
Llevo pegado a la tele todo el tiempo que puedo. Confieso que me encantan las olimpiadas, salvo la horterada de las ceremonias inaugurales por muy Zhang Yimou que las planifique. Cuando era un niño me diagnosticaron una cardiopatía leve: un “soplo” (un sonido de escape detectable con el estetoscopio) y un corazón mas grande de lo normal. Para mi bochorno, me eximieron unos años de la gimnasia del colegio, pero mi madre jamás pudo evitar mi gusto por correr, trepar y jugar a juegos rudos. Gracias a mi indisciplina, unos pocos años después el examen de un excelente internista tranquilizó a mi madre: debido al ejercicio continuado y al proceso normal del crecimiento, mi caja torácica había ensanchado lo suficiente como para acoger sin constricciones ese órgano algo mayor de lo habitual; de enfermo leve había pasado a poseer un corazón de atleta, capaz de mayor potencia de bombeo y con 45 pulsaciones en reposo.
He practicado en mi lejana juventud el boxeo amateur (a tres asaltos sin K.O.), la natación (100 metros estilo libre o crawl), el buceo a pulmón libre y con escafandra autónoma (botellas), la carrera de 1.500, el montañismo, la escalada en roca y nieve, la espeleología y la marcha de largo recorrido. En boxeo mi principal defecto era una guardia demasiado baja y abierta (como Casius Clay, pero sólo ha habido uno como él); en natación no saber dosificarme y nadar demasiado deprisa desde el inicio; en 1.500 la manía de coger la cabeza desde el principio y no mirar atrás; en marcha mi manía de ir delante a paso rápido y con la mochila más pesada; en escalada mi excesiva tendencia a asumir riesgos y no respetar la regla de los tres apoyos; en espeleología mis caídas en ensoñaciones fetales y psicológicas. A mi favor puedo decir que jamás he tenido aparatos de gimnasia ni musculación ni he salido a correr entre tubos de escape de automóviles.
Hace unos pocos años dejé de practicar los pocos ejercicios habituales que aún mantenía –siempre he odiado los gimnasios, salvo los de box-: la natación en piscina cubierta, el frontón con pala y los paseos largos. Me diagnosticaron una hiper glucemia (diabetes melitus) resultado de la edad y el sedentarismo. Así que llevo un tiempo haciendo algo de dieta y nuevamente ejercicio, porque el cabrón de mi organismo no quiere que me quede quieto, y he vuelto a unos niveles normales de azúcar y salud. También he bajado doce kilos sin mayores esfuerzos. Me voy a morir sanísimo. He descubierto una rara injusticia: es mejor, creo, no haber practicado ejercicio que haberlo hecho y dejar de hacerlo; mal acostumbras al cuerpo. Igual pasa con la lectura, creo que es preferible no haber sido nunca un lector habitual que haberlo sido y dejar de serlo; de hecho, no hay peor sujeto que el que afirma que ya no tiene tiempo para leer.
5 comentarios:
Pues me tendrás que dar el secreto para bajar doce kilos sin mayor esfuerzo. Yo, que siempre he sido flaco, estoy asombrado de lo que estoy engordando en los últimos meses; de momento, me sobran como mínimo siete kilos.
Miroslav, tomo por no retórica tu pregunta. Al tener azucar alto, suprimí el alcohol (imnumerables cervecitas, vinos y whiskitos de por la tarde noche), los azucares refinados o no, y la mayoría de los hidratos de carbono en exceso (pan, legumbres, pasta), manteniendo mi vaso de vino en cada comida. Yo creo que sobre todo ha sido el alcohol. Pero ten en cuenta que, salvo casos, al ir cogiendo años coges también kilos y es normal. Ah, y el ejercicio.
siempre había pensado que tu deporte era el billar francés, que por cierto ni lo nombras, un deporte tan elegante que ni siquiera es olimpico, y que tiene una vestimenta que se puede llevar con dignidad
¿Deporte, Zwin? Es un vicio, una mala costumbre, una maravilla (sobre todo el tres bandas) pero deporte...Es como llamar deporte a follar y atletas a los folladores, que los hay. Por cierto creo que me cabe una mesa en el pajar cuando lo rregle, pero Paola no traga.
¿Todo esto para contarnos que tienes un "gran corazón"? ¡Pero si se te nota a la legua, hombre!
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