


y 3.
Juraría que eso se dijeron, o algo parecido, porque a continuación se largaron hacia la salida más próxima, y yo detrás. Un chofer con pinta de estrangulador le abre la puerta trasera al gordo, mientras el negrito se sube a su lado; arrancan y yo cojo un taxi y me permito el placer de decir eso de “siga a ese mercedes”, pero en cuanto veo que van hacia el sótano del cadáver, me bajo y sigo a pie.
Más tarde he averiguado qué hacía el mafioso en El Prado, tan instalado como si fuera el salón de su casa. Por lo visto sale todos los días, menos los lunes, cuando el museo cierra, en su berlina blindada y se tira cuatro horas de plantón en la mencionada sala, hasta tiene comprado al vigilante para que le ceda el asiento y no haga preguntas por haber convertido el lugar en una sucursal de su oficina por donde se pasan sus subalternos. Claro, el otro pasa todos los días por delante del “Antonello” para darle novedades. Es por el aire, ¿sabe?, Fantoche es asmático, se ahoga, padece un asma alérgica que el bendito Madrid le agrava: el aire en Madrid es tan sutil que mata a una vieja y no apaga un candil, decía Quevedo. Ya no es tan sutil, ahora viene cargado de venenos naturales, los pólenes, y artificiales, como todos los contaminantes de los tubos de escape. Pero tiene que joderse y vivir en medio del veneno de esta ciudad contaminada que le mata poco a poco con sus posos, poco a poco, como se merece, porque aquí tiene sus negocios, su puñetero medio de vida vamos; estaría mejor en la sierra, pero los proxenetas de altos vuelos no pueden perder de vista sus negocios y sus calles, las marcas territoriales que les pueden invadir la competencia. Además, el ojo del amo engorda el “ganado”, con perdón para esas pobres chicas que explota.
El Prado le producía un claro alivio nada espiritual; de hecho, estoy seguro que esa mala bestia ni mira las pinturas, pero está bien claro que, después de las reformas del museo y tras haber instalado un sistema de depuración del aire y de humectación para salvaguardar los cuadros, ese lugar es el de atmósfera más pura de todo Madrid. Tanta temperatura regulada, humedad controlada, filtros de eliminación de impurezas, ozonificación y otras gaitas es justo lo que necesita el Fantoche para aguantar unos años más haciendo la puñeta al mundo. Hasta yo lo he notado, me siento allí muy bien, especialmente esos malditos días de anticiclón invernal en los que no se puede respirar en la calle. Ahora he sabido que no es sólo por la compañía de tanto arte excelso, sino por el aire, y esas dos o tres horas que me tiro ahí, sin poder fumar, respirando ese elixir y hasta almorzando en la grata cafetería me hacen sentir muy bien. Al Fantoche, también.
Paniagua me miró sonriente y añadió su información: el muerto, un rival sin importancia que no sabía muy bien las consecuencias de meterse en corral ajeno, era exactamente eso, un palurdo siciliano, con su pinta de hippy, como el Fantoche, que es de Mesina como el propio Antonello. El muerto quedó después del tratamiento del negrito igual que el Cristo: hecho un cristo.
No le dejo tener la última palabra, sobre todo cuando lo que me cuenta ya lo sabía y le añado que el propio Fantoche es clavadito a un retrato de condotiero que hay en Palermo del mismo autor. La ciencia niega las casualidades, incluso en la teoría del caos, y reivindica las causalidades. La causalidad de tanto parecido me la dio, le informo al comisario, la lectura de un ensayo de Leonardo Sciascia, el gran escritor así mismo siciliano, sobre la pintura de su paisano Antonello da Mesina; se titula “El orden de las semejanzas” y en él sostiene que Antonello utilizaba modelos entre sus paisanos: muchachas jovencísimas para sus vírgenes; matones para sus retratos de personajes poderosos, reos para sus Cristos: “…su tomar y dejar al hombre siciliano como siempre ha sido y como siempre será, nace de la apariencia y de la ilusión de una inalterada e inalterable continuidad del ‘modo de ser’ siciliano. Porque no puede ser sino apariencia, ilusión, una continuidad tan indefectible, un tan absoluto refractarismo a la historia de ese sector de la realidad humana a la que llamamos Sicilia y que, sin embargo, está situada de lleno en el crisol de la historia.” Sí, los retratos de Antonello son algo así como los arquetipos de los sicilianos eternos; sus anunciaciones son las muchachas que caminan deprisa por ciertos barrios de Siracusa, y ese magistrado es absurdamente parecido al mesonero que te sirve el vino en Catania. Fantoche se parece a los más detestables de sus paisanos pintados seis siglos antes, y a ese igualmente detestable premio Nobel español que engordó desmesuradamente su ego y su culo, pero no su flaca cara de gallego avieso. Pero lo que le perdió fue algo aún más improbable: el parecido extremo de una de sus víctimas con un maravilloso Cristo; el único que poseemos en España de ese increíble retratista al que Paniagua contrataría si pudiera para su departamento de búsqueda de desaparecidos. Por si alguien dudaba de eso de que la naturaleza imita al arte (y viceversa, pero sin que se sepa si fue primero la gallina o el huevo).
Le regalé el libro con la obra del siciliano y el ensayo introductorio de Sciascia a Paniagua. Me cae bien ese madero y las calles son más respirables sin esos dos.
4 comentarios:
Qué buena la idea del mafioso asmático que utiliza el Prado como despacho...
La moraleja es que el buen asesino no debe tener sensibilidad artística. Si el negro no se hubiera fijado en la semejanza entre el Cristo muerto y su víctima, el narrador tampoco se habría fijado en el negro. Hay que estar a lo que se está...
lo raro, creo yo, es un mafioso que no usa despacho; en una constructora, por ejemplo.
Por cierto,no puedo comentar en Júbilo, no me deja
Ya. Estoy mudando al blog de dominio y hace cosas raras. Espero que en un par de días todo vuelva a ir bien.
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