

“En esto, alzó los ojos y vio que su amo estaba parado, procurando con la punta del lanzón alzar no sé que bulto que estaba caído en el suelo, (…) y, aunque la maleta venía cerrada con una cadena y su candado, por lo roto y podrido della vio lo que en ella había (…).Y buscando más, halló un librillo de memoria ricamente guarnecido…”
Quevedo llamaba a la lectura, en especial de los clásicos del pasado, “escuchar a los muertos con los ojos”, título que toma prestado el historiador Roger Chartier para la lección inaugural en el Collège de France del pasado año dedicado a la historia del libro como objeto. Estoy convencido de que muchos iniciaron la lectura de los grandes clásicos, como también que pocos de aquellos la concluyeron, porque siempre se cita la página 15 de En busca del tiempo perdido, la de la famosa magdalena, o la 1 y 2 de Don Quijote, donde enumera bienes y condición de un hidalgo. Y sin embargo, como diría un niño lector, lo bueno viene luego. Por ejemplo, en el capítulo ese por en medio (Capítulo XXIII) en que Don Quijote entra en Sierra Morena y se encuentra con la maleta desvencijada de Cardenio. Y de Cardenio se nos muestra un objeto fascinante para cualquiera que le interese la cultura escrita: el “librillo de memoria”[1], que en el francés contemporáneo de Cervantes se traducía por “tablettes”. Estoy convencido de que este blog y todos los blogs son “tablettes”, librillos de memoria. Encomendémonos a San Cardenio[2].
¿Qué era un "librillo de memoria”?, tal como lo menta Cervantes era un objeto, a modo de cuaderno, donde era posible escribir sin pluma ni tinta (como aquí), pero lo que verdaderamente lo hacía singular era que lo escrito se borraba fácilmente (como aquí) y se volvían a usar sus páginas (las de aquí parecen tan inmateriales como eternas). Aquellas ingeniosas páginas estaban cubiertas por una fina capa de barniz, así de fácil. El objeto abandonado por Cardenio, el noble andaluz que había elegido el retiro solitario en las montañas, es el que usa don Quijote, a falta de papel y tinta, para escribir una carta a Dulcinea y otra a Sancho, en realidad una carta de amor y una letra de cambio (que habrán de leerles otros, pues ambos son analfabetos). No es un cuaderno de notas ordinario ni un dietario de viaje como proponen algunas traducciones modernas y señala Chartier; en todo caso se parecería a esas pizarras mágicas para niños donde es posible dibujar, borrar lo dibujado, volver a dibujar…Sí, este objeto es una metáfora de la memoria y el olvido, temas obsesivos en esos capítulos de la Sierra Morena. Sancho, analfabeto insisto, es un memorioso, que se sabe de corrido claro montones de refranes y sentencias. Don Quijote también, pero de otro tipo, pues el recuerda continuamente sus lecturas a las que evoca para dar sentido a sus peripecias. Uno está habitado por la prodigiosa cultura oral que, al no poder confiar en la memoria artificial de lo escrito, repite y recuerda. Don Quijote, más próximo a nosotros, simplemente contextualiza, como cualquier ávido lector, la vida propia con sus lecturas abundantes: es una memoria libresca, como podría ser la mía sino fuera por mi devoción a la Historia Natural (tengo, por tanto, también una memoria visual).
O sea, memoria sin libro y libros como forma de memoria. Y entre medias los “librillos de memoria”: “se annóta en el librito todo aquello que no se quiere fiar a la fragilidad de la memoria: y se borra después para que vuelvan a servir las hojas”. (Diccionario de la Lengua castellana de la Real Academia, comienzos del siglo XVIII). “Olvidar es una condición de la memoria, borrar es la condición de lo escrito” (Roger Chartier, Op. Cit.). Lo que ya no sé es si es deplorable o lo contrario esta fragilidad de lo escrito, hablo ahora de este blog y de todos los blogs. Aquí se trata de escribir como en la arena húmeda de la playa antes de que el borrador de la próxima marea deje otra vez la página en blanco. O si dura algo más, como grabar un corazón en un árbol en crecimiento. Don Quijote no se podía conformar grabando su corazón y el de su amada en la corteza de un árbol y, a falta de papel y pluma, le escribe en el librillo evanescente una carta a Dulcinea, la carta de amor más hermosa de la literatura española, según Pedro Salinas:
“¡oh bella ingrata, amada enemiga mía!”
En cambio, lo que dura cambiando –la única manera de durar desde Heráclito- es la lengua que el gramático Nebrija –santo patrón de Vanbrugh como Cardenio lo es mío- caracterizaba en 1492 como perfecta, “por la ausencia de distancia entre lo que se escribe y lo que se pronuncia”.
Esta es mi isla y vosotros, mis lectores, sois mis compañeros de naufragio. Robinsón Crusoe averigua que no está solo en su isla cuando descubre huellas de pies humanos en la playa, como yo descubro que no lo estoy cuando leo vuestras pisadas en forma de comentarios. Mucho antes, en la mítica antigüedad clásica, otro naufrago "sabe"que la isla de Rodas está habitada por hombres cuando ve dibujos geométricos en la arena, quizás la clásica demostración geométrica del Teorema de Tales. Las playas son librillos de Cardenio, los blogs lo mismo, la vida de un hombre también, porque es condición de la vida recordar y de la memoria olvidar. Ya podéis borrar esto, basta un “clic”. O dejar vuestras huellas para que sepa que no estoy solo.
[1] También aparece un librillo de memoria en la novela ejemplar Rinconete y Cortadillo
[2] También llama la atención de Shakespeare la figura de Cardenio en la última comedia recientemente descubierta del dramaturgo. Entusiasmado por la lectura de la traducción de Don Quijote de John Shelton, en 1612, William escribe Cardenio recientemente incorporada al corpus del genio y antaño considerada apócrifa del teatro isabelino. Finalmente, hay dos boxeadores, un tal Cardenio Gallegos, campeón español del peso medio ligero y Cardenio Ulloa, boxeador cubano.
2 comentarios:
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