
(Para mi biólogo de campo favorito: Carlos Herrera, con admiración)
No suscribo lo de una imagen vale más que mil palabras salvo en ciertas ocasiones, nunca como norma general. Esta es una de esas ocasiones: mirad la que ilustra esta entrada.
D´Arcy Thompson propuso una mirada inédita más que una pregunta, un nuevo enfoque: ver a los seres vivos no como objetos singulares de la biología, sino como formas geométricas, desarrollos de ecuaciones, “proyectos” de la matemática. Insisto, no fue tanto aplicar las matemáticas a la biología o más específicamente a la forma de los seres vivos (a D´Arcy se le considera el fundador de la biomatemática) como algo mucho menos obvio y prosaico: mirarlos de esa otra forma, con los ojos de alguien que es –también y por fortuna- no sólo naturalista o biólogo sino geómetra.
Históricamente la secuencia de esta idea o enfoque sería inicialmente muy parecida a tantas otras: Platón (Sócrates), Aristóteles, Galileo…y luego Goethe, que en cierto modo supuso un paso atrás, Darwin y Thomson, que de nuevo planteó un paso a un lado, puesto que la biología moderna poco a hecho al respecto por prolongarle y seguir sus pasos, sino que más bien ha retomado a Darwin nuevamente obviando a D´Arcy.
El historiador de la ciencia Nicolas Witkowsky[1] llamó a D´Arcy Thompson “ilustre desconocido”, lo que no está mal traído, porque todo biólogo y todo matemático lo conoce como fundador de nada menos que una ciencia entera y verdadera: la morfogénesis, la ciencia de las formas, o del origen de las formas, que vino a reemplazar a la más platónica, en sentido incluso literal, morfología de Goethe. Ilustre pues, pero desconocido porque, ay, nadie lo leyó en su momento salvo cuatro curiosos.
De hecho nadie lo lee hoy tampoco, como puede comprobar cualquier estudiante actual de biología. La posible disculpa no es totalmente de recibo: requiere demasiado esfuerzo e interés sumergirse en la más de 1100 páginas de Growth and Form, llenas además de fórmulas matemáticas. Y no lo es, porque las versiones abreviadas, de unas asequibles 300 páginas, que preparó el propio autor son las únicas en la práctica que se suelen manejar. Pero basta con mirar las estampas, como simples lectores semianalfabetos, para darse cuenta del novedoso enfoque (mirad la que ilustra este post): la imagen de arriba a la derecha, arriba y abajo, es la de un diodon (Diodon histrix), a veces conocido como pez erizo o pez cofre o pez globo (se hincha como forma de defensa, aumentando de tamaño y de paso erizando sus espinas) inserta en una red de coordenadas cartesianas. La imagen de abajo es la de un pez luna (Orthagoriscus mola), pero a la vez es el mismo pez diodon anterior deformado, estirado como si las anteriores y rígidas coordenadas fueran de tejido elástico: las verticales curvadas y las horizontales ensanchadas…Los adeptos al “morphing”, una técnica informática que permite pasar sin discontinuidades aparentes de…una calabaza a una carroza sin ser el hada de Cenicienta, sabrán de qué se trata. Pero los lectores de comienzos del siglo XX ciertamente que quedaron literalmente alucinados con el planteamiento del estrambótico escocés. E inmediatamente pasaron a olvidarlo.
Hay que tener en cuenta que en ese momento, 1917, la comunidad científica no sólo había aceptado la evolución por selección natural de Darwin, sino que había redescubierto la genética de Mendel y las mutaciones, así que la pregunta de “¿Puede una especie transformarse en otra por simple deformación del espacio?" resultaba muy incómoda; y aún lo es. Esta teoría de las transformaciones desafía no sé si el sentido común de cualquier biólogo, pero sí desde luego el “status quo” de la ciencia aceptada y hasta aceptable. A la moderna biología del desarrollo le cuesta un esfuerzo brutal y loco explicar por qué dos especies biológicas ( y D´Arcy puso muchos más ejemplos) evolutivamente alejadas presentan un parentesco geométrico tan asombroso como tajante. Hoy seguimos sin poder explicar esto con los dogmas más duros de la biología, con lo establecido y comúnmente admitido (hasta que no le quede más remedio y cambie el paradigma o se modifique lo suficiente). Tened en cuenta que la moderna biología molecular, con todo merecimiento en la inmensa mayoría de los casos, ha barrido todos los viejos dogmas de la Historia Natural, la zoología y la botánica “del abuelito” (O eso creen los que sólo salen al campo en busca de datos y no de estímulos para la reflexión). El reduccionismo científico, que tantos éxitos ha dado, que encadena, nunca mejor dicho, cadenas de ADN con organismos, bases químicas con genes, no puede explicar las “coincidencias” de Thompson
Otro día, aunque no seguidamente, hablaré de las leyes de escala que enunció Galileo y que explican por qué es imposible el tamaño de ciertos animales como arañas gigantes y demás engendros. Pensad entre tanto que cuando el tamaño de un hueso se multiplica por dos, el volumen, vale decir el peso, se multiplica por dos al cubo; es decir, se multiplica por ocho, mientras que su sección, es decir, su resistencia, como “una viga”, sólo lo hace por cuatro. Resultado., la araña de ciencia ficción se derrumba.
¿Sabéis lo que creo? Creo que Thompson se anticipó demasiado a su tiempo, como esos presocráticos que eran atomistas antes de la física atómica. Pero también me fascina porque además creo que es una cumbre de esas ciencias “de la mirada”, de esa Historia Natural de la observación paciente y amorosa (mirad esa foto borrosa del naturalista con su hija Bárbara en el post anterior). Es decir, el opuesto de ese todo es genética y todo se explica con el “Libro Gordo de Petete de la Genómica”.
Finalmente me remito a las palabras del epílogo del propio Thompson: “El lector habrá descubierto, y yo no lo he pretendido ocultar, que siento poco respeto por algunos postulados (a menudo considerados como fundamentales) de la biología actual. Pero no escribo por afán de polémica (…). Consideraré cumplido mi objetivo si he sido capaz de demostrar que existe un cierto aspecto matemático de la morfología, al que todavía prestan poca atención los especialistas, y que es complementario a la labor descriptiva, y muy útil, por no decir esencial, para estudiar y comprender adecuadamente el Crecimiento y la Forma.”
De la misma casta que Platón y Pitágoras, supo ver en el número el cómo y el por qué de las cosas, buscó una nueva clave del mundo vivo y quizá la encontró y nosotros luego la hemos vuelto a perder. Saber mirar, en cualquier caso, es saber ver y saber amar.
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[1] Une histoire sentimentale des sciences; Ed. Du Seuil, Paris, 2003.
[1] Une histoire sentimentale des sciences; Ed. Du Seuil, Paris, 2003.
10 comentarios:
"...es una cumbre de esas ciencias “de la mirada”, de esa Historia Natural de la observación paciente y amorosa..." No hay ciencia sin observación paciente, y no hay observación paciente sin amor. Ergo... Es estupendo que de vez en cuando cosas como la obra de Thompson, o como este post tuyo, nos recuerden este lado más humano, menos agresivo y más "dulce" que el que comúnmente nos presenta la ciencia.
(Por cierto, creo que donde dices "entre tanto que cuando se duplica el tamaño de un hueso se triplica el volumen, vale decir el peso; es decir, se multiplica por ocho..." deberías decir: "entre tanto que cuando el tamaño de un hueso se multiplica por dos, el volumen, vale decir el peso, se multiplica por dos al cubo, es decir, por ocho..." La idea es clara, pero no queda claramente expresada. Ya dí salida a mi pulsión correctora.)
Mira, vanbrugh, como decía aquel, cuando tienes razón tienes razón, y además estás en lo cierto. Ya lo he corregido, porque además se trataba de un defecto de expresión y, por tanto, no se entendía bien.
Y sí, la buena ciencia es amor, al revés que la mala teología, se me ocurre.
Volviendo a lo de ayer: era obvio ya en el primer post que en él no se explicaba aún cuál era esa cuestión que d’Arcy planteó y que la biología actual sigue sin saber responder; y también habría debido serlo, para dos lectores tan perspicaces como dices que somos Miroslav y yo, que tú no ibas a escribir un post sobre un tema para no dejar claro el tema a que se refería, y que el “1” del título anunciaba inequívocamente que se preparaba un “2”. Si tanto yo como Miroslav preguntamos no fue –en mi caso, seguro, y en el de Miroslav, me lo imagino– por ningún defecto real de tu forma de explicarte, sino por el oficioso temor de que lo hubiera, de que, como algunas veces les pasa hasta a los mejores divulgadores, hubieras dado por evidente para tus lectores lo que lo era también para ti.
El post de hoy aclara perfectamente la cuestión, aunque a mí sigue inspirándome una gran curiosidad saber cuáles son esos “postulados de la biología actual a menudo considerados como fundamentales” por los que Thompson decía amablemente “sentir poco respeto”. Pero comprendo que, para saberlo, debería, con suerte, leerme el “Growth and Form”, por lo menos en versión resumida. Digo “con suerte” porque lo más probable es que tampoco después de leerme el tocho me acabara de enterar, y tampoco esta vez sería culpa del autor.
Muy brevemente. El modelo "standart" que hoy se admite por el que una especie se transforma (evoluciona) en otra es básicamente aunque con modificaciones la Selección Natural de Darwin que actua "dirigiendo" mutaciones aleatorias del genoma, la mayoría deletéreas pero unas pocas favorables que son las que se seleccionan y se conservan y transmiten a la descendencia. Por tanto, los cambios son más o menos graduales y acumulativos (aunque algunos evolucionistas defienden, al menos en algunos casos, "saltos" más bruscos, como mi adorado Stephen Jay Gould). En este marco, esto de D´Arcy Thompson es algo estrambótico, que casa mal con lo sabido y, ojo, con lo comprobado: se trata además de un salto, de un cambio de ejes de coordenadas que "explicaría" el paso de ua especie a otra muy distinta de una sola vez y sin base genética que la respalde: inaceptable para la ortodoxia. En realidad, una interpretación cabal de Thompson es que preguntaba, no afirmaba.
(Entre parétesis, yo creo "saber" cuál puede ser una posible respuesta a esa incompatibilidad, basada en patrones o "patterns" universales, que no contradeciría necesariamente ni a Darwin ni a la genómica moderna, pero me la reservo, proque sólo es una intuición y porque soy incapaz de dedicar el trabajo, el tiempo y el talento para demostrarla, ni bastaría una vida ni la de varios investigadores serios, cosa que yo no soy ni he sido nunca, pero...intuyo)
Evidentemente, lejos de satisfacer mi curiosidad, le has estimulado el apetito. Ahora, además de saber qué parte de la teoría del proceso evolutivo que tan bien has expuesto era la que Thompson "respetaba poco", quiero también saber, por lo menos, por dónde va esa intuición tuya.
Ni por un momento te confundas y creas que soy modesto, pero ni tú ni yo vamos a perder el tiempo con eso que sugieres, porque puede que sea una fulgurante intuicion , pero tiene bastantes más probabilidades de ser una enorme gilipollez, redescubrir la pólvora y cartografar el Mediterráneo todo junto. Mejor emplea tu tiempo en leer una buena exposición reciente de lo que se sabe de los mecanismos de la evolución, como las de Maynard Smith o las de Ayala (pesidente de la Academia de Ciencias USA y empeñado en combatir contra los zopencos y fanáticos creacionistas)
Bueno, ya he estado curioseando a ver a qué se dedicaba D´Arcy Thompson. Un mundo desconocido para mí.
Bs
Hombre, super interesante... Me encantaría saber algún otro ejemplo de los que puso d'Arcy, porque me he quedado pensando y no se me ocurren... Estoy pensando el las zancudas, con sus largas patas y cuello, como si el espacio las hubiera comprimido, pero no sé con qué otras aves compararlas. Seguro que durante la cena se me ocurren más... O a lo mejor es que no he entendido nada.
Con lo que sí me quedo es con tu última frase.
Un besote!
Zaffe, tu pide por esa boquita y fíjate como pierdo el culo complaciéndote: ver último post.
...Me quitas un peso de encima con eso de la imposibilidad de las arañas gigantes...
¿pero no se podría hacer algo para aumentar un poco a las gambas rojas, que siempre me saben a poco?
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