29/04/2008

La Biblia, las mujeres, los Ángeles Rebeldes y los apócrifos




Lo que es verdaderamente divertido es acudir a los libros bíblicos apócrifos, esto es, los que por una u otra razón fueron eliminados por las autoridades eclesiásticas del canon ortodoxo, y no me refiero sólo ni especialmente a los Evangelios, como el de Judas o el de Tomás. Es el único caso que me viene a la memoria de un libro censurado por sus propios propagandistas y divulgadores; por razones a veces claras, como el caso que mencionaré a continuación, a veces más oscuras, pero nunca, y esto es importante, por criterios filológicos o históricos. Libros ha habido que pertenecieron a la Biblia y fueron suprimidos en un disputado Concilio, pero tras la adición griega del Nuevo Testamento, también podado y mutilado, no ha habido añadidos. Una de mis más inocentes diversiones, porque no busco munición contra nada ni nadie, es hacerme y leer esos no ya fragmentos, sino libros enteros expurgados. El primer editor –Herralde: espabila- que los localice y los vaya editando con la debida difusión se forra. Hace poco di con uno, de los gnósticos, una secta esta, la del gnosticismo que me fascina y me resulta muy simpática.

A estas alturas, los frecuentadores de este blog saben que me gustan las mujeres. No es esta una declaración tan pomposamente idiota y publicitaria como puede parecer a primera vista: me gustan las mujeres y me seguirían gustando aunque fuera yo impotente. Sé que hubo numerosas mujeres entre los discípulos de Jesús, algunas tan admirables como Maria Magdalena. Parece igualmente que a Jesús le gustaba hablar con ellas y hay pocas dudas de que mujeres fueron las que se concentraron a los pies de su patíbulo; casi todos los tíos habían salido por patas, pero en el complicado edificio de su doctrina, aunque para mí sería más exacto decir de la doctrina que forjó Pablo tomando no sé si en vano el nombre de Jesús, no se reconoce ninguna autoridad femenina, salvo el tardío reconocimiento de María, la madre de Jesús.

El Nuevo Testamento, como con todo, da su porción de cal y de arena, pero el conjunto deja una impresión desequilibradamente misógina y acorde con esas religiones nómadas y de desiertos: la mujer tapada y en la jaima, junto a los camellos cuando se acampa. Pero los gnósticos tienen a la insuperable Sofía, la personificación de la sabiduría: “la sabiduría es contigo, ella, la que conoce todas tus obras, la que estaba presente cuando creaste el mundo; entiende lo que te complace y lo que es conforme a tus mandamientos”. Esa Sofía es por la que Dios tomó conciencia de sí; es decir, la que por cuya mediación el universo llegó a su plenitud como compañera de la Creación. O como dijo un agudo comentarista –y las notas a pie de página en estos asuntos son tan interesantes como el texto principal- “Sofía consiguió que la gélida gloria del Dios patriarcal se transformara en la esplendorosa Alma del Mundo que todo lo abarca”. Así pues, Sofía, la compañera de Dios, a cuyas instancias creó el universo y a la que cristianos y judíos han condenado al ostracismo y silenciado de extraño común acuerdo.

Pero para mí, además de ese papel genético del mundo, lo que más me gusta es la que se podría llamar “La caída de Sofía”, en la que se vistió de carne mortal, como Jesús; se encarnó, vaya, y no en cualquier mujer, sino en una prostituta de un burdel de Tiro, Ella, la sabia, la compañera de Dios Padre al alcance de cualquiera por unos pocos taleros. De ahí la rescató otra figura fascinante, para algunos antecedente, para otros rival de Jesús, Simón el Mago. No es arriesgado interpretar el episodio como una Pasión, como la del Cristo, encarnándose entre los hombres, sufriendo un destino vergonzoso por la salvación de la dichosa humanidad. Así que los gnósticos la aclaman como la Sabiduría, y como anima mundi, que también pide la redención y, para obtenerla, despierta el deseo de los concupiscentes hombres. Genial, aunque probablemente tomado de antiguos mitos persas que creían que, cuando el hombre muere, se encuentra con su espíritu en forma de bella mujer, pero también infinitamente vieja y sabia.

Otros personajes de Escrituras Apócrifas, en este caso de El Libro de Salomón, son Los Ángeles Rebeldes –título por cierto de la para mí mejor novela del canadiense Robertson Davies, mejor que cualquiera de las de la aclamada y recientemente traducida trilogía Deptford-, que no es el caso del soberbio Lucifer, no confundirse. Samahzai y Azazel, ángeles tan de verdad como el Príncipe de las Tinieblas, revelaron a Salomón los secretos celestiales y Dios, tan celoso de sus derechos de Autor, los expulsó por falta de custodia en documento bíblico, esto es, el típico delito de funcionarios, y por difusión de secretos teologales y espionaje a favor de lo terrenal. Terrenal porque estos benditos seres no eran egotistas amargados, como el puñetero Lucifer, sino que ayudaron a la humanidad a avanzar en sus conocimientos (¿Prometeo?), descendieron a la Tierra y enseñaron lenguas, medicina, derecho e higiene –buen plan de estudios- bueno, nos lo enseñaron todo y encima gozaron de “particular predicamento” (guapos, ellos) entre “las hijas del hombre”. Dios, que es como el perro del hortelano con eso de la sabiduría, se mosqueó, pero los ángeles rebeldes, patrones de las universidades antes que el pesado de Aquino, Le demostraron que ocultar el conocimiento y guardárselo para sí no es bueno. Este es desde luego para mí un pionero esfuerzo: el de acabar civilizando a Dios. Libro tan inmenso e incontenible, no puede, sin embargo, utilizarse para demostrar ninguna posición; ni tampoco la mía, si es que la tuviera en estos fascinantes asuntos.

7 comentarios:

Vanbrugh dijo...

Los apócrifos, los gnósticos y demás esotéricos deben de resultar muy entretenidos, sí, pero te confieso que a mí me aburren. Me recuerdan excesivamente a los deliquios que acaban hablando de los templarios, los masones, el templo secreto, las sabidurías iniciáticas, la conspiración universal y el copón bendito. (Que no es un exabrupto blasfemo, sino una sutil alusión al santo grial, guinda habitual de estos pasteles danbrownianos.) Y los ángeles rebeldes, por su parte, me traen a la cabeza las aún más horripilantes especulaciones erichvondanikenianas sobre los extraterrestres que nos visitaban en sus carros de fuego, enseñaron a usar logaritmos a los constructores de las pirámides y aprovecharon el viaje para yacer deleitosamente con las hijas de los hombres y engendrar así a la raza de los señores, rubios, macizos y nietzscheanamente sobrehumanos. Paso, sinceramente. Me quedo con los Ángeles Rebeldes de Davies, que esos sí que me han gustado. Coincido contigo en que es mejor aún que la trilogía de Deptford, aunque a mí El quuinto en discordia me gustó mucho, también.

Lansky dijo...

¡Lo que es dar por hecho la ortodoxia! Sólo te diré una cosa, Vanbrugh, para una mente materialista y no necesariamente prosáica, tan delirante es la ortodoxia que incluye "incoherencias" como la de la Santísima Trinidad ( o "el tres en uno"; el lubricante teologal), el pájaro, el hijo que es dios y hombre a la vez, la madre que es virgen y madre, etc., etc., que las a menudo sensatísimas leyendas gnósticas, como la de mi amada Sofía. Haz el favor de no comparar su hermosura con las gilipolleces de los von daniken de turno que, para empezar, carecen de toda imaginación poética.

Vanbrugh dijo...

Y qué le voy a hacer yo si a mi me los recuerdan...

Sí, siento cierta nostalgia por la ortodoxia. Pero, en tanto no consiga asentarme en ella, prefiero seguir inventándome mi propia heterodoxia particular. Siempre me ha tirado el bricolage.

Buen puente. Yo también me quedo en casa.

el_clavadista_solitario dijo...

¿Qué decirte, Lansky?. Cualquier cosa que te dijera no reflejaría lo que pienso.

Si Herralde no está al loro de algo así de bueno, a su alcance con sólo apretar unos cuantos botones, se los puede apretar su secretaria si así le complaciese más al hombre, como va a estarlo de los apócrifos y demás. Ya tiene bastante, el bienintencionado y erróneo Herralde (si de su catálogo en castellano hablamos) con Berta Marsé, Giralt y el tipo eso que chupa los limones. En cualquier caso, tu texto: fascinante, sobresaliente, a la altura de cualquiera de Anagrama, pero de los otros, de los de las tapitas amarillas, y no precisamente los más flojos. ¡Más madera, tío!.

Ahora toca la parte de autopromoción. Si aquí se la chupa toda la banda entre ellos... ¿no vamos a poder hacerlo nosotros... o qué?.

Uno de mis libros comienza precisamente con estas palabras: "Amor a la sabiduría...." .

Un abrazo bien satisfecho.

Cigarra dijo...

Eso de la Sofía co-creadora me recuerda lo que decía el extinto Juan Pablo I, "Dios es padre, pero sobre todo es madre". Quizá por esas heterodoxias es por lo que fue extinto.
Aunque me pasa un poco lo que a Vanbrugh, que temo que acaben hablando de sabidurías iniciáticas y cosas de esas, los Apócrifos me llaman mucho la curiosidad. Aconsejadme buenas lecturas en ese campo, plis.
(Ya no me acuerdo de qué novela era en la que el protagonista, decía: "Cuando me nombran a los Templarios, paro el primer taxi que pase")

Lansky dijo...

Ni siquiera los templarios (el castillo francés más bonito es suyo, la fortaleza de la Maragatería española más bonito es suyo) tienen la culpa de tanto gilipollas suelto que publica chorradas (como Sabina, pongamos que hablo de César Vidal o Pío Moa, para no ir hasta los von Daniken).

Lo que dicen los gnósticos no es que co-creara el mundo con Dios, sino que era su testigo y quien le hizo caer en la cuenta de la trascendencia de su creación, o algo así.

Apócrifos del Nuevo Testamento tienes a tutiplen (casticismo, anacronismo e infantilismo), por ej. en esa editoral de temas religiososo progres que es Herder. Del Antíguo ya es otro cantar (de los cantares), porque no están traducidos la mayoría. Por cierto, ¿sabías que el Libro de David estuvo fuera del canón del Antíguo Testamento por décadas hasta que se volvió a incluir? Eso es lo que trataba de decirle a Vanbrugh: que la mayoría de los apócrifos no son versiones heterodoxas, heréticas o simplemente distintas de los otros textos, sino que su inclusión o expulsión ha dependido del "talante" de unos papas y concilios. Y eso que tiene que ser pecado censurar la palabra de dios, pero como la mayoría d elos papas son ateos...

Cigarra dijo...

Tomo nota/s. Gracias