
(foto inferior: "Rafa", blogs "caja de lápices"y "Rafa fotografía")Con algo de arenilla en el corazón, en épocas en que se mueve el suelo bajo los pies, aunque hayas sido tú el origen del terremoto, se agudizan las percepciones: vuelves a ver y no sólo a mirar. Cuando me separé y mientras aguardaba los trámites del divorcio abandoné mi piso semi lujoso y con jardín junto al Parque de la Fuente del Berro –un parque que adoro desde mi más tierna infancia, donde jugué a las chapas, perseguí pavos reales y pasee más tarde novias- y alquilé un pisito infecto en Lavapiés[1], ese “Trastevere” madrileño; en la misma calle Lavapiés, justo donde se ensancha levemente y permite la existencia de un kiosco de tabaco y chucherías; con un bar igualmente infecto en el bajo comercial que daba paella grasienta los domingos y otro al lado de un tabernero poeta con los mejores pinchos de bacalao de todo Madrid. Sí, mejores que los de la afamada Casa Labra, junto a la Puerta del Sol.
Ir a dar una vuelta no es lo mismo que instalarse, pero el Lavapiés habitado me gustó aún más que el visitado. Confirmó mi “antiturística” idea de que a los sitios hay que ir a vivirlos, no a visitarlos. El pisito estaba sólo medio amueblado, así que recogí algunos elementos desechados de las aceras[2] –siempre he tenido alma de trapero-, aunque era la época de mi vida que más dinero gané. Mis hijos, entonces pequeños, se quedaban los fines de semana, durmiendo en mi cama y en la hamaca brasileña –por la que competían- que flotaba en diagonal encima de ella, y yo en un sofá en la minúscula sala. Como a mí, les encantaba el barrio, les intrigaba la nueva vida de su padre y aceptaban la situación con esa extraña capacidad de adaptación que convive en los niños junto a su arraigado conservadurismo en esas mismas cosas. De hecho, son los más puntuales seguidores del famoso aforismo del Príncipe de Salinas de El Gatopardo: es necesario que algo cambie para que todo siga igual. Los niños son paradójicos porque no son larvas de adultos, sino una especie aparte y fascinante; ya lo he dicho en otro sitio. A mi ex mujer le parecía bien que me vieran, pero le parecía mal que se quedaran por las noches; consideraba que era un barrio tan peligroso que, además de mí, debía contratar a un par de guardias de seguridad. Si yo le contestaba que para peligroso el Barrio de Salamanca, me respondía que no me pusiese ideológico.
Pero sí, Lavapiés, a finales de los ochenta y principios de los noventa, era un barrio duro, menos interracial que ahora, aunque ya había inmigrantes, y con mucho más delito, sobre todo generado por un enorme trapicheo de droga, pero era un lugar, al margen del resto de la ciudad, donde existía una gran solidaridad y una idea de vida de barrio encantadora. Era eso: un lugar, mientras muchas otras zonas madrileñas sólo eran "espacios". En una ocasión bajé a la calle y no encontré mi destartalado coche. Maldiciendo en la acera se me acercó la verdulera, la preciosa gitana que vendía claveles junto a la boca del metro, el tipo del bar de enfrente, los que pasaban: se fue formando un corrillo. Uno de los transeúntes, cuyo careto tenía yo detectado, alto y flaco, casi cadavérico, pero con hermosas patillas de hacha me dijo: “no te preocupes. Seguramente ha sido algún pringao que no sabe que eres del barrio. Ya aparecerá, tú, tranquilo”. Y apareció: aparcado en el mismo hueco en el que lo había dejado la noche anterior, indemne y yo creo que hasta lavado, o eso me pareció.
Tenía por vecinos una fauna fascinante. Hablo sólo de mi edificio. En la buhardilla de encima de mí vivía un estudiante y pintor canadiense que todos los días subía y bajaba su bicicleta con el portabultos abarrotado de cuadros y caballete. Se comportaba como si estuviera viviendo la aventura de su vida y quizá era verdad, aunque sólo fuera por la hazaña repetida a diario al menos dos veces de subir y bajar su vehículo cargado por esa escalera angosta. Terminó hablando un español muy aceptable, plagado de argot cheli y tacos, pero, como era quebequés, al principio y a ratos después hablábamos en francés. Debajo, en la planta noble, vivía un bígamo muy chistoso. Parecía sacado de una película neorrealista italiana, no especialmente guapo, siempre en casa con sus camisetas de tirantes de canalé, su barriga y su lustroso bigote. Las dos mujeres con las que convivía sin celos aparentes eran hermanas y a menudo unían sus fuerzas en los conflictos domésticos contra su pareja. Cuando nos encontrábamos en su rellano, permanentemente abierta la puerta de su casa, me comentaba mis visitas femeninas: “la de ayer estaba buenísima, tío, te lo montas fetén”. Si yo le contestaba que era sólo una amiga, no se daba por vencido: “¿sólo una amiga con ese culito de gorrión?, amos anda.” Estaba firmemente convencido de que sus disputas familiares concluirían si las hermanas aceptaban a una tercera mujer; era un firme convencido de la poligamia, pero ellas, no. Anticipaban, supongo, esas nuevas formas de convivencia que estaban surgiendo. Mi hija Rocío, que era tan mona como descarada y cotilla, les preguntó una vez cuál de las dos era su mujer, y una le contestó señalando a su hermana a la par que cuñada: “esta y yo”, y Rocío procesó el dato y quedó conforme, después de informarles que yo sólo había tenido una mujer que era su mamá, pero que ahora no tenía ninguna, aunque como su padre, ellas lo habían visto, era guapo y muy listo, a lo mejor también tendría dos, o tres. Ellas se partieron de risa mientras yo permanecía oculto en el rellano de mi piso, escuchando a hurtadillas. En aquella época mis hijos no tenían ninguna duda de que su padre era una armoniosa y a la par explosiva mezcla de Einstein y Tarzán. Por eso luego resultó tan duro su proceso de matar al padre, pero las tortas me las llevé yo; así que recuerdo añorante mi breve momento de superhéroe de barrio, como cantó Quico Veneno.
Lo marginal se suele malinterpretar como peligroso, o, en el mejor de los casos, como minucia cutre. (Un inciso. En el bachillerato sacaba alternativamente muy buenas o muy malas notas en matemáticas y por idéntica razón: parecía que me saltaba pasos lógicos en la resolución de problemas. Con la escritura me pasa igual, creo: procuraré que éste no sea el caso). Y es que los territorios marginales, o mejor dicho, los márgenes de la sociedad son muy importantes para la evolución socio cultural, porque guardan las esencias de asuntos ya desaparecidos en su conjunto a la vez que anticipan los cambios que esa misma y en el fondo más conservadora sociedad aceptará mucho más tarde. Anticipan lo que será nuevo a la par que conservan lo valioso del pasado. Justo lo que yo intentaba hacer o al menos lo que necesitaba hacer en ese momento. Justo lo que necesitamos probablemente todos alguna vez. Aprendí a hacer mejores paellas que las del bar de abajo y té de menta casi tan bueno como el de Ahmed; aprendí que los hijos te jubilan de héroe, lo que es muy sano, pero te abandonan por dejar de serlo; aprendí que un barrio es algo que el urbanismo especulativo y hasta el de diseño no conseguirán jamás improvisar. Y aprendí que eso de que sólo se vive una vez es una chorrada.
Ir a dar una vuelta no es lo mismo que instalarse, pero el Lavapiés habitado me gustó aún más que el visitado. Confirmó mi “antiturística” idea de que a los sitios hay que ir a vivirlos, no a visitarlos. El pisito estaba sólo medio amueblado, así que recogí algunos elementos desechados de las aceras[2] –siempre he tenido alma de trapero-, aunque era la época de mi vida que más dinero gané. Mis hijos, entonces pequeños, se quedaban los fines de semana, durmiendo en mi cama y en la hamaca brasileña –por la que competían- que flotaba en diagonal encima de ella, y yo en un sofá en la minúscula sala. Como a mí, les encantaba el barrio, les intrigaba la nueva vida de su padre y aceptaban la situación con esa extraña capacidad de adaptación que convive en los niños junto a su arraigado conservadurismo en esas mismas cosas. De hecho, son los más puntuales seguidores del famoso aforismo del Príncipe de Salinas de El Gatopardo: es necesario que algo cambie para que todo siga igual. Los niños son paradójicos porque no son larvas de adultos, sino una especie aparte y fascinante; ya lo he dicho en otro sitio. A mi ex mujer le parecía bien que me vieran, pero le parecía mal que se quedaran por las noches; consideraba que era un barrio tan peligroso que, además de mí, debía contratar a un par de guardias de seguridad. Si yo le contestaba que para peligroso el Barrio de Salamanca, me respondía que no me pusiese ideológico.
Pero sí, Lavapiés, a finales de los ochenta y principios de los noventa, era un barrio duro, menos interracial que ahora, aunque ya había inmigrantes, y con mucho más delito, sobre todo generado por un enorme trapicheo de droga, pero era un lugar, al margen del resto de la ciudad, donde existía una gran solidaridad y una idea de vida de barrio encantadora. Era eso: un lugar, mientras muchas otras zonas madrileñas sólo eran "espacios". En una ocasión bajé a la calle y no encontré mi destartalado coche. Maldiciendo en la acera se me acercó la verdulera, la preciosa gitana que vendía claveles junto a la boca del metro, el tipo del bar de enfrente, los que pasaban: se fue formando un corrillo. Uno de los transeúntes, cuyo careto tenía yo detectado, alto y flaco, casi cadavérico, pero con hermosas patillas de hacha me dijo: “no te preocupes. Seguramente ha sido algún pringao que no sabe que eres del barrio. Ya aparecerá, tú, tranquilo”. Y apareció: aparcado en el mismo hueco en el que lo había dejado la noche anterior, indemne y yo creo que hasta lavado, o eso me pareció.
Tenía por vecinos una fauna fascinante. Hablo sólo de mi edificio. En la buhardilla de encima de mí vivía un estudiante y pintor canadiense que todos los días subía y bajaba su bicicleta con el portabultos abarrotado de cuadros y caballete. Se comportaba como si estuviera viviendo la aventura de su vida y quizá era verdad, aunque sólo fuera por la hazaña repetida a diario al menos dos veces de subir y bajar su vehículo cargado por esa escalera angosta. Terminó hablando un español muy aceptable, plagado de argot cheli y tacos, pero, como era quebequés, al principio y a ratos después hablábamos en francés. Debajo, en la planta noble, vivía un bígamo muy chistoso. Parecía sacado de una película neorrealista italiana, no especialmente guapo, siempre en casa con sus camisetas de tirantes de canalé, su barriga y su lustroso bigote. Las dos mujeres con las que convivía sin celos aparentes eran hermanas y a menudo unían sus fuerzas en los conflictos domésticos contra su pareja. Cuando nos encontrábamos en su rellano, permanentemente abierta la puerta de su casa, me comentaba mis visitas femeninas: “la de ayer estaba buenísima, tío, te lo montas fetén”. Si yo le contestaba que era sólo una amiga, no se daba por vencido: “¿sólo una amiga con ese culito de gorrión?, amos anda.” Estaba firmemente convencido de que sus disputas familiares concluirían si las hermanas aceptaban a una tercera mujer; era un firme convencido de la poligamia, pero ellas, no. Anticipaban, supongo, esas nuevas formas de convivencia que estaban surgiendo. Mi hija Rocío, que era tan mona como descarada y cotilla, les preguntó una vez cuál de las dos era su mujer, y una le contestó señalando a su hermana a la par que cuñada: “esta y yo”, y Rocío procesó el dato y quedó conforme, después de informarles que yo sólo había tenido una mujer que era su mamá, pero que ahora no tenía ninguna, aunque como su padre, ellas lo habían visto, era guapo y muy listo, a lo mejor también tendría dos, o tres. Ellas se partieron de risa mientras yo permanecía oculto en el rellano de mi piso, escuchando a hurtadillas. En aquella época mis hijos no tenían ninguna duda de que su padre era una armoniosa y a la par explosiva mezcla de Einstein y Tarzán. Por eso luego resultó tan duro su proceso de matar al padre, pero las tortas me las llevé yo; así que recuerdo añorante mi breve momento de superhéroe de barrio, como cantó Quico Veneno.
Lo marginal se suele malinterpretar como peligroso, o, en el mejor de los casos, como minucia cutre. (Un inciso. En el bachillerato sacaba alternativamente muy buenas o muy malas notas en matemáticas y por idéntica razón: parecía que me saltaba pasos lógicos en la resolución de problemas. Con la escritura me pasa igual, creo: procuraré que éste no sea el caso). Y es que los territorios marginales, o mejor dicho, los márgenes de la sociedad son muy importantes para la evolución socio cultural, porque guardan las esencias de asuntos ya desaparecidos en su conjunto a la vez que anticipan los cambios que esa misma y en el fondo más conservadora sociedad aceptará mucho más tarde. Anticipan lo que será nuevo a la par que conservan lo valioso del pasado. Justo lo que yo intentaba hacer o al menos lo que necesitaba hacer en ese momento. Justo lo que necesitamos probablemente todos alguna vez. Aprendí a hacer mejores paellas que las del bar de abajo y té de menta casi tan bueno como el de Ahmed; aprendí que los hijos te jubilan de héroe, lo que es muy sano, pero te abandonan por dejar de serlo; aprendí que un barrio es algo que el urbanismo especulativo y hasta el de diseño no conseguirán jamás improvisar. Y aprendí que eso de que sólo se vive una vez es una chorrada.
[1] “Los que algún tiempo tuvistes/ noticia de Lavapiés, / de hoy más, sabed, que su calle/ no lava, que sucia es. / Que en ella hay tres damas/ que, a ser cuatro como tres, / pudieran tales 'colunas'/ hacer un burdel francés” (Lope de Vega). Capmani dice que el nombre de “Lavapiés” es debido a la existencia de ciertos árboles “cuyos troncos o’ pies’ bañaba un arroyuelo que descendía por el sitio que hoy ocupa la vía pública”. (Estudios sobre Lope de Vega, tomo 3) Sin embargo, el nombre antiguo era “Avapiés”, como revelan varios sainetes de don Ramón de la Cruz; así que vaya uno a saber.
[2] En mis errabundas pesquisas de recolector chamarilero encontré un biombo Art Déco de caoba con la tapicería de seda manchada de algo sospechosamente parecido a sangre seca; una vieja radio de válvulas y con ojo mágico para sintonizar de principios del XX; parte de la biblioteca personal de arte y poesía francesa de esa bella y translúcida rubia que murió joven y fue secretaria personal y de confianza del presidente Adolfo Suárez y un perro listísimo de orejas deshilachadas como el famoso “Jumble” de Guillermo Brown. Salvo el perro, todo eso lo encontré en las limpias y amplias aceras de los barrios “altos” a la caída de la tarde. Si hubiera encontrado oro en el Yukon no me habría sentido más dichoso.
10 comentarios:
La segunda fotografia es Lavapies? Parece Andalucia!
Eslo, eslo, o por más moderno decir, lo es, lo es. Y se parece mucho al paisaje de tejados y medianeras que veía yo entonces desde la ventana de la cocina. Este rafa además es un gran fotógrafo, como comprobarás si visitas su blog.
Yo viví un par de meses transitorios en la calle del Amparo, allá por el 85, también en un piso destartalado (¿cuál no lo era en ese barrio del Avapiés?). Pero entonces era demasiado joven y, me temo, no aprendí tanto como tú. Me quedan algunos, pero no demasiados, recuerdos de la fauna de entonces, sobre todo de la nocturna. Hará un año volví por ahí con una amiga que nunca había estado y quise hacerle de guía, pero me costaba reconocerlo.
La calle Amparo, Uhmmm. Recuerdo que luego hubo allí una casa Okupa, no sé si en tu época ¿Conoces El Eucalipto, Miroslav? Los mejores mojitos al oeste del mar Caribe.
al este, al Este, maldición
Que delicioso contado todo Lansky! Me ha encantado, de verdad. Cada vez escribes mejor.
Claro, Emma, como Mae West, cuando soy bueno, soy bueno; pero cuando soy malo: soy mucho mejor.
Y gracias
Me sumo a las alabanzas de Emma, es un post estupendo, un placer su lectura.
Me has abierto las ganas de volver por el parque de Fuente del Berro, donde hace años que no voy, y por Lavapiés, donde apenas he ido. De Lavapiés tengo un recuerdo surrealista de hace años: una calle estrecha, en la que solo se podía aparcar a un lado. Del 1 al 15 de cada mes, en el izquierdo, del 16 al final en el derecho. Yo pasé la mañana del 16 temprano y todos los coches estaban aún aparcados en el lado de la primera quincena, menos un madrugador, que ya había aparcado en el de la segunda, por lo que la calle estaba cortada. El madrugador estaba asomado a su ventana, hablando tranquilamente con un desesperado dueño de furgoneta que no podía pasar, y explicándole que eran todos los demás, y no él, quienes debían cambiar el coche de sitio.
Si la ves, felicita a tu ex por el estupendo eufemismo de "ponerse ideológico." Da mucho juego: "¡Mamá, mamá, que a papá le está subiendo la ideología!"
"ponerse ideológico" es en efecto un estupendo hallazgo, Vanbrugh. El único problema es que, en ese concreto caso, estaba injustamente aplicado.
Cuando quieras te hago de sherpa en Lavapiés, nunca he desconectado del barrio. El cuanto a la Fuente del Berro, la construcción de la M-30 tuvo un efecto devastador; el peor, demoler la vieja tapia de ladrillo del XVIII por si algún automovilista lanzado a 120 le daba por girar la vista, pero la parte de abajo, ya sabes que tiene mucha pendiente y el parque está organizado en terrazas, se volvió inhabitable por el ruído y el polvo.
Llevo tiempo queriendo ir a vivir al centro de madrid. A una de esas emblemáticas calles cercanas a Atocha. He mirado en páginas de pisos de alquiler de esos que traen fotos del piso en cuestión y tal. Bien. He visto unos... tres pisos asequibles en Lavapiés y algunos cercanos al barrio (metros de Antón Martín, Tirso) y la verdad es que creo que es uno de mis sueños en la vida vivir allí. Pero claro, oyes tantas veces y tantas veces que lavapiés es peligroso, que sales a la calle y lo mejor que te puede pasar es que te quiten la cartera, que si hay camellos en cada esquina... No sé que pensar. La verdad es que me encantaría contagiarme de las mil culturas, tener a escasos pasos la filmoteca nacional, salir por cafés con música en directo, bares de jazz, terrazas típicas madrileñas, teatros... Todo a la palma de mi mano.
Por como has pintado el barrio en tu relato, seguramente sea maravilloso vivir allá pero quiero estar seguro de que no es un barrio TAAAN peligroso como lo pintan en todos lados. Hace 20 años que vivo en Carabanchel, que no es un barrio precisamente seguro y la verdad es que me gustaría cambiar un poco de aires. Poder pasear tranquilamente y disfrutar de un barrio tan castizo como Lavapiés teniendo la certeza de que volveré con cartera. ¿Será eso posible si me mudo?
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