16-abr-2008

...y también me gustan



















Me gustan los cantos rodados, los recojo, los sopeso, los palpo, los llevo a casa y los coloco sobre las mesas y estanterías. Me llama la atención que se consigan esas formas suaves y redondeadas a base de la fuerza de las corrientes y del tiempo: agua y paciencia.

Me gustan las librerías de viejo. Contienen más sorpresas y lecciones –sobre todo de humildad- que sus más lozanas hermanas “de nuevo”. Además, ahora que los libros se han convertido sólo en artículos de novedad, con fecha de caducidad en los mostradores casi casi como los yogures, la verdadera hermandad de los libros está en estos locales. Hablo de las librerías de lance no de las de anticuarios para bibliófilos, donde no aguarda la sorpresa, salvo en los desorbitados precios. Ayer entré en la de mi amiga Soraya y salí con una recopilación de artículos y una novela breve de Julio Camba (Camba, Umbral de entreguerras, ¿quién te recuerda hoy?) en un solo volumen, Una antología de cuentos fantásticos (en sus varios sentidos) de Silvina Ocampo y un tratado sobre la ciencia en el Renacimiento. Me gasté 13 euros.

Me gusta sentarme en los norays de los puertos; esos amarres de hierro fundido en forma de setas. Me gusta el olor de las redes, aunque hoy sean de nylon, al secarse; me gustan los carretones con los que se trasborda el pescado desde los pesqueros a la lonja, me gusta la velocidad del subastador, me gustan las arrugas del viento y el salitre en las caras de los viejos marineros, me gustan las tabernas del puerto. Me gustan los malecones, los pantalanes flotantes, las grúas, las cajas de frágil madera (hoy son de plástico casi todas) para el pescado, me gustan los positos, me encanta el descaro de los gatos portuarios, apestosos y chulescos. Me gustan los barcos amarrados, mecidos levemente, unidos por sus maromas a los norays y me gustan las barcas fondeadas a las boyas, algo más allá, y las otras varadas en la orilla o sobre el muelle.

O sea, me gusta el trabajo del tiempo, en las piedras y en los libros, y los rostros de las gentes. Y me gusta la colaboración del agua con el tiempo, la paciencia en las cosas y los hombres.

6 comentarios:

Emma dijo...

Conservo una piedra que arranque de entre las arenas de la orilla, una tarde de mar embravecido en la costa mas extraña del mundo : En Aveiro, Norte de Portugal, donde hay unas curiosas marismas o rias o cañaverales, no se como definirlas. El oceano alli es tan salvaje que nadie osa meter un pie en sus aguas. Pero yo encontre la piedra, ni de rio ni de mar. Aveiro se ha convertido gracias a esa piedra en un dia extraño y nublado en mi memoria.

Vanbrugh dijo...

Me tienes que decir dónde está la librería de lance de tu amiga Soraya. Las librerías "de viejo", como por vaya usted a saber qué motivo las he llamado siempre, ocuparían uno de los primerísimos puestos en mi nunca confeccionada lista de cosas que me gustan. Antes, desde luego, que las librerías normales, que tampoco estarían mal situadas (junto con, curiosamente, las ferreterías y las papelerías, en cualquiera de las cuales puedo pasarme horas. O se trata de una coincidencia sorprendente o es que es un gusto muy vulgar, y resulta que le gustan a todo el mundo.)

Los cantos rodados y las piedrecillas en general le gustan especialmente a mi hijo que, sobretodo cuando era más pequeño, pero todavía ahora, se puede pasar largos ratos recogiéndolas y admirándolas. Como soy padre, y algo gilipollas, en mi monedero van, desde hace unos cuantos años, dos o tres chinitas no especialmente bonitas, pero recogidas en algún momento de entusiasmo por mi hijo y entregadas a mí con el encargo de que se las guardara. Él nunca se ha vuelto a acordar y yo nunca me he resuelto a tirarlas.

Emma dijo...

Por cierto, tengo un enlace en mi blog sobre Julio Camba.
http://www.juliocamba.com/

Lansky dijo...

Vam: Ábaco: entre Quevedo e Iglesias: General Álvarez de Castro, 3. Sus dos hermanos, Javi y Juan carlos también regentan sendas librerías de viejo

hombredebarro dijo...

Y a mi me ha gustado tu artículo.

julian bluff dijo...

Extraordinario texto, Lansky. Espiritualidad fluida y natural. Poesia de lo cotidiano. Belleza, sencillez, rotundidad...

Hasta has conseguido sublimar las librerias de los dos chicos, la de las calles Dulcinea y Fernández de los Rios. (La de Soraya no la conozco). Lo que ya es gozar de aptitudes para la sublimación. Pero eso es lo que tiene la literatura. Crea expectativas, alienta esperanzas y enamora el oído.

¡Enhorabuena!