
“El juego de Buta era sencillo. Cogía un puñado de calderilla, veinte o treinta monedas. Se ponía en una esquina oscura de una calle, sin que le diera la luz de las farolas, y acechaba el paso de los transeúntes. Los veía venir hacia él, los esperaba sin llamar la atención, los dejaba pasar y, seguidamente, a unos metros de distancia, les arrojaba la moneda a los pies. El movimiento era preciso. La moneda caía con exactitud y sonaba al golpear el suelo. Nueve de cada diez veces, el sujeto se detenía receloso, se hurgaba los bolsillos, miraba en derredor, se volvía unos pasos, encendía una cerilla, buscaba por el suelo y, finalmente, alzaba triunfante la moneda. (…) Buta tuvo el gusto de ver al propio prefecto en persona sudando la gota gorda en una carrera interminable, en el espacio de dos metros cuadrados, en pos de una moneda de dos leus que encontró al cabo de un cuarto de hora con el concurso de un guardia”[1]
Los rumanos y las monedas callejeras. Rumanos y calderilla. Para muchos españoles los rumanos sólo son esos chiquillos y chiquillas gitanos que pululan en los semáforos intentando obtener unas monedas lavando parabrisas o mangándote el móvil. A ojos de muchos de mis compatriotas esos cetrinos individuos de diminutas cabezas, dentaduras en escombros y agudísimas vocecillas plañideras son sólo un incordio, como casi siempre lo fueron en la propia Rumania, sólo que antaño allí también les hacían compañía los judíos.
La Romania, la parte oriental del Imperio romano, Rumania, la antigua Dacia: la Transilvania, Moldavia, Valaquia, los que usan para sí desde el XVI, así está documentado por viajeros y humanistas italianos, el nombre de “romanos”. El emperador Trajano, un español, les trajo al gran redil del latín y las lenguas románicas, el único caso de Europa del este
No sé si un cuarto rumano tiene alguna seña de identidad propia, algo así como un icono ruso, pero en su equivalente, una virgen morena colgada encima de la cama de barrotes o un lavamos sin agua corriente o un perchero Tonet. Porque “el” cuarto rumano del que hablo es Mihail Sebastian. Los tres primeros son el filósofo Emil Cioran, el dramaturgo Eugene Ionesco y el novelista y antropólogo Mircea Eliade, aunque sería justo añadir a los poetas Tristan Tzara y Paul Celan. Sebastián, pseudónimo de Ioseph Hechter, fue un novelista exquisito, pero además era judío en la época que no era conveniente serlo, entre ambas Guerras Mundiales, y un estricto contemporáneo de esos tres más afortunados: el pesimista filósofo de las miserias humanas, el dramaturgo del teatro del absurdo y el novelista y teórico del chamanismo. Sebastián habló de cosas más secretas y discretas, del paso, por ejemplo, de la adolescencia a la juventud de una joven.
Durante la Segunda Guerra Mundial se le privó de la posibilidad de publicar, poseer una radio, ejercer la abogacía, residir entre rumanos, -él lo era-, y para sancionar el punto de absurdo de todo totalitarismo, hasta esquiar. Pero para que no se apoltronara le impusieron trabajos forzados. No le gasearon y sobrevivió, pero tan sólo para ser atropellado por un camión del ejercito ruso de“libertadores”, en 1945. Tenía treinta y ocho años, varias novelas, un estremecedor diario y un talento prodigioso para el detalle y la verdad.
La ciudad de las acacias, recientemente traducida del rumano, es una novela que alude a una pequeña ciudad de Rumania, Braila, la ciudad natal del autor, bañada, eso sí, por un lujoso río, el Danubio. Sus personajes son jóvenes, como quedó dicho, entre el principio y el final de la pubertad; los adultos no son meros comparsas, pero no son protagonistas. La protagonista absoluta es Adriana, una joven con talento musical, cuyas etapas de desarrollo nos va contando amorosamente Sebastián, que logra recrear la atmósfera, a la vez viciada y fresca, de la adolescencia, de su psicología, de las diferencias entre sexos, a la par que el medio y la mentalidad provincianos de forma magistral. Para realizar el espléndido retrato femenino de la protagonista Sebastián tuvo que demostrar lo mucho que sabía sobre ese mundo, y también una delicadeza y unos matices tan expresivos que es inevitable compararle con el Proust de En busca del tiempo perdido. Aquí, el tiempo perdido lo marca la llegada de la joven a la víspera de su boda, pasando por el progresivo descubrimiento de su cuerpo y de su evolución. Es una novela muy bella, la ha publicado Pre-textos y os doy un último consejo: leerla en otoño.
(Desconozco en detalle y de primera mano el problema que ha surgido recientemente con los rumanos de Utrera; tan sólo leo el periódico sin ser tan ingenuo como para pensar que estoy informado, pero, no sé, cada vez se parece más esa región andaluza a...Transilvania. Quizá se hayan olvidado que Frankestein era rumano)
[1] Mihail Sebastián, La ciudad de las acacias; Trad. de J. Garrigós; Ed., Pre-Textos, 2008
1 comentarios:
Gracias por esta reseña que he leido con emocion. Pero te has olvidado de Mihai Eminescu, mucho mas bello que Rimbaud en las fotos. He conocido rumanos, casi todos en Estados Unidos, he visto videos de bodas, comido con ellos a su mesa. Son gente encantadora y valiente. Con un punto maldito. Buscare esta novela.
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