(Ruinas de Abdera, Asia Menor, en la actual Turquía)Platón y Freud, los dos más grandes mixtificadores de la Historia –quiero decir no sólo que fueron enormes falsarios, sino grandes sin más-, tienen en común también el ser narradores de gran talento. Las historias clínicas de Freud, en especial las contenidas en La interpretación de los sueños, y los diálogos Socráticos de Platón deben leerse, pero deben de leerse como lo que son: obras de ficción.
El erróneamente presocrático Demócrito, forzado a entrar a contrapié en un compartimiento desahuciado de la historia de las ideas para desvitalizarlo, desactivarlo y amortiguar su indudable originalidad, su reputación reducida, como dice Onfray, a la suma de malentendidos acumulados en torno a su nombre; su unión, no menos forzada, a modo de pareja cómica, a Leucipo, este filósofo tan maltratado al menos como el sañudamente proscrito Epicuro, es diez años menor que Sócrates y vive cuarenta más cuando éste muere, pero hasta la rigurosa editora La Pléiade le coloca este rótulo maldito. No olvidemos que llamarte presocrático, como llamarte socrático menor –pequeños socráticos- como a Esquines, Antístenes, Aristipo, Euclides y Fedón, todos ellos mencionados en Los Diálogos- es colocarte en una relación de sumisión a Sócrates (o a Platón), a la omnipotencia de Platón y su clero. Aunque, ¡pobre Sócrates, el Ateniense!, después de todo, nuevamente asesinado, platonizado a la fuerza tras la cicuta. Forma un extraño trío con Aristipo el Cirenaico y Diógenes el Cínico, que ganan interés si se les desprende del marchamo de Platón. Como Jesucristo, Sócrates es un mártir que cumple función de referencia cronológica, un antes sin interés supuestamente y un después deudor total de él y su “único” y “altruista” discípulo. El desprecio de Platón por los poetas expulsados de su República ideal es el mismo que la de esos antecesores magos inmaduros: “niños fascinados por las historias…”
O sea, tenemos que creernos que antes de Sócrates no se pensaba, no había razón razonante, solo mito y brujería. Sin embargo, los llamados presocráticos eran sabios totales: astrónomos, matemáticos, físicos, naturalistas, médicos, moralistas, meteorólogos, cronistas, historiadores y lógicos. Su afán de totalidad, que les permitía el escaso corpus de conocimientos de su época, era mucho mayor que el de los socráticos y postsocráticos. Ya quisieran estos filosofitos, columnistas de actualidad de hoy. Se interesaban por los volcanes, los fósiles, las mareas, el arte de sembrar un huerto, la amistad, el sexo, el placer, los sentidos, la imagen engañosa o no del mundo, la psicología de masas, el autoconocimiento y pretendían superar la tosca causalidad teológica. En un mundo real de átomos y vacío, las divinidades intervencionistas de Hesiodo y Homero no tenían cabida. Se apunta por vez primera, y jamás en Platón, la superación de un mundo globalizante –¿por qué ocuparse de los usos y costumbres de los bárbaros del otro extremo del mundo?- y coherente. Es decir, no sólo no eran inferiores a Sócrates y Platón, sino que tenían algo de lo que aquellos carecían: “la aspiración a la totalidad”. Y encima, piensan esa realidad a partir de ella misma, no buscan principios en otra parte que ese mismo mundo que piensan. La cifra y el número (como magia cabalística, no como medida del mundo), la lógica platónica de las ideas se enfrentan al fuego, el aire, el agua, la tierra, el éter, que son hoy la energía, la materia, el tiempo, el vacío de la ciencia moderna, mientras que las sombras de la famosa caverna de Platón son sólo eso: sombras y caverna y, por tanto, inferiores al álbum de la naturaleza de las pinturas rupestres muy anteriores.
Nuestro Demócrito, postsocrático y coincidente exactamente con Platón, mantiene posturas teóricas radicalmente enfrentadas a las de aquel. Demócrito sólo cree en átomos y el vacío, le manda recuerdos y adioses a los dioses, es inmanente frente a tanto trascendente, en tanto Platón busca sus famosos conceptos puros y practica con fanatismo el esculturismo y las pesas –su nombre, Platón, es un mote que significa “el de las anchas espaldas”-, pues si algo aprendió de Sócrates, espantosamente feo, es a aspirar a un aspecto hermoso sin jamás confesarlo. Pero predica la continua renuncia en los demás, proponiendo la barbaridad de alejarse del mundo, convirtiendo la existencia en una perpetua ocasión de renuncia ¿Os suena? Pero por la boca de besugo muere el pez, y Platón confiesa ante los informantes de Aristoxeno que le gustaría reunir las obras de Demócrito, y todas las escasas copias, para quemarlas. ¿Habían estudiado los nazis a Platón? Probablemente: lo hacían en los Gimnasium, que no eran los de Platón, sino Institutos de ciencias y letras en Alemania. Y antes, ¿la Inquisición? Perseguir a alguien cuya única culpa es no pensar como uno se convierte en tradición arraigada en la historia que le sigue, hasta hoy. Pero los incendiarios no debieron hacer bien su trabajo, porque pese a su ninguneo, el corpus de Demócrito representa aún hoy el veinte por ciento de todo lo conservado de los presocráticos oficiales, mientras que el peso de Heráclito en este heterogéneo conjunto es del seis por ciento, por no hablar de la escasez de Leucipo. Y, sin embargo,¿cuántas tesis doctorales se escriben sobre Demócrito? Cero, porque además los académicos viven bien bajo la bandera platónica, véase a Heidegger y seguidores, empeñados en restaurar a Heráclito y Parménides.
Nacido en Abdera, hoy Turquía, Demócrito viajó mucho más que cualquier turista compulsivo de hoy. O viajo mejor, sin que la modernidad tecnológica que compensa tanta diferencia de distancia y elimina todo transcurso sensato del tiempo en el viaje, le mermara esa actividad. Demócrito sale del Mediterráneo, lo cruza, llega a África oriental, es una especie de “Rimbaud precristiano” (nuevamente Onfray), de dirige a los márgenes del mar Rojo, lee a Leucipo, aprende astronomía con los magos caldeos, geometría con los sacerdotes egipcios y el ideal ascético los gimnosofistas hindúes, también las técnicas de meditación. Se ventila la herencia familiar en ese "Grand Tour", así que regresa a casa dispuesto a perfeccionar su visión del mundo, pero sucede una cosa curiosa. Ya sin fondos, el dinero sólo le interesa como medio para sus filosóficos propósitos y como no tiene se mete a George Soros de la Antigüedad y hace una fortuna especulando con trigo. Luego se desprende de lo innecesario de esa fortuna y vuelve a sus meditaciones, porque además es enormemente discreto. Se cuenta una anécdota al respecto: va a Atenas para asistir a una presentación pública de Sócrates en el ágora (milagrosa presencia, ¡un presocrático oyendo en directo a Sócrates!) sin darse a conocer –téngase en cuenta que Demócrito era muy conocido en la época a través de sus escritos- y pese a su gran reputación ni abre la boca , se marcha en el mismo anonimato en que llegó. Me suena a actitud de auténtico sabio.
En otra ocasión, -y esta anécdota nos sitúa muy bien en el contexto histórico- observa el trajín en un puerto del Mediterráneo y se fija en un estibador particularmente listo, al que parece rodear un aura de inteligente sagacidad. Lo compra como esclavo personal. Es Protágoras que llegó a ser un gran filósofo, aquel que afirmó que el hombre es la medida de todas las cosas…Y tolerante: su hermana, creyente en los dioses, le pide mientras agoniza que postergue su muerte para no interrumpir los ritos que marca el calendario. Elegante hasta en su muerte, Demócrito accede y se muere después a una edad que la mayoría afirman muy avanzada, ciego y sabio. Su cadáver, conforme a sus deseos, es conservado en miel.
La otra gran bestia negra de Platón fue Aristipo de Cirene. Si Demócrito es el materialismo de los átomos, Aristipo es el placer, hedonismo antes de Epicuro. Si Platón escogió el diálogo como género literario, Aristipo escogió directamente el teatro. Aristipo no aparece citado ni una sola vez en la obra de Platón, salvo en un caso, de bastante mala fe, cuando cuenta la muerte de Sócrates en su famosa Apología (mejor, por cierto, el relato de Jenofonte, pese a sus errores históricos) y destaca la ausencia del de Cirene, mencionando malevolamente la proximidad de su residencia…
Hay desde luego enormes confusiones con el tema del hedonismo y su teoría hermana del eudemonismo, que podríamos denominar el arte del buen vivir. El hedonismo se enfrenta al ascetismo, sí, y reivindica el placer asimilándolo con algo bueno en sí, pero esa búsqueda del placer jamás es desenfrenada, “animal” ni procaz; eso son imágenes que nos han legado, distorsionándolas, precisamente sus enemigos. El placer, “el soberano bien”, aquello a lo que se debe tender y que une reflexión y acción se asocia con el eudemonismo, la necesidad de apuntar al bienestar, que puede ser sencillo, alejado del lujo, como la bella petición de Epicuro a sus discípulos de que le envíen quesos. La serenidad, la felicidad; nada que ver con las orgías romanas con las que más tarde se les mezcló. Eso sí, un consejo: desconfiad de todo aquel que reniegue del placer, que prescinda de él para sí y los demás. Y ya de paso, desconfiad de los que dicen que sufren y se sacrifican por vosotros; ya hubo uno en el año 1 que lo hizo y bien y todavía no está claro si las ventajas de aquel ritual auto sangriento tuvieron posteriormente más beneficios que lo contrario.
(mañana acabo)
5 comentarios:
La comparación entre Sócrates y Jesucristo me parece pertinente; así, si Sócrates fue platonizado, habremos de convenir en que Jesús fue pablotizado.
En cuanto a Demócrito, Protágoras, Aristipo y demás, habrá que refrescarlos; tu post es un buen acicate para ello.
Sí, pero ya que denuncio la parcialidad de la mayoría de las historias de la filosofía al uso, hazte con el de Michel Onfray que aspira a ser una "contrahistoria", para por lo menos tener una visióm distinta.
Hola,
Me gustaría que me indicases la manera de explicar de manera sencilla la razón por la que la teoría atómica, como pensamiento filosófico, fracasó frente a la filosofía platónica.
Yo soy profesor de secundaria de física y química, y cuando explico en clase la razón de que el atomismo en sus inicios no fuese aceptado, utilizo dos argumentos:
- Que era un pensamiento filosófico que no casaba en absoluto con las ideas religiosas y políticas de la época, al contrario que las tesis platónicas (idea que recogí de las explicaciones de C. Sagan en la serie Cosmos).
- La falta de evidencias experimentales (aunque eso era común a todas las ideas de la época).
Un profesor de filosofía me ha indicado que la razón fundamental de este fracaso es que el atomismo no se ajustaba al paralelismo que se trataba de establecer en aquella época entre las características del lenguaje (sujeto, predicado, accidentes y atributos) y la propia naturaleza (cosas, sustancias y atributos de esas sustancias).
¿Cómo podría expresarse lo anterior de forma más sencilla?
Creo que es lo último que mencionas. Y la forma más sencilla de explicarlo, matizando con las otras dos primeras razones que das, es que las ideas que se adelantan en exceso a su tiempo, al espíritu de la época, son rechazadas, y en parte, si no por lógica, sí por coherencia
Lansky
Sí, tienes razón. Esta tarde mismo, mientras veía un documental de la 2 sobre el médico español F. Torrent, me acordé de Demócrito. Este médico postuló hace 50 años una teoría revolucionaria sobre la estructura y funcionamiento del corazón y, tal vez por su originalidad y por su forma de romper con todo lo anterior, ha tardado casi medio siglo en ser reconocido.
Saludos y gracias.
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