profesión de fe

profesión de fe
Somos los conocidos superhéroes del barrio –concepto acuñado por Kiko Veneno para definir lo que se podría llamar héroes de proximidad-: Lansky y Superperropequeño. Ambos somos más ciudadanos que patriotas ( y tan rústicos como urbanos), o bien, nuestra patria son nuestros zapatos -o ni eso en el caso de Jara-, la infancia o el sillón de orejas de lectura, pero nos negamos a la ñoñería esa de ciudadanos del mundo. Simplemente, tenemos pasaporte

11/06/2008

Un círculo de amor, y 3 (tercer movimiento: adagio o ritornello)

(Foto Juan Luis Seisdedos Muiño, Blog Las horas y los días)
y 3.

Se lo habían explicado antes de partir en la peligrosa travesía, en el puerto y antes en su propio pueblo aupado a las verdes colinas, también en la sórdida pensión de la sucia ciudad costera donde aguardaba, en el cafetucho en el que se reunía con sus futuros compañeros y, por fin, ahora que la tosca roda de proa hendía las olas en una noche sin luna, el piloto había roto su desdeñoso silencio para recordarles el aviso reiterado tantas otras veces. El obedientemente terminó por temer a esos uniformados cuya característica más conspicua era una suerte de fez de charol alado y bien negro que para mayor confusión a veces cambiaban por una vulgar gorra militar de visera, esta vez verde como su ropa. Sabía que no debía dejarse ver por ellos, verlos a ellos antes o, mejor aún, ni verlos. Los temía más que a su propia policía brutal y maliciosa, porque estos, se decía, en su pueblo montañés, en la pensión de la ciudad de la costa, en el puerto y el café, eran además de severos, incorruptibles, invulnerables al soborno de los pobres, como severos arcángeles europeos dignos de mejores causas que rechazarlos a ellos.

Cuando la frágil patera empezó a hacer agua por el peor sitio, a proa, y el patrón brutalmente comenzó a lanzarles al agua a empellones, señalando los rompientes de la costa española, como dientes hambrientos prestos a desgarrar, él se deslizó suavemente por la borda de estribor y nadó hacia una tapia blanca con chumberas, por encima asomando los afilados cipreses.

Mientras nadaba compulsivamente por su mente pasó aceleradamente un viejo cuento persa –los persas, en su Mogreb natal eran los equivalente a los filósofos alemanes para los mediterráneos europeos- extraído del Gulistán o Jardín de las Flores, del Jeque Sadi de Chiraz, el cual le preguntó a un sabio anciano:
“De los numerosos árboles célebres que Ala ha creado altivos y umbrosos ninguno es llamado ‘azad’ o ‘libre’, excepto el ciprés, que no da fruto aprovechable. ¿Qué misterio hay en ello?”. Y el viejo le respondió: “Cada cual tiene el fruto que le cuadra y su estación señalada, durante la cual reverdece y florece, pero fuera de ello está marchito y reseco; sin embargo, el ciprés no está expuesto a esos estados, pues siempre está verde y siempre en flor, pero no da fruto aparente porque pertenece a la misma raza de los ‘azads’ o libres independientes”. Y mientras la salmuera espumosa penetraba en su boca, mientras el agua agitada encharcaba sus pulmones se acordó de la moraleja: “Si tu mano posee mucho, sé pródigo como la palma datilera; pero si no posees nada, sé un ‘azad’, un hombre libre, sé como el ciprés.”[1]

Nadó por tanto hacia los cipreses, azads altivos, antes de desmayarse. Al despertar notó un gancho en el brazo y se asustó mucho porque, verde como un ciprés, lo primero que vio es el temido contorno negro brillante en la cabeza del guardia que le devolvería a la tierra donde los dátiles no son pródigos, salvo con el rey, y donde sólo los cipreses son libres.


[1] Leyenda citada por H. D. Thoreau en Walden o la vida en los bosques.