
Ahora que andamos convalecientes de la forzada amnesia que impuso el franquismo, se habla no sólo de recuperar la memoria histórica –redundante: no hay otra, aunque sea la historia personal-, sino del exilio, mal nuevamente: hubo varios exilios, al menos dos, pero del único que se habla es del 39, el de los perdedores y combatientes directos de la Guerra Civil. Hubo, sin embargo, un exilio del 36, el de los Marañón, Ortega y Gasset y, sobre todo, Ramón Gómez de la Serna. Ramón, al que confieso que adoro, es decir, pertenezco a la secta de los ramonianos, era un señor de derechas, pero de esa derecha tan infrecuente en España, la de los conservadores inteligentes y moderados, como Chesterton en Inglaterra. Como se sabe, se fue inmediatamente a La Argentina, porque, como bien dijo, le podía pegar un tiro cualquiera de los dos bandos. Gómez de la Serna fue el inspirador, aunque el tópico dicta que no dejó discípulos, de esa “otra” generación del 27 que fueron los Tono, los Mihura y, más tardíamente, el recientemente desaparecido y genial Rafael Azcona. Practicaba un dadaísmo y un surrealismo teñido de tremendismo (redundancia nuevamente) y humor negro, porque hay que tenerlo bien negro para titular tu autobiografía “Automuribundia” O esas “conferencias-maleta” en las que iba sacando un sinfín de objetos que iba genialmente glosando. Casi todos le reconocen no obstante su talento, salvo lamentables excepciones, como Fernando Sánchez Dragó, que le tilda de superficial, pero es que siempre tenemos la tendencia de acusar a los demás de nuestros peores defectos. O puede que sea una lamentable pero frecuente confusión, la de asimilar toda su obra a las famosas greguerías, ocurrentes, a menudo divertidas, pero en absoluto, a mi juicio, lo más interesante de su obra. Para mí, el Ramón fascinante es el de esa Automuribundia y sus Retratos –varias series- de sus contemporáneos famosos, al modo de un Stephan Zweig vacilón; el de sus libros de El Rastro, El Circo o Senos, (que plagió el de Prada en su librito inaugural Coños, antes de pretender convertirse en el gran escritor católico de hoy, es decir, el Chesterton ibérico, sin saber que ese papel ya está ocupado y muy bien por el castellano Jiménez Lozano); los libros sobre El tango o El cine.
Otro exilio ignorado fue el de los científicos, pues parece que aquí sólo salían por pies los poetas. Cuando se fueron, todos ellos por la grave razón de ser traidores al nuevo régimen, es decir, leales al poder constitucional y legalmente establecido de La República, se les apartó de sus cátedras, como mínimo, de sus puestos de investigación en La Junta de Ampliación de Estudios, el antecedente del actual Consejo Superior de Investigaciones Científicas ( el franquismo no inventó nada, ni los pantanos, que estaban programados por el Ministerio de Fomento republicano de Indalecio Prieto), de sus lugares en los Museos de Ciencias Naturales. El vacío dejado por estos talentos fue inmediatamente rellenado con la insulsa incompetencia de los “leales” y rivales que a menudo les denunciaron por esa y no ninguna causa patriótica, alguno de los cuales yo llegué a padecer en sus años finales de la Universidad, que tiñeron del mismo gris que sus ternos. Y eso tuvo curiosos efectos, como que el mejor zoólogo español de la época, el mastozoólogo Ángel Cabrera[1] realizara la famosa Mamíferos de Patagonia que yo luego encontré, editada en Buenos Aires, en una Librería de lance. O que hubiera un par de físicos relativistas españoles que terminaron trabajando en el proyecto Manhatan en Palo Alto.
Esos exilados, tempranos y/o científicos fueron en su premonitoria opción de no combatientes, aunque a su modo lo hicieron, el polo opuesto a esos empecinados que insistieron en el combate, como esos heroicos pero desfasadamente patéticos maquis que se subieron al monte y pretendieron derrotar desde sus majadas de cabreros a todo un ejercito apoyado por el eje nazi fascista. A todos esos, me gustaría que también los recordáramos y les dedicáramos cenotafios, esos monumentos que no contienen el cadáver, sino sólo la memoria del que estuvo vivo.
Pese a la fama de la cicuta de Sócrates, los castigos más temidos por los ciudadanos de la Atenas clásica eran el exilio y el ostracismo, que aún practican los matones más canallas en los patios de colegio con sus condiscípulos menos populares. Mi talante me impulsa más hacia el monte de los guerrilleros rupestres que hacia el barco de los exiliados premonitorios. Precisamente por eso, admiro más a estos últimos, no fueron pertinaces en ningún error ni extremo.
[1] Pinchad en Google Ángel Cabrera, os saldrá un golfista argentino, quizá nieto del zoólogo español. Eso es desmemoria, que también o principalmente, alcanza a la “Red”.
7 comentarios:
El hijo del mastozoologo Angel Cabrera fue un eminentisimo botánico que ha dejado una mas que excelente escuela de botanicos en Argentina. No se si el golfista es su nieto, pero igual lo es, y sigue con la excelencia, solo que en otro campo.
Yo añadiría entre los exiliados del 36 a Chaves Nogales, republicano, que dijo al salir que eso solo lo arreglaba una dictadura de 40 años, fuese del signo que fuese, asi que lo mejor era irse para no tener que sufrirla.
No olvido, Rocío, que al gran Chaves Nogales, del que había oído vagamente hablar me lo descubristéis y me lo servistéis en bandeja (aquellos dos tomazos de la Diputación) vosotros dos, décadas antes de su último redescubrimiento. Pero no digamos que es esencial, no se nos cabree Vanbrugh, que dice que no le doy tiempo...
Queria dejar dicho que a mi me encanta " Ramon" y desde que descubri que se esta quedando super anticuado y muy mal visto por los "intelectuales" cada vez me gusta mas. Espero que la "Red" ya no pueda ser injusta con el.
Pues si no le da tiempo, que se lea por lo menos "la caida de francia", librito cortisimo y fantastico para dos cosas, para bajarles los humos a los franceses y para no tropezar dos veces en la misma piedra.
Gracias por la recomendación, Rocío, tomo nota. He buscado en Google y, si te refieres a un ensayo de Chaves Nogales, parece ser que más bien se llama "la agonía de Francia". ¿Es muy difícil de encontrar?
Figura con los dos títulos, Vanbrugh, La agonía, y La caída. Si puedes, porque es un autor que merece la pena, hazte con los dos tomos aludidos de sus obras completas editados estupenddamente por la Diputación de Sevilla (Obra periodística y obra narrativa), pero sino, Asteroide ha publicado algo y Alianza tiene la espléndida biografía de Belmente, que es recomendable aunque no se sea taurino
¿Sanchez Dragó tilda a Ramón Gómez de la Serna de superficial? Vaya ...
En cuanto a los dos primeros que citas del exilio del 36, a veces he pensado que tenían algo de "tirar la piedra y esconder la mano", lo cual no merma en nada mi admiración intelectual por ambos. Pero creo que arriesgaron poco (siempre comparativamente) y pudieron encontrar relativamente pronto un acomodo en esa España gris a la que te refieres (Marañón regresó en el 42 y Ortega poco después, aunque éste tuvo peor acomodo). En todo caso, no veas este comentario como una minusvaloración de sus comportamientos. A diferencia tuya, creo que mi opción también habría sido la de no combatiente.
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