14-abr-2008

Menos leña al mono




El peor favor que puede hacerse a una causa justa no es siempre una torpe defensa, sino una defensa tramposa, demagógica, que hurte datos y conclusiones, que caricaturice la verdad, siempre compleja. El otro día decía que las razas humanas son simples familias extendidas y las naciones y sus símbolos las causantes del rechazo al otro, al distinto. Creo que es básicamente cierto, pero hay más, y son algo más. Y voy a intentar explicar brevemente en qué consiste ese algo más, porque somos monos, aunque muy especiales y quizá no siempre nos equivocamos de rumbo.

Juan Luis Arsuaga, el codirector de las excavaciones en Atapuerca y, para mí, uno de los mejores divulgadores científicos de su campo, afirmaba el otro día también algo muy interesante al comparar a nuestros hermanastros neandertales con el Homo sapiens. Él establece que la gran diferencia entre ambas especies de humanos, al margen de las obvias físicas, y centrándose en el campo del intelecto son la gran capacidad simbólica de los cromañones, pero lo más interesante es como esa capacidad les pudo conceder una mayor ventaja evolutiva, la que explica que no se extinguieran como los neandertales con los que convivieron en Europa 10.000 años. “Los neandertales no tenían bandera, y cuando llega el Homo sapiens tiene bandera…porque la bandera es la capacidad de representar a una comunidad por medio de un objeto, de reagruparse en torno a símbolos, lo que permite aumentar el tamaño del grupo sin basarse en el parentesco, un grupo que trasciende lo biológico. Así el número de miembros de una tribu puede ser ilimitado (…) Los cromañones tenían un sistema de alianzas, de solidaridad, basado en creencias, historias o mitos que les daban una unidad que sobrepasaba lo puramente biológico. Somos la única especie que forma comunidades no biológicas, unidas por lazos de tipo simbólico, lingüístico, religioso…Los neandertales se conocerían entre ellos, familias, grupos grandes, y, de pronto, eso se pone en competencia con una especie de comunidades (…) con una capacidad enorme de alianza”.

Cierto, muy probablemente, pero hay varias reflexiones enlazadas. La primera, obvia, es que el patriotismo y el sentido de pertenencia a una comunidad no sólo biológica (aunque ¡cómo se insiste siempre en los vínculos de sangre!, siempre supuestos; esos RH negativos…) es un asunto que proviene de tan lejos como nuestras raíces como especie. En segundo lugar, que ese sentido frente al extranjero pudo ser bueno cuando no había armas de destrucción masiva, pero ahora lo que era una ventaja se ha convertido en un peligro. En tercer lugar, parece que los neandertales, con capacidad de hablar y de fabricar instrumentos, y con sentimientos de solidaridad y compasión (enterramientos de sus semejantes), pero carentes de mitos y símbolos especiales, eran los realistas, los agnósticos del Paleolítico, en tanto que los cromañones, o sea, nosotros, eran los creyentes en mitos simbólicos. La vieja pregunta de qué es más inteligente, creer o no creer en tales cosas cuya existencia no puede demostrarse, queda oculta por el ineludible hecho de que a la larga aquí estamos: la gente que cree en mitos inexistentes tiene más fuerza como comunidad extendida y, por tanto, mayor supervivencia.
Por último, en cuarto lugar, la cuestión de si es entonces imprescindible las nociones excluyentes de patria y nación, con toda la parafernalia de himnos y banderas, tan exitosas frente al familiarismo neandertal. La historia fue como fue, pero eso no conduce a ningún determinismo historicista. Evaluadas sus ventajas e inconvenientes en la actualidad, uno podría pensar en fórmulas que permitan trascender los lazos meramente biológicos, el sentimiento de la gran comunidad, y a la vez no caer en los peligros de la xenofobia. ¿Cómo? Haciendo extensivo ese sentimiento a todas las gentes, a la Humanidad. Aunque sea difícil. Una vez le preguntaron al gran campeón de boxeo Sonny Liston (negro como el betún) que acababa de derrotar por segunda vez al aspirante ítalo americano, si se sentía orgulloso de su raza. La respuesta de Sonny le engrandece aún más: “¿Se refiere usted, claro, a la raza humana, verdad?” Ya lo dijo un judio palestino hace más de dos mil años: “ama a tu prójimo como a ti mismo”, pero eso sería un programa de máximos dificil de cumplir. Debería bastar con un “no odies a tu prójimo, porque eres tú mismo"

5 comentarios:

Júbilo Matinal dijo...

Tengo la impresión de que esta matización que hoy sabiamente haces a tu anterior post -que el nacionalismo es solo la exacerbación maligna de una capacidad beneficiosa en su justa medida, la de agruparse en torno a símbolos e ideas- no es, en realidad, más que una manifestación más de una regla general: todo lo que, relativizado y sabiamente empleado es bueno, se convierte en malo cuando se absolutiza y se lleva al extremo, tanto en las especies como en los individuos. La tacañería no es más que la capacidad de previsión convertida en criterio absoluto, la agresividad no es más que la capacidad de defenderse exacerbada...

Tengo incluso la esperanza, -yo, optimista empedernido, esperemos que también sólo en la medida justa- de que entre las capacidades e inclinaciones latentes del homo sapiens se encuentre también la de ir siendo capaz de relativizar, armonizar y limitar sensatamente unas con otras sus muchas inclinaciones y capacidades, e ir consiguiendo, aunque el proceso lleve milenios, que ninguna se convierta en un absoluto dañino y destructivo. Soñar es gratis, amigos míos...

Lansky dijo...

Vale, Einstein, vía Groucho, tenía razón en que todo es relativo, pero aquí, creo, que además se trata de una ambivalencia, esto es, de un nuevo juego de suma cero, como la de individuos violentos e individuos conciliadores de una determinada población. También presiento que el Homo sapiens no lo es tanto, y que tiene la tendencia, en la mayoría de sus miembros, a ahorrarse reflexiones y matices y a excerbar lo que podrían ser ideas buenas, dogmatizándolas; un poco en el sentido de la previsón y el avaro que tu haces, pero mi principio intuido es que toda idea, con su carga de matices, que pueda simplificarse, caricaturizándola y convirtiéndola en dogma, terminará padeciendo ese proceso.

Emma dijo...

Bastaria tambien aprender a amarnos a nosotros mismos, algo tan dificil (aparentemente y por mucho que digan) para una imensa mayoria ( aunque las razones probablemente se remonten a los origenes del hombre)

Lansky dijo...

Eso que propones Emma
sería un asolución, si no fuera porque...

No hay forma de convencer a alguien que no se quiere de que se quiera, porque, la mayoría de las veces, tiene razón.

isabel vera dijo...

Sí al nacionalismo, una raza = una nación. Nacionalidad humana.

"Haciendo extensivo ese sentimiento a todas las gentes, a la Humanidad." Qué bonito, profesor Lansky. Eso sería convertir la amenaza (la destrucción total por medio de esas armas de destrucción masiva) en una ventaja evolutiva. Qué bien, extender el egoísmo a todos, contagiarnos todo el mundo de ese sarampión, tirarnos todos un pedo para... sobrevivir.

Besos,