10/09/2008

Los misterios del rectángulo (o El arte ocurre,3)






Nunca me enamoran los cuadros que puedo abarcar por entero; mi amor necesita tener la sensación de que algo se me escapa…” Esta afirmación de la escritora neoyorquina Siri Hustvedt, autora de novelas, que no he leído, y de ensayos como el que aquí cito sobre arte, Los misterios del rectángulo, es perfectamente ampliable tal vez a cualquier “objeto” de nuestro amor, pues el componente de misterio es un aderezo esencial, pero en el arte o en la belleza si se prefiere se percibe esa necesidad aún más.

Leemos un libro avanzando página a página hasta llegar a la última; es posible que no necesitemos ni mucho menos leerlo completo para darnos cuenta si nos entusiasma o no. Igual pasa al escuchar música o al ver una película de cine. Pero una pintura, un cuadro se te muestra de una sola vez, de golpe, por mucho que luego queramos demorarnos en su contemplación. Exactamente igual que una persona nueva que nos atraiga. Las secuencias de palabras, de sonidos o de imágenes sólo tienen significado en su transcurso, pero un cuadro no transcurre, está ahí, ni progresa ni se acrecienta ni disminuye; no tiene principio ni fin, como Dios; existe pues fuera del tiempo, como Dios, es un presente eterno; el autorretrato de Durero me sigue hablando como el primer día que le descubrí. Y ese milagro lo perpetra un objeto plano de dos dimensiones, y no lo hace exactamente ningún otro arte, aunque la música, sí, ya lo sé, sea aún más misteriosa y evanescente.








Nota personal: sí, ya estoy de regreso, que no "de vuelta". Que no soy un verdadero aventurero, ni siquiera ya un viajero sino casi un vulgar y detestable turista se nota en que viajo con billete de ida y vuelta. Pero había que conocer a nuevas sobrinas y consortes de cuñados. Aún así, una escapadita al Amazonas para reiterar lo ya sabido: 1) que sí, las maras (arbolazos de caoba) son impresionantes; sí, los guacamayos son tan bonitos como ruidosos; sí los ríos son excesivos para las panorámicas más amables de Europa; sí, qué suerte haber atisbado ese tapir, oído a ese jaguar, seguido al tamadua y contemplado los ejercicios de los monos arañas, pero...se bastan y sobran las bacterias con todas sus especialidades para hacer funcionar esta biosfera, y 2), los mosquitos deberían extinguirse: un ataque concertado de varios cientos en uno de mis brazos me obligó a vendármelo, al margen de que casi se me gangrena. ¡Malditos bishoos!

11 comentarios:

zwingenstein dijo...

Bienvenido

Vanbrugh dijo...

Creo que precisamente lo que hace que la música me fascine más que ningún otro arte es ese estar "untada" en el tiempo, ese no existir "del todo" en ningún momento, sino "ir existiendo". Esa dependencia irreversible e inevitable que tiene respecto del tiempo, en lo que se parece tanto a nuestra vida.

Bienvenido, Lansky.

Lansky dijo...

Sí, Vanbrugh, estoy bastante de acuerdo. Y también lo contrario: ese no momento, no transcurso, esa inmovilidad del arte pictórico, que le hace vulnerable y atemporal es parte también de su fascinante "inferioridad" frente a la música a la par que su grandeza. De ahí el problema: puedo negarme a mirar el horrendo cuadro del payaso lloroso o los ciervos a la luz de la luna que tiene el vecino (es más fácil que te impongan un edificio "feo", porque es peligroso andar a ciegas por las calles), pero es más dificil evitar oir la horrenda música de ese mismo vecino de al lado. Y es lo que tiene la música, de bueno y de malo.

Por cierto, qué moreno estás (por lo menos, aquí, en La Red)

Vanbrugh dijo...

Solo en la Red. Jamás tomo el sol, por gusto propio y por prescripción médica, y cuando no puedo evitar que me dé voy untado hasta las cejas -literalmente- de protector solar factor 90, y llevo mi maravilloso sombrero Tilley, que tan popular ha hecho mi figura por las calles de Lisboa y otras metrópolis.

Igual que los ordenadores pueden guardar archivos de sonido, o archivos de imagen, o archivos de texto, nuestra memoria tiene también diferentes formatos para archivar lo que vamos registrando del mundo. Hay quien preferentemente recuerda imágenes y quien recuerda sonidos, e imagino que habrá quien recuerde emociones o sensaciones. Mi memoria es auditiva en un noventa y cinco por ciento. Soy incapaz de describir una cara que acabo de ver, y no sabría decir en qué orden están los números del teléfono en que marco quince veces al día. (Sería un pésimo testigo para la policía). En cambio recuerdo nota por nota melodías que oí una vez hace cuarenta años. También eso, me imagino, influye para que la música me afecte mucho más intensamente que nigún arte visual.

Lansky dijo...

Sin embargo, es el olfato la memoria primordial. Incluso anatómicamente, el residuo del encéfalo de reptil que tiene el cerebro humano es el bulbo olfativo, y creo, que el olor a sangre y mierda, desde el trauma del nacimiento, es nuestro primer recuerdo.

Dicho esto, admito y respeto tu memoria auditivo/musical: si te necesito, silbaré, Bogarth

Cigarra dijo...

Por un lado me dan mucha envidia tus andanzas americanas, pero lo de los mosquitos me ha puesto los pelos de punta. Si a mi me comen cruda en la Alcarria, no quiero pensar lo que harían conmigo en el Amazonas. Espero que fueras vacunado contra todo lo que te pudieran transmitir. Pero ¡qué bonito, todo lo que enumeras, aunque sólo sea de pasada!
Espero que dediques alguna entrada mas a fondo a ese viaje, con fotos y todo.
Y por lo del arte, yo soy bastante de la cuerda de Vanbrugh: lo mío es la música, mucho más que la pintura. Eso no quita para que haya ido a ver los Retratos de Renacimiento que han estado en El Prado este verano y me haya desnucado de placer ante algunos de ellos; pero no podría vivir sin la música, lo tengo clarísimo. Ningun cuadro me ha hecho llorar de emoción y si en cambio varias músicas. (Aunque eso no es muy indicativo: tengo la lágrima muy fácil)
En cualquier caso, bienvenido.

Lansky dijo...

Lo sé, lo sé, melómana mía, qué se puede esperar de alguien que se hace llamar Cigarra, pero, sin convertir esto en una tontada de debate sobre la primacia de cuál arte sobre cuál, -lo que no pretendemos ni tú ni yo ni vambri- lo dicho, yo puedo llevar la música conmigo (últimamente esa sonata para violín de don luis beetoven cuyo number ignoro), pero dificilmente puedo ir cargado con el autorretrato de Durero y a veces me apetecería mirarlo, con esas guedejas...

Anónimo dijo...

¿Cuála sonata? ¿Para violín y qué más? Tararéamela...

V.

Mita dijo...

Bienvenido!
besos

Miroslav Panciutti dijo...

Es verdad que un cuadro se te muestra de golpe por entero y, sin embargo, los buenos cuadros, creo yo, no se terminan de dejar ver del todo nunca; o mejor, no terminan nunca de mostrarnos cosas que estaban ahí, pero no vimos antes, incluso demorándonos en la observación. Comprendo que el autorretrato de Durero te siga hablando como el primer día, pero me atrevo a pensar que te dice cosas nuevas, que no te dijo entonces.

Por cierto, la Siri que citas es la mujer de Auster (me sonaba y lo he verificado; una cara bastante agradable, por cierto); yo tampoco he leído nada de ella, aunque sí de su marido (como sabes) cuya última novela acaba de publicarse. A propósito de libros, te diré que conseguí el Submundo de Lillo, pero no lo he empezado. Este verano, en los escasos ratos disponibles, me ha absorbido un libraco de historia que me ha dejado impactado; supongo que un día de éstos comentaré al respecto.

Y, por supuesto, bienvenido, vulgar y detestable turista; se te echaba en falta por estos lares.

Lansky dijo...

Hola Miroslav, mientras tu andas ocupado evitando que prolifere el cemento en las islas yo evitaba que la selva me convirtiera en humus, que como sabes es la raiz de humano, y no Homo.

Como es mi costumbre inveterada no me expliqué bien: eso que dices es lo que quería decir: 1) que un cuadro se te muestra de golpe, todo, 2) que nunca acabas de verlo y siempre descubres cosas nuevas. En fin.

Adelaante con Submuindo, y ¿qué libraco de historia es ese? Ya sabes que yo quiero leerlo todo...