profesión de fe

profesión de fe
Somos los conocidos superhéroes del barrio –concepto acuñado por Kiko Veneno para definir lo que se podría llamar héroes de proximidad-: Lansky y Superperropequeño. Ambos somos más ciudadanos que patriotas ( y tan rústicos como urbanos), o bien, nuestra patria son nuestros zapatos -o ni eso en el caso de Jara-, la infancia o el sillón de orejas de lectura, pero nos negamos a la ñoñería esa de ciudadanos del mundo. Simplemente, tenemos pasaporte

10/06/2008

¿De dónde venimos?, 2


2.-

La selva del amazonas es el lugar de la Tierra de mayor diversidad biológica terrestre y dulceacuícola; la ciudad de Nueva York es el lugar del mundo de mayor diversidad humana de todos los tiempos, ni Londres ni París ni ninguna ciudad de pasado se le pueden comparar; en ella viven personas de más de 180 naciones, teniendo en cuenta que el censo de países independientes según la ONU es de 192 no está mal, y se hablan, sólo en Queens, uno de sus municipios, 138 lenguas distintas, desde el farsi y el urdú hasta el ruso, pasando por el italiano, el español en múltiples variantes y el inglés.

El galopante crecimiento demográfico de las últimas siete décadas que duplica la enorme población mundial cada pocos años hasta llegar a la cifra actual que excede ya de los 6.000 millones nos hace olvidar otro fenómeno demográfico de los últimos dos siglos quizá aún más significativo: la movilidad, las migraciones humanas. La mayor migración constatada de la Historia de la humanidad se produjo en el lapso de 80 años, entre 1840 y 1920, cuando casi cuarenta millones de personas –el doble casi de la población de Estados unidos en 1840- se desplazaron de una Europa mísera y hambrienta a Estados Unidos; entre estos inmigrantes había 4 millones y medio de irlandeses, que huían de la hambruna de la patata, un caso de inseguridad alimentaria al depender de un sólo recurso muy ilustrativo; cinco millones de italianos, dos millones de judíos de Europa central y del Este (miren la lista de apellidos de guionistas, productores y directores de Hollywood), etcétera, etcétera. Casi todos pasaron por el centro de admisión de la famosas isla de Ellis, pero muchos más fueron admitidos que rechazados, de forma que la mitad de todos los estadounidense actuales tienen hoy antepasados que no vinieron en el May Flower, sino en barcos hacinados que atracaban en Ellis y luego en Nueva York. La actual paranoia de las aduanas estadounidenses o los indignos métodos de aislamiento europeos nos hacen olvidar que el famoso regalo de los franceses a los estadounidenses, la Estatua de la Libertad (La libertad iluminado el mundo, es su nombre oficial) del escultor francés Bartholdi, y una muestra de agradecimiento al apoyo en la guerra franco prusiana, el regalo más costoso de la historia según el Guinness, en Liberty Island, (No sé si sabéis que en Cenicero, La Rioja hay una copia de 1897) tiene grabado en el interior de su pena el siguiente lema: “dadme a los hastiados, a los pobres, a las muchedumbres que ansían respirar la libertad”[1] (la traducción, nada compleja, es mía).

Así que es muy lógico que una gran parte de los estadounidenses tengan una gran curiosidad por sus orígenes, como toda nación con gran proporción de inmigrantes –Australia, Sudáfrica- añoran un tanto el pasado dejado atrás: son ciudadanos del mundo con morriña de aldea, o patriotas “americanos”, pero orgullosos a la vez de su origen italiano o escandinavo. De hecho, tras la jardinería, la genealogía es la segunda afición más popular en Estados Unidos y sus páginas web las segundas más visitadas después de la prornografía. Puede que una consola antigua traida en barco o un viejo álbum de fotos ayude a reconstruir ese camino a los ancestros, pero lo que heredamos con seguridad de nuestros padres, el ADN, y éstos de los suyos y así sucesivamente, eso sí que nos permite por fin ahora rastrear nuestros orígenes a cada uno, y se puede retroceder en teoría hasta los comienzos de la vida en el planeta. Pero eso sí, hay que conocer antes cómo cambian las secuencias de ADN con el tiempo y por qué; de eso se ocupa la genética evolutiva y de poblaciones. Lo primero que se puede averiguar de hecho es la suma importancia de la demografía, el modo cómo ha crecido y se ha movido la población humana en el pasado y así determinar las pautas genéticas.

Coon decía que esas supuestas razas humanas, para desarrollar las diferencias que a simple vista apreciamos, deberían haber estado separadas durante al menos un millón de años, desde la época del Homo erectus, los antiguos Pitecántropos. Pero en realidad Coon se basa en muy poco para hacer esa afirmación; tan sólo en la llamada morfología o a apariencia externa, de la que se medía todo lo que era posible medir, desde el arco de las cejas a la distancia de la nariz al mentón y con las que se hacían índices combinados muy complejos. Cuando estudiaba biología por allá en el Pleistoceno, tuve que sufrir ese manierismo antropológico en mis clases de Antropología. Trabajaban con una gran desventaja; la variación morfológica, a la larga, se debe principalmente a la variación genética y esta se desconocía en gran parte, así como la forma de actuar de esa sobre aquella.. Pero lo que los genes finalmente sugirieron, gracias a los trabajos pioneros del mencionado Richard Lewontin, es que las razas son casi un artificio desde el punto de vista genético y la única “raza” es la humana que no se ha separado en grupos homogéneos ni mucho ni poco y menos, como creía Coon, desde hacía mucho tiempo.
(Continuará)




[1] “Give me your tired, your poor, your huddled masses yearning to breathe free, …”: Dadme a vuestros pobres, a vuestros exhaustos, a vuestras masas hacinadas que suspiran por respirar libremente” esta inscipción se colocó en 1901 en el interior del pedestal, en plena llegada de la mayor migración de la historia. Es el primer verso de un poema de Emma Nazarus, una poetisa estadounidense hoy bastante olvidada, de su poema El nuevo coloso (1883)

1 comentarios:

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