22-may-2008

Los dos monos que llevamos dentro (la orilla izquierda de la humanidad), y 4






Ya he dicho que “chimpancés pigmeos” es un mal nombre para los bonobos, puesto que tienen el mismo tamaño que sus primos, aunque distintas proporciones. Mejor traído es el que les dan los autores franceses: “chimpancés de la orilla izquierda”. Nadie ignora, y si no que me desmienta Vanbrugh, que la “Rive Gauche” es el lado del Sena donde se agrupan el Barrio Latino y las demás calles donde se refugiaron -hoy es agua pasada -nunca mejor dicho para un parsimonioso río- los bohemios, artistas e intelectuales, de tendencias políticas izquierdistas; frente a la margen derecha, donde se sitúan los barrios más burgueses y conservadores en población. El juego de palabras alude, sin embargo, a otro río, El Congo, uno de los mayores de la Tierra que sólo cede supremacía al Amazonas y al Nilo. En algunas partes tiene una anchura de más de 15 kilómetros. Suficiente para ser una barrera entre la ribera derecha, habitada por gorilas y chimpancés, y la izquierda con sus pacíficos y promiscuos bonobos.

Seguro que habéis oído hablar del “barniz” tan superficial que supone para los humanos la civilización y la cultura. Se utilizó después de conocerse las atrocidades de los nazis en la Segunda Guerra Mundial (aunque exterminar con bombas atómicas a cientos de miles de víctimas civiles japonesas tampoco es poco; incluso más eficaz que las cámaras de gas si establecemos el rendimiento exterminador por unidad de tiempo). Parecía increíble que alguien que no sólo se deleitaba escuchándolo, sino que interpretaba competentemente a Mozart, que era cariñoso con su mujer y sus hijos fuese todas las mañanas, como el que acude a la oficina, a su puesto de director de un campo de exterminio. Debíamos tener un impulso asesino innato, heredado de nuestros ancestros, que los logros civilizatorios sólo habían tapado levemente, como una fina capa de pintura o de barniz. Racionalizar la violencia humana general y el Holocausto en particular parece ser la misión de la escuela de etología germana, con Lorenz a la cabeza. Así pues, el pensamiento progresista occidental de posguerra declaraba la necesidad de vencer nuestros instintos básicos y elevarnos por encima de la naturaleza. Hoy la tendencia es justo la contraria: fundirse con la naturaleza, idea que no consigo entender bien, parece la consigna.

La visión de que progreso técnico y agresión están indisolublemente unidos ha calado mucho. Hay que recordar las primeras secuencias de 2001, una odisea del espacio, la película de Kubrick, cuando un homínido golpea a otro con el fémur de una cebra a modo de garrote. Y la Biblia no le contradice, precisamente. Es una hipótesis que subyace a la del “éxodo africano”: hemos llegado a ser lo que somos a través del genocidio. Cuando estos emigrantes africanos llegaron a Eurasia, eliminaron al resto de bípedos primates, incluido el europeo por excelencia, el hombre de Neandertal. Incluso hoy consideramos alos millones de turistas bienvenidos (a cambio de dinero y de su transitoriedad, siempre renovada), en tanto que los mucho más escasos miles de inmigrantes son mal vistos. Homo xenofobus.

Antes que los bonobos, los chimpancés del Gombe, estudiados por primatólogos japoneses, corrigieron una inicial visión del individualismo agresivo del chimpancé. Pero la segunda corrección afectó, por el contrario, a la reputación pacífica del chimpancé. En 1979, la revista National Geographic destacó en un reportaje la conducta de estos antropoides como asesinos y devoradores de sus congéneres. El simpático primate patizambo vestido de marinerito se convirtió de pronto en "el mono asesino". Los chimpancés vivían, como los humanos, en comunidades mutuamente hostiles, tanto más hostiles cuanto más cercanas. Lorenz y Ardrey parecieron triunfar, Goodall se esforzaba en explicar que, por lo menos, nosotros no somos el único mono asesino y Edward O. Wilson, el fundador de la sociobiología y experto en insectos sociales afirmaba: “Al lado de las hormigas, que perpetran asesinatos, escaramuzas y batallas campales de manera rutinaria, los hombres son pacifistas sosegados”[1]

Bueno, el lado oscuro del chimpancé le expulsó del paraíso de Rousseau y Hobbes entró otra vez en escena. Además, los arqueólogos no hacían más que descubrir restos de antiguas batallas y asesinatos en los niveles del paleolítico; parece ser que el cazador recolector de esa supuesta Edad de Oro tampoco se libraba, como era de esperar. Pero dada la baja densidad demográfica de esos humanos, es muy posible que primara la ayuda mutua y la solidaridad, aunque tanto los rastros arqueológicos como las pinturas rupestres, en especial el arte levantino, muestran batallas y hombres alcanzados por flechas hace ya 20.000 años.

Una cuestión interesante es cómo mantienen las hembras bonobo el control del grupo, dado que la violencia, aunque más escasa que en los chimpancés, existe y que los machos son más fuertes. La respuesta que da de Waal es que lo hacen por medio de la solidaridad; es muy frecuente que varias hembras se junten para hacer frente a un solo macho demasiado prepotente, en tanto que los machos no tienen esa tendencia a unir sus fuerzas. Los chimpancés, en cambio, son patriarcales y mucho más violentos. No son raros los casos de infanticidio, que algunos observadores explican, como el caso del infanticidio en leones, cuando un nuevo macho toma el mando: una manera de eliminar los genes de sus rivales, suprimiendo esa anterior descendencia. También se dan casos de canibalismo y lo que sin excesos se puede denominar guerras con otros grupos fronterizos. En realidad, los chimpancés viven en una atmósfera de violencia potencial y el infanticidio, por ejemplo, es una de las principales causas de mortandad en cautividad, aunque también se ha comprobado en los grupos en libertad.

Darwin, siempre Darwin, también fue un precursor en este tema, con su ensayo La expresión de las emociones en los animales y en el hombre. Estaba convencido de que los mecanismos de la selección podían ser crueles en su resultado –habló de este proceso como de un “capellán del diablo”-, pero eso no entraña necesariamente violencia: la supervivencia del más apto se logra simplemente cuando se consigue dejar más descendencia viable. Darwin escribió: “muchos animales ciertamente se compadecen del sufrimiento o el peligro de los demás”. Y cita varios y famosos ejemplos. Un caso curioso es el que menciona Robert Yerkes, el fundador de la primatología, sobre la sensible conducta de un chimpancé llamado Prince Chimp. Yerkes le rinde tributo en un famoso libro, Almost Human, en el que relata como Prince Chimp mostraba una desusada preocupación por su compañero Panzee, enfermo terminal. Mucho tiempo después (el libro se publicó en 1925 con observaciones de años anteriores) , una inspección post mortem reveló que Prince no era un chimpancé sino un bonobo, pero Yerkes no podía saberlo –sólo habló de un chimpancé de comportamiento “anómalo”-, porque el bonobo, como he dicho, no se reconoció como especie hasta varios años después.

En realidad, los bonobos han sido ignorados después de descubiertos, por documentalistas, que censuraban en sus filmaciones las numerosas escenas de sexo, y por investigadores, que veían como su pacifismo ponía en entredicho o al menos relativiza sus teorías sobre la agresión innata y el “mono asesino”. Las discusiones sobre la evolución humana centradas en la violencia, la guerra asociada al progreso técnico y la dominación masculina no pueden tener muy en cuenta a este pacifista redomado, que no entabla guerras a muerte, apena caza, los machos no dominan a las hembras y hay mucho, mucho y variado sexo. Los bonobos, ya quedó dicho, hacen el amor y no la guerra y, como dice de Waal, “son los hippies del mundo primate”. También fastidia las justificaciones del liberalismo económico de la derecha dura. Thatcher, que no tenía nada de bonoba y sí mucho de chimpancé con bolso y cardado, dijo “hay hombres y mujeres individuales, y hay familias, pero no existe eso que algunos llaman sociedad”. ¡Toma ya! Pero tanto chimpancés, como bonobos y hasta gorilas forman grupos sociales, sociedades, y eso agria el evangelio del capitalismo codicioso de Reagan y Thatcher. La evolución demuestra algo que reconocen los economistas liberales más moderados, que la persecución racional del interés propio no siempre es la mejor estrategia.

Por su parte, los neurobiólogos han observado que la resolución de dilemas morales activa centros emocionales del cerebro mucho mas antiguos que la recién adquirida evolutivamente nueva corteza cerebral, así que difícilmente se puede hablar tanto de un mero “barniz cultural” para explicar esas conductas “buenas” como de su exclusividad humana. En realidad se puede hablar de una suerte de “Síndrome de Beethoven”. Me explico: el autor de las maravillosas sonatas, conciertos para piano y sinfonías vivía y trabajaba en una auténtica pocilga, cubierta de polvo, con orinales abandonados sin vaciar y partituras por el suelo, sus dos pianos literalmente hundidos en inmundicias[2]. Todos sabemos que pueden surgir cosas maravillosas en circunstancias atroces; es decir, proceso y producto son nociones separadas; la selección natural como proceso es atroz, sus productos, en cambio, no siempre conduce a feroces súper predadores, sino a veces a amables mutualistas solidarios. La selección natural –repetiré la inevitable tautología- se limita a favorecer a los individuos que sobreviven, pero cómo lo consiguen es una cuestión abierta: cooperando o siendo agresivos son sólo opciones. El comportamiento de nuestros próximos parientes antropoides no es mucho más instintivo que el nuestro (tienen largos periodos de aprendizaje; un chimpancé, por ejemplo, no es adulto hasta los 16 años; y como nosotros tratan sus problemas con una combinación casi inextricable de tendencias naturales -instintos-, inteligencia -emocional o no- y experiencia.

Sí, provocan nuestra risa cuando montan en un monociclo vestidos de payasos en los circos, pero es una risa nerviosa, la que se siente cuando un espejo nos devuelve nuestra imagen algo, levemente, distorsionada. Sólo que los humanos no tenemos uno, sino dos de esos espejos; eso nos da pocas disculpas, pero mucha capacidad y libertad de elección.






[1] Cuando era niño, más de una vez coloque una hormiga en la boca de otro hormiguero para contemplar como era atacada por los miembros de este. En mi papel de entomológico dios, unas veces intervenía para salvarla y otras no. También les daba clases de natación por el expeditivo método de tirarlas agua. Tiempo después, en la Amazonía boliviana, una buma, una gigantesca hormiga del tamaño de un grillo que protegía una mara, el árbol de la caoba, con el que establece una asociación mutualista, vengó a sus parientes y me pico. La picadura es muy dolorosa, aunque su veneno no es concluyente para un tipo como yo.
[2] En una ocasión fue arrestado al ser confundido con un vagabundo. En cuanto a las apestosas condiciones de trabajo son numerosos los testimonios de sus visitantes y en especial de otros músicos

3 comentarios:

Emma dijo...

Lansky me has dejado sin aliento esta vez. Muy bueno, genial tu ensayo, brillante. Muchas gracias.

Tengo varias preguntas, pero creo que no importa, supongo que somos todos demasiado iguales y la excepcionalidad de un solo hombre no determina su supervivencia. Quiero decir, que si los genetica debil y sensible de un hombre no implica necesariamente su reproduccion o prevalencia sobre los otros genes ni tampoco la violencia produce ese efecto entonces cual es el secreto del gen que perdura? Si es que lo hay que no lo creo. Para mi lo dificil es entender nuestra primacia en la invasion del planeta. Todo apunta a que nuestra supervivencia como especie esta garantizada por muchos años a no ser que un factor externo nos extinga, dudo mucho que a estas alturas lo hagamos nosotros mismos. Siempre quedaran unos pocos.

Por otro lado encuentro divertida tu fascinacion por las hormigas. Yo siempre la he tenido de pequeña, jugaba con mis hermanos a los "biologos" que era mi juego favorito, nada de medicos y enfermeras. Poniamos un cristal de cerveza en la boca del hormiguero y observavamos las reacciones de las hormigas que se quedaban dentro y de las que se quedaban fuera. Tambien era interesante depositar un gusano de seda en la hilera de hormigas y descubrir su inusitada saña con el pobre bicho.

En fin, que me alegro que seas capaz de contar tan bien las cosas.

Emma dijo...

Queria decir en mi anterior y confuso comentario : Que la debilidad y bondad no implican necesariamente la supervivencia de unos genes, pero tampoco la violencia e irracionalidad parecen estar detras de ello. Por lo tanto no se conoce aun el secreto de lo que algunos han venido a llamar " el gen egoista", que tampoco es determinante.

Por otro lado siento las faltas de ortografia, no necesario decirlo pero mis teclados cambian del aleman al ingles y viceversa.

Lansky dijo...

Emma, el violento y agresivo frente al solidario y cooperativo son estrategias evolutivas que no son excluyentes, pero para entender por qué perviven simultáneamente ambas sin exluirse hay que recurrir en genética evolutiva o de poblaciones a la teoría de juegos, esa rama de las matemáticas que analiza algunos dilemas clásicos, como "el Dilema del prisionero" (¿es más ventajoso confesar o no el delito?) o el no menos famoso de halcones y palomas, que es el relevante aquí: el resultado es que dependiendo de las situaciones será más ventajoso ser un violento halcón o una pacífica paloma (que no tienen nada de pacíficas, por cierto y lo siento por Picasso)

¡Jugar a biólogos! ¡Qué modernos! En mi infancia no sabíamos que era eso. No, a mi lo que me gustaba en el tema de las hormigas era su indefensión mezclada con su estúpida tenacidad; en realidad, al margen de mi curiosidad, lo que me gustaba es jugar a ser...Dios.