cambio sus ensayos: La inspiración y el estilo, La construción de la Torre de Babel, etc., me interesan mucho. También es autor de frases memorables, como "todo vicio es solitario".

En cuanto a la eficacia del lenguaje, ahí están los que para Sánchez Ferlosio son los mejores prosistas de todos los tiempos en castellano, los cronistas de Indias; opinión que en parte comparto, por ejemplo López de Gomara o Nuñez Cabeza de Vaca.

Pero es en los poetas ddonde mejor se nota todo esto: no hay cosa más empalagosa y horrenda de unos versos pretendidamente líricos, pero ay, donde aparece la metáfora certera que ahora párrafos de prosa, ahí está la poesía y su superioridad intrínseca sobre los demás géneros.

Emma dijo...

Una curiosidad que no tiene nada que ver con el asunto: Aqui en Luxemburgo, junto a las cunetas, se alzan unos pequeños muros para que las ranas o sapos, durante sus correrias nocturnas fuera de los arroyos, no salten a la carretera y sean atropelladas.
Lo cual es enternecedor. Me parecio, digo.

el_clavadista_solitario dijo...

Hola a todos!

Siento discrepar en este punto; Lansky pero la belleza (o la fealdad) de las personas no tiene nada, pero absolutamente nada, que ver con la alimentación. ¿Con que comida se corrige una nariz bulbosa? ¿cual elimina un belfo colgante? ¿qué otra enmienda unos ojos redondos, saltones y hundidos?.

Lo único que se me ocurre al respecto es que si -pongamos por caso, Emily Blunt- se entera de lo condenadamente bien que cocino, a lo mejor se enamora de mi, y los niños que vayamos a tener los dos van a salir bastante más guapos que su papa.

De lo mío. Lo que hago en el blog es prosa poética -generalmente- y la forma le es esencial al género (que aquí sí que vale género) pero os reto a que me indiquéis un solo post (he dicho bien: ¡uno sólo!) que sea prosa sonajero carente de todo contenido.

Lansky dijo...

Clavadista, el que se pica...

No, la alimentación no mejora un rostro horrendo: la buena genética combinada con buena alimentación por generaciones, sí.

Lansky dijo...

Emma

Yo creo que sí que tiene que ver. Todas esas ranas y sapos que protegen los muretes son luxemburgueses a los que no ya una princesa, sino nadie ha dado un beso

Vanbrugh dijo...

Querido Bluff, lee de nuevo nuestros comentarios en los que te nombramos: hablamos de tus opiniones sobre literatura, no de tu literatura. De tus teorías sobre la belleza, no de la belleza de tus teorías. Yo soy el único que me refiero a tus "sonoros párrafos" para, inmediatamente, corregirme: "más bien, en su defensa de los párrafos sonoros". De manera, amigo mío, que no te pongas la venda donde nadie te ha tirado una piedra.

Emma dijo...

jijiji, que bonito Lansky! y que razon tienes! Este es el reino de las murallas.

Lansky dijo...

Emma, ue nos conocemos: no andes besando sapos que luego te salen alergias.

Ves, eso es lo que yo quería, Bluff: que te regañara Vanbrugh (en realidad, te ha adoptado y tú sin enterarte)

Vanbrugh dijo...

Pero ¿te parece que le regaño poco, al pobre? ¿O es que estás cogiendo vicio -este, necesariamente, nada solitario, diga lo que diga Benet-?

Lansky dijo...

Tu mismo lo dijiste, Vanbrugh, en términos taurinos: Bluff se crece en el castigo

Cigarra dijo...

¡No se por qué disfruto tanto leyendoos, si me provocais un complejo de inferioridad tremendo y una conciencia terrible de todas mis lagunas intelectuales!
Menos mal que Emma introduce el detalle tierno de los muros-salvavidas-de-batracios.
(Como los batracios son tontos como batracios, seguro que los más jóvenes se pican unos a otros organizando concursos de salto de altura, a ver quién consique saltar el murete, y ¡plaf! pasa un coche.)