
Mi conciencia suele ser buena, pero a veces aflora la mala, como me pasa todos los veranos cuando me obligo a dedicar alguna de mis lecturas a algún clásico que por pereza haya ido posponiendo de forma continua lo largo de mi ociosa vida; este Julio le ha tocado a Virginia Woolf, de la que sólo había leído su curiosa novela Orlando, en traducción de Borges, una estrambótica historia a través de la Historia de un ser transexual verdaderamente enloquecido/a, que tanto es un tío peleón en el Renacimiento, como una señora guapa en el Barroco, y algunos de sus cuentos, que me gustaron, aunque no me puse a tirar cohetes. Ahora he leído Al Faro, en traducción de Carmen Martín Gaite –a eso se llama tener buena suerte con tus traductores-, y he acabado hasta las narices de tanto monólogo interior, que algunas historias de la literatura nos quieren vender como invento personal de la señora Woolf, pero que ya los griegos lo practicaban desde la Iliada. En la historia de Al Faro no pasa nada, salvo lo que pasa por la cabeza de sus personajes principales, un matrimonio inglés formado por dos cónyuges camino a la vejez, ella una guapa ama de casa, que no sabe que hacer con su deslumbrante belleza, y el un profesor de filosofía que ha conseguido muchos menos logros de los que su inicial talento parecía suponer, más sus ocho hijos desde la adolescencia a la primera infancia y unos cuantos invitados, todos ellos muermos de solemnidad y sin demasiado interés como personas. En la novela, ya digo, no pasa nada, salvo la intrigante (??) peripecia de que estando en una isla de las Hébridas, el tiempo es rematadamente malo, lógicamente, incluso para el verano y están eternamente programando y desprogramando una excursión a un islote donde se encuentra un faro.
No tengo nada contra las novelas en las que no pasa nada; de hecho, algunas de mis favoritas podrían definirse así, como por ejemplo, muchas de las de Cesare Pavese, pero la escasa simpatía que despiertan en mí los personajes, y de rebote la autora –ahora entiendo que te suicidases en un riachuelo llenándote los bolsillos del abrigo de piedras, querida Virginia- me ha impedido, como diríamos, interesarme, dada la escasez de verdaderas peripecias. A esta señora no le gustaba la vida, a sus personajes, tampoco; como a mí sí me gusta, ni ellos ni ella me gustan. Aún así la he acabado. Sólo he extraído tres conclusiones: 1) A la vista del éxito es posible que el resto de la obra de la Woolf que no he “paladeado” todavía se quede ignota para siempre en mi corpus de lecturas. 2) Que si de lo que se trataba es de veranear y hacer excursiones, por qué no haber elegido Marbella, que en aquella época debía estar poco masificada, y no un lugar tan inhóspito, y 3) Que las despectivas opiniones de la Señora Woolf sobre alguno de sus contemporáneos más excelsos, como Joyce, son improcedentes a la vista de su propio talento, tan evidente como limitado. Y una coda: ahora entiendo la devoción de ciertas feministas paradójicas -caso de que alguna no lo sea- por esta autora; por que todas sus mujeres reniegan de su "condición" (de mujer: de ahí los cambios de sexo en Orlando), pero no se rebelan contra las "condiciones objetivas" del papel a que las condena esa imbécil sociedad victoriana. Como los hombres son idiotas, sobre todo si son intelectuales, como los personajes secundarios, como jardineros o doncellas, sólo se mencionan, pero se les presta menos atención que a los canteros de flores, y como las mujeres, ya digo, son tan frustradas como inermes, y el entorno tan despojado como los propios humanos, el resultado es un yermo desolador como debía serlo la conciencia profunda de esta tristona escritora.
Eso sí, el libro, cuando uno no está tan muerto de aburrimiento como para apreciarlo, tiene párrafos memorables, como los del inicio. Era, desde luego, una brillante escritora; quizás se le podría encontrar un paralelismo con ese buen escritor nuestro de malas novelas que es el tan ensalzado Juan Benet. El problema es que ni ella ni lo que nos cuenta tienen el mínimo interés, pero de vez en cuando aparecen unas reflexiones sobre los caprichos volanderos de los cuervos, o sobre el trazo de la espuma de mar en la playa que están muy bien ¿Sabéis lo que sospecho?, que es, en el peor y más oportunista de los sentidos, una escritora para escritores en ciernes, de quien se pueden aprender muchas cosas, y no sólo buenos recursos de escritura, sino lo que nunca hay que hacer; es una lástima contar con tan buenos recursos cuando no se tiene nada que contar. La lectura de Al faro no ha incrementado mi aprecio por el talento de esta escritora y, en cambio, me ha despertado un cierto desagrado sobre su persona. Creo que hay gentes que hacen bien en suicidarse, aunque suene cruel y tengo una última cosa clara: esta buena señora nunca debía mirar a la cara a sus criados, los prestaba menos atención que a los cuencos de frutas.
15 comentarios:
Confio en tu criterio Lansky. Por mi parte hay autores que han sido citados tantas veces por otros autores que cuando me atrevo a leerlos ya se de antemano que van a decepcionarme. Nunca me senti atraida por Woolf. La veia palida y con ojos vidriosos de besugo. Demasiado concentrada en su excepcionalidad de mujer escritora. Como tu dices no creo ni que le concediera la mas minima importancia a su doncella soñadora.
Joer Lanky macho desde luego no escoges bien tus lecturas veraniegas. Lei hace unos meses Miss Dalloway y estoy de acuerdo contigo, algunos parrafos estupendos y mucho monologo interior con ganas de darse importancia . Esta señora es que se daba mucha importancia a si misma y claro pasa lo que pasa. Lee ( o relee) a Mr. Pickwick que eso si que es una delicia de lectura veraniega.
Que disfrutes de tus vacaciones.
maq
Realmente eres bastante poco diplomático, Lansky. La querida Virginia es una de las intocables en según que círculos. Yo también he leído las dos mismas novelas (creo que, aparte de la recientemente famosa, mrs. Dalloway, no debe tener muchas más), pero hace ya bastantes años así que no guardo recuerdos frescos. Sí sé que no me impresionaron (y mucho menos entusiasmaron), pero seguro que no habría acabado con unos comentarios tan duros como los tuyos. De hecho, creo que Orlando hasta me entretuvo.
En cuanto a lo de que entiendes que se suicidara, en fin, pobre mujer. En todo caso, nunca fue la alegría de la huerta y, para colmo, se junto con unos colegas que para qué. Bueno, sigue disfrutando de tus vacaciones.
Miroslav:
Ya dije que Orlando la leí hace años y no me disgustoó como alguno de sus cuentos, pero Al Faro es horrible. Tiene también aparte de la Sra Daloway, El cuarto de Jacob, que ya no leeré, Las olas, que idem y esa propaganda de la independencia femenina que se llama Una habitación propia. Creo que uno de los daños de la crítica al uso es el respeto sin criterio de los "popes", como ella, en tanto que se ceban en los nuevos. estoy convencido que esta novela, si se publicase hoy por un señor de Albacete, sería despellajada. Y, por cierto, para ver mi crítica como un ejercicio de caridad compasiva no hay más que leer la que la propia Woolf le hizo a Joyce.
Emma, a mi hay autores que se citan siempre que no me decepcionan, como Proust, como Tolstoy, como Dickens, como Melville, lo de la Woolf es cosa de ella, no de que se la cite
Maq/Anónimo, El Club Pickwick lo releo a menudo, pero para desintoxicarme de la Woolf me he puesto a leer a uno de los para mí más grandes del siglo XX, aunque algunos semicultos lo encasillen en la SF: J.G. Ballard, del que pienso hacer una reseña en septiembre
Lansky, Melville es otra cosa, Dostoyevski, W.B.Yeats, Steinbeck, Nabokov, especialmente Nabokov. Pero Proust no, para mi sinceramente y Dickens tiene algunas historias pero hay algo demasido moralizante en ellas que me echa para atras. De Woolf he oido citar hasta la extenuacion una habitacion propia y, sinceramente, creo que seria lo unico que leeria de ella, a pesar de la posible decepcion.
Ballard, ayer venia un articulo sobre el en El Pais. No creo que me interese mucho pero leere lo que tengas que decir de el.
Emma:
Tanto Ballard como Dickens son dos prodigios que soportan sendos malentendidos, Ballard el de ser un escritor del género, SF, y Dickens del tópico de escritor para jóvenes y moralizante, pero, con respecto a este último, tiene muchos registros y a mi no me intesa el de Oliver Twist, sino el de Pickwick y el de Historia de dos ciudades o Casa desolada. Ballard es tan bueno, fíjate, como Nabokov, y como se está muriendo nos vamos a hartar de oir hablar de él. En cuanto a Proust...no me lo toques, nunca me he maravillado ni disfrutado tanto como con él.a su lado el resto de plumíferos palidece, salvo algunos poetas.
De acuerdo no tocare a Proust, cuya manera de narrar es irrepetible ya que no creo que autor vivo se atreva a ser tan prolijo como el jamas ( autor muerto quizas, escribiendo incansable desde ultratumba, jijiji)
Precisamente de Dickens salvaria los que tu dices : Pickwick e Historia de dos Ciudades. Casa desolada no la he leido, ni siquiera he oido hablar de ella...mmm me haces investigar Lansky.
Cuando Nabokov, ese cazador de lepidopteros, moria, quienes hablaban de el como de un genio? Tengo que bucear en hemerotecas.
Gracias por mantenerme ocupada darling.
Me ha gustado mucho la reseña critica, sus formas, el estilo. "Al Faro" no lo he leido y no sé si estoy de acuerdo con lo que Lansky opina de él. Ahora -eso sí- pienso que lo ha opinado, el tío, como dios manda. Y ya es bastante. Me suena parecido lo de "ir al faro" a lo de esperar a Godot o a los persas de Pessoa o -más prosaicamente- al "pollo asado" de Carpanta, el de los tebeos ¿van por ahí los tiros?
Una duda ¿Puede la masa de los pedruscos que caben en los bolsillos de un abrigo -me cabe suponer que estos no serían del tamaño de sacos- impedir que salga a flote en un río el cuerpo que lleva puesta la prenda?.
Proust es prolijo en la misma medida que lo es el hombre o un bosque, Emma. Cuando lees a Proust, los demás narradores paracen redactores de cuñas publicitarias.
El primero que habló de Nabokov como un genio (consultar hemerotecas) fue el propio Nabokov, lógicamente en vida, luego toda la crítica norteamericana (Connolly, Wilson, etc.), también en vida de él. En cambio, el universo ballardiano está por descubrir para el común de los letraheridos que no son...ballardianos y será esa cultura necrofílica de obituarios la que lo hará emerger.
Tines razón, Bluff, la Woolf no necesitaba piedras para hundirse: ya era suficientemente pesada por sí sola.
Hace mucho que leí "Orlando" y me resultó bastante galimatías y poco memorable. Nunca me ha caído bien la Sra Woolf, aunque las feministas radicales la adoren, o quizá por eso. Sus personajes y ella misma son de esos seres que te hacen preguntarte si su tristeza no se basará en gran medida en un egocentrismo que les impide ver cualquier cosa que pudiera alegrarles. No voy a ser tan cruel como tú, que dices "bien suicidada está" pero me siento tentada. Quizá debiera leer la de la habitación propia, a ver si por ahí se salva.
Es bastante certero el análisis que haces de algunas feministas "cómodas". Reniegan de ser mujeres porque es evidente que en esta sociedad es una situación desfavorable. Así que querrían ser hombres, para que les pusieran las cosas fáciles, o bien, que la sociedad, como por arte de birlibirloque se diera la vuelta como un calcetín y las cosas fueran fáciles para las mujeres y dificiles para los hombres, porque sí. Cuando lo que hay es lo que hay, y la única solución es cambiar las cosas poco a poco, con cabeza, con leyes, con educación. A ver si alguna vez desembocamos en una sociedad en donde lo esencial sea ser persona, un ser humano, sin marginaciones ni "discriminaciones positivas".
Pero ¡al paso que vamos...!
Cigarra, hablo de feministas "paradójicas" -quizá debería decir poco coherentes-, no "cómodas". La comodidad tiene que ver con la intensidad y nivel de implicación en una militancia, pero la coherencia o la paradoja tiene más que ver con la lógica interna del discurso, de las tésis de las que se parte y de lo que se pretende cambiar. Yo en parte no comparto alguna de las tésis de partida del feminismo: que hombres y mujeres somos iguales, así. sin más, no: somos iguales en cuanto que personas, como sujetos de los mismos deberes y derechos, pero somos afortunadamenet distintos, también en las altas funciones neurológicas, varones y mujeres. Y tampoco comparto parte de sus análisis ni lógicamente de sus propuestas. Ni creo que la principal desigualdad entre los seres humanos sea el reparto de roles entre ambos sexos, sino que es la pobreza, ni creo que el camino de la mujer sea emular al hombre en lo que tienen de competitivos y agresivos, sino en liberarse realmente de su rol sumiso a la vez que de su imitación varonil y de paso, qué cachondo, así nos liberan a los hombres. A la Woolf no le gustaba la vida, ni por ende ser mujer, en eso les doy a todas la razón: no me gustan las mujeres que no se gustan, razón tienen.
La verdad, Lansky, es que tu comentario me parece el más estúpido y menos profundo que leí en la web sobre este libro extraordinario de Virginia Woolf, que es evidente, no entendiste. Por qué no opinás sobre vos mismo?
Deberías preguntarte, Anónimo, porque eres tan idiota, si de nacimiento o a base de entrenamiento.
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