22-may-2008

Bambi contra Godzilla




El niño que apenas sabe andar es probable que esté estudiando las posibilidades de un juego de habilidad y aventura que practicará algo más adelante, cuando le dejen salir solo al balcón: lanzar los güitos de las cerezas a las cabezas de los transeúntes y luego esconderse a tiempo, pero habiendo comprobado antes el blanco. La joven y bella mamá, aunque escasamente fotogénica, que le sostiene es en cambio tan buena que jamás habría urdido un jueguecito así. En realidad es enervantemente buena, como comenta a menudo la matriarca, su madre y mi abuela, hasta tal punto que Bambi a su lado parecería un asesino en serie. Y sigue hoy por hoy igual, así que no le ha debido ir tan mal. Como digresión os informo que si al altivo y cornudo papá de Bambi le mató un cazador, que para eso lo era, al propio cervatillo se lo cargó Godzilla de un pisotón, como se puede comprobar en un espléndido film de dibujos animados y nos cuenta el gran David Mamet, el guionista y director de cine y teatro, en su libro de recuerdos de idéntico título: Bambi contra Godzilla[1]. Mamet es brillante y judío, caso de que eso no sea una redundancia, pero en lugar de aspecto de intelectual lo tiene de boxeador correoso. Mami y yo llevamos jerséis tejidos a mano, el mío modelo “golfo apandador”, un personaje del Disney menos ñoño que llevaba a antifaz y robaba al Tio Gilito. Mi madre además lleva una bata ligera de lunares y unos moñetes, o rulos o crenchas o yo que sé que me enternecen, qué le voy a hacer.

Hablando de boxeo. Hasta los 14 años fui un frágil bonobo al que la sospechosa ausencia de un papá le hizo victima de los abusones de turno. Pero a partir de esa edad dio un inusitado estirón, de manera que al regresar del pueblo donde pasaba no uno ni dos ni tres sino cuatro meses, se vio sobrado para empezar a dar palizas a sus antiguos torturadores. Resultado, se convirtió en un chimpancé agresivo y abusón. A los 16 años, sin embargo, a mi tío Luis le dio por apuntarme en un gimnasio de boxeo que dirigía Sombrita, legendario púgil y entrenador de otros grandes campeones como Legrá. No fue mi caso, pero de forma no tan disparatada como pueda parecer, el saber cómo partirle la cara a un tipo sin que te roce me amansó bastante.

Esos cuatro meses en un pueblito abulense de la ribera del Alberche y los otros ocho en un Madrid donde, en ciertas calles, los automóviles paraban para dar tiempo a que los chicos nos apartáramos con desgana de nuestros juegos en plena calzada, me dieron, creo sinceramente lo mejor de ambos mundos. En un prólogo a un libro mío sobre Gredos[2] un amigo, que a veces visita estas páginas, me dijo que parecía yo una mezcla de Mowgli y no sé que otro personaje, ahora no recuerdo. Es probable, aunque lo que mi “amigo” quería decir es que estaba yo adornando mucho mi biografía y que su veracidad era dudosa. También es esto posible, pero tendrían entonces que oír a mi abuela presumiendo de nuestra ascendencia noble portuguesa (el Duque de Aveiro nada menos, el equivalente luso a los Duques de Alba en abolengo), napolitana, de cantantes de ópera, de obispos de Huesca y de drusos salmantinos (eso sólo por mi azarosa parte) que preñaban bonobas y se quitaban rápidamente de en medio por expeditivos sistemas.

Es probable que la foto la tomara el hermano más pequeño de mi madre, el tío Luis, que para eso era el artista de la familia, pero también es igual de probable que fuera mi Tío David, el mañoso y acaparador de artilugios tales como una cámara de fotos. Además de los tres hermanos: madre y tíos pequeños, estaba mi abuela y jefaza, y también la tía Carmiña, que no era tía de nadie de nosotros, sino una especie de dama de compañía de la abuela; una aprendiza interna del taller y, en los larguísimas jornadas laborales, un montón de costureras, cortadoras y aprendizas -que ya habían aprendido todo, pero a las que mi implacable y dulce abuela así pagaba menos- que, todo hay que decirlo, abusando de mi tierna edad me metían mano y me prodigaban arrumacos sin o con cuento. Y un perro, siempre hubo un perro y a veces gatos. Por cierto, si Bambi era mi madre, creo que está claro que yo era Godzilla, pero pequeñito.

[1] David Mamet: Bambi contra Godzilla, Alba editorial, 2008
[2] Gredos: Hombre y naturaleza; ediciones Fonat, Ávila, 1988

6 comentarios:

Vanbrugh dijo...

No siento la menor simpatía por el boxeo, pero no me parece nada disparatado que su ejercicio sirva para encauzar la agresividad de un adolescente y para, dándole confianza en sí mismo, permitirle mirar a los demás con más benevolencia, ya no como enemigos potenciales. De hecho, ahora que lo pienso, probablemente sea esa su única utilidad positiva.

He visto un par de obras de teatro de Mamet, cuyos títulos ya no recuerdo, que me parecieron espléndidas. Tengo que profundizarlo.

Estoy seguro de que conozco la esquina de la foto. Acabaré identificándola.

Emma dijo...

Tu madre es bella adivino dulces ojos negros y gitana belleza española.
Veo que has comenzado a narrar tu biografia. Sin embargo imagino que los otros niños, ese infierno, envidiarian tambien esa ausencia de padre tuya pues un padre en España por aquellos tiempos (tambien ahora pero quizas menos)era normalmente un pequeño caudillo en su hograr, "afrancado" o atemorizado que pagaba sus frustraciones y miedos con inoportunas bofetadas a su prole y a su esposa, humillando a muchos hombres del mañana y de esos barros estos lodos, que se dice asi que viendolo desde esa perspectiva, estuvo bien lo de que fueran las mujeres las que te criaran Lansky. Quizas eso te salvo la vida.

Lansky dijo...

Emma, aunque el psicoanálisis es mala ciencia y mediocre mitología (decía Wittgernstein) creo que hay algo de cierto en eso de "matar al padre" como simbólico rito de paso; yo no tuve que matar al mío porque ya estaba muerto. En cuanto a proseguir con este ejercicio de impudor, la verdad no sé.

Vanbrugh, no tendría inconveniente en darte la esquina concreta de la casa de mi abuela, pero seguro que disfrutas más intentando averiguarlo.

Miroslav Panciutti dijo...

A propósito de tu comentario, estos posts tuyos de recuerdos biográficos, más que ejercicios de impudor como los calificas, diría yo que son amagos de strip-tease, los de esas señoritas que hacen que van a mostrar y enseguida tapan, logrando así mantener la intriga y, claro, la excitación del voyeur. Pero ya has dejado claro tu gusto por el género policiaco.

En cuanto a los recuerdos infantiles, nunca me gustó demasiado Bambi y Godzilla no forma parte de mi imaginario. Sin embargo, me has dado una sacudida a la memoria con tu evocación de los golfos apandadores. Pobres, habrían merecido más suerte con el tío Gilito.

Lansky dijo...

Gracias, Miroslav. El pudor no deja de ser una muestra de cortesía hacía los demás, pero también funciona como el velo de Salomé: insinua más cosas de las que oculta. También comparto tu antipatía por Bambi (muestra de la llamada Mickey Mouse Ecology que detesto) y mi indiferencia por Godzilla (aunque la peli japonesa original está bien), pero eso no quita para que veas en la red el mentado corto animado o para que leas el homónimo libro de David Mamet. No te arrepentirás.

isabel vera dijo...

Profesor Lansky, no me ha gustado mucho el corto, me ha dado miedo.

Pues ya nos has querido decir tu nombre. Yo, al menos, hasta hoy no lo sabía.

Saludos,