23/04/2008

La economía verde, la ecología roja y el mito del desarrollo (y 3)




Cuando un término se desprestigia se le añaden adjetivos para reciclarlo. Por otra parte, adjetivar siempre permite suavizar la fuerza propositiva de los más recios sustantivos. Sosteniblidad es un concepto que admite pocos disfraces: alude al hecho de no sobrepasar la capacidad de reponer los recursos consumidos ni la capacidad de los ecosistemas para sustentarlos. Desarrollo implica siempre crecimiento, aunque se haga énfasis en lo cualitativo; por tanto Desarrollo Sostenible, como mantra de moda que recaba sospechosas adhesiones de todos los bandos –esa se supone que es la virtud de la inanidad del lenguaje de la alta diplomacia, políticamente correcto- es un aporía lógica: una contradicción en sus términos, como asesinato sin muerte o maltrato bondadoso. El Desarrollo Sostenible es, por tanto, el último intento por el momento de camuflar tan funesta noción, que no sólo no soslaya la inviabilidad física –ecológica y termodinámica y hasta meramente aritmética- de la finitud del planeta (lo que en su día se llamó “la cuestión de los límites del crecimiento”), sino que mantiene el absurdo propositivo inicial de que sólo hay un camino posible para toda esa enorme diversidad de pueblos, culturas, situaciones y condiciones ambientales y ecológicas de los muy diversos entornos. Entre tanto los ricos seguimos consumiendo en un año lo que le llevó a la Tierra un millón de años almacenar. Ni siquiera vale el precavido refrán de pan para hoy y hambre para mañana, sino el de caviar para unos pocos hoy, hambre para la mayoría también hoy y para todos mañana.

¿Sostenibilidad? Sería deseable, claro, pero cuando la solidaridad espacial o geopolítica entre Norte y Sur, Centro y Periferia, Globales y Globalizados, Ricos y Empobrecidos sea garante y condición previa y necesaria, aunque no suficiente de la solidaridad temporal o intergeneracional que plantea la cuestión de qué mundo dejaremos a nuestros hijos. Es decir, el futuro de los nietos de los ricos pasa porque tengan un presente aceptable los pobres actuales. Los economistas hegemónicos, que tan superficialmente invocan la ecología, y los ecólogos y sobre todo ecologistas victimistas, que tanto y tan en vano han peleado contra esa economía en una suerte de guerra de trincheras de frente inamovible, deberían comprender que la Economía de la Pobreza y la Ecología de la Explotación son dos caras de la misma vidriosa realidad: el Intercambio Desigual, que sustenta, ese sí, el presente (Des-) Orden Económico Internacional. Un presidente bávaro democristiano advirtió a sus fieles sobre los emergentes “Verdes” alemanes y afirmó que estos eran como las sandías: verdes por fuera y rojos por dentro. No faltó quien le replicara que en todo caso deberían ser más bien como los tomates: verdes primero y rojos al madurar. Pero en realidad el único color viable es uno que no existe, el verdirrojo, que aún no existe puesto que verdes y rojos siguen esencialmente separados; obsesionados unos por un planeta que no nos necesita para salvarse, y los otros por unas plusvalías que se apropian los de siempre. Pero el destructor del planeta y el apropiador de las plusvalías de los demás es el mismo agente social.

Mientras, apartemos de nuestros obnubilados ojos la zanahoria del dichoso desarrollo, aunque lleve salsa sostenible, que se nos vende como mucho más que un mero esfuerzo socio económico, ya que, homogeneizando sueños y deseos, estableciendo recetas tan universales como de obligado cumplimiento (Ahí está la gendarmería del FMI y el Banco Mundial para asegurarse), se ha convertido en inconsciente colectivo, en coartada para los menos y aspiración para los más; es decir, en mito. Y en cuanto a mito no precisa ratificaciones empíricas ni resultados que lo avalen o refuten; simplemente seguirá vigente mientras lo adoremos, seguirá ofreciendo coartadas y patentes de corso a las opulentas minorías con capacidad de compra sobre el planeta y sus gentes, a la vez que embarulla las justas reivindicaciones de los oprimidos, ofreciéndoles un camino inviable en su generalización a la vez que se opone a la viabilidad misma de los sistemas ecológicos de los que todos dependemos.

Mientras no cambien los dioses, nada ha cambiado”, rezaba un título magistral de un ensayo de Sánchez Ferlosio. Un “dios” que es servido por una religión terriblemente cruenta, que exige sacrificios humanos de millones de víctimas, muchas de las cuales, lastimosamente, siguen acudiendo al altar de su degollina entre cánticos de los pontífices, esos nuevos brujos de la economía y del desarrollo.

3 comentarios:

Miroslav Panciutti dijo...

Desarrollo sostenible: aporía; por supuesto que de acuerdo. Nada tengo que añadir a estos tres posts. Tan solo, quizá, preguntarme(te) si es posible que los hombres cambiemos los mecanismos de un sistema económico (entiende "económico" en su sentido más amplio) que empuja las acciones humanas (acumulativamente) por el terraplén suicida en el que transitamos. Si ese cambio es posible, naturalmente, sin catástrofes. Me temo que no.

Lansky dijo...

Yo también me temo que no será posible ese drástico cambio si no es como resultado de dolorososo y cataclismáticos procesos, como el deseable hundimiento de la economía/burbuja finaciera en primer lugar. Es como en la cuestión demográfica: si no se adoptan medidas previas para reducir las tasas de crecimniento poblacional, se ajustarán solas, pero de forma más traumática y dolorosa. eso sí, mientras llega el brutal ajuste, algunos pocos viven como jeques y i eso se les acaba lo confunden con el fin del mundo (del suyo, no neceariamnet del de todos)

Cigarra dijo...

Está claro que la humanidad sólo aprende a bofetadas. Lo malo es que unos se comen la mermelada de la despensa, y las bofetadas las reciben los otros. Y claro, así no hay manera de que aprendan los que se comieron la mermelada. Hasta que no quede mermelada que comer.