
Si excluimos a los maltratadores, que deben estar en el epígrafe de monstruos y no de padres, no lo hay peor que el que rechaza su imprescindible papel para adoptar el de amigo de sus hijos; tarea tan vana como patética. Como especies separadas, los adultos y los niños tienen culturas separadas que generan los mismos malentendidos que se dan entre antropólogos occidentales y tribus perdidas de la edad de piedra. Un niño travieso es un nativo ignorante de la cultura de sus padres, y viceversa, y habitante no del domicilio familiar, sino de esa isla detenida en el tiempo que se llama Infancia o Nunca Jamás. Por eso son más interesantes en conjunto los niños de antes que los de ahora; estos últimos inmersos en la misma cultura de los adultos infantilizados, videojuegos u ordenadores, pero inexpertos en el noble arte de cazar ranas y expoliar nidos de pájaros, hacer girar peones o jugar con pulcritud a las carreras de chapas, ignorantes de cuál es la piedra que merece ser guardada en el bolsillo, y cual la desdeñable, elemental geología pueril. Mi madre me hacía vaciar los bolsillos cuando vivíamos en el pueblo abulense junto al Alberche, de los que sacaba literalmente sapos y culebras. En cambio, el término que empleaba para la operación era bien urbano y madrileño: desratización, pues eran los tiempos en que la ratas corrían por las vías del metro, retozonas y desafiantes, un gran espectáculo, y se empezaron a colocar unas misteriosas cajas rojas, del tamaño de las de zapatos para combatirlas. Pero ella usaba esa palabra porque en su incultura de adulta confundió en una ocasión una cría de lirón, habitante de mi bolsillo, con una de rata, aunque cualquier niño de esa época y lugar conocía la abismal diferencia.
Hoy el adulto se ha infantilizado y el niño no ha tenido problemas en convertirse también en uno, incluso más experto y hábil en esos juegos que comparten que sus supuestos tutores. Los niños de ahora nacen sabiendo qué tecla hay que tocar para recuperar un texto perdido, y lo saben antes de saber escribir; prodigioso. Pero yo estoy convencido, paradójicamente, que si los tiempos fueron claramente peores, cualquier niñez pasada fue mejor. Éramos más bajitos, más cetrinos, más ágiles y con más mocos y sabañones, pero sabíamos trazar mapas del tesoro con indicaciones de todos los nidos de lúganos y pinzones y los mejores regatos para pescar con la mano o un pañuelo. Tom Sawyer o Hucklebeberry Finn, no digamos Guillermo Brown, eran niños normales, no como el malvado Syd, hermanastro de Tom, el típico niño perfecto malo que habría tenido sus consolas de videojuego si no fuera un anacronismo. Ser pirata era una profesión honrosa y ser padre una actividad incomprensible. No veo el progreso, francamente en estos tiempos de ahora, como no lo veo en que los cines se conviertan en salones de boda.
Pero el poder y la autoridad, no obstante, deben residir en el adulto, tan grandes esos poderes como benévolos y selectivamente tolerantes. Porque más que estar por encima se trata de proteger e intentar educar, aunque con el linimento entre tanto roce del amor. Hay además otro gran equívoco que los neurocientíficos modernos se han encargado de eliminar. A los niños no los educan los padres realmente, no pueden. La educación requiere ejemplo e imitación y ningún niño sano los tomaría como modelo. Los padres, la familia nuclear son a los hijos lo que la economía de subsistencia a las poblaciones humanas precarias: lo esencial para la supervivencia, pero a los niños los educan sus iguales, los demás niños, sobre todo los ligeramente mayores, dignos de imitación, los compañeros de colegio y de juegos, que son los que marcan las preferencias de su separada y original cultura, los programas de la tele, los mejores videojuegos y hasta las lecturas, libros y tebeos, la ropa aceptable, sus modas.
Sólo falta saber que ha sido del famoso niño que casi todos los adultos, o por lo menos los afortunados, llevamos dentro. Pues nada; en la mayoría de los casos y la mayoría de las veces sigue incomunicado del adulto que le transporta. Precisamente por eso hemos olvidado que los niños son educados, salvada la fase de subsistencia de la primera infancia, por otros niños, lo que es propio de una cultura original y separada, como señalaba al comienzo,. Y ahora lo confirma la ciencia real, no el empirismo de algún caso y progenitor: no es el voluntarismo paternal tan influyente como les gustaría a los que quieren hacer las cosas bien y a veces no se explican por qué les salió mal; los mecanismos de la mente infantil, ese territorio que jamás es la tábula rasa que pretendíamos, contradice la mayoría de las esforzadas teorías educativas, así de claro.
Hoy el adulto se ha infantilizado y el niño no ha tenido problemas en convertirse también en uno, incluso más experto y hábil en esos juegos que comparten que sus supuestos tutores. Los niños de ahora nacen sabiendo qué tecla hay que tocar para recuperar un texto perdido, y lo saben antes de saber escribir; prodigioso. Pero yo estoy convencido, paradójicamente, que si los tiempos fueron claramente peores, cualquier niñez pasada fue mejor. Éramos más bajitos, más cetrinos, más ágiles y con más mocos y sabañones, pero sabíamos trazar mapas del tesoro con indicaciones de todos los nidos de lúganos y pinzones y los mejores regatos para pescar con la mano o un pañuelo. Tom Sawyer o Hucklebeberry Finn, no digamos Guillermo Brown, eran niños normales, no como el malvado Syd, hermanastro de Tom, el típico niño perfecto malo que habría tenido sus consolas de videojuego si no fuera un anacronismo. Ser pirata era una profesión honrosa y ser padre una actividad incomprensible. No veo el progreso, francamente en estos tiempos de ahora, como no lo veo en que los cines se conviertan en salones de boda.
Pero el poder y la autoridad, no obstante, deben residir en el adulto, tan grandes esos poderes como benévolos y selectivamente tolerantes. Porque más que estar por encima se trata de proteger e intentar educar, aunque con el linimento entre tanto roce del amor. Hay además otro gran equívoco que los neurocientíficos modernos se han encargado de eliminar. A los niños no los educan los padres realmente, no pueden. La educación requiere ejemplo e imitación y ningún niño sano los tomaría como modelo. Los padres, la familia nuclear son a los hijos lo que la economía de subsistencia a las poblaciones humanas precarias: lo esencial para la supervivencia, pero a los niños los educan sus iguales, los demás niños, sobre todo los ligeramente mayores, dignos de imitación, los compañeros de colegio y de juegos, que son los que marcan las preferencias de su separada y original cultura, los programas de la tele, los mejores videojuegos y hasta las lecturas, libros y tebeos, la ropa aceptable, sus modas.
Sólo falta saber que ha sido del famoso niño que casi todos los adultos, o por lo menos los afortunados, llevamos dentro. Pues nada; en la mayoría de los casos y la mayoría de las veces sigue incomunicado del adulto que le transporta. Precisamente por eso hemos olvidado que los niños son educados, salvada la fase de subsistencia de la primera infancia, por otros niños, lo que es propio de una cultura original y separada, como señalaba al comienzo,. Y ahora lo confirma la ciencia real, no el empirismo de algún caso y progenitor: no es el voluntarismo paternal tan influyente como les gustaría a los que quieren hacer las cosas bien y a veces no se explican por qué les salió mal; los mecanismos de la mente infantil, ese territorio que jamás es la tábula rasa que pretendíamos, contradice la mayoría de las esforzadas teorías educativas, así de claro.
31 comentarios:
Hace unos días, en Madrid, le negaba a un amigo mío, con tres hijos, que los padres pudieran educar con efectividad a sus hijos, frente a su posición de que el cómo salieran éstos era "resultado" de la educación que sus padres les habían dado. Me apoyaba en mi propia experiencia y lo que he visto en mi entorno, pero además pude citar un libro de una psicóloga americana (Judith Rich Harris, creo recordar) que venía a sostener la misma tesis. Ahora tú añades que también los neurocientíficos llegan a conclusiones parecidas ...
Obviamente, el poco éxito de la educación paterna (al menos a corto plazo) no quita para que debamos ejercerla. Y sí, como dices, no se trata de ser "amigos" de nuestros hijos.
Sí, Judith Harris escribió "El mito de la educación" precisamente basándose en neuropsicólogos y neurobiólogos como Steven Pinker ("La tábula rasa", absolutamente recomendable). Los límites son los que tu fijas, pese a todo.
Je, je...
Como es fiesta en BCN puedo comentar en tiempo real.
No tengo hijos, pero creo otro problema presente en las relaciones paterno filiales acaece por la tendencia natural de esa autoritas de la que habláis a prolongarse indefinitidamente en el tiempo. Padres y madres que tratan a sus hijos e hijas de treinta años como si tuvieran ocho. No aceptándolos como iguales a la hora de contrastar opiniones Montándolos un pollo porque con veinticinco años quieran largarse de casa. Esto también se da. Y asímismo es muy lamentable.
ya, clavadista. También se da lo contrario: hijos adultos que tratan a sus padres ancianos como si fueran menores de edad; aquí no basta el amor, ya que hay amores que si no matan atan, sino el respeto.
No seamos ingenuos, hay mucho de revancha en esto último que afirmas (y es cierto).
Los maltratadores suelen ser los adultos que de niños sufrieron maltratos; llámalo revancha si gustas, pero el ejercicio del poder es más bien la clave ene sto de tratar a los padres como infra adultos, que no niños. Me enoja profundamente el maltrato moral y a veces físico que esta sociedad le da a los ancianos, para mí tan indefensos como los niños.
Lanky. No es igual, un niño es "él y su futuro"; un anciano, "él y su historia". Un hecho incontrovertible.
Mira cladista; ese es un argumento muy endeble, porque se puede atacar en varios frentes, ¿qué es más importante preservar el futuro o respetar el pasado? Ambos, desde luego y por razones paradójivamente parejas. Pero creo que es también un problema de sensibilidades y, en este caso, la tuya y la mía estan distantes. Te lo diré más claro, a mi los ancianos me producen tanta ternura como los niños, y suelen molestarme menos.
Son opiones compatibles. No hay ninguna sensibilidad distante. En efecto el pasado merece ser respetado, obvio, pero los años en cuanto acontecimiento físico no añaden bonhomia al individuo. Si la esperanza media de vida fuese de 150, habría por ahí tíos y tías de noventa tacos comportándose fatal con el prójimo.
Bien que has de ser consciente que muchos de esos ancianos se comportaron en el pasado con sus mayores de manera asimismo reprobable. La edad, mientras lleve aparejada la consciencia, no puede representar una "patente de corso" para el individuo.
No importa qué hicieron los ancianos en concreto, como no importa qué haran los niños. El respeto al anciano no es un pago por meritos acumulados, sino un deber de esta sociedad
A los niños los educan los padres, abuelos y niños mayores, como bien explica Eibesfeldt en su fantastico libro "biología del comportamiento humano". precisamente este autor se pregunta que consecuencias tendrá sobre los Europeos el hecho de que los niños mayores hayan desaparecido de la educación de los pequeños, como ocurre en la gran mayoría de las culturas y en la nuestra hasta hace un cuarto de hora. Los niños son cuidados por adultos en las guarderías, por maestros en la escuela. Los hermanos mayores no son responsables de los pequeños, no hay pandillas interedades porque ya no se puede jugar en la calle. El hombre, la vedad, lo vé con pesimismo.
Según Gilles, último premio Nobel de Química francés, las consecuencias sobre el futuro pueden ser muy serias. Mantiene la teoría de que la estupenda generación intelectual de mas o menos su edad (que es la que en España está ahora en 40 - 50 años mas o menos) es el resultado de niños criados en pueblos donde veian parir una vaca, arreglar un zapato, construir una casa...y participar en lo que les dejaban, que luego recibieron estudios. Tenian sentido común y creatividad porque habían vivido la realidad de la vida. La cosa es que la siguiente generación no va a estar a la altura de la anterior porque carecen de sentido común. Se han criado en un mundo virtual, y son incapaces de salir del paso con un palo y una guita y de valerse en muchos sentidos. Son incapaces de concentrarse. Sin tecnología están huerfanos. Yo creo que esto nos hace a todos mas frágiles ante una eventualidad.
En cuanto al papel de los padres mi experiencia es la siguiente. A los hijos se les educa con el ejemplo entre su nacimiento y la pubertad. En ese momento los padres pierden protagonismo (aunque siguen educando). Y es en ese momento y no antes (eso es lo mas terrible) cuando sale a la luz si se les ha educado bien o mal. Y ya la cosa no tiene remedio. Y uno educa por instinto o por imitación o rechazo a como lo han educado a uno, según le fueron las cosas.
No estoy muy de acuerdo, al menos en todo, contigo. El etólogo Eibesfeld está muy superado. Lee a Steven Pinker,a la mentada Harris, a los neurobiólgos genéticos; el porcentaje del amobiente de aprendizaje atribuible a los padres es muy pequeño, y la sanción de sus iguales, como lo llama Pinker, muy alto, pero de eso los padres, como todos los amantes, somos os útimos en enterarnos.
Yo si estoy de acuerdo con Rocío Prima, se enseña con el ejemplo y educamos como nos educaron, aunque el grupo tenga mucha importancia. Pero el grupo viene después.
Y respecto a los ancianos, no se con cuántos tratarás frecuentemente, pero en mi humilde opinión, con la edad lo único que aumenta son los defectos. Tengo un puñado bueno de ancianos alrededor. Algunos, por fortuna, me inspiran mucho respeto y simpatía, pero hay alguno que, como dice el Clavadista, piensa que ser viejo es tener patente de corso para pisar los callos al prójimo, y mas que ternura dan ganas de estrangularle. El deber de la sociedad es cuidar de que el anciano viva dignamente. El respeto se lo tiene que ganar él, como cada hijo de vecino, sea de la edad que sea. A ti te daba yo una tarde con mi tía.
Pues no estoy de acuerdo, la influencia de los padres depende de la edad. Es importante en la primera infancia y pasa a un segundo plano (o tercero) a partir de la pubertad, cuando el grupo se hace fundamental. Si no fueran tan importantes no nos pasariamos la vida adulta diciendo eso de "que razon tenía mi padre" "que razon tenia mi madre". Lo efectos de una educación siempre son a largo plazo.
Ademas, Pinker no tiene hijos.
Si quieres saber de verdad cómo son los niños y los viejos te recomiendo que pases un tiempo con ellos, y déjate de tanta teoría. Si lo hicieras (cosa que no harás, porque sólo tienes tiempo de pensar en culos) comprobarías que son tan diversos entre sí como los adultos. Ni siquiera se cumple eso de que cualquier infancia pasada fue mejor, no todas las infancias son felices.
La descripción de las escenas de tu infancia es muy entrañable.
Rocío:
Estoy de acuerdo en que la diferencia de influencia está correlacionada con la edad del sujeto, ya he dicho además que la de los padres es substancial, como la economía de subsistencia, esto es, por defecto, si falta sobre todo amor, la habremos cagado con el furo adulto, pero sus comportamientos y valores dependen mucho más, una vez superada la primera infancia, de esos sus iguales. Ignoro si Pinker tiene hijos o no, pero si no, como tu dices, eso tiene su pro y su contra, como la objetividad frente a la subjetividad de una muestra demasiado pequeña: uno o dos casos.
Isabel,
Tuve hijos, dos, aún están, pero son adultos, y cuando eran niños me ayudaron, entre otras cosas a recordar mi propia infancia. Es exasperante la tendencia de algunas madres a considerarse portadoras de la verdad en ciertas materias; y yo no teorizo a partir de la nada, sino de la experiencia, y no sólo teorizo.
La idea de que el respeto hay que ganarselo suele ser una coartada de los irrespetuosos; eso, el respeto va por delante, sin que nos erijamos en una junta de evaluación de los merecedores del respeto o no.
Y sí, los mayores pueden ser exasperantes, y sí, terminan agudizando sus defectos, casi como una caricatura, pero mi experiencia, pese a lo que diga Isabel, con niños y ancianos -poseo la del trato y convivencia con ambos- es que el grupo de edad más exasperante, mira por donde, suelen ser la de los individuos de la llamada edad adulta media y madurez; yo además incluiría a los ensimismados y egotistas adolescentes, que Shakespeare recomendaba confinar, entre los 14 y los 20, en una isla desierta.
Recompongo un poco este post, pues se me olvidó una última puntada.
Ya sólo faltaba que arremetieras contra las madres. No digas chorradas, di que soy exasperante yo, y no "algunas madres que se consideran portadoras de verdad en algunas materias". Yo no me considero portadora de ninguna verdad en materia educativa, ¿cómo podría decir tal cosa? Para empezar mi hijo tiene sólo dos años, todavía soy una novata. Pero por supuesto que hablo con madres experimentadas, que sí tienen muchos conocimientos adquiridos que merece la pena escuchar y aprender. Al parecer para ti sólo son dignos de atención los campesinos y los pescadores.
Te tengo calado, y sí he comprendido la idea general de tu post pero te ha faltado concretar, que no es lo mismo un niño de tres años que uno de diez, por ejemplo, con respecto a la influencia de sus padres. De todas formas estoy convencida que incluso cuando son preadolescentes y demás los padres siguen educando. Pero los resultados se ven mucho más tarde, cuando son adultos y el hechizo del grupo de iguales se desvanece. Cuando somos nosotros mismos y no uno más de la manada, es cuando resurge la educación de los padres. Es sorprendente constatar cómo con la edad nos vamos pareciendo más a ellos. Lo que nos pasa los primeros cinco años de nuestra existencia conforma nuestra personalidad en el futuro.
Decía que te tengo calado, que luego se me ha ido el santo al cielo, porque a pesar de tus virtudes (que no pienso mencionar por bien de tu vanidoso espíritu), tienes defectos un tanto molestos.
A saber,
- la vanidad (acabo de decirlo, pero tus altas dosis merecen repetirlo). Se me quedó grabado aquello de que tenías el blog por puro altruísmo.
- el machismo, te lo acabo de decir con el ejemplo del ataque injustificado a las madres. También está lo de postear un culo femenino y decir que los culos son uno de tus "objetos" preferidos.
- la soberbia. Tú lo llamas ira pero...
Esta es mi opinión, en cualquier caso. Si no me quieres como soy no me quieres sobre las bases adecuadas. ¿Que por qué lo hago? Por filantropía. No quiero que llegues a la senectud siendo un viejo verde furibundo.
Isabel:
Te ruego encarecidamente que al menos no me digas lo que tengo que escribir: si digo "algunas madres..." quiero decir exactamente eso y no "Isabel vera dice..."
En cuanto a lo de tenerme "calado" reconozco paladinamente que es una afirmación que detesto, de rango similarmente nefasto para mí que el "usted no sabe con quien está hablando" y otras de ese jaez
En cuanto a lo de vanidoso, soberbio y demás lindezas nada que objetar, salvo que me pregunto qué haces entonces viniendo por aquí, aunque evidentemente no me molesta. Machista y viejo verde las rechazo de plano. Fui criado por mujeres, soy hijo de madre soltera, por mi abuela, mis tías y las chicas del taller de costura y se lo que valen la mayoría de ellas; de elegir ejercer mi nick de asesino me cargaría a los maltratadores antes que a otros especímenes, pero no tengo que justificarme contigo; en cuanto a viejo verde tengo entendido que son esos ancianitos ya impotentes pero que se pegan a las chicas en los semáforos para restregarse contra ellas: no cumplo ninguna de las condiciones.
Bueno, y ahora, después de limpiarme como pude toda la mierda que isabel me echó encima, comentar otra cuestión del post:
¿Recordáis que cuando los padres, para gran desconcierto suyo, "fracasaban" y les salía el nene malo decían aquello de "son las malas compañías"? Creo que es un reconocimiento tácito de la influencia de esos iguales, colegas y demás. Malas o buenas, las compañía esas nunca resultan ser neutrales, siempre son determinantes.
Isabel, lo de tener el blog por puro altruismo se te quedó grabado, pero mal: fui yo el que lo dijo, en un comentario en tu blog. El tercer comentario de tu último post, concretamente. Y era en broma, claro. No hagas cargar a Lansky con mis boutades, que bastante tiene con las suyas. (Y no me prives a mí del legítimo disfrute de mis derechos de autor, que me voy a chivar a la SGAE).
En cuanto a la educación de los niños, y dentro de lo poco que en realidad podemos saber a ciencia cierta, yo creo que ambos teneis razón: la influencia de los iguales actúa más intensa y visiblemente en el plazo corto y en cuestiones superficiales y la de los padres se manifiesta a más largo plazo y en cuestiones más estructurales. Con lo cual no trato de dar ni de quitar importancia a ninguna de las dos. Creo que ambas la tienen, y que ninguna es determinante. Hay, en mi opinión, un gran porcentaje de los "resultados" -de la personalidad- que, o depende de factores que no conocemos, o es totalmente aleatoria. (Suponiendo que ser aleatorio no quiera decir siempre, en realidad, lo mismo que depender de factores que no conocemos).
vanbrugh:
ya me extrañaba que no comparecieses en este post: ¡mal padre!, pero disiento de tí. Títulos como "La tabla rasa" o "El mito de la educación",(Pinker, Rich Harris, etc.) que no son panfletos de los bucay u coelhos de turno, sino resúmenes del estado de las artes congnictivas en el tema de la educación y el aprendizaje, dicen que, salvando esa esencialidad que da el amor para la futura supervivencia del niño, el papel de los padres, tras tan esencia labor, apenas tiene huella en el adulto que va a ser. Comprendo que para los papás y mamás es duro oir eso, pero es bastante cierto. leelos sin prejuicios, como es tu costumbre, y luego me dices. Por cierto, esto no significa que haya que hacer dejación d ela labor de padre, pero sí relativilizarla y desculkpabilizarla...ay las malas y buenas compañías...
Debo, efectivamente, de ser un mal padre, pero no me resulta nada duro oir que mi papel como padre dejará poca huella en el adulto que llegue a ser mi hijo. Todo lo contrario. Si es cierto, me resulta bastante liberador y tranquilizador. Creo, pues, que sea o no cierto deberíamos decirlo mucho; sería muy bueno que los padres nos relajáramos, relativizáramos nuestro papel y comprendiéramos que somos apenas un factor más, ni el único ni el determinante, en lo que nuestros hijos -con la ayuda de sus iguales, o del azar, o de la tele, o del Big Brother, o de la Educación para la Ciudadanía, o de Dios, o de quien prefiera añadir cada uno; pero fundamentalmente con la suya propia y, eso, sí, con todo el apoyo que podamos darles- vayan a hacer de su vida.
Exactamente, Vanbrugh. Por cierto, ¿qué tal las nanas de la cebolla?
De momento seguimos trabajando intensivamente "Vientos del pueblo". A los nueve años se tiende a la monografía y la idea fija.
Da pie para muchas consideraciones. "Entiendo lo que quiere decir, pero no por qué lo dice así", me dijo el otro día, tras considerar la agonía de los bueyes, que tiene pequeña la cara, mientras que la del animal varón toda la creación agranda. Me pareció una buena vía de aproximación al lenguaje poético.
Contradiciéndome, ese niño va a ser otro mamonazo sensible y erudito como su padre; menos mal que le gusta el fútbol.
Es posible. De momento, de todo el programa que le vaticinas parece ceñirse preferentemente a la parte "mamonazo". Quizás la sensibilidad y la erudición le vayan llegando con el tiempo.
(Yo creo que estas cosas se transmiten más por herencia que por educación, pero no pasa de ser una creencia).
Vanbrugh, no intentaba quitarte el copyright, ya sé que lo que dijiste en mi blog era broma. Mi comentario era en referencia a lo que dijo Lansky en su blog, en el post del 4 de abril, Frivolidad.
Lansky, sólo he mencionado los defectos molestos para mí, luego tienes otros que me son indeferentes y por último tienes un buen número de virtudes, que son las que me hacen visitarte. Ni más ni menos.
Ah, vale. Pero en ese comentario Lansky no atribuía al altruismo el hecho de haber abierto un blog -yo, sí- sino simplemente el de adornarlo de vez en cuando con señoritas en pelota picada.
Una noción bastante rudimentaria y parcial del altruismo, todo sea dicho.
Sí se admite esa interpretación superficial, pero pienso que realmente Lansky se cree su misión altruísta, como se puede deducir de algún comentario particularmente presuntuoso en Lector Malherido. Si quieres te digo cuál en concreto.
Se me olvidaba, lo que sí he copiado literalmente de ti, Vanbrugh, es lo de "quererme sobre las bases adecuadas", espero que me des permiso para apropiarme de esa expresión, que aunque originalmente no sea tuya, yo he aprendido de ti.
Isabel, todas las palabras del léxico castellano -bueno, y espero que de todos los demás idiomas; aunque no sé, quizás las del vasco y el catalán las han registrado a su nombre PNV y CiU, respectivamente, habrá que leerse detenidamente los estatutos de autonomía- son de dominio público, o más bien no tienen propietario conocido. Y cualquier combinación entre ellas que quieras hacer, lo mismo, incluida la de "querer sobre las bases adecuadas", que seguro que no me he inventado yo, o no más que lo hayas hecho tú. No necesitas mi permiso para coincidir conmigo.
Si quieres que te sea sincero, creo que lo único que diferencia la presunción de Lansky de otras, sin ir más lejos de la mía, es que toma menos precauciones para disimularla, y eso no es necesariamente malo. No es por defenderle -él solito suele apañarse bastante bien- pero tener buena opinión de uno mismo no me parece especialmente mal: te asombraría, por ejemplo, saber lo buenísima que es la mía sobre mí mismo. Y dejarlo ver... pues creo que es cuestión de estilo, y cada uno tiene el suyo. No lo creo importante.
Os veo algo picados ultimamente ¿no?
ALTRUISMO
Procurar el bien ajeno aún a costa del propio.
No soy altruista.
Ahora bien, desde el punto de vista de la Evolución Biológica, el altruismo se explica porque el que lo perpetra, por ejemplo en el caso extremo de que le cueste la vida el empeño, tiene una recompensa genética mayor que conservarla; esto es, salvar a los hijos que tienen la mitad de sus genes provenientes del sacrificado padre/madre, y si la descendencia salvada es numerosa, salen las cuentas. O la abeja que pica y muere, ya que se le desprende el abdomen en el asunto, para defender la colmena: se entiende porque todas sus congéneres/hermanss son clones de ella, idénticas genéticamente.
Ahora bien, si yo "suministro", hetero como soy, imágenes de bellas señoritas con las que sería placentero el ayuntamiento carnal, está claro que doy muestras de un gran altruismo. Aunque ya digo, yo no soy suficientemente egoista para ser altruista del todo...
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