profesión de fe

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Somos los conocidos superhéroes del barrio –concepto acuñado por Kiko Veneno para definir lo que se podría llamar héroes de proximidad-: Lansky y Superperropequeño. Ambos somos más ciudadanos que patriotas ( y tan rústicos como urbanos), o bien, nuestra patria son nuestros zapatos -o ni eso en el caso de Jara-, la infancia o el sillón de orejas de lectura, pero nos negamos a la ñoñería esa de ciudadanos del mundo. Simplemente, tenemos pasaporte

04/06/2008

El orden de las semejanzas, 2 (Relato)


2.

Si te colocan una bolsa de plástico en la cabeza y la aprietan en torno a tu cuello mientras te sujetan las manos te mueres por asfixia, pero luego, cuando le desenvuelves y contemplas el resultado, te asalta el parecido. Y ahí estaba la duda; salir pitando hacia el Prado desde el sótano astroso no es propio de proxenetas y sicarios ni que el resultante fiambre te recuerde a un retrato renacentista, de un extraordinario descendimiento. El conocimiento del arte no se suele contar entre las habilidades de ese tipo de gente ni los museos entre los lugares frecuentados por esa calaña, aunque ahí me equivocaba, evidentemente. Por eso le seguí, señor comisario, como presentía, de vuelta al museo, porque el muerto real seguiría ahí tendido por el momento, como el otro muerto realista de El Prado. No dudaba de quién había matado al muerto muerto, lo que me intrigaba era cómo resultaba posible que le hubiera reconocido en otro asesinado de hace más de seis siglos. No casaba bien que un asesino negro y chuloputas fuera versado en pintura siciliana del siglo XV. Tampoco me interesaban demasiado ni los porqués ni los comos, sino ese proceso de reconocimiento insólito. Así que le seguí y ya sin sorpresa vi que tomaba un taxi y regresaba al Prado. Regresas para asegurarte, pensé: no hace falta, hombre, te concedo toda la razón a tu memoria visual, si fuera posible poner juntos a ambos sería impresionante.

Pero había sorpresas. Esta vez no entró por la puerta principal del museo, sino por la lateral de Murillo, enfrentada al Jardín Botánico. A continuación, saludo al bedel de la entrada como a un viejo conocido y en lugar de volver ante el Antonello, deja atrás las salas de pintura italiana, desdeña a Fra Angelico y a Giotto, a Mantegna y a Boticelli, pasa por delante del enorme cuadro apaisado en que un caballero con armadura y espada desenfundada persigue a una muchacha desnuda, la venganza de no sé qué, un claro antecedente de las viñetas de comic, que ya es desdeñar; sube las escaleras y se planta entre los franceses, Fragonard y Poussin, y los flamencos, Breughel, El Bosco, en esa sala de arriba que tienen una cúpula de vidrio con luz natural; una sala fantástica, aún mejor tras las reformas emprendidas por el atildado arquitecto navarro y propiciadas por ese nuevo y joven Director con pinta intermedia entre jugador argentino de polo y Broker despiadado a lo Mario Conde, con sus ricitos abrillantados en el cogote y todo, aunque en realidad ese es el aspecto habitual de un chico de Neguri: totalmente anti borroka. Una sala fantástica, en cualquier caso, que nada debe ni al arquitecto estrella ni al director fichado como si de un delantero centro se tratase, salvo que afortunadamente los dos se habían abstenido de hacer nada en ella, sino dejarla como la dejó Villanueva, para exponer las curiosidades naturales y demás bichos disecados de Carlos III, todo hay que decirlo; lo de la pinacoteca y tal es posterior. La sala tiene una luz impresionante y un suelo magnífico con una especie de octógono de David, si tal cosa existe.

Y entonces vi al otro, ocupando un sillón savonarola reservado para los vigilantes en las esquinas de las salas. Me escondo detrás de una columna mientras sigo alucinando, porque se trata nada menos que del Fantoche al que le está dando novedades el chuloputas. Pero si esto parece la calle de la Ballesta un sábado primero de mes. El negrito elegante se le cuadra y le habla –será algo así, porque desde mi escondite no les oigo: a la orden, jefe, aquí Otelo reportándose, que misión cumplida, pero oiga, ya que estamos aquí, que al fiambre le debieron hacer una foto hace seiscientos años y me gustaría que la viera, por si procede destruir las pruebas, el cuadro no es grande”-. Hasta le tira de la manga y el otro, tan estirado pese a la obesidad, se le sacude, como si dijera: “tú estás gaga, chaval”, mirándole con ese rostro alargado y frío, coronando ese cuerpo de odre, que el fantoche tiene la enfermedad del tordo: cara flaca y culo gordo, pero acaba accediendo acompañarle. Sé donde van, claro, y yo no les sigo, sino que tomo la otra escalera para salir al mismo sitio un poco más lejos. Y allí están, plantados los dos, el joven gesticulando, la otra mano en el bolsillo, el gordo con las piernas abiertas, alzada la vista todo lo que le permiten las bisagras del cuello.
(Continuará...)

4 comentarios:

Vanbrugh dijo...

¿Están sorprendiéndose de haber encontrado un cuadro tan parecido a su asesinato? ¿O están asegurándose de que el asesinato les salga parecido al cuadro? Tengo ganas de averiguarlo, aunque espero que antes se complique un poquito más. También me apetece averiguar quién es el narrador.

No sé si es deliberado, pero el segundo gangster -si lo son-, el gordo, te ha quedado clavadito a Cela, que gloria haya.

Lansky dijo...

vanbrugh, cabrón, debo ser más previsible que una huelga de pilotos en agosto. No me jodas el relato, coño, con tus puñeteras premoniciones. Hasta has pillado lo de Cela/Fantoche.

Vanbrugh dijo...

Joder, lo siento. No es que tú seas previsible, es que yo soy muy listo. Y la descripción de Cela era inequívoca.

Emma dijo...

Yo no habia pillado lo de Cela, Lansky. Continua.