profesión de fe

profesión de fe
Somos los conocidos superhéroes del barrio –concepto acuñado por Kiko Veneno para definir lo que se podría llamar héroes de proximidad-: Lansky y Superperropequeño. Ambos somos más ciudadanos que patriotas ( y tan rústicos como urbanos), o bien, nuestra patria son nuestros zapatos -o ni eso en el caso de Jara-, la infancia o el sillón de orejas de lectura, pero nos negamos a la ñoñería esa de ciudadanos del mundo. Simplemente, tenemos pasaporte

09/06/2008

Un círculo de amor, 1




“En lugar de buscar respuestas como para un examen de matemáticas, se deberían tener impresiones. Y si uno tiene una impresión diferente, no importa, ¿acaso no podemos ser todos hermanos?”
Jack Handy, (Deep Thoughs)

1. La vietnamita y el marine (Primer movimiento, Allegro con molto)

El a menudo no tenía que elegir qué ponerse, lo elegía el cuerpo, no el suyo sino el que compartía de uniforme. Conforme al dictamen de Manuel Rivas, ella era frágil y dura, como una guerrillera del Vietcong, el era grande y débil, como un marine. Cuando unían sus labios generaban una burbuja a su alrededor tanto más impermeable cuanta más pasión tenía el beso, así que sus primeras burbujas eran como búnkeres de cemento armado, casamatas invulnerables, y las últimas como de tul deshilachado. Ella finalmente le dejó con su derrota, él, con su territorio arrasado por el propio napalm de su experiencia, de su indiscriminada pero enorme potencia de fuego. La cerbatana de bambú de ella siempre le acertaba entre los ojos, las bombas de él no alcanzaban sus hondos refugios subterráneos, un poco de polvo en el techo y de ruido lejano, el ruido y la furia, pero le arrasaban el país. La diferencia tecnológica, como se sabe, no marcó la diferencia, sino la precisión y la invulnerable certeza.

Ella colocaba la bomba en los bajos del coche, una consigna le merece más respeto que la vida de un hombre, mientras se apartaba con coquetería el mechón de pelo rebelde, lo único rebelde de su cabeza. Cuando él sintió que se le esparcían las entrañas por todos los puntos cardinales no vio, en ese postrero momento el bellísimo rostro de ella, ni desfilar su vida en un suspiro, sólo vio aquel otro rostro desfigurado por una mueca espantada y los mordiscos de los peces que sacó del agua con un bichero una madrugada en el Estrecho. Pero estaba muerto antes de que una de las ruedas que salió despedida hubiera terminado de rodar por la calzada. El forense también vio esa mueca en sus ojos abiertos, los de la metralla sustituyendo a los bocados de los peces, como una imagen de espejo de aquel otro ya lejano. Sólo ella no se refleja en esas superficies de vidrio azogado o del tiempo del recuerdo, ni recuerda ni añora; es tan espantosamente inhumana, como un vampiro.