profesión de fe

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Somos los conocidos superhéroes del barrio –concepto acuñado por Kiko Veneno para definir lo que se podría llamar héroes de proximidad-: Lansky y Superperropequeño. Ambos somos más ciudadanos que patriotas ( y tan rústicos como urbanos), o bien, nuestra patria son nuestros zapatos -o ni eso en el caso de Jara-, la infancia o el sillón de orejas de lectura, pero nos negamos a la ñoñería esa de ciudadanos del mundo. Simplemente, tenemos pasaporte

01/04/2008

La conjura contra Darwin y la Biblia de ida y vuelta




Hay historias que tienen curiosos recorridos de ida y vuelta. En España, y en los países de tradición católica en general la lectura de la Biblia no sólo no era costumbre entre los feligreses, sino que incluso estuvo proscrita o recluida al margen de las lenguas vernáculas, traducida al mal latín de párroco (que no al buen latín pagano) o mantenida en el muy vedado y elitista griego original (no sánscrito, como, por una vez, mal dice Juan Goytisolo), en tanto que en los países protestantes la lectura privada y doméstica de El Libro era parte de su forma de ser cristianos. Por eso y por el talento de su autor, George Borrow, “Jorgito el inglés”, uno de los libros de viajes más encantadores es La Biblia en España, que da cuenta de las visicitudes casi suicidas de puro peligrosas de su autor, protestante de pro, para convertir a los muy reacios y contarreformistas españoles por medio de la venta de Biblias traducidas y subvencionadas por los distintos pueblos y ciudades de esa España profunda y decimonónica. Aquí contamos con una edición con traducción y prólogo de Manuel Azaña, nada menos.

Pero lo que en su día fue un logro que podríamos calificar de progresista, con creyentes libres en la lectura e interpretación bíblicas, pasó a ser un retroceso, cuando esos mismos lectores tomaron un libro hecho de acumulo de muchos otros y donde abundaban las metáforas de épocas pre científicas por la verdad literal e inamovible. Sobre todo, el relato del Génesis, donde Dios creo al hombre del barro, a la mujer de su costilla, a los primeros los sitúo en un huerto, que no jardín, que llamó con una palabra persa: Paraíso, y a los animales que hablaban y aún después lo siguieron haciendo con Salomón, los creó de una sola tacada, tal y como en un inventario moderno de listas rojas en peligro de extinción.

Cuando, tras Copernico y Galileo, Darwin siguió removiendo esa centralidad humana que el Universo en absoluto nos concede, y dio con un mecanismo, la Selección Natural, que daba cuenta del origen de esas especies, de sus cambios a lo largo de un tiempo que excedía con mucho de los escasos 4000 años que algunos calculistas bíblicos había deducido, cuando eso igualmente explicaba otros enigmas como los fósiles, sean estos lagartos terribles (dinosaurios) o las almejas en algunas cumbres de montañas, entonces los antropocentristas, hechos a la imagen y semejanza de su intolerante dios desértico, acudieron de nuevo a la Biblia. Desperdiciaron una colección de cuentos y mitos para tomarlos al pie de la letra y, desoyendo el viejo proverbio de que es más sagrada la tinta del sabio que la sangre del martir, alzaron este libro terrible y lo convirtieron en consignas. La Biblia dejó de educar -la gente aprendía a leer en ella así como vocabulario más versatil y extenso que el de su cerrado mundo de cosechas- y pasó a adoctrinar, que es su contrario. Pobre Darwin, que fue estudiante de teología tras su fracaso en medicina y que llevaba la Teología natural de William Paley en el Beagle como libro de cabecera hasta que dejó de servirle. El diseño inteligente que ahora se vende como una alternativa al darwinismo no deja de ser una Teología Natural más desfasada y aún menos creible.

Ida y vuelta de la Biblia, de los lectores de la Biblia, salvando las distancias

5 comentarios:

Vanbrugh dijo...

No, si al final vamos a tener que celebrar la sabiduría de la Iglesia Católica que, impidiendo a sus fieles leer la Biblia, evitó que la convirtieran en su particular libro de recetas y que se desarrollara en su ámbito esa particular y peligrosa especie que prolifera en los países protestantes, singularmente en los beneméritos EEUU: el granjero feroz -la Biblia bajo un brazo y la escopeta bajo el otro- dispuesto a meter en vereda, con la fuerza combinada de ambas armas, a Darwin, al Gran Jefe Jerónimo y al Gobierno Federal todos a la vez.

Anónimo dijo...

Interesantísimo post. Pregunto ahora: ¿estamos en condiciones de poder afirmar que la teoria del "diseño inteligente" es una absoluta falacia?. ¿No podría ocurrir que el famoso "eslabón perdido" precisamente este extraviado porque no existe como tal?

Lansky eres un trasto.

Primero: Dile a Blogger que el contenido de tu blog no es para adultos y te podré comentar por las mañanas desde el curro. Habrá tertulia.

Segundo: Haz algo para rescatarme de mi anonimato.

www.lacoctelera.com/el_clavadista_solitario

Vanbrugh dijo...

Clavadista, de veras, no puedo explicarme que la tercera opción para comentar: Nombre/URL, funcione para TODO el mundo menos para ti. ¿Qué es lo que no funciona: no te aparece esa opción? ¿No te permite rellenar las casillas? ¿No pasa lo que tiene que pasar cuando las rellenas? De verdad que me cuesta trabajo aceptarlo, te creo porque tú lo dices, pero te rogaría que examinaras la cuestión más atentamente y, si sigues sin lograrlo, trataras de explicarnos detalladamente dónde es donde la cosa, según tú, deja de furular.

(De hecho yo comento en este blog como si no tuviera cuenta en blogger, no uso mi cuenta para comentar.)

Lansky dijo...

El problema no es leer la Biblia, aunque entiendo la ironía de tu comentario, Vanbrugh, sino la actitud en esa lectura. Tomarla por algo que no sea esa tremenda recopilación de mitos, relatos de un pueblo minúsculo y feroz, genealogías tribales o profecias es un absurdo. Tomarla como norma de conducta o como explicación cabal del mundo es una atrocidad, pero prohibir jamás es lo adecuado, creo.

Lansky dijo...

Clavadista, de una vez por todas, este no es un debate entre ideas, sino entre fanáticos y hombres de ciencia. El diseño inteligente no tiene el menor crédito entre la totalidad, insisto, la totalidad, de la comunidad científica.