
Aunque para algunos desafortunados pueda ser lo contrario, es lógico hablar de la felicidad que procura el parentesco, la “unidad familiar” reproductora dentro de una tradición biológico cultural que viene de nuestra cooperación tribal. No se trata sólo, sin embargo, del imperativo biológico de reproducirse o de la pulsión sexual, aunque sean poderosos. Enamorarse es una de las experiencias más intensas que se pueden dar en la vida, y es exclusiva, parece, de nuestra especie. Cuando la caza recolección de nuestros antepasados impuso no sólo una división del trabajo, sino la salida de los varones fuera del “hogar” o campamento, en tanto las mujeres permanecían en él o sus alrededores, se dispuso un anhelo por parte de los primeros en el regreso parejo al deseo de recibirlos de las segundas.
Hablo de la evolución de un poderoso vínculo afectivo que aseguró que funcionara esta primaria división del trabajo. Y aunque amor y sexo están íntimamente relacionados es evidente que se puede experimentar ambos perfectamente separados, pues son distintos. Existen tanto ejemplos de la dicha sensual del sexo sin enamoramiento, como del mal llamado amor platónico sin sexo (quizá sería mejor quitarle la dichosa coletilla a Platón y hablar de “amor cortés” al estilo de la Baja Edad Media), pero cuando ambos se juntan el asunto es explosivo y procura alguno de los momentos de felicidad más intensa que podemos llegar a conocer los humanos. No me dan pena aquellos a los que les han “roto el corazón”, aunque “empatizo” con ellos, pero sí los que nunca se hayan enamorado, se han ahorrado muchos sobresaltos, pero a cambio de vivir “al ralentí”. La llegada de hijos, protegerlos y cuidarlos, también es fuente de felices momentos, y eso también es adaptativo desde el punto de vista biológico.
Las hembras humanas son las únicas que tienen “prole en serie” y que están permanentemente en celo, sin épocas determinadas, mientras que otros primates paren un hijo, lo crían hasta que se vale por sí mismo y reanudan el ciclo reproductivo, lo que es posible por esa misma brevedad de sus infancias. Pero el niño humano tiene una infancia desvalida de al menos diez años, precisamente para poder “programar” por medio del aprendizaje su prodigioso utillaje cerebral. Si las mujeres tuvieran que aguardar esos diez años para tener otro hijo ya sabemos cuáles serían las consecuencias, aunque sería un buen freno demográfico, así que el padre, los abuelos y hasta los hermanos ayudan. Y en los mejores casos eso es una fuente de felicidad para los miembros de la familia
Postdata
Ayer por la tarde estuvimos Paola y yo de visita en Lavapiés para conocer a la hijita, Raquel, de una pareja de boliviano y española. La niña, que aún no ha cumplido el año, está en esa fase en que reacciona muy rápido a los nuevos estímulos y caras, pronto echará a andar, y bien porque "se me dan" los niños, o bien porque le llamaba la atención el tono grave de mi voz, lo cierto es que me seguía con interés y cuando la tomé en brazos se río a carcajadas de pura delicia. Era feliz de esa forma sensualmente primaria en la que lo son los bebes. Pero yo, ay yo, no lo fuí menos ni de forma menos básica. No me acuseis de pedófilo.
4 comentarios:
¿Enamorarse es exclusivo de nuestra especie? ¿No es acertado pensar que esos animales que conservan su pareja estación tras estación sienten algo parecido? Probablemente también los que no la conservan pero en los que sí hay más razones para pensar que hay entre ellos algo más que un afán reproductor o una pura lascivia...
Es interesante lo que planteas, ismo. Me recuerda ese cuento chino en el que dos sabios contemplan desde un puente la corriente de un río y uno dice: "mira que felices son los peces", y el otro replica: "¿cómo sabes que son felices?", "porque yo también me alegro cuando los contemplo", contesta el primero. Pues eso. No tenemos forma de saber si hay enamoramiento estricto, lo único que sabemos con certeza, lo único que observamos, es que hay fidelidad en la pareja, el deducir de ello que están enamorados es un antropocentrismo muy lógico y hasta sensato, sólo que no es científico, porque sigue estándo por demostrar. Afortunadamente, yo no soy de los que creen que la única forma de verdad es la de la ciencia; también está la poética, tan certera, la empírica de ciertas culturas tradcionales, y la intuición.
Nada de pedofilia, Lansky. Los niños son vida en estado puro, y pocas cosas mas deliciosas (¿placer, felicidad?) que sostener en brazos a un niño que se muestra contento de que lo abracemos. Para mí, un componente indispensable para sentirme feliz es sentirme viva. A veces me siento enormemente feliz sólo porque percibo de un modo más intenso que lo habitual el hecho de que estoy viviendo. A veces hay un desencadenante nimio (un canto de pájaro, un olor a madreselva) o morrocotudo (una puesta de sol espectacular, la novena sinfonía de Beethoven) pero a veces me basta un vaso de agua fresca, o ni siquiera eso. ¿Que tipo de felicidad es la mía? Haga usted el favor de clasificarmela, plis.
No lo sé, Cigarra, pero me has sugerido otra definición de felicidad: "la súbita, sorpresiva e intensa percepción que le asalta a uno por estár simplemente vivo y alegrándose de estarlo"
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