
Demócrito, pese a mis simpatías por él, no es muy original en el terreno puramente filosófico, porque retoma directamente al oculto Leucipo, de ahí su mención conjunta en los manuales bajo el epígrafe ajustado de “atomismo” y el incorrecto, al menos para el de Abdera, de presocráticos. O sea, la realidad está constituida por átomos, la causalidad no debe nada a dioses, sino que es inmanente, no trascendente, y material. Si no hay razón divina, no hay tampoco eternidad, todo pasa y, en todo caso, lo único eterno es el cambio. Todas estas tesis, ya digo, están tomadas de Leucipo y son el fondo de todo el pensamiento materialista posterior. Previamente, Pitágoras, más de veinte siglos antes que Descartes, establece la dichosa dualidad: cuerpo-mente, o cuerpo-alma. Demócrito es categórico y afirma la integridad del único bien que disponemos de salida, el cuerpo, y nada de alma separada de éste. No es que niegue el alma, sino que la considera igualmente integrada por átomos, quizá de naturaleza levemente distinta de los corporales, más energéticos, pero nunca separada de la carne, nada de descrédito hacia esta última ni nada de inmaterialidad espiritual prisionera en lo material. Lejos de esa dualidad, aunque, sin embargo, utilizando términos equivalentes a cuerpo y alma, Demócrito señala que son artificios del lenguaje (Wittgenstein prefigurado aquí) que designan dos instancias materiales y corporales, como la cabeza y el tronco en un mismo cuerpo. Así que el alma muere al mismo tiempo que el resto corporal y ambos se deshacen, se agregan y se descomponen bajo la fuerza de la muerte. La psicología surge de la física (la neurobiología también anticipada), una física que tiene la última palabra en todas las cosas.
Hay un texto extraño en Demócrito donde se propone una alegoría que Onfray califica “del tribunal”, que consiste en que, a través del filósofo, el cuerpo entabla un proceso al alma (¿por difamación?, añado yo) y le pide ni más ni menos que cuentas por el sufrimiento a causa de ella. Por su causa -ojo a los caricaturistas del hedonismo-, el cuerpo sufre embriaguez, daños diversos, exceso de voluptuosidad o placeres poco meditados, pasiones y deseos, alejándolo del ideal democritano de un sujeto exento de las necesidades exteriores y de una ética que tiene por finalidad…la alegría serena.
Demócrito habla a menudo del “goce del placer en uno mismo”. No se trata de onanismo, aunque lo defiende; es algo bastante más amplio. Se trata de la alegría como finalidad de la moral, estableciendo –nuevamente otra anticipación en decenas de siglos- un pensamiento utilitarista como el que luego defenderán Jeremy Bentham y John Stuart Mill. La utilidad se define, en este nada prosaico pragmatismo, por la satisfacción sumada al agrado individual y subjetivo. El método hedonista, pues, es un proyecto que tiende a la alegría y a la felicidad que son la medida de la acción y la propia moral (como recordarán luego los difamados sofistas). El placer no se confunde con el bien, pero es, de algún modo, su indicador, su signo, su huella y su prueba. Se habla de “una forma tranquila de ateismo”, de una indiferencia sana respecto a los dioses, que se justifica en la propia indiferencia de los dioses respecto a los hombres: si Dios no se ocupa de mí, como parece, ni de mis semejantes, como parece, por qué me voy a ocupar yo de Él.
Resumiendo, Demócrito establece primero una posición epistemológica antiplatónica, que luego reciclarán los sofistas injuriados por Platón, presentados como meros bocazas parlanchines y tramposos, entre ellos Protágoras, el esclavo comprado por el especulador de trigo. Allí donde está el mundo, allí reside lo verdadero. El fenómeno (fenomenólogos también prefigurados) y la sensación o percepción son lo que cuenta. El ser es ante todo lo percibido, como el paisaje bien entendido. Fuera de esto nada es cierto. El segundo lugar, la maquinaria antiplatónica que monta Demócrito funciona contra lo inmaterial, los dioses y las fábulas pitagóricas recicladas por Platón. Demócrito considera a la razón un instrumento fiable (y aquí anticipa las ideas básicas de la Ilustración del siglo de las Luces), oponiéndose a las creencias y a lo extrasensorial. Tranquilos, concluye: no hay que temer a los dioses, porque no se teme lo que no existe, evitémonos una ocasión de displacer; de hecho, en el hedonismo, más importante que la busqueda del placer es la evitación del dolor y la tristeza.
Y tercero, el individuo interesado en hacer, hoy diríamos, de su vida una obra de arte ejemplar, de acceder a la serenidad se preocupará del buen uso de sus deseos y placeres. Esta parte inicial y substancial del hedonismo es sistemáticamente ocultada por el neoplatonismo posterior, incluido el hegemónico cristianismo y demás tradiciones del "Pensamiento Único" occidental, pues descubre la mixtificación de la caricatura interesada que se muestra de estas ideas. Se trata de no desear ninguna cosa que perturbe al sabio, ni de cualquier manera, ni de buscar cualquier tipo de placer. Hay que evitar los placeres que alienen, hay que huir como de la peste de la intemperancia, el exceso y la desmesura, nada de animalidad desenfrenada, sino pulcro modelado de uno mismo y de la propia autonomía. Este es el único y auténtico júbilo –matinal o no-: gozar del placer de uno mismo. Esto confirma las posiciones del hedonismo y el eudemonismo de la posición abderita: el placer sutil del trato consigo mismo del individuo que no teme nada y que, al menos en el fondo, no obedece a otra cosa que a sí mismo y puede vivir libremente.
Demócrito escribe una trabajo enciclopédico que titula La ciencia, que no aspira a acumular conocimientos, como en el gran Aristóteles, sino a producir causalidades racionalistas e inmanentes que hagan desaparecer inquietudes y temores fruto de la ignorancia. Así descarta dioses y sus caprichos y cóleras, descarta condenas eternas, infiernos en otras supuestas vidas y supuestos castigos, pero también deja de temer al rayo –otra cosa distinta del miedo es la cautela-, al trueno, a las erupciones volcánicas, a los terremotos y al paso de cometas; todos estos fenómenos exigen lo que podríamos llamar una “reducción” científica y positivista de los acontecimientos/fenómenos.
También recomienda, y esto es más discutible aunque sensatísimo a su modo y en su contexto, mantenerse lejos de los asuntos públicos, renunciar a la actividad política (algo que Aristóteles consideraría imposible, ya que constituye la naturaleza del ser humano, y quizá tenga razón) y reducir los asuntos privados al mínimo (haz una fortuna si lo precisas: es fácil, siendo más listo que los profesionales de la especulación, pero luego no sigas acumulando y esforzándote en aumentarla). Por el contrario, desentiéndete de la administración de la ciudad, para eso ya estarán Pericles y sus émulos, actividades todas que conducen indefectiblemente al desagrado y generan molestias y problemas. El sabio huye de todas las bagatelas sociales para concentrase en sí mismo como su razón de ser (y aquí anticipa el egotismo de los románticos del XVIII).
También es partidario de una clara metafísica de la esterilidad. Demócrito invita a no procrear, y la razón que da, estemos o no en la práctica de acuerdo, es magistral: la paternidad es frustrante porque su principal tarea es la educación de los hijos y esa tarea (¿recordáis uno de mis últimos post sobre la inviabilidad de la educación?) es irrealizable y, por tanto, fuente de frustraciones, dolor, angustias y miedo. Pero a quienes les acucia el prurito familiar, el filósofo les invita a adoptar, con la ventaja añadida de que pueden elegir sensatamente el tipo de hijo deseado. En resumidas cuentas, Demócrito nos invita a pasar la vida, de forma ideal, de la manera más feliz y menos taciturna posible, sin medirse con otros –el patrón oro eres tú mismo-, sin ansiar lo que no se tiene, pero queriendo lo que ya se tiene. Y después reír…a la inversa que ese “prodigio” de la tristeza que era Heráclito, al que la contemplación del mundo le producía una tristeza insuperable. Si se alcanza el placer supremo de la autonomía, si haces tuyas la posterior frase de Calderón de “pequeño mundo soy y en ello fundo que, siendo amor de mí, lo soy del mundo”, si accedes a ese placer sutil y delicado, elegante y supremo de la autonomía en sentido etimológico, entonces puedes reir, porque la gran risa liberadora, como sabían los Hermanos Marx, sólo está al alcance de los liberados, de los que celebran el cuerpo y la alegría del mundo, del amor a las cosas vivas, a las cosas concretas e inmanentes, lo contrario de ese Heráclito bien apodado El Oscuro, que contemplaba con lágrimas el espectáculo del mundo (probable falta de litio).
Demócrito, creo honestamente, tiene muy pocas cosas equivocadas, y ninguna confusa o voluntariamente falsa y eso no se puede decir más que de muy pocos pensadores. Por eso es un de mis "santos" laícos. Perseguido y, sobre todo, ocultado, ninguneado, conviene recuperarlo ya que él solo anticipa todos los movimientos progresistas y liberadores de los siglos venideros.
Hay un texto extraño en Demócrito donde se propone una alegoría que Onfray califica “del tribunal”, que consiste en que, a través del filósofo, el cuerpo entabla un proceso al alma (¿por difamación?, añado yo) y le pide ni más ni menos que cuentas por el sufrimiento a causa de ella. Por su causa -ojo a los caricaturistas del hedonismo-, el cuerpo sufre embriaguez, daños diversos, exceso de voluptuosidad o placeres poco meditados, pasiones y deseos, alejándolo del ideal democritano de un sujeto exento de las necesidades exteriores y de una ética que tiene por finalidad…la alegría serena.
Demócrito habla a menudo del “goce del placer en uno mismo”. No se trata de onanismo, aunque lo defiende; es algo bastante más amplio. Se trata de la alegría como finalidad de la moral, estableciendo –nuevamente otra anticipación en decenas de siglos- un pensamiento utilitarista como el que luego defenderán Jeremy Bentham y John Stuart Mill. La utilidad se define, en este nada prosaico pragmatismo, por la satisfacción sumada al agrado individual y subjetivo. El método hedonista, pues, es un proyecto que tiende a la alegría y a la felicidad que son la medida de la acción y la propia moral (como recordarán luego los difamados sofistas). El placer no se confunde con el bien, pero es, de algún modo, su indicador, su signo, su huella y su prueba. Se habla de “una forma tranquila de ateismo”, de una indiferencia sana respecto a los dioses, que se justifica en la propia indiferencia de los dioses respecto a los hombres: si Dios no se ocupa de mí, como parece, ni de mis semejantes, como parece, por qué me voy a ocupar yo de Él.
Resumiendo, Demócrito establece primero una posición epistemológica antiplatónica, que luego reciclarán los sofistas injuriados por Platón, presentados como meros bocazas parlanchines y tramposos, entre ellos Protágoras, el esclavo comprado por el especulador de trigo. Allí donde está el mundo, allí reside lo verdadero. El fenómeno (fenomenólogos también prefigurados) y la sensación o percepción son lo que cuenta. El ser es ante todo lo percibido, como el paisaje bien entendido. Fuera de esto nada es cierto. El segundo lugar, la maquinaria antiplatónica que monta Demócrito funciona contra lo inmaterial, los dioses y las fábulas pitagóricas recicladas por Platón. Demócrito considera a la razón un instrumento fiable (y aquí anticipa las ideas básicas de la Ilustración del siglo de las Luces), oponiéndose a las creencias y a lo extrasensorial. Tranquilos, concluye: no hay que temer a los dioses, porque no se teme lo que no existe, evitémonos una ocasión de displacer; de hecho, en el hedonismo, más importante que la busqueda del placer es la evitación del dolor y la tristeza.
Y tercero, el individuo interesado en hacer, hoy diríamos, de su vida una obra de arte ejemplar, de acceder a la serenidad se preocupará del buen uso de sus deseos y placeres. Esta parte inicial y substancial del hedonismo es sistemáticamente ocultada por el neoplatonismo posterior, incluido el hegemónico cristianismo y demás tradiciones del "Pensamiento Único" occidental, pues descubre la mixtificación de la caricatura interesada que se muestra de estas ideas. Se trata de no desear ninguna cosa que perturbe al sabio, ni de cualquier manera, ni de buscar cualquier tipo de placer. Hay que evitar los placeres que alienen, hay que huir como de la peste de la intemperancia, el exceso y la desmesura, nada de animalidad desenfrenada, sino pulcro modelado de uno mismo y de la propia autonomía. Este es el único y auténtico júbilo –matinal o no-: gozar del placer de uno mismo. Esto confirma las posiciones del hedonismo y el eudemonismo de la posición abderita: el placer sutil del trato consigo mismo del individuo que no teme nada y que, al menos en el fondo, no obedece a otra cosa que a sí mismo y puede vivir libremente.
Demócrito escribe una trabajo enciclopédico que titula La ciencia, que no aspira a acumular conocimientos, como en el gran Aristóteles, sino a producir causalidades racionalistas e inmanentes que hagan desaparecer inquietudes y temores fruto de la ignorancia. Así descarta dioses y sus caprichos y cóleras, descarta condenas eternas, infiernos en otras supuestas vidas y supuestos castigos, pero también deja de temer al rayo –otra cosa distinta del miedo es la cautela-, al trueno, a las erupciones volcánicas, a los terremotos y al paso de cometas; todos estos fenómenos exigen lo que podríamos llamar una “reducción” científica y positivista de los acontecimientos/fenómenos.
También recomienda, y esto es más discutible aunque sensatísimo a su modo y en su contexto, mantenerse lejos de los asuntos públicos, renunciar a la actividad política (algo que Aristóteles consideraría imposible, ya que constituye la naturaleza del ser humano, y quizá tenga razón) y reducir los asuntos privados al mínimo (haz una fortuna si lo precisas: es fácil, siendo más listo que los profesionales de la especulación, pero luego no sigas acumulando y esforzándote en aumentarla). Por el contrario, desentiéndete de la administración de la ciudad, para eso ya estarán Pericles y sus émulos, actividades todas que conducen indefectiblemente al desagrado y generan molestias y problemas. El sabio huye de todas las bagatelas sociales para concentrase en sí mismo como su razón de ser (y aquí anticipa el egotismo de los románticos del XVIII).
También es partidario de una clara metafísica de la esterilidad. Demócrito invita a no procrear, y la razón que da, estemos o no en la práctica de acuerdo, es magistral: la paternidad es frustrante porque su principal tarea es la educación de los hijos y esa tarea (¿recordáis uno de mis últimos post sobre la inviabilidad de la educación?) es irrealizable y, por tanto, fuente de frustraciones, dolor, angustias y miedo. Pero a quienes les acucia el prurito familiar, el filósofo les invita a adoptar, con la ventaja añadida de que pueden elegir sensatamente el tipo de hijo deseado. En resumidas cuentas, Demócrito nos invita a pasar la vida, de forma ideal, de la manera más feliz y menos taciturna posible, sin medirse con otros –el patrón oro eres tú mismo-, sin ansiar lo que no se tiene, pero queriendo lo que ya se tiene. Y después reír…a la inversa que ese “prodigio” de la tristeza que era Heráclito, al que la contemplación del mundo le producía una tristeza insuperable. Si se alcanza el placer supremo de la autonomía, si haces tuyas la posterior frase de Calderón de “pequeño mundo soy y en ello fundo que, siendo amor de mí, lo soy del mundo”, si accedes a ese placer sutil y delicado, elegante y supremo de la autonomía en sentido etimológico, entonces puedes reir, porque la gran risa liberadora, como sabían los Hermanos Marx, sólo está al alcance de los liberados, de los que celebran el cuerpo y la alegría del mundo, del amor a las cosas vivas, a las cosas concretas e inmanentes, lo contrario de ese Heráclito bien apodado El Oscuro, que contemplaba con lágrimas el espectáculo del mundo (probable falta de litio).
Demócrito, creo honestamente, tiene muy pocas cosas equivocadas, y ninguna confusa o voluntariamente falsa y eso no se puede decir más que de muy pocos pensadores. Por eso es un de mis "santos" laícos. Perseguido y, sobre todo, ocultado, ninguneado, conviene recuperarlo ya que él solo anticipa todos los movimientos progresistas y liberadores de los siglos venideros.
18 comentarios:
Hay adolescentes lúcidos, brillantes, que parecen alcanzar por mera intuición y de un plumazo una perfección que otros no consiguen en largos años de trabajo. Los mal llamados presocráticos son la adolescencia de nuestra cultura, y tienen esa misma brillantez, esa perfección fulgurante y fácil que nos da la impresión de burlarse serenamente de tanta torpeza y barbarie posteriores. He vuelto a tener esa impresión leyendo la excelente exposición que hace este post sobre Demócrito, un buen exponente de este encanto adolescente del mejor pensamiento griego clásico.
Pero no puedo evitar el pensamiento alternativo. si fuera Demócrito, en vez de Sócrates y Platón, quien hubiera sido “adoptado” por la posteridad cristiana, y convenientemente utilizado, manipulado y desarrollado para ponerlo al servicio de las sucesivas ideologías del poder; y en cambio de Platón no conserváramos más que su hermosa formulación original, sin contaminar, sin revelarse todas sus implicaciones y concomitancias con los aspectos más sórdidos de la vida real ¿no sería entonces de Platón de quien nos sorprendiera la frescura y la perfección, y a Demócrito, en cambio, a quien reprochásemos vaya usted a saber qué oscuras e inesperadas consecuencias de su pensamiento sobre la práctica política y religiosa de los siguientes siglos?
Es fácil ser brillante en la adolescencia, cuando las formulaciones mentales aún no han tenido que medirse, y ensuciarse, y degradarse con su aplicación al mundo. Y es inevitable que aún la más hermosa de las filosofías revele aspectos sorprendentemente desagradables cuando los que mandan la usan para justificar su poder. Morir joven es condición casi ineludible para dejar un bonito cadáver.
" Volver a encontrar" algo como si fuera nuevo, algo que lleva tiempo delante de nuestros ojos y que solo ciertas personas son capaces de nombrar, y como tu dices Vanbrugh, algunos adolescentes hacen con brillantez y espontaneamente, pues "ven". Envejecer sirve sin embargo para darle un significado a esos descubrimientos, una utilidad. Morir joven, bello, incolume esta bien para la foto. Pero morir joven es morir sin haber entendido nada teniendo todas las posibles respuestas al alcance de la mano y la vida entera para encontrarlas.
Seductor comentario, Vanbrugh, no lo niego, pero creo que me encuentro más cerca del planteamiento de Emma y cada vez le veo menos ventajas, a medida que envejezco, qué casualidad, a morir joven.
Ahora bien, tampoco estoy convencido de tu metáfora como la adolescencia del pensamiento; quizás si hubieras dicho la juventud...porque ya sabes mi devoción por lo augural: la pintura rupestre o el primer ensayo que dio nombre al género, el de Montaigne, o miles de ejemplos. Además, para mí, el adolescente es un tío lleno de granos y de escasa gracia, salvo ciertas niñas ninfas de tipo muy especial. Y es un elogio dudoso afirmar que si de Platón nos hubiera llegado tan poco como de algunos presocráticos se prestaría a este ejercicio de recuperación prestigiosa: a Platón se le veía el plumero demasiado, pero sí, cuanto menos Platón, mejor.
Demócrito hablando bien de si mismo, regocijante.
Ahora en serio, extarordianrio ensayo divulgativo para aprendices como el que ahora escribe.
Para amantes de lo bueno y lo bello como el que ahora escribe.
Gracias un día más, Lanskyón.
He debido de explicarme muy mal, porque yo tampoco le veo ninguna ventaja a morirse joven, más allá de la de dejar un bonito cadáver.
Trataba solo de explicar que si los presocráticos nos aparecen tan seductores es precisamente porque están muertos, porque lo que nos ha llegado de ellos es el hermoso cadaver embalsamado de la juventud que nunca superaron. Mientras que contra Platón, en cambio, tenemos todos los argumentos que inevitablemente concita en contra suya quien se ha pasado los últimos veinte siglos vivo, sartrianamente vivo, ensuciándose las manos con todas las alcahueterías al servicio de todos los poderes terrenales y espirituales.
Pero es que lo que yo a mi vez intentaba contar es que el pensamiento materialista de esos presocráticos fue sistemáticamente ocultado y perseguido, en tanto que el platónico fue publicitado. Eso independientemente de si están muertos o vivos en nuestra cultura actual, que yo opino que, pese a esa saña, sigue vivo, más que el embalsamado de Platón.
No, independientemente no. Los presocráticos están muertos -en el sentido en el que yo lo digo: es decir, en el de que no tuvieron una continuidad y un desarrollo a cargo de filósofos posteriores- porque fueron ocultados y perseguidos. Mientras que cuando digo que Platón siguió vivo quiero decir que fue, efectivamente, publicitado, utilizado, desarrollado, replanteado y reelaborado.
Todo ello no significa ni que trate de defender a Platón, que no me cae especialmente bien, ni que intente menospreciar a Demócrito, que sí. Solo explico que, en mi opinión, gran parte del encanto de la filosofía de Demócrito se debe a "haber muerto joven" - lo cual en nada afecta a la vigencia que podamos considerar que ahora tiene, se refiere solo a lo que históricamente ha pasado con ella- y gran parte de la antipatía que nos despierta la de Platón se debe al uso que se ha hecho de ella, que ha sido abundante y dañino -lo cual tampoco cambia en nada que pueda parecernos más o menos trasnochada o embalsamada, como bien dices.-
No estoy haciendo valoraciones, ni hablando de mis preferencias personales, sino exponiendo en qué medida las diferentes historias de cada filosofía influyen en el juicio que nos merecen. Eso es lo que trataba de ilustrar con mi ejemplo inicial, según el cual si hubiera sido Demócrito el publicitado y utilizado, y Platón el proscrito y silenciado, quizás ahora Demócrito nos cayera gordo por sus resonancias políticas o religiosas, y, en cambio, apreciáramos en Platón la frescura que los años, los malos empeños y las malas compañías le han hecho perder.
Enmienda a tu premisa inicial, Vanbrugh: precisamente porque esos presocráticos "no están muertos" en el sentido que tu dices, sino que sobrevivieron, aunque a duras penas, en gentes como Montaigne, Spinoza, Erasmo y hasta esas increibles corrientes de Plotino y el hedonismo cristiano, es por lo que yo les he encontrado, ya que no soy ningún arqueólogo de la cultura.
Bien, la enmiendo, si eso te hace feliz. Evidentemente solo en sentido metafórico puede decirse de una filosofía que está muerta, y las metáforas tienen, por definición, un ámbito impreciso y sujeto a diferentes interpretaciones. Declar "muertos" a los presocráticos no tenía más objeto que poder utilizar con cierta propiedad la frase del bonito cadáver, que me parecía venir a cuento; pero si tanto te molesta, no tengo inconveniente en declarar publicamente que no me consta la defunción del pensamiento de Demócrito y que hay incluso quien asegura haberlo visto bañándose en el Guadyerbas hace un par de fines de semana.
No me produce especial dicha que me des la razón para hacerme supuestamente...dichoso. Me la da en cambio que comentes y hasta disientas de mí, para eso estamos.Y no me complace que pretendas concederme, pues, algo, una suerte de rendición que no te pido. La metáfora cadaver bonito/filosofía muerta está bien, sino fuera porque no lo está (muerta, digo).
Y he escrito "enmienda "a" tu premisa incial". No: enmienda tu premisa...Enmienda que yo hago, no que te pido que hagas tu.
No pretendía darte la razón para hacerte feliz. "Si eso te hace feliz" es una frase hecha. Ni me rendía: mantengo todo lo dicho. Enmiendo solo -como erróneamente creí que me requerías- una cuestión de terminología, cual es la de usar la palabra "muerto" para describir la situación de las filosofías presocráticos que, evidentemente, no han tenido una "vida" equivalente a la de las socráticas, platónicas y aristotélicas, gracias a lo cual han mantenido una lozanía y frescura juveniles que sus victoriosos competidores, desgastados por las duras contiendas de la vida real, no pudieron conservar. E insisto: el mayor desgaste producido por la "vida laboral" que los presocráticos no tuvieron, no implica una inferioridad intrínseca en Platón: cualquier filosofía tan sobada como lo ha sido la platónica se nos presentaría hoy igual de deslucida y de antipática. Y viceversa: la mayor lozanía que su vida marginal y recoleta -de vacaciones perpetuas en las exóticas y poco frecuentadas playas de Spinoza, y sitios así- ha permitido conservar a Demócrito tampoco implica una superioridad intrínseca, solo evidencia la falta de desgaste de quien no ha tenido oportunidad de desgastarse.
Ya no se me ocurren más formas de explicarlo.
No, si lo explicas muy bien; lo que pasa es que no estoy de acuerdo. No creo en tu teoría de la lozanía por ausencia de desgaste; es como aquella polémica que mantuviste para explicarle a una empecinada que no todas las ideas merecen respeto, aunque sí las personas. Pues eso mismo, Vanbrugh, aquí y ahora.
Si la Iglesia Carótida Universal, dominadora de los últimos quince siglos de la Cultura Occidental, se hubiera pasado esos mil quinientos años esgrimiendo el materialismo de Demócrito como una especie de Filosofía Natural Incontestable que los Dogmas Carótidos Infalibles han venido a confirmar y completar, y como el vehículo teórico de todas sus Sagradas Doctrinas Carótidas, tú y todos los librepensadores de tu cuerda estaríais tan hasta el gorro de Demócrito como lo estáis de Platón, y encontraríais en los átomos los mismos motivos de burla que encontráis en la Caverna y en las Ideas Eternas. Funcionamos así. A eso me refiero con mi teoría de la lozanía por ausencia de desgaste, y creo que tengo razón. (Redundancia evidente: tener una opinión es consustancial con creer que esa opinión es acertada y que se tiene razón al mantenerla).
En cuanto a la evocación/comparación de mi discusión sobre la respetabilidad de las ideas, se me ha escapado un poco. ¿Qué tiene que ver?
Tienen que ver con lo que tu muy bien decías de que hay ideas que no son son respetables y, en todo caso, unas lo son más que otras. Para mí las ideas de Demócrito son más respetables, infinitamente más, que las de Platón, como la defenbsa del placer controlado me parece más respetable que el ascetismo para todos y la renunbcia al cuerpo.
No soy filósofo, no conozco a fondo ni a Demócrito ni a Platón. Pero creo que el ascetismo y la renuncia al cuerpo son dos buenos ejemplos de eso que he llamado el "desgaste" de Platón: consecuencias que otros, a posteriori, han hecho derivar de las teorías platónicas y que no tienen nada que ver con él, pero con las que el pobre viene cargando como si personalmente hubiera recomendado el uso del cilicio en sus diálogos.
Y sí, claro, hablar de filosofía y preferir unas teorías a otras implica, de entrada, aceptar que no todas las ideas son igualmente respetables. Nunca lo he puesto en duda. Absalón de Cirene, filósofo de cabecera del sátrapa Tiburcio, que profesaba la teoría de que el Cosmos no era sino una idea en la mente del propio Tiburcio, era un tipo muy simpático, sobre todo para Tiburcio; pero sus ideas eran escasamente respetables, como tuvo que acabar reconociendo el propio Tiburcio, cuando los arqueólidos invadieron Cirene, pasaron por las armas a todos sus habitantes y se comportaron, en líneas generales, como Tiburcio jamás hubiera esperado de una construcción mental suya.
Y sin embargo, parte de culpa tenía, aunque sólo fuera la de no saber escoger las compañías.
Claro que sí, quién le mandaba al tonto de Platón irse de cañas todas las tardes con Agustín de Hipona. Y mira que yo se lo advertí, que ese obispo no es trigo limpio... pero él, ni puto caso.
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