

Así que las denigrantes caricaturas victorianas de Darwin, como un antropoide barbudo –o sin ir más lejos, la etiqueta del anís del mono, que no sé si sigue existiendo, porque yo no bebo porquerías- llevaban después de todo parte de razón. Por suerte tenemos dos linajes, las dos especies más próximas a nosotros, igual de próximas, que se separaron de los humanos hace unos siete millones de años, un suspiro en términos evolutivos, son el chimpancé (Pan troglodytes)y el bonobo (Pan paniscus). El chimpancé se conocía ya en tiempos de la antigüedad clásica, pero el bonobo es el único antropoide que se descubrió en el siglo XX. Inmediatamente se le llamó de forma inapropiada chimpancé enano o pigmeo, pero en realidad es igual de alto, aunque mucho menos pesado y robusto que su primo hermano. Pero es más grácil, con la cabeza más pequeña, el rostro más plano, en el que destaca un carácter bien chistoso a mi juicio: el pelo que le cae por la frente está dividido en dos por una raya en medio; las piernas más largas y los brazos más cortos, es decir, una complexión más parecida a la nuestra.
Hay otra diferencia substancial que es la que aquí nos interesa. La estudiosa más competente de los chimpancés es la popular discípula del paleo antropólogo Louis Leakey, fundador de una dinastía de paleontólogos humanos que han dado la mayoría de los hallazgos más relevantes de homínidos en la así mismo famosa falla de Olduway, en el África Oriental, y el que probó el origen africano de nuestra especie. Leakey comprendió que no sólo de huesos fosilizados puede vivir el evolucionista humano y lanzó a una serie de competentes biólogas, siempre mujeres, a estudiar a los parientes más próximos: la famosa Dian Fossey, que murió a manos de furtivos, defendiendo a sus apacibles criaturas, con cuyo drama se hizo la igualmente famosa y tendenciosa película que cuenta su sacrificio con idéntico título que su autobiografía: Gorilas en la niebla; la niebla es la de las montañas Virunga, en el centro del Congo, uno de los parajes más extraordinarios que haya visto yo y cualquiera. Así pues, Dian Fossey se encargó del gorila de montaña (hay otra especie de llanura, más al oeste), y sin salir de África del este, en Kenia y Tanzania, la así mismo famosa Jane van Goodall se ocupó y sigue ocupándose de los chimpancés.
Es el caso que los chimpancés de Kenia y Tanzania son bastante pacíficos; hoy podemos decir que anómalamente, pues no es la norma de esta especie. Por el contrario, se han descubierto, -también en las poblaciones keniatas y tanzanas-, guerras de exterminio entre bandas de chimps, infanticidios, violencia de género y canibalismo. Todos esto parece avalar el carácter intrínsecamente violento de nuestra estirpe, y fue novelado por cierto en la excelente Playa de Brazaville por el gran Wiliam Boyd, pero en esto llegó el bonobo.
La primera vez que vi un bonobo fue casi al mismo tiempo que el primatólogo Frans de Waal y en el mismo sitio, un zoo holandés. En la jaula había un letrero bilingüe que rezaba: “chimpancés pigmeos", y daba cuenta del descubrimiento. Era el año 1978, yo era un joven biólogo igualmente fascinado por los grandes monos y por la acogedora y liberal actitud de las chicas holandesas, y por razones ciertamente parecidas: la admiración por la proximidad a la par que la diferencia. Los bonobos jamás pelean, resuelven los conflictos con sexo o caricias, son extraordinariamente activos sexualmente y es la única especie, aparte de la nuestra, que entre un repertorio amplio de posturas, también practica la cópula frontal o “del misionero”. Además son matriarcales: esencialmente mandan las hembras más viejas. Haz el amor y no la guerra.
La distancia genética con nosotros es igual que la del chimpancé con nosotros y un poco mayor que la del bonobo y chimpancé entre sí, pero menor, ojo, que la del gorila con ellos o con nosotros. Son sin duda nuestros parientes más cercanos y muchos zoólogos opinan que deberían incluirse en el género latino Homo como especies distintas pero próximas a Homo sapiens.
Así que nuestra filogenia explica (aunque no es "toda" la verdad, como veremos) en parte por qué somos una especie capaz de empatia, solidaridad, amor altruista, a la par que de violencia y crueldad. Somos maniaco depresivos o, como se dice ahora, manifestamos un trastorno bipolar que viene de ambos linajes. Seguiré con este asunto.
Así que nuestra filogenia explica (aunque no es "toda" la verdad, como veremos) en parte por qué somos una especie capaz de empatia, solidaridad, amor altruista, a la par que de violencia y crueldad. Somos maniaco depresivos o, como se dice ahora, manifestamos un trastorno bipolar que viene de ambos linajes. Seguiré con este asunto.
6 comentarios:
Me interesa terriblemente este tema que no se estudia ni se enseña con apasionamiento en las escuelas. A veces me hubiera gustado dejarlo todo como Jane o Diane e irme a vivir con ellos en vez de pasar los dias en este banco de hominidos encorbatados quienes no resuelven los conflictos con sexo ni con caricias, precisamente.
Yo vi "Gorilas en la niebla" y confieso que salí del cine con ciertos deseos de exterminar unos cuantos gorilas, si de ese modo lograba acabar también con el insufrible personaje que encarnaba Sigourney Weaver. Se me pasaron enseguida, comprendí que los animalitos no tenían la culpa de que les hubiera salido una defensora tan cargante y asesinable. Espero que la verdadera Fossey no fuera así.
Sí, tus colegas del banco probablemente crean problemas con el sexo, en lugar de resolverlos.
Vanbrugh, lamento decirlo, pero por lo que sé (su autobiografía, comentarios de colegas, etc., todo bastante fidedigno) era así de cargante la Fossey real; de hecho, uno de los errores éticos y logísticos que cometió era dar a entender que le importaban un rábano los negritos, mientras que se desvivía por los gorilas. Pero sí, este apacible comedor de hojas, nada agresivo, no tiene la culpa que sí tuvo su mentora. Para compensar a Fossey hay que leer La vida del gorila, de Sthraler, el mayor zoólogo de campo del siglo pasado.
Perdon Schaller, George Schaller, autor de monografías espléndidas sobre el gorila de Virunga, el león del Srenegueti y el leopardo de las nieves del Tibet.
Siguiendo con el antiguo de Eibesfeldt, tiene un librito llamado "amor y odio" que trata de esta ambigua relacion en los humanos que es una delicia.
No seas mala, Rocío, a mi me gusta mucho Eibesfeld, en especial, precisamente, El amor y odio que citas y también su relato de las Islas Galápagos; me gusta su técnica de filmar inadvertidamente a la gente para pillarla en esos gestos asombrosamente parecidos que tiene un pigmeo, por ejemplo, y un holandés.
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