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Los dos siglos que mediaban entre Linneo y Coon no había pasado en vano y este último suprimió la categoría “monstruosus”, pero recalcó su propia ideología racista, señalando que los negros africanos se habían quedado anclados en el pasado evolutivo de la especie y aún les quedaba para llegar a la altura de las otras razas. Coon deducía sin datos reales una variación genética de la morfológica. Pero estaba claro que se necesitaba una manera de estudiar las implicaciones genéticas de las afirmaciones de Linneo y de Coon.
El norteamericano Richard Lewontin (arriba, en la foto cortesía de la Universidad de Harward), un extraordinario genetista evolutivo y un competente estadístico, considerado el padre de las aplicaciones matemáticas a la teoría de la evolución y la genética de poblaciones, vendría a solucionar el asunto de una vez por todas y, en el proceso de clarificación, a anular la pertinencia del concepto de raza aplicado al Homo sapiens. Desde los años cincuenta Lewontin venía trabajando en comprender las bases genéticas del cambio evolutivo. Por decirlo de otro modo: nadie hasta entonces había ‘reconciliado’ realmente las dos grandes teorías decimonónicas, la de la Evolución de Darwin y la de los genes de Mendel: mendelismo y evolución, o si se prefiere, genética y selección natural, que en realidad, como la teoría corpuscular u ondulatoria de la luz, no eran opuestas, sino complementarias totalmente. Publica en 1974 su imprescindible libro, La base genética de la evolución, basado totalmente en experimentoscon un organismo muy útil para los estudios estadísticos de poblaciones animales por la frecuencia y abundancia de sus generaciones y su fácil mantenimiento en laboratorio, la mosquita del vinagre, Drosophila melanogaster. También intervino un perro, concretamente un galgo, más concretamente el "greyhound" del logo de los famosos buses interurbanos de chapa ondulada estadounidenses (dibujo de enmedio), todo un símbolo de ese enorme país. El propio Lewontin nos cuenta como a principios de los setenta viajaba frecuentemente por su país en autobús (una rareza, entre paréntesis, pues todo norteamericano que se precie y del nivel de ingresos del biólogo tenía al menos dos automóviles, pero Lewontin no conducía). Fue observando a sus variopintos compañeros de transporte y solicitando hacerles pruebas. El resultado fue claro. Pero en aquella época sorprendió. Resultaba que el 85 por ciento de la variación de nuestra especie se da entre individuos de una misma población, es decir, es compartido por todos los individuos y razas. Sonny Liston, el negro campeón del mundo de boxeo tenía razón cuando, recién obtenido el título contra un italo americano, un periodista le preguntó si estaba orgulloso de su raza y le respondió: “sí, claro, se refiere usted a la raza humana, ¿verdad?”.
Lewontin no disponía aún de las famosas pruebas de ADN, así que trabajo con sofisticados métodos matemáticos en una numerosa serie de caracteres que detectaban las variaciones estadísticas –varianzas-, dentro y fuera de los grupos. Si observáis la figura de los círculos, comprobaréis que sólo la delgada banda exterior sirvió para distinguir entre las supuestas razas. Hoy, en pleno auge de la genómica, sabemos que caracteres como el color de la piel dependen de un número reducidísimo y poco significativo de genes. Las razas antiguas sólo explicaba menos del diez por ciento de la variación genética de nuestra especie y más del 90 por ciento de esa variación se encontró entre personas de la misma raza.
En realidad, la especie humana es una especie polimórfica, pero no politípica. Me explico: polimorfa significa que hay grandes variaciones entre individuos de la misma especie, pero sin formas grupos homogéneos. Politípica, por el contrario, significa que es posible discriminar tipos dentro de la especie, pero esos subgrupos o tipos son muy uniformes dentro de ellos. La especie humana, o el perro, pese a sus artificiosas razas de cría, son especies muy polimorfas, pero no hay barreras genéticas entre un gran danés o un san bernardo y un pequinés o un chihuahua (otra cosa son las obvias barreras anatómicas de tamaño que hacen difícil la cópula) o entre un esquimal (inuit) y un bosquimano (khoisan). En cambio, algunas especies de paseriformes de las Galápagos, los famosos pinzones de Darwin, o de pájaros carpinteros de las Rocosas, o de aves del Paraíso de Nueva Zelanda son politípicas, con numerosos subtipos –en realidad, especies nuevas en formación, que están separadas no sólo por barreras geográficas –agua entre islas, valles entre cumbres altas, etc.-, sino genéticas.
Los trabajos de Lewontin se han visto confirmados por las posibilidades inmensas que ofrece la lectura de las secuencias del ADN y por las disciplinas complementarias como la arqueología y la lingüística, pero de eso hablaremos en próximos días.
(Continuará)
Los dos siglos que mediaban entre Linneo y Coon no había pasado en vano y este último suprimió la categoría “monstruosus”, pero recalcó su propia ideología racista, señalando que los negros africanos se habían quedado anclados en el pasado evolutivo de la especie y aún les quedaba para llegar a la altura de las otras razas. Coon deducía sin datos reales una variación genética de la morfológica. Pero estaba claro que se necesitaba una manera de estudiar las implicaciones genéticas de las afirmaciones de Linneo y de Coon.
El norteamericano Richard Lewontin (arriba, en la foto cortesía de la Universidad de Harward), un extraordinario genetista evolutivo y un competente estadístico, considerado el padre de las aplicaciones matemáticas a la teoría de la evolución y la genética de poblaciones, vendría a solucionar el asunto de una vez por todas y, en el proceso de clarificación, a anular la pertinencia del concepto de raza aplicado al Homo sapiens. Desde los años cincuenta Lewontin venía trabajando en comprender las bases genéticas del cambio evolutivo. Por decirlo de otro modo: nadie hasta entonces había ‘reconciliado’ realmente las dos grandes teorías decimonónicas, la de la Evolución de Darwin y la de los genes de Mendel: mendelismo y evolución, o si se prefiere, genética y selección natural, que en realidad, como la teoría corpuscular u ondulatoria de la luz, no eran opuestas, sino complementarias totalmente. Publica en 1974 su imprescindible libro, La base genética de la evolución, basado totalmente en experimentoscon un organismo muy útil para los estudios estadísticos de poblaciones animales por la frecuencia y abundancia de sus generaciones y su fácil mantenimiento en laboratorio, la mosquita del vinagre, Drosophila melanogaster. También intervino un perro, concretamente un galgo, más concretamente el "greyhound" del logo de los famosos buses interurbanos de chapa ondulada estadounidenses (dibujo de enmedio), todo un símbolo de ese enorme país. El propio Lewontin nos cuenta como a principios de los setenta viajaba frecuentemente por su país en autobús (una rareza, entre paréntesis, pues todo norteamericano que se precie y del nivel de ingresos del biólogo tenía al menos dos automóviles, pero Lewontin no conducía). Fue observando a sus variopintos compañeros de transporte y solicitando hacerles pruebas. El resultado fue claro. Pero en aquella época sorprendió. Resultaba que el 85 por ciento de la variación de nuestra especie se da entre individuos de una misma población, es decir, es compartido por todos los individuos y razas. Sonny Liston, el negro campeón del mundo de boxeo tenía razón cuando, recién obtenido el título contra un italo americano, un periodista le preguntó si estaba orgulloso de su raza y le respondió: “sí, claro, se refiere usted a la raza humana, ¿verdad?”.
Lewontin no disponía aún de las famosas pruebas de ADN, así que trabajo con sofisticados métodos matemáticos en una numerosa serie de caracteres que detectaban las variaciones estadísticas –varianzas-, dentro y fuera de los grupos. Si observáis la figura de los círculos, comprobaréis que sólo la delgada banda exterior sirvió para distinguir entre las supuestas razas. Hoy, en pleno auge de la genómica, sabemos que caracteres como el color de la piel dependen de un número reducidísimo y poco significativo de genes. Las razas antiguas sólo explicaba menos del diez por ciento de la variación genética de nuestra especie y más del 90 por ciento de esa variación se encontró entre personas de la misma raza.
En realidad, la especie humana es una especie polimórfica, pero no politípica. Me explico: polimorfa significa que hay grandes variaciones entre individuos de la misma especie, pero sin formas grupos homogéneos. Politípica, por el contrario, significa que es posible discriminar tipos dentro de la especie, pero esos subgrupos o tipos son muy uniformes dentro de ellos. La especie humana, o el perro, pese a sus artificiosas razas de cría, son especies muy polimorfas, pero no hay barreras genéticas entre un gran danés o un san bernardo y un pequinés o un chihuahua (otra cosa son las obvias barreras anatómicas de tamaño que hacen difícil la cópula) o entre un esquimal (inuit) y un bosquimano (khoisan). En cambio, algunas especies de paseriformes de las Galápagos, los famosos pinzones de Darwin, o de pájaros carpinteros de las Rocosas, o de aves del Paraíso de Nueva Zelanda son politípicas, con numerosos subtipos –en realidad, especies nuevas en formación, que están separadas no sólo por barreras geográficas –agua entre islas, valles entre cumbres altas, etc.-, sino genéticas.
Los trabajos de Lewontin se han visto confirmados por las posibilidades inmensas que ofrece la lectura de las secuencias del ADN y por las disciplinas complementarias como la arqueología y la lingüística, pero de eso hablaremos en próximos días.
(Continuará)
13 comentarios:
realmente me estoy internacionalizando o globalizando a pasos agugantados; así que nada, queridos corresponsable: si chamullas en chando no camelas naquerar, ¿me copias?
Muy bueno Lansky.
...muy bueno...¿mi respuesta en caló a lottery o el post?, emma
No sé si he entendido muy bien el asunto: es decir, que las variaciones más visibles -color de piel, rasgos faciales, forma del cráneo-, las que hicieron pensar en la existencia de diferentes razas, las que nos hacen hablar de negros, blancos, chinos o indios ¿no son más que el diez por ciento de todas las posibles? ¿Hay diferencias nueve veces más importantes pero a las que, como encajan dentro de lo que a primera vista parece "la misma raza" -alemán gordo, alemán flaco; francés rubio, francés moreno; español alto, español bajito- no se les ha dado importancia?
Es acojonante. Siempre me ha parecido el racismo un raro ejemplo de actitud a la vez necia y malvada (los tontos tienden a ser bondadosos, y los malos a ser listos: ser a la vez malo y tonto tiene su mérito), y cuanta más información reúno más me afianzo en la idea.
La respuesta de Sonny Liston me parece un modelo. Es de las cosas que te consuelan después de haberte enterado de las otras.
Lo que Lewontin demostró en los setenta con "certeza" estadística, que es mucha certeza, es que la variación dentro de un grupo dado, la variación "intra" era varias veces mayor que la variación entre grupos, "inter" a priori homogeneos, con lo que se invalidaba la existencia real de esos grupos, sean razas o etnias o hablantes de vascuence. Es decir, las variaciones, -la "variabilidad" se llama en genética-, dentro de los esquimales es el 85 por ciento del total de la variabilidad de todos los humanos; del 15 por ciento restante sólo la mitad sería atribuible a eso que llaman raza esquimal y el siete restante a variaciones dentro de la propia raza y sólo dentro de ella. Ahora bien, me anticipo al siguente post, ese porcentual resto específico pequeño es el más útil para rastrear procedencias de cada cual, aunque todos compartamos la imensa mayoría de genes. Yo me he hecho rastrear mi ADN, tú también puedes hacerlo, (en el próximo post explico a donde hay que acudir, es casi gratuito), y tengo ancestros en poblaciones montañosas del Cercano Oriente (Líbano o Siria), lo que coincide con las historias familiares, otros ancestros de montañas del Mogreb, en lo que coincide con muchos otros españoles; unos ancestros rastreables hasta Nápoles y Aragón y otros específicamente portugueses.
Pero en el fondo me sentiré camionero vasco, en cuanto me quiten un buen trozo del lóbulo frontal del cerebro, porque la camioneta y el RH negativo ya los tengo.
Ah, se me olvidaba, que el racismo te parezca, confirmado por la ciencia, que es necio y malvado es muy pertinenet, sólo que además es ignorante, aunque el necio lo contiene.
Tu post Lansky y el calo ahora que lo mencionas tambien.
No pinches en el link de lottery; es una trampa... ocurre cuando tienes muchos visitantes ( aunque no comentaristas) Aparecen piratas.
Crei que lo del rastreo del ADN lo hace una empresa en Islandia por 900 euros. Yo tambien estaba muy interesada pero no considero " 900 euros" casi gratis aunque si encuentro muy util rastrear mis genes y averiguar de que voy a morir. Estoy por cierto casi segura de mis genes portugueses a pesar de que no hay portugueses en mi familia conocida pero si muchos gallegos ( que es casi lo mismo)
Emma, que quede muy claro, lo de Islandia es una empresa privada que, por decirlo así, ha comprado el genoma de los islandeses, ya que al ser una población aislada desde el siglo XI es muy interesante para localizar genes tanto favorables como causantes de enfermedades. Lo que yo digo se llama GENOGRAOHIC PROJECT y es público y gratuito, déjame que lo explique mañana, lo gestiona National Geographic e IBM y no te dice cuando vas a morirte sino de donde provienen tus tatatatarabuelos. ¿Entendido?
Capito
Dioses! No sólo aprendo cosas sino que ofreces también suspense. Bonita entrada. Muy bueno lo de Liston.
¿Rastrear mi ADN? Cuenta, cuenta...
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